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miércoles, 12 de diciembre de 2012

Predicar con el ejemplo mejor que sólo con palabras



Hace mucho tiempo que el psicólogo Albert Bandura formuló su teoría del aprendizaje social en la cual defendía que no sólo aprendemos mediante los refuerzos (o premios) y los castigos sino que, también, aprendemos observando la conducta de los demás.
De hecho, en multitud de ocasiones, el aprendizaje por imitación resulta mucho más potente y eficaz que el condicionamiento en cualquiera de sus formas, tanto el clásico como el instrumental u operante.
Os dejo este vídeo tan curioso que muestra la importancia que tiene el enseñar mediante el ejemplo.
Además de disfrutarlo, seguro que os hará reflexionar.




¿Formaréis parte de esta especie de cadena de favores? ¡La música es muy buena!
Canción: Give A Little Love - Noah And The Whale

martes, 27 de septiembre de 2011

De qué manera aprendemos


El hombre es el único animal que tropieza dos veces con la misma piedra. Con gran decisión nos apresuramos a decir que siempre cometemos los mismos errores. Pero, ¿cuántas veces nos hemos preguntado de qué forma somos capaces de aprender? Consideramos que cualquier ocasión es buena y que de todo se puede sacar algo pero quizá nos cueste darnos cuenta de los mecanismos por los cuales aprendemos.
Desde que nacemos estamos aprendiendo. Cuando somos bebés y lloramos acude alguien para ver qué nos pasa. Lo que al principio es mecanismo de supervivencia, inconsciente, se convierte en una respuesta voluntaria que utilizamos como reclamo para llamar la atención de nuestros cuidadores. Acabamos estableciendo una asociación: “si lloramos acudirá alguien”. Parece que siendo tan pequeños no podemos aprender porque no somos conscientes de lo que hacemos. Por ese mismo razonamiento los peces de una pecera tampoco se acercarían a la superficie del agua cuando ven a la persona que les trae comida habitualmente.
Otro mecanismo del que nos valemos para resolver cuestiones un poco más complejas es lo que llamamos ensayo-error. Así es como conseguimos hacer y terminar los rompecabezas. Vamos probando cómo encajan las piezas y qué lugar les corresponde. A veces nos equivocamos y tenemos que volver a empezar o deshacer una buena parte. Ante problemas cuya solución desconocemos no tenemos más remedio que probar alternativas para ir acercándonos a la solución más aceptable. Así, también, es como aprendemos a hablar.
¿Cómo aprendemos a atarnos los cordones de los zapatos, a montar en bicicleta o a nadar? Pasamos de tenerlo todo hecho a tener que terminar nosotros la lazada y, finalmente, a arreglárnoslas solos cuando se nos desataban los cordones en el colegio. Recordemos cómo nuestra bicicleta volaba mientras nos agarraban el sillín y cómo empezaba a tambalearse hasta caernos (o casi) cuando nos soltaban. De repente, un día fuimos capaces de recorrer solos un buen trecho sin caernos y, al día siguiente, ya no necesitábamos a nadie para subirnos, arrancar, y volar con nuestra bicicleta.
Una forma muy sencilla pero que a veces se nos resiste son las instrucciones. Cuando queremos cocinar un plato especial normalmente cogemos el libro de recetas o la chuleta con la receta que nos ha pasado un amigo o nuestra madre o abuela. Al principio, es posible que no nos quede muy bien porque el hecho de seguir instrucciones parece que se nos resiste un poco. Bien por impaciencia o bien por despiste nos saltamos un paso, confundimos cantidades o mezclamos lo que no es. Pero, al cabo de unas cuantas veces, ya no necesitamos mirar la chuleta y nos sale sabrosísima sin tener que consultar la receta. Si este ejemplo no nos sirve pensemos en las ocasiones que tenemos que montar un mueble. Cuando aprendemos a conducir ocurre lo mismo; pasamos de estar pendientes de cada paso a ir automatizando cada movimiento hasta que logramos hacer un montón de movimientos a la vez sin darnos cuenta.
Del que nos olvidamos la mayoría de las veces es de la imitación. Digo que nos olvidamos porque muchas veces no somos ni siquiera conscientes de que alguien se fija en nosotros y nos toma como ejemplo. Es por eso que nos escandalizamos cuando oímos decir una palabra malsonante o soez a un niño que apenas sabe hablar. Inmediatamente alguien dice la consabida frase “¡a quién se lo habrá oído decir!”. Por lo general, solemos imitar o tomar como ejemplo a alguien que consideramos importante pero en cualquier momento podemos imitar determinado gesto, expresión, forma de actuar, etc. que nos parece interesante. Incluso, viendo a otros, podemos darnos cuenta de lo que no debemos hacer. De ahí la importancia de controlar lo que ven los niños en la televisión ya que no siempre ofrecen buenos comportamientos a seguir. Aunque nosotros sepamos discernir entre lo que se debe o no hacer, un niño no siempre comprende lo que está bien y lo que no.
Sin embargo, para que todos estos mecanismos se consoliden necesitan un paso más. Para que distingamos qué es lo correcto o bien, para que repitamos y consolidemos lo aprendido es necesario que percibamos unas consecuencias. Si obtenemos un beneficio, es decir, existe una consecuencia positiva para nosotros, repetiremos el mismo comportamiento en futuras ocasiones. En cambio, si salimos perjudicados u obtenemos unas consecuencias que consideramos negativas no volveremos a repetir lo mismo en lo sucesivo.
Después de ver las múltiples oportunidades y formas que tenemos para aprender sí cabe preguntarse:
¿Cómo es posible que el hombre sea el único animal que tropieza dos veces con la misma piedra?

domingo, 22 de mayo de 2011

Premios y castigos


¿Quién ha oído hablar de Skinner y de unos perros de un tal Pavlov que salivaban cuando veían la comida? Estos dos señores pertenecen a la historia de la psicología y allí se quedarán pero nos dejaron un concepto muy importante que es el de condicionamiento. Skinner construyó una caja con una palanca conectada a un dispensador de comida. Dentro introdujo un animal, una rata o una paloma. Cuando el animal presionaba la palanca el dispensador dejaba caer una bolita de comida. Pronto los animales aprendían que para conseguir comida tenían que presionar la palanca. Pero no sólo eso, también introdujo una bombilla y consiguió que el animal aprendiera que para conseguir alimento tenía que apretar la palanca cuando la luz se encendía. Es decir, los experimentos de Skinner consistían en aprender una conducta mediante la obtención de un premio. Esto es lo que se denomina condicionamiento operante o instrumental.
El condicionamiento es un método para aprender conductas y una de las formas en que aprendemos es a través de los premios y los castigos. Otras formas pueden ser viendo la actuación de otros y sus consecuencias o mediante instrucciones.
Los premios o reforzadores son algo agradable, que nos gusta y aparecen cuando nuestra conducta es la correcta o deseada. Pueden ser positivos y negativos. Los reforzadores positivos consisten en dar algo agradable, por ejemplo, entregarle un caramelo a un niño que ha terminado de recoger sus juguetes. Los reforzadores negativos eliminarán algo desagradable como es el librarse de hacer deberes en verano por haber aprobado el curso.
Los castigos son algo que nos disgusta o nos desagrada como consecuencia de una conducta que no es la adecuada o deseada. También pueden ser positivos y negativos. Aplicar un castigo positivo es dar algo desagradable para la persona como es el lavar a mano la camisa por haberla manchado. Los castigos negativos consisten en quitar algo que es agradable, por ejemplo, no ver la tele por no haber terminado los deberes.
Existe otra división que podemos hacer sobre los reforzadores. Según sus características se dividen en dos tipos los primarios y los secundarios. Los primarios son elementos muy simples y muy básicos que por sí mismos ya son agradables o desagradables. Suelen ser cosas de primera necesidad como la comida o la bebida y son los más usados con niños muy pequeños y con personas con graves déficits psíquicos con los que es difícil razonar. Los secundarios requieren de un aprendizaje previo para darle un valor agradable o desagradable. Los reforzadores sociales pertenecen a esta categoría. Los cumplidos, las muestras afectivas (palabras, besos, abrazos, miradas, sonrisas, etc.) necesitan aprenderse primero para saber identificarlos y darles posteriormente ese valor agradable. Los reforzadores secundarios son los más variados y por eso son también los más potentes. Es muy difícil que nos cansemos de éstos porque podemos cambiar cuando queramos mientras que la comida y la bebida son más limitados, dependen de nuestro estómago y es posible que nos saciemos antes. Por ejemplo, si nos dicen que lo estamos haciendo bien con veinte frases distintas nos gustará más que si nos dan veinte caramelos de diferente sabor.
La pregunta que podemos hacernos es acerca de lo más conveniente a utilizar para que alguien aprenda. La respuesta la hallaremos haciéndonos esta misma pregunta a nosotros mismos. ¿Qué nos gusta más un premio o un castigo? La respuesta que elegiremos la gran mayoría será el premio, así que veamos por qué es más efectivo que un castigo. Es posible que alguien piense que es muy fácil decirlo pero que muchas veces es necesario castigar a quien no cumple o se porta mal una y otra vez. Quizá debamos plantearlo de otra forma, ¿es necesario el castigo o es suficiente la ausencia de premio? ¿Acaso no es suficiente castigo ya el quedarse sin premio? ¿Por qué, además, tenemos que imponer algo desagradable? Este tipo de acciones tiene consecuencias más grandes y más a largo plazo de las que en principio pensamos. Los castigos ayudan al desarrollo de una baja autoestima, producen reacciones de evitación tanto del lugar como de la persona que lo aplica, desmotivan a quien lo recibe y no contribuyen a que la próxima vez se hagan mejor las cosas. Todo lo contrario, la persona tendrá inseguridad a la hora de actuar y perderá la iniciativa por miedo a otro castigo. Es probable que cuando lo intente los nervios le traicionen y acabe sin desarrollar una conducta adecuada. No olvidemos que un niño lo que sí hará será aprender esta forma de interacción. Especialmente, si el castigo es físico influirá en un carácter más agresivo y es probable que lo repita en su forma de educar posteriormente. La razón por la que a veces se consiguen cambios en el comportamiento a través de este tipo de medidas es porque, seguramente, mientras castigamos hablamos y damos instrucciones sobre cómo debe hacerse bien para la próxima vez.
En cambio, cuando se recibe un premio es mucho más fácil que consigamos una repetición en la forma de actuar. Esto hace que la persona se sienta mejor, su autoestima esté más equilibrada y se sienta más motivada para continuar en su camino. Se sentirá más seguro porque no tendrá miedo a fracasar.
En resumen, un niño que se porta bien y recibe un refuerzo hará muchas más cosas y tendrá más iniciativa por el simple hecho de buscar más premios. Sin embargo, un niño que recibe un castigo por su conducta puede que no sepa exactamente cómo debe comportarse la próxima vez y tampoco hará nuevos intentos por miedo a un nuevo castigo.
Cuando tengamos dudas acerca de esto sólo tenemos que ponernos en la situación por un instante y pensar cómo nos gustaría a nosotros que nos tratasen o qué nos gustaría recibir en ese caso.