martes, 27 de septiembre de 2011

De qué manera aprendemos


El hombre es el único animal que tropieza dos veces con la misma piedra. Con gran decisión nos apresuramos a decir que siempre cometemos los mismos errores. Pero, ¿cuántas veces nos hemos preguntado de qué forma somos capaces de aprender? Consideramos que cualquier ocasión es buena y que de todo se puede sacar algo pero quizá nos cueste darnos cuenta de los mecanismos por los cuales aprendemos.
Desde que nacemos estamos aprendiendo. Cuando somos bebés y lloramos acude alguien para ver qué nos pasa. Lo que al principio es mecanismo de supervivencia, inconsciente, se convierte en una respuesta voluntaria que utilizamos como reclamo para llamar la atención de nuestros cuidadores. Acabamos estableciendo una asociación: “si lloramos acudirá alguien”. Parece que siendo tan pequeños no podemos aprender porque no somos conscientes de lo que hacemos. Por ese mismo razonamiento los peces de una pecera tampoco se acercarían a la superficie del agua cuando ven a la persona que les trae comida habitualmente.
Otro mecanismo del que nos valemos para resolver cuestiones un poco más complejas es lo que llamamos ensayo-error. Así es como conseguimos hacer y terminar los rompecabezas. Vamos probando cómo encajan las piezas y qué lugar les corresponde. A veces nos equivocamos y tenemos que volver a empezar o deshacer una buena parte. Ante problemas cuya solución desconocemos no tenemos más remedio que probar alternativas para ir acercándonos a la solución más aceptable. Así, también, es como aprendemos a hablar.
¿Cómo aprendemos a atarnos los cordones de los zapatos, a montar en bicicleta o a nadar? Pasamos de tenerlo todo hecho a tener que terminar nosotros la lazada y, finalmente, a arreglárnoslas solos cuando se nos desataban los cordones en el colegio. Recordemos cómo nuestra bicicleta volaba mientras nos agarraban el sillín y cómo empezaba a tambalearse hasta caernos (o casi) cuando nos soltaban. De repente, un día fuimos capaces de recorrer solos un buen trecho sin caernos y, al día siguiente, ya no necesitábamos a nadie para subirnos, arrancar, y volar con nuestra bicicleta.
Una forma muy sencilla pero que a veces se nos resiste son las instrucciones. Cuando queremos cocinar un plato especial normalmente cogemos el libro de recetas o la chuleta con la receta que nos ha pasado un amigo o nuestra madre o abuela. Al principio, es posible que no nos quede muy bien porque el hecho de seguir instrucciones parece que se nos resiste un poco. Bien por impaciencia o bien por despiste nos saltamos un paso, confundimos cantidades o mezclamos lo que no es. Pero, al cabo de unas cuantas veces, ya no necesitamos mirar la chuleta y nos sale sabrosísima sin tener que consultar la receta. Si este ejemplo no nos sirve pensemos en las ocasiones que tenemos que montar un mueble. Cuando aprendemos a conducir ocurre lo mismo; pasamos de estar pendientes de cada paso a ir automatizando cada movimiento hasta que logramos hacer un montón de movimientos a la vez sin darnos cuenta.
Del que nos olvidamos la mayoría de las veces es de la imitación. Digo que nos olvidamos porque muchas veces no somos ni siquiera conscientes de que alguien se fija en nosotros y nos toma como ejemplo. Es por eso que nos escandalizamos cuando oímos decir una palabra malsonante o soez a un niño que apenas sabe hablar. Inmediatamente alguien dice la consabida frase “¡a quién se lo habrá oído decir!”. Por lo general, solemos imitar o tomar como ejemplo a alguien que consideramos importante pero en cualquier momento podemos imitar determinado gesto, expresión, forma de actuar, etc. que nos parece interesante. Incluso, viendo a otros, podemos darnos cuenta de lo que no debemos hacer. De ahí la importancia de controlar lo que ven los niños en la televisión ya que no siempre ofrecen buenos comportamientos a seguir. Aunque nosotros sepamos discernir entre lo que se debe o no hacer, un niño no siempre comprende lo que está bien y lo que no.
Sin embargo, para que todos estos mecanismos se consoliden necesitan un paso más. Para que distingamos qué es lo correcto o bien, para que repitamos y consolidemos lo aprendido es necesario que percibamos unas consecuencias. Si obtenemos un beneficio, es decir, existe una consecuencia positiva para nosotros, repetiremos el mismo comportamiento en futuras ocasiones. En cambio, si salimos perjudicados u obtenemos unas consecuencias que consideramos negativas no volveremos a repetir lo mismo en lo sucesivo.
Después de ver las múltiples oportunidades y formas que tenemos para aprender sí cabe preguntarse:
¿Cómo es posible que el hombre sea el único animal que tropieza dos veces con la misma piedra?

lunes, 19 de septiembre de 2011

Inventario de depresión de Beck (BDI)


Este es el inventario de Depresión de Beck. Fue desarrollado por Beck y Cols. en 1961 y, posteriormente revisado por los mismos en 1979. Este cuestionario revisado fue traducido y adaptado a la población española por Vázquez y Sanz en 1991. Consta de 21 preguntas que registran el estado de la persona a lo largo de la última semana. La mayoría de las cuestiones se refieren al aspecto de los pensamientos y, una pequeña parte, recoge información sobre el aspecto somático.


Señala la frase, de cada grupo de afirmaciones, que mejor refleje tu situación durante la última semana, incluyendo el día de hoy.


1.

0. No me siento triste.
1. Me siento triste.
2. Me siento triste continuamente y no puedo dejar de estarlo.
3. Me siento tan triste o desgraciado que no puedo soportarlo.

2.

0. No me siento especialmente desanimado de cara al futuro.
1. Me siento desanimado de cara al futuro.
2. Siento que no hay nada por lo que luchar.
3. El futuro es desesperanzador y las cosas no mejorarán.

3.

0. No me siento fracasado.
1. He fracasado más que la mayoría de las personas.
2. Cuando miro hacia atrás lo único que veo es un fracaso tras otro.
3. Soy un fracaso total como persona.

4.

0. Las cosas me satisfacen tanto como antes.
1. No disfruto de las cosas tanto como antes.
2. Ya no obtengo ninguna satisfacción de las cosas.
3. Estoy insatisfecho o aburrido con respecto a todo.

5.

0. No me siento especialmente culpable.
1. Me siento culpable en bastantes ocasiones.
2. Me siento culpable en la mayoría de las ocasiones.
3. Me siento culpable constantemente.

6.

0. No creo que esté siendo castigado.
1. Siento que puedo ser castigado.
2. Espero ser castigado.
3. Quiero que me castiguen.

7.

0. No estoy descontento de mí mismo.
1. Estoy descontento conmigo mismo.
2. Me avergüenzo de mi mismo.
3. Me odio.

8.

0. No me considero peor que cualquier otro.
1. Me autocritico por mi debilidad o por mis errores.
2. Continuamente me culpo por mis faltas.
3. Me culpo por todo lo malo que sucede.

9.

0. No tengo ningún pensamiento de suicidio.
1. A veces pienso en suicidarme, pero no lo haré.
2. Desearía poner fin a mi vida.
3. Me suicidaría si tuviese oportunidad.

10.

0. No lloro más de lo normal.
1. Ahora lloro más que antes.
2. Lloro continuamente.
3. No puedo dejar de llorar aunque me lo proponga.

11.

0. No estoy especialmente irritado.
1. Me molesto o irrito más fácilmente que antes.
2. Me siento irritado continuamente.
3. Ahora no me irritan en absoluto cosas que antes me molestaban.

12.

0. No he perdido el interés por los demás.
1. Estoy menos interesado en los demás que antes.
2. He perdido gran parte del interés por los demás.
3. He perdido todo interés por los demás.

13

0. tomo mis propias decisiones igual que antes.
1. Evito tomar decisiones más que antes.
2. Tomar decisiones me resulta mucho más difícil que antes.
3. Me es imposible tomar decisiones.

14.

0. No creo tener peor aspecto que antes
1. Estoy preocupado porque parezco envejecido y poco atractivo.
2. Noto cambios constantes en mi aspecto físico que me hacen parecer poco atractivo.
3. Creo que tengo un aspecto horrible.

15.

0. Trabajo igual que antes.
1. Me cuesta más esfuerzo de lo habitual comenzar a hacer algo.
2. Tengo que obligarme a mí mismo para hacer algo.
3. Soy incapaz de llevar a cabo ninguna tarea.

16.

0. Duermo tan bien como siempre.
1. No duermo tan bien como antes.
2. Me despierto una o dos horas antes de lo habitual y ya no puedo volver a dormirme.
3. Me despierto varias horas antes de lo habitual y ya no  puedo volver a dormirme.

 17.

0. No me siento más cansado de lo normal.
1. Me canso más que antes.
2. Me canso en cuanto hago cualquier cosa.
3. Estoy demasiado cansado para hacer nada.

18.

0. Mi apetito no ha disminuido.
1. No tengo tan buen apetito como antes.
2. Ahora tengo mucho menos apetito.
3. He perdido completamente el apetito.

19.

0. No he perdido peso últimamente.
1. He perdido más de 2 kilos y medio.
2. He perdido más de 4 kilos.
3. He perdido más de 7 kilos.

Estoy a dieta para adelgazar:       SÍ             NO


20.

0. No estoy preocupado por mi salud más que lo normal.
1. Me preocupan los problemas físicos como dolores, malestar de estómago, catarros, etc.
2. Me preocupan las enfermedades y me resulta difícil pensar en otras cosas.
3. Estoy tan preocupado por las enfermedades que soy incapaz de pensar en otras cosas.

21. 

0. No he observado ningún cambio reciente en mi interés por el sexo.
1. Estoy menos interesado por el sexo que antes.
2. Estoy mucho menos interesado por el sexo.
3. He perdido totalmente mi interés por el sexo.



Corrección:
Suma de todas los dígitos situados a la izquierda de cada frase que haya seleccionado. Las puntuaciones pueden oscilar entre 0 y 63 y se establecen los siguientes baremos:

No depresión:   0-9 puntos
Depresión leve:   10-18 puntos
Depresión moderada:   19-29 puntos
Depresión grave:   30 puntos

*NOTA: Las puntuaciones obtenidas no sirven para dar un diagnóstico definitivo sino que cuantifican el grado en que se presentan los síntomas. Es decir, dan una idea del estado en que se encuentra la persona. Para hacer un diagnóstico de depresión es necesario realizar una evaluación más completa.

jueves, 1 de septiembre de 2011

La depresión.


Existen muchas teorías que explican por qué nos deprimimos. A este estado de ánimo contribuyen numerosos factores ambientales, sociales y personales. Se puede hablar de dos tipos de depresión. Uno de ellos se produce por alteraciones en nuestro organismo y es necesaria la medicación. El otro tipo es el más común. Es la depresión que se produce por nuestra interpretación del ambiente que nos rodea o por sucesos vividos que no somos capaces de hacer frente. En estos casos, tenemos la ventaja de poder poner un remedio que salga de nosotros mismos. Somos los responsables del cambio y de poder sentirnos mejor.
Normalmente, ocurre que tenemos unas creencias que no se ajustan del todo a lo que sucede en realidad. Todos interpretamos. No somos objetivos porque a cada uno le afectan los acontecimientos de manera diferente. Cuando nos planteamos cuál es nuestro objetivo en la vida la respuesta suele estar bastante clara: hallar la felicidad. A todos nos gustaría eliminar el sufrimiento de nuestras vidas y no pasarlo mal nunca. También es probable que muchas personas piensen que a ellas les ocurre todo lo malo, que su vida sólo son desgracias. Esto no es verdad. El sufrimiento es necesario para aprender habilidades que nos ayuden a enfrentarnos a las dificultades de la vida y a los momentos dolorosos. Inevitablemente, a lo largo de nuestro camino, nos vamos a encontrar con sucesos indeseables y vamos a tener grandes dificultades. Tampoco es cierto que a una persona siempre le toquen las desgracias. Simplemente, tiene un filtro en su cabeza que le hace fijarse más en los aspectos negativos de sus vivencias y concederles mayor valor.
Esto explicaría, por ejemplo, por qué muchas personas que, objetivamente, pasan por malas temporadas no se deprimen. Le buscan el lado positivo a los acontecimientos y tratan de dar mayor valor a lo que les hace sentir bien. Por muy insignificante que parezca, lo bueno que tenemos puede convertirse en nuestro escudo protector frente a la depresión si nos aferramos a ello con todas nuestras fuerzas. Incluso, aunque nos sintamos solos, hemos de saber que estamos suficientemente capacitados para hacer frente a cualquier adversidad. Siempre va a haber alguien que va a estar junto a nosotros, para lo bueno y para lo malo, y siempre nos va a apoyar: nosotros mismos. Aunque parezca una perogrullada no lo es tanto. ¿Cuántas veces pensamos que nos sentimos abandonados por los demás o que no nos tienen en cuenta? En realidad lo que deberíamos pensar es que nos estamos abandonando nosotros mismos y no nos estamos cuidando por pensar de esta manera.
 Este tipo de ideas puede llevarnos a iniciar un círculo peligroso. Pensar de esta forma nos desanima y nos quita las ganas de hacer lo que nos gusta y, por descontado, lo que nos disgusta. Perdemos el interés por todo y perdemos también la capacidad de disfrutar. Si no podemos sentir placer con las cosas que hacemos al final caeremos en un estado de apatía, tristeza y hastío. Por eso, si hemos caído en este ciclo es necesario romperlo cuanto antes. Podríamos comenzar por hacer pequeñas y sencillas actividades. Para algunas personas levantarse de la cama, quitarse el pijama y darse una ducha puede suponer un gran reto pero, una vez logrado, se van a sentir mucho mejor. Después de esto, puede que se vean con fuerzas para hacer algo más.
La clave es ir dando pasos pequeños para recuperar las actividades que se han perdido. Si esperamos a estar más animados para ponernos en marcha nunca lo conseguiremos porque no tenemos nada que nos motive. Sin embargo, si empezamos por hacer algo para animarnos esto conllevará seguir buscando más actividades y subiendo nuestro estado de ánimo. No se trata de conseguir grandes proezas porque puede causar el efecto contrario. Es mejor comenzar por pequeñas actividades cotidianas que nos hagan pensar que merece la pena volver a disfrutar de la vida.
Como conclusión os dejo una ingeniosa frase que nos recuerda lo que valemos y de lo que somos capaces:

"Si algún día te sientes pequeño, inútil, ultrajado y deprimido, recuerda que un día fuiste el espermatozoide mas rápido y victorioso de tu grupo."


miércoles, 24 de agosto de 2011

De lo general a lo particular


Lo general.
Estamos rodeados de información. Cada vez existen más clases de datos. Nos comunicamos con más personas, tenemos que elegir entre más alternativas y los componentes de información sobre cualquier cosa aumentan exponencialmente.
Todo lo que hacemos requiere una toma de decisiones tanto a la hora de saber  si actuar o no como a la hora de decidir el cómo. La mayoría de las veces no nos damos cuenta de que tomamos una decisión, simplemente actuamos. Si tenemos que elegir entre más de una opción y nos enfrentamos a una decisión difícil o poco habitual, entonces valoramos las posibilidades. A medida que la decisión es más importante tenemos en cuenta más detalles e intentamos ser lo más minuciosos posible. Pero nunca analizamos toda la información de que disponemos cada vez que debemos escoger. ¡Cada paso nos llevaría una vida!
Para resumir el proceso tomamos atajos. Nuestro cerebro almacena la información en grupos o conjuntos. Cada vez que necesitamos uno de estos grupos utilizamos un método que se llama heurística y que consiste en rescatar la información siguiendo algunas reglas como son la generalización, la analogía, las semejanzas, etc. A cada una de estas reglas las llamamos heurísticos y son estas estrategias las que utilizamos habitualmente en nuestra vida cotidiana.
Muchas veces tenemos tan asimilados estos heurísticos que forman parte de nuestra personalidad. Se convierten en nuestros valores, creencias, ideales y rigen nuestra manera de ser. Existen dos heurísticos importantes que utilizamos a diario, sobre todo, cuando tratamos con otras personas; son los prejuicios y los estereotipos. Estos dos nombres tienen connotaciones negativas y siempre nos defendemos de no ser prejuiciosos y alardeamos de no fiarnos nunca de los estereotipos. Pero, realmente, esto es una mentira a medias. Si no utilizáramos ninguno de estos atajos cada vez que tomáramos una decisión tendríamos que analizar absolutamente todo y necesitaríamos, como ya dije, toda una vida. Por eso, utilizamos nuestras ideas generales o las opiniones que tenemos sobre la situación en la que nos encontramos. Estas opiniones las hemos construido a lo largo de nuestra experiencia o de lo que nos han enseñado desde pequeños.
Es tan fácil como que, por ejemplo, a la hora de comprar un aparato electrónico de un valor elevado lo primero que hacemos es centrarnos sólo en las marcas importantes que conocemos y las que son de segunda las desechamos. Es lógico, ya que nos vamos a gastar el dinero nos vamos a lo seguro y apostamos por lo conocido y que nos da más confianza. Pero, ¿cómo sabemos que es de confianza? ¿Hemos comprobado todos los demás para saber que no son buenos? No hacemos un análisis de cada componente ni de cada función de cada una de las marcas del mercado, nos quedamos con los estereotipos. En este caso, que por ser conocido es mejor.
Seguramente diremos que los prejuicios y los estereotipos se refieren a las personas y que nunca hacemos juicios previos antes de conocer a alguien. ¿Seguro? Cuando vemos por primera vez a una persona lo primero que hacemos es ver su aspecto. Si es hombre o mujer ya tendremos una idea diferente. Viendo la edad que tiene también, pensaremos cosas diferentes y atribuiremos una personalidad distinta según cómo se vista. Con sólo tres características ya tenemos una pequeña idea sobre cómo creemos que es esa persona. Si, además, nos fijamos en su corte de pelo, sus gestos, en los adornos, etc., la idea que tenemos formada se irá ajustando mucho más a cómo creemos que es en realidad.
Son las primeras impresiones que nos formamos cuando vemos o nos relacionamos con alguien por primera vez. Puede que no juzguemos dando un valor positivo o negativo pero sí utilizamos estos atajos para ser más rápidos a la hora de comportarnos frente a quien tenemos delante. Si antes de hablar con una persona tuviéramos que conocerla nunca podríamos iniciar una conversación. Para empezar, no sabríamos si tutearla o tratarla de usted porque ambos tratamientos pueden resultar molestos según a quien nos dirijamos.
Todo esto, junto con la situación en la que nos encontremos, es muy útil para empezar. Por ejemplo, si tenemos un nuevo compañero de trabajo que no conocemos lo que haremos será hablar sobre el trabajo, si estamos en un curso de formación hablaremos sobre la temática del curso, en una exposición de arte nuestra conversación irá enfocada al arte.
Pero la cuestión es no quedarse en esta primera impresión o en este primer contacto.


Lo particular.
Como dijo José Ortega y Gasset "Yo soy yo y mi circunstancia". Lo que en un primer momento resulta muy útil y es una buena ayuda se puede convertir en un lastre si no profundizamos en ello.
Los atajos que utilizamos en nuestro día a día, bajo la forma de prejuicios y estereotipos, nos sirven para acercarnos a las personas. Pero, una vez que establecemos la comunicación, es cuando debemos librarnos de esa opinión prejuiciosa que nos formamos al principio.
No sólo se trata de confirmar o no esa idea inicial que nos formamos. Poco a poco, vamos teniendo acceso a más información. A medida que conocemos a alguien nos damos cuenta de que no es como imaginábamos; para bien o para mal. Conocemos nuevos detalles que puede que no encajen en esa imagen que nos habíamos creado al principio. Esto nos puede confundir un poco y causarnos la sensación de que esa persona no es lo que esperábamos, incluso nos puede poner a la defensiva. Seguramente, a medida que accedamos a su historia personal, nos daremos cuenta de que aquellos detalles que no nos encajaban bien tienen su explicación. Esto significa que no podemos limitarnos a desechar aquello que no nos convence de alguien o que no se ajusta a nuestra idea ingenua sobre esa persona porque no sepamos encasillarla en nuestro esquema. Todo lo contrario, debemos ser conscientes de que quien está equivocado somos nosotros ya que hemos anticipado un juicio sin tener suficientes evidencias. Es más, lo justo sería adentrarnos en su mundo para entender por qué se comporta o piensa así o por qué su vida es como es.
Especialmente, somos más estrictos y conservadores con nuestras propias creencias acerca de los otros cuando nuestra opinión no es positiva. Quizá sea por lo que nos cuesta reconocer que nos hemos equivocado o quizá por el gran trabajo que suponemos nos va a costar reconstruir nuestra imagen mental sobre esa persona, esta vez con más tiento para no volver a errar. En muchas de las ocasiones que dejamos atrás nuestro orgullo, reconocemos que nos hemos equivocado y damos otra oportunidad suele ser a las personas que después más valoramos porque hemos puesto mucho más cuidado y hemos dedicado más esfuerzo a conocerlas.
Pasado el tiempo, al echar la vista atrás, es cuando nos damos cuenta de que aquellos que conocimos aquel día no tienen nada que ver con lo que imaginábamos en ese momento y reiremos contándole a la otra persona nuestras suposiciones acerca de ella (aunque, es posible, que a la otra persona no le haga tanta gracia).
En realidad, los prejuicios no son ni buenos ni malos de por sí y los estereotipos tienen el mismo poder para acercarnos o para alejarnos de alguien. Sólo nos beneficiaremos de ellos si sabemos utilizarlos de manera inteligente como la herramienta social que son.
Así, los estereotipos que tratan de desacreditar a un grupo o dotarlo de connotaciones negativas serían los primeros que deberíamos preocuparnos de verificar. A veces, se les da más importancia que si fueran una información veraz porque se componen de rumores que, supuestamente, se basan en experiencias reales de alguien. Pero, normalmente, estas experiencias o no son ciertas o están muy desvirtuadas por el boca a boca y puede dar lugar a consecuencias no muy agradables para el grupo que se convierte en víctima del prejuicio.
Lo mejor que podemos hacer es acercarnos y comprobar por nosotros mismos si algo es cierto o no para poder opinar y argumentar con evidencias sólidas.

miércoles, 17 de agosto de 2011

Figura o Fondo. ¿Qué es lo importante?


La Escuela de la Gestalt fue una corriente psicológica que surgió a principios del siglo XX. Defendían que nuestra percepción no siempre era objetiva y que nuestra interpretación, a veces, iba mucho más allá que la simple percepción.
Nuestro cerebro recoge la información, es decir, percibe el mundo exterior. Pero, además, realiza otra función no menos importante que es la de codificar y dar un sentido a aquello que percibe. Habitualmente, captamos los estímulos del exterior tal y como son y ése es el significado que le damos. Por ejemplo, vemos una manzana Ѽ (una fruta cuya piel es de color amarillo, verde o rojo con puntitos,  redonda pero achatada por arriba y por abajo, amarilla o blancuzca por dentro y con pepitas en el centro)  y sabemos que es una manzana. Sin embargo, a veces, la realidad no está tan clara y la interpretación puede ser muy diferente para cada persona.
Cuando observamos imágenes consideramos que la figura es lo que sobresale, lo primero que captamos, y el fondo es aquello sobre lo que se colocan las figuras o los objetos. A menudo, el fondo es una base necesaria pero irrelevante, por eso, decidimos no darle tanta importancia y sí centrarnos en las imágenes. Pero, ¿cómo sabemos cuál es el fondo y cuáles son las figuras? ¿Cómo podemos estar seguros de que estamos en lo cierto? Aquí van algunos ejemplos que nos harán dudar y nos llevarán a reflexionar sobre ello.




 


 ¿Un conejo entre la hierba o un pato tumbado?
















 


¿Un saxofonista o una cara de mujer?










  



   
    







        ¿Una calavera o una pareja?
  


















 






¿Don Quijote y Sancho o los molinos?










  








 
 
¿Y aquí? ¿Cuántas cosas eres capaz de ver?


En nuestra vida cotidiana, en multitud de situaciones, la figura y el fondo se pueden intercambiar. Por eso, no debemos quedarnos sólo con lo primero que nos venga a la mente. Ante los hechos de la vida debemos reflexionar y leer entre líneas, como se suele decir. Así, acontecimientos que nos parecen negativos quizá no lo sean tanto o ciertos malentendidos tengan una explicación mucho más simple. A la hora de afrontar los problemas puede que no lleguemos a la solución porque no nos estamos centrando en la raíz del conflicto. Es más, es posible que nosotros mismos nos estemos creando problemas que en el fondo no lo son y nos estemos quitando un tiempo que deberíamos dedicar a disfrutar de lo que realmente merece la pena.

miércoles, 3 de agosto de 2011

Mitos sobre el amor romántico


   Algunas de nuestras creencias sobre el amor pueden llevarnos a pensar que nuestra relación de pareja no va bien. A veces, incluso,estas creencias pueden ser uno de los motivos por los cuales quienes sufren maltrato no son conscientes de ello en un principio. Estos son los mitos sobre el amor romántico que Graciela Ferreira propone en su libro:
  • Entrega total a la otra persona.
  • Hacer de la otra persona lo único y fundamental de la existencia.
  • Vivir experiencias muy intensas de felicidad o de sufrimiento.
  • Depender de la otra persona y adaptarse a ella, postergando lo propio.
  • Perdonar y justificar todo en nombre del amor.
  • Consagrarse al bienestar de la otra persona.
  • Estar todo el tiempo con la otra persona.
  • Pensar que es imposible volver a amar con esa intensidad.
  • Sentir que nada vale tanto como esa relación.
  • Desesperar ante la sola idea de que la persona amada se vaya.
  • Pensar todo el tiempo en la otra persona, hasta el punto de no poder trabajar, estudiar, comer, dormir o prestar atención a otras personas menos importantes.
  • Vivir sólo para el momento del encuentro.
  • Prestar atención y vigilar cualquier señal de altibajos en el interés o el amor de la otra persona.
  • Idealizar a la otra persona no aceptando que pueda tener algún defecto.
  • Sentir que cualquier sacrificio es positivo si se hace por amor a la otra persona.
  • Tener anhelos de ayudar y apoyar a la otra persona sin esperar reciprocidad ni gratitud.
  • Obtener la más completa comunicación.
  • Lograr la unión más íntima y definitiva.
  • Hacer todo junto a la otra persona, compartirlo todo, tener los mismos gustos y apetencias.
     Una pequeña muestra en este vídeo:




   Bibliografía:
   Ferreira, Graciela (1995). Hombres violentos, mujeres maltratadas. Buenos Aires: Editorial Sudamericana. 2ª edición.