domingo, 12 de junio de 2011

Aburrimiento-Nevera. Una relación amor-odio


Seguro que más de uno recuerda alguna tarde tirado en casa sin saber qué hacer y sin ganas de hacer nada. Esta situación es bastante más común de lo que pensamos. Incluso los mismos que siempre se quejan de falta de tiempo han caído en días de absoluto hastío y desidia. Hay días que la cabeza se paraliza ante el aburrimiento o la expectativa de tener demasiado tiempo y ningún plan con que rellenarlo.
El aburrimiento nos lleva a un autodiálogo que, generalmente, suele ser circular y con tintes negativos. Cuando nos aburrimos pensamos en cosas que podríamos hacer pero no se nos ocurre nada. Si no llega ninguna idea seguimos pensando y pensando y, de tanto pensar, nos entra hambre. Un hambre indefinida que nos hace ir al frigorífico y ver que no hay nada que nos guste. Pero estamos demasiado cansados para bajar a la calle a comprar algo que realmente nos apetezca. Cerramos el frigorífico y volvemos al lugar del que venimos que, normalmente, es el sofá. Seguimos pensando en qué hacer mientras pensamos en qué comer. Cogemos el mando de la televisión y recorremos todos los canales para concluir que no hay nada interesante y que el día es completamente insulso. Volvemos a la nevera para ver que no se ha llenado por arte de magia de aquello que tanto nos apetece y aún no hemos descubierto lo que es. Cogemos lo primero que pillamos y volvemos a sentarnos. Comemos y pensamos. ¿Qué hacer? No sé, pero no debería estar comiendo esto porque luego me voy a arrepentir. Aquí acaba de destaparse la Caja de Pandora.
Nos  sentimos culpables por picotear pero tenemos mucha hambre. Si no comemos la sensación de hambre aumenta. Debería ponerme a hacer algo ya. Pero ¿qué hago? No se me ocurre nada y lo que se me ocurre no me apetece. Seguimos comiendo. Seguimos pensando. Tendría que ponerme con el encargo pendiente o debería recoger pero estoy tan cansado que no tengo fuerzas. Pasan las horas y avanza el día, muy lentamente, eso sí, y a nuestra cabeza no llega ninguna idea esclarecedora.
Nos acordamos del ordenador y, de camino, pasamos por la nevera. Hace tan sólo una hora que comimos y ya es la segunda vez que nos ponemos a picar. No puede ser, voy a engordar y otra vez me voy a sentir fatal. Con lo que me cuesta perder estos kilos… Encendemos el ordenador para ver lo mismo de siempre. Pensamos en la gran cantidad de películas que tenemos pero ninguna nos inspira lo suficiente. Otra vez tenemos hambre. Viaje a la nevera. Pensamos y comemos. Comemos y pensamos.
Pensamos en quedar o visitar a alguien. Nos da pereza. Estamos cansados, con un estado de ánimo que roza el enfado y llevamos todo el día en pijama. ¿A dónde vamos a ir a estas horas? Porque ya es tarde para arreglarse y salir. Es tarde para llamar a alguien. Es tarde para ver una película. Es tarde para cualquier cosa pero, paradójicamente, la tarde no pasa. Parece que las horas se estiran casi tanto como las ganas de comer. Seguimos sintiendo hambre, aunque a estas alturas ya hemos llegado a la conclusión de que es sólo gula. Como es gula ya no tiene sentido seguir picando pero notamos un apetito tan insaciable que tenemos que volver a la nevera.
Miramos el reloj y parece que el tiempo no pasa nunca, sin embargo, nos damos cuenta de que hemos perdido un día sin hacer nada y comiendo sin parar. Al recapitular, los sentimientos de culpabilidad nos invaden como lo llevan haciendo el resto del día. Sin querer, nos hemos metido en un círculo vicioso del que no somos capaces de salir. El aburrimiento nos da hambre y el comer nos hace sentir culpables. Ese sentimiento de culpabilidad hace que nos sintamos cansados y sin ganas de hacer nada, lo que contribuye a que nos movamos menos y nos aburramos más y más.
Debemos ser capaces de identificar esa sensación de malestar que comienza a crearse en nuestro interior para actuar en contra. Una forma es obligarnos a salir de casa con cualquier excusa, ir al cine, una exposición, ver tiendas… Cualquier opción es válida porque nos alejará de ese sentimiento de malestar. Hacer cosas repercutirá en sentirnos mejor y dar por aprovechado un día que ya creíamos perdido. El aire fresco y no viciado de la calle nos oxigena la mente y nos aclara las ideas. Si nos quedamos en casa el ambiente se enrarece y se vuelve pesado. Nos envuelve y nos obliga a quedarnos quietos sin hacer nada.
La vida es demasiado corta como para malgastar los días dejándonos invadir por el malestar y el aburrimiento.

lunes, 30 de mayo de 2011

Por qué el movimiento del 15-M tiene tanta repercusión


El 15 de mayo se convocó la archiconocida manifestación por una Democracia Real Ya. Al principio, muchas personas no lo tomaron muy en serio pero, con el tiempo, se ha ido ganando su propio terreno en la sociedad. Nadie es indiferente y todos saben con mayor o menor acierto de qué se trata.
Aquellos sobre quienes se protesta son los que más influencia ejercen en nuestras vidas, simplemente por el hecho de ser quienes manejan el dinero y el poder. Por esta misma razón, son los que acaparan toda la atención y los primeros a los que se tiene en cuenta. Los llamaremos la mayoría por la influencia que ejercen en la sociedad.
De repente, aparece un grupo incómodo para esta mayoría que trata de quitarles protagonismo y resulta que se está haciendo bastante importante. Tienen la fórmula magistral para poder influir en toda la población. Recogen un malestar, proponen una solución y representan muchos puntos de vista y a personas de muy diversas edades, es decir, abarcan un conjunto muy amplio de personas.
Los llamados indignados son un grupo que se comporta de una forma totalmente consistente y muestran seguridad y convicción a la sociedad. Presentan sus quejas y se centran en ellas basándose en un malestar concreto de la población general. Todo lo que hacen o dicen está encaminado hacia un mismo objetivo. Además, han establecido comunicación entre todas las ciudades para tener unas pautas de acción muy similares y estar coordinados. Se han convertido en un grupo pequeño pero fuerte.
Por otro lado, dan un paso más y no se quedan en la queja como mera llamada de atención. También, proponen una solución porque saben cuál es el problema y quieren resolverlo. Para ello, buscan la información que necesitan e intentan trazar un plan valiéndose de profesionales y expertos que puedan aportar soluciones reales, viables y, sobre todo, legales. Anticipan los obstáculos que les pueden poner e intentan salvarlos de antemano para tenerlo todo bien atado. Con esta manera tan cuidadosa de proceder se ganan el respeto de la población ya que demuestran actuar con inteligencia.
Por si fuera poco, no transmiten ni representan una posición política particular. Captan todos los puntos de vista de manera que aglutinan a personas de muy distinta ideología, tanto de derechas como de izquierdas. Valoran que cada uno tenga sus principios y valores creados a partir del razonamiento propio y no por lo que digan o quieran los demás. Sólo recogen la insatisfacción de aquellos que se sienten identificados con el famoso movimiento. Lo que les echaría a perder sería que se convirtieran en una corriente política con un color determinado y dejaran de lado al resto.
La diferencia fundamental entre los que denominé antes como mayoría y este pequeño grupo es la manera de influir de cada uno. La mayoría ejerce su influencia como una oleada que lo acapara todo, como si de una moda se tratara. En cambio, este pequeño grupo plantea un problema y siembra la duda de que algo no está bien y es susceptible de mejora. La duda nos obliga a pensar sobre ello y a generar nuestra propia opinión. Toca lo más profundo, los valores y las creencias. El compromiso con lo que nosotros mismos creamos, en este caso nuestra opinión, es más fuerte que lo que viene desde fuera. Sin embargo, lo que llega de repente, avasallando, no deja reflexionar y, por tanto, se queda en nuestra conciencia de forma muy superficial.
Otro punto a su favor son los apoyos que reciben. El respaldo de personalidades tan reconocidas y respetables, como Eduardo Punset y otros muchos, aporta un carácter de mayor seriedad e importancia al movimiento.
Por último, la ayuda que les han brindado los oponentes es excepcional. El factor emocional es tan grande que causa el efecto rebote que estamos viendo con los primeros y últimos acontecimientos. Quienes se sienten identificados con las quejas que expone este grupo desarrollan empatía hacia sus representantes. Cuando desalojaron la Puerta del Sol en Madrid y cuando ocurrieron los incidentes en Barcelona muchos sintieron como si, en cierta medida, se lo hubiesen hecho también a ellos mismos. Por eso, los apoyos se incrementan y ayudan a consolidar este movimiento.
Es posible que si no hubiesen ocurrido los primeros desalojos en Madrid no se hubiesen llegado a comunicar todas las ciudades y, por tanto, no se hubiesen hecho tan fuertes. Los medios de comunicación hubiesen dejado de prestar atención y hubiese pasado de moda como algo puntual que se pudo aplacar a tiempo.
Ahora, les queda el paso más importante. Deben constituir algo más estable físicamente y que les permita mantenerse en el tiempo. Es el momento de dejar las quejas y empezar a trabajar para alcanzar las soluciones que proponen. De lo contrario, empezarán a perder popularidad y apoyos.  

domingo, 22 de mayo de 2011

Premios y castigos


¿Quién ha oído hablar de Skinner y de unos perros de un tal Pavlov que salivaban cuando veían la comida? Estos dos señores pertenecen a la historia de la psicología y allí se quedarán pero nos dejaron un concepto muy importante que es el de condicionamiento. Skinner construyó una caja con una palanca conectada a un dispensador de comida. Dentro introdujo un animal, una rata o una paloma. Cuando el animal presionaba la palanca el dispensador dejaba caer una bolita de comida. Pronto los animales aprendían que para conseguir comida tenían que presionar la palanca. Pero no sólo eso, también introdujo una bombilla y consiguió que el animal aprendiera que para conseguir alimento tenía que apretar la palanca cuando la luz se encendía. Es decir, los experimentos de Skinner consistían en aprender una conducta mediante la obtención de un premio. Esto es lo que se denomina condicionamiento operante o instrumental.
El condicionamiento es un método para aprender conductas y una de las formas en que aprendemos es a través de los premios y los castigos. Otras formas pueden ser viendo la actuación de otros y sus consecuencias o mediante instrucciones.
Los premios o reforzadores son algo agradable, que nos gusta y aparecen cuando nuestra conducta es la correcta o deseada. Pueden ser positivos y negativos. Los reforzadores positivos consisten en dar algo agradable, por ejemplo, entregarle un caramelo a un niño que ha terminado de recoger sus juguetes. Los reforzadores negativos eliminarán algo desagradable como es el librarse de hacer deberes en verano por haber aprobado el curso.
Los castigos son algo que nos disgusta o nos desagrada como consecuencia de una conducta que no es la adecuada o deseada. También pueden ser positivos y negativos. Aplicar un castigo positivo es dar algo desagradable para la persona como es el lavar a mano la camisa por haberla manchado. Los castigos negativos consisten en quitar algo que es agradable, por ejemplo, no ver la tele por no haber terminado los deberes.
Existe otra división que podemos hacer sobre los reforzadores. Según sus características se dividen en dos tipos los primarios y los secundarios. Los primarios son elementos muy simples y muy básicos que por sí mismos ya son agradables o desagradables. Suelen ser cosas de primera necesidad como la comida o la bebida y son los más usados con niños muy pequeños y con personas con graves déficits psíquicos con los que es difícil razonar. Los secundarios requieren de un aprendizaje previo para darle un valor agradable o desagradable. Los reforzadores sociales pertenecen a esta categoría. Los cumplidos, las muestras afectivas (palabras, besos, abrazos, miradas, sonrisas, etc.) necesitan aprenderse primero para saber identificarlos y darles posteriormente ese valor agradable. Los reforzadores secundarios son los más variados y por eso son también los más potentes. Es muy difícil que nos cansemos de éstos porque podemos cambiar cuando queramos mientras que la comida y la bebida son más limitados, dependen de nuestro estómago y es posible que nos saciemos antes. Por ejemplo, si nos dicen que lo estamos haciendo bien con veinte frases distintas nos gustará más que si nos dan veinte caramelos de diferente sabor.
La pregunta que podemos hacernos es acerca de lo más conveniente a utilizar para que alguien aprenda. La respuesta la hallaremos haciéndonos esta misma pregunta a nosotros mismos. ¿Qué nos gusta más un premio o un castigo? La respuesta que elegiremos la gran mayoría será el premio, así que veamos por qué es más efectivo que un castigo. Es posible que alguien piense que es muy fácil decirlo pero que muchas veces es necesario castigar a quien no cumple o se porta mal una y otra vez. Quizá debamos plantearlo de otra forma, ¿es necesario el castigo o es suficiente la ausencia de premio? ¿Acaso no es suficiente castigo ya el quedarse sin premio? ¿Por qué, además, tenemos que imponer algo desagradable? Este tipo de acciones tiene consecuencias más grandes y más a largo plazo de las que en principio pensamos. Los castigos ayudan al desarrollo de una baja autoestima, producen reacciones de evitación tanto del lugar como de la persona que lo aplica, desmotivan a quien lo recibe y no contribuyen a que la próxima vez se hagan mejor las cosas. Todo lo contrario, la persona tendrá inseguridad a la hora de actuar y perderá la iniciativa por miedo a otro castigo. Es probable que cuando lo intente los nervios le traicionen y acabe sin desarrollar una conducta adecuada. No olvidemos que un niño lo que sí hará será aprender esta forma de interacción. Especialmente, si el castigo es físico influirá en un carácter más agresivo y es probable que lo repita en su forma de educar posteriormente. La razón por la que a veces se consiguen cambios en el comportamiento a través de este tipo de medidas es porque, seguramente, mientras castigamos hablamos y damos instrucciones sobre cómo debe hacerse bien para la próxima vez.
En cambio, cuando se recibe un premio es mucho más fácil que consigamos una repetición en la forma de actuar. Esto hace que la persona se sienta mejor, su autoestima esté más equilibrada y se sienta más motivada para continuar en su camino. Se sentirá más seguro porque no tendrá miedo a fracasar.
En resumen, un niño que se porta bien y recibe un refuerzo hará muchas más cosas y tendrá más iniciativa por el simple hecho de buscar más premios. Sin embargo, un niño que recibe un castigo por su conducta puede que no sepa exactamente cómo debe comportarse la próxima vez y tampoco hará nuevos intentos por miedo a un nuevo castigo.
Cuando tengamos dudas acerca de esto sólo tenemos que ponernos en la situación por un instante y pensar cómo nos gustaría a nosotros que nos tratasen o qué nos gustaría recibir en ese caso.