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miércoles, 8 de octubre de 2014

Terapia online para acortar distancias

Estamos acostumbrados a acudir al psicólogo de manera presencial a su despacho. Pero ¿qué ocurriría si viviéramos en un lugar donde no hay un psicólogo cerca y tuviéramos que desplazarnos varios kilómetros para mejorar nuestra salud psicológica?
Cuando alguien necesita ayuda normalmente no suele tener un ánimo suficiente para coger el coche y conducir hasta otra población para estar una hora en un despacho hablando con otra persona. Y, si toma medicación, es posible que los efectos secundarios no le permitan conducir con lo que dependerá del servicio público de transporte y de su buen funcionamiento. Además, si una persona tiene dificultades de movilidad, tiene agorafobia (pánico a salir a la calle) o bien tiene una depresión tan fuerte que no es capaz de salir a comprar el pan porque no se siente con fuerzas puede que jamás tome la decisión de llamar para concertar una cita en la que se tiene que desplazar.

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La terapia online se puede hacer desde cualquier lugar con un importante ahorro de tiempo y de mejor adaptación de horarios.

La irrupción de las nuevas tecnologías no sólo propicia la adición a internet sino que abre nuevas opciones de comunicación como es la terapia online. Muy al contrario de lo que se puede pensar, este tipo de contacto acorta distancias ya que permite a muchas personas acceder a un psicólogo venciendo todos los obstáculos que puede encontrar a la hora de desplazarse a otro lugar.
La terapia online consiste en realizar las sesiones de atención psicológica mediante videoconferencia, a través de plataformas como Skype o Hangouts. De esta forma, las personas se pueden ver y conocer para establecer la misma confianza que si estuvieran en un mismo lugar físico. El modo de llevar a cabo la sesión es exactamente igual que si estuvieran en el mismo despacho del profesional: cliente y psicólogo se conectan a la hora acordada y llevan a cabo la sesión correspondiente viéndose en el ordenador o en el smartphone a través de la webcam.
Esto supone que cada persona puede acceder a un psicólogo desde cualquier lugar del mundo con lo que la distancia, lejos de aumentar, se acorta. Además, se puede elegir al profesional que realmente queramos sin necesidad de que esté en nuestra misma ciudad o pueblo.
Un punto importante es que algunas personas tienen cierto reparo a contar su intimidad a una persona desconocida y no se sienten cómodos a la hora de tratar ciertos temas. Mediante la terapia online se ha visto que a las personas les cuesta menos hablar de lo que les pasa y exponer sus sentimientos y preocupaciones. Se sienten más libres y pueden aportar mayor información sobre su problema con lo que el psicólogo puede trabajar con más precisión haciendo que la intervención sea más efectiva que si el cliente oculta información por vergüenza o desconfianza.
Algo que nos puede resultar muy curioso es que no en todos los países se reconocen los problemas mentales de la misma manera. Por ejemplo, el trastorno límite de la personalidad no tiene la misma aceptación e, incluso, reconocimiento que otros trastornos mentales en algunos países de Latinoamérica. En este caso, las personas que se ven afectadas no pueden encontrar una ayuda adecuada y especializada dentro de su país por lo que el sufrimiento de quienes se ven afectados por este trastorno se acentúa.
La terapia online puede suplir esta carencia de atención y ayudar a quienes necesitan comprender su problema, aprender a vivir con él y afrontar su vida integrando su trastorno mental.


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En la terapia online el cliente está en su propio entorno, por ello se siente más cómodo, seguro y con mayor libertad para hablar y expresarse.
 
Imaginemos tener algún tipo de enfermedad, sea psicológica o física, y que nadie nos pueda evaluar y tratar. No sabemos qué es lo que nos ocurre lo que nos crea un gran sufrimiento y preocupación. Además, ante el desconocimiento general, el entorno estigmatiza a las personas y eso hace que quien se ve afectado por la enfermedad se quede sin ayuda, sin tratamiento y, además,  aislada socialmente por “ser raro” o peor aún, señalado de por vida por “estar loco”.
En cambio, si tenemos acceso a la atención de un profesional de cualquier parte del mundo donde sepan lo que nos ocurre las cosas cambian. Es posible entender las características de la enfermedad, saber que tiene un tratamiento y se puede mejorar la calidad de vida e incluso que no se “es raro”, ni se “está loco” ni se está solo.
Los avances de la tecnología son útiles y contribuyen a mejorar nuestra calidad de vida siempre que se empleen de una manera adecuada y racional. La terapia online puede aportar un rayo de esperanza a todas aquellas personas que no se atreven o no pueden o no tienen tiempo de acceder a un psicólogo de la manera tradicional.

miércoles, 27 de agosto de 2014

El suicidio y el tabú del suicidio


Cada vez que conocemos la noticia de un suicidio se nos agolpa en la cabeza una gran cantidad de preguntas. Las razones que llevan a una persona a poner fin a su vida pueden ser múltiples pero, desde nuestras ansias por vivir, puede que no lleguemos a encontrar ninguna válida e, incluso, razonable.
Aunque parezca algo extraño e infrecuente no lo es tanto ya que en España más de tres mil quinientas personas deciden acabar cada año con su vida. La razón por la que no somos conscientes de este dato es por el silencio de los medios de comunicación y, hasta hace poco, de los servicios sanitarios y sociales por el miedo al efecto de la imitación. Se cree que si se habla de este tema puede animar a otros a llevar a cabo tal acción y el número de suicidios se dispararía. No en vano se le llama la “muerte silenciada”.
A consecuencia de este temor, el tema se convierte o, mejor dicho, se sigue manteniendo como un tabú. Desde la cultura religiosa que hemos asumido hasta hace bien poco el suicidio estaba castigado. Los supervivientes de los intentos de suicidio eran estigmatizados y se les veía como la deshonra de la familia. Cuando el resultado era el esperado, a quien se señalaba con el dedo era a la familia a la cual se la culpabilizaba y responsabilizaba de tal “atrocidad”. En todos los casos la moral cristiana no permitía hablar sobre el tema ni daba la opción de reflexionar acerca de las causas para intentar combatir un nuevo intento por parte del superviviente o por parte de otro familiar.
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Las notas de suicidio pueden ayudar a entender a las personas suicidas pero quienes quedan sufren igualmente la pérdida y, a veces, la estigmatización por parte de la sociedad.

No sólo desde la cultura cristiana sino que la mayoría de las religiones consideran el suicidio un acto de cobardía e ingratitud por el bien más preciado que tenemos, la vida. Por esta razón, las noticias sobre muertes de este tipo nos caen como jarros de agua fría. Nos cuesta entenderlo porque aún tenemos esta idea sobre lo intocable que es el milagro de la vida y empatizar con el suicida nos llega a dar un poco de miedo y congoja.
A menudo, creemos que quienes toman la decisión de acabar con su vida tienen una enfermedad mental grave porque de otro modo nadie podría hacerlo. Tradicionalmente consideramos que los suicidas son personas muy deprimidas que sienten que su vida no vale nada. Pero no siempre es así, existen múltiples causas, razones y situaciones por las que una persona decide acabar con su vida y tampoco tienen por qué ser enfermos mentales.
En algunas ocasiones pueden ser actos llevados a cabo durante el proceso de un brote psicótico, en medio de un delirio, como única salida al dolor o al miedo que está sufriendo en ese momento la persona al creer que algo terrible le iba a pasar.
Las drogas son otra de las causas. Un “mal viaje” al consumir una sustancia psicoactiva que produce alucinaciones puede llevar a que la persona se vea en peligro y trate de escapar causándose así su propia muerte.
Existen los casos en los que sólo se trata de hacer una llamada de atención. Provocar un intento de suicidio para captar la atención que no creen merecer es un medio bastante utilizado, especialmente, por algunas personas con trastornos mentales como, por ejemplo, los afectados por el trastorno límite de la personalidad. En estos casos, el problema es que el elevado número de intentos hace que se pierda la urgencia y que no se le conceda importancia a los avisos o puede que en un momento dado “se les vaya la mano” y ejecuten el suicidio realmente.
También oímos que se producen suicidios en masa como consecuencia de rituales sectarios o con motivo de la desesperación ante un desastre, normalmente social o económico. Este último, es el caso de las personas que se tiraron desde los rascacielos de Nueva York cuando estalló la Gran Depresión de 1929. En la actualidad el suicidio es algo recurrente como salida ante deudas de grandes sumas de dinero, como los derivados por tráfico de drogas, ludopatía, acuerdos con mafias, etc. La desesperación ante la incapacidad de resolver estos problemas puede terminar con el suicidio.
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El duelo por un suicidio es de los más difíciles de asimilar por las dudas y el sentimiento de culpabilidad que deja en quienes sobreviven.
Pero, en la actualidad, no se necesita llegar a unas razones que, a veces, nos parecen de argumento de película. La actual crisis económica hace que en las personas que pierden su trabajo, su casa y aún siguen endeudados con los bancos, a causa de sus hipotecas, se instaure la indefensión aprendida en su cuerpo y en su cerebro. La sensación de que hagan lo que hagan no van a encontrar jamás una solución a esos problemas lleva a que se visualice la propia muerte como la única salida posible.
El suicidio se convierte en un mecanismo de defensa ante la propia desesperanza, el miedo al futuro, la inseguridad, la indefensión aprendida y la incapacidad de adaptarse al mundo en el que se vive y a las exigencias que la sociedad nos impone.

miércoles, 19 de marzo de 2014

Copia de seguridad del cerebro, memoria perpetua y emociones (II)

La semana pasada nos quedamos con esta pregunta. ¿Por qué no es bueno tener tan buena memoria? La memoria normal es imprecisa y se construye a base de emociones. No podemos recordar nada con exactitud porque nuestra capacidad para memorizar es limitada, debemos eliminar viejos recuerdos irrelevantes para dejar espacio a los nuevos. Además, la memoria, al igual que los recuerdos, se deterioran con el tiempo, perdemos capacidad de almacenamiento en nuestra memoria y somos capaces de recuperar muchos menos recuerdos.

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Podemos eliminar recuerdos irrelevantes o dolorosos para mantener a pleno funcionamiento nuestra capacidad para almacenar información y preservar nuestra salud mental.

Cada acontecimiento que vivimos nos produce una emoción y, según esa emoción, así guardamos el recuerdo en la memoria. Un recuerdo son pinceladas de lo que ocurrió; pequeños apuntes sueltos que, para tener consistencia, redactamos añadiendo información que le dan a ese recuerdo un significado coherente. Y esa información que unifica el recuerdo está basada en la emoción que experimentamos en aquel momento o la que nos produce cuando recordamos. Esto no significa que nos inventemos el pasado pero sí que lo rellenamos para darle una coherencia. Por esta razón, las historias de varias personas sobre un mismo acontecimiento pueden ser tan distintas y no tiene por qué estar mintiendo ninguna.
La posibilidad de olvidar hace que podamos prescindir de detalles poco importantes, como lo que comimos tal día como hoy hace siete años o lo que llevábamos puesto el día cinco de agosto de cualquier año. La memoria también sirve para que podamos fijar esos recuerdos que tienen una importancia especial en nuestra vida y lo podamos distinguir del día a día. Los recuerdos que se fijan en nuestro cerebro tienen un significado especial y nos produjeron emociones intensas, tanto para bien como para mal.
Al recordar, nuestra memoria se ve influida por nuestro estado de ánimo. Cuando estamos de buen humor nuestra memoria recuerda episodios positivos y esto hace que nos sintamos bien. En cambio, cuando nos encontramos tristes, solemos recordar eventos negativos lo que hace, a su vez, que nuestro estado de ánimo disminuya. Es decir, las emociones y la memoria crean un círculo que se retroalimenta. Nuestro estado de ánimo hace que nuestra memoria recuerde episodios con el mismo signo y, esos recuerdos, mantienen un mismo estado de ánimo, acorde con los recuerdos que evocamos.

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Los recuerdos se modifican con el tiempo para ajustarse a nuestros estado de ánimo.

Por otro lado, cada vez que recordamos un episodio y nuestro estado de ánimo actual no está totalmente en consonancia con el del recuerdo, ese recuerdo se modifica. Los detalles con que unimos los pequeños fragmentos que recordamos realmente van cambiando y se adaptan al estado de ánimo que tenemos en ese mismo momento de recordar. Este hecho junto con el olvido protege nuestra salud mental porque nos ayuda a superar momentos difíciles o estresantes. Hace que esas vivencias no sean tan duras o parezcan tan lejanas que ya no nos producirán el mismo dolor. Estos mecanismos nos ayudan a prevenir o vencer la depresión y nos ayudan, también, a superar el estrés postraumático.
Ahora bien, si no pudiéramos librarnos de la realidad objetiva y cruda, ¿podríamos hacerle frente? Estaríamos condenados a recordar cada momento de nuestra vida sin la oportunidad de perdonarnos a nosotros mismos. Los buenos recuerdos dejarían de ser tan buenos porque al estar presentes constantemente perderían su valor positivo y dejaríamos de apreciarlos. Esa información pasaría a tener un valor neutro y perderíamos la capacidad de disfrutar del recuerdo y de la sorpresa de poder recordar hechos que pasaron hace tanto tiempo.
Por lo tanto, hagámonos esta pregunta ahora: ¿estamos seguros de que nos gustaría tener una copia de seguridad de nuestro cerebro?

miércoles, 13 de noviembre de 2013

Esperanza como motor de vida

¿Cuál es la “vacuna” contra la depresión? ¿Podríamos decir que es la esperanza? Por muchas investigaciones que se hacen y muchos datos que se analizan no se ha llegado a crear un remedio eficaz que impida que nos deprimamos. Es cierto que la biología a veces nos predispone pero esto no significa que no podamos escapar a pesar de tener un carácter más tendente a lo negativo.
Cuando una persona entra en un episodio de tristeza patológica siente desesperanza. La desesperanza es una visión negativa sobre las personas y el mundo que le rodea y, también, sobre uno mismo. Esto significa que lo que imagina cuando piensa en el futuro no es nada alentador sino todo lo contrario. Presiente que todo va a ir de mal en peor y que todo es un auténtico desastre sin ninguna solución posible.

esperanza
La esperanza es nuestra mejor protección contra la depresión.
Eso hace que la persona se desanime todavía más y que pierda la poca energía que tiene para intentar cambiar ese mundo y esa visión que le rodea. Se creará un círculo vicioso del que resulta muy difícil salir.
Este torbellino de ideas y sentimientos negativos se crea por la falta de expectativas que origina la desesperanza. Por tanto, es fácil suponer que si pensáramos en la esperanza y nos centráramos en ella todo sería mucho más fácil y resolvería nuestros problemas. Muy bien pero… ¿cómo?
Creando planes de vida. Nuestra vida no es un solo proyecto que imaginamos una vez y si se cumple somos felices y si fracasa seremos unos perdedores hasta el final de nuestros días. Nuestra vida se compone de innumerables planes y proyectos. Pequeños y grandes objetivos que vamos ideando, modelando, cambiando y mejorando cada día. Pequeños logros que nos hacen ir a la cama satisfechos con nuestro día, con nuestra semana, mes, etc.
Crear planes mantiene nuestra ilusión viva y nuestras expectativas se convierten en positivas porque todo lo que imaginamos son momentos felices o metas con las que nos vamos a sentir a gusto. Además, el tiempo que ocupamos en soñar despiertos no lo podemos utilizar para imaginar cosas terribles que nos pueden ocurrir o peligros que nos “acechan”. Por suerte, o por desgracia, no podemos pensar dos cosas a la vez, tenemos que elegir uno de los dos caminos: la visión negativa o la visión positiva; la desesperanza o la esperanza.
Probablemente estemos pensado que creer que todo va a salir bien y que todo va a ser bonito y perfecto es perjudicial porque cuando las cosas no salgan como esperábamos nos hundiremos. Al crear planes tenemos ilusión por algo y esa ilusión viene de la posibilidad de que las cosas salgan bien, por eso hacemos el esfuerzo de construirlos. Pero esos planes deben ser reales en la medida de lo posible. No podemos imaginar que seremos millonarios si no jugamos a la lotería y, aun jugando, tampoco podemos asegurarlo porque depende de la suerte pero sí podemos conservar esa esperanza porque no es inalcanzable. Es decir, tenemos que estar preparados y asumir que las cosas no siempre salen como esperamos.
Así, si no salen como esperábamos no nos deprimiremos ni perderemos la ilusión. Echaremos mano de otros planes que hicimos porque no tendremos una única meta en nuestra vida. Sólo creando otros proyectos alternativos podemos protegernos del miedo al fracaso porque cuanta más variedad y alternativas tengamos más fácil es que se cumpla alguna de nuestras expectativas.
Además, manteniendo la esperanza tenemos la sensación de que podemos controlar lo que nos ocurre y así sentirnos útiles y responsables de nuestra felicidad. Viviendo e imaginando acontecimientos positivos seremos más creativos y podremos diseñar muchos más proyectos gratificantes que quizá antes ni se nos habían pasado por la cabeza. Es decir, nos absorberá un “círculo vicioso” de pensamientos y sentimientos positivos que no nos dejarán otra alternativa que ser felices.

miércoles, 9 de octubre de 2013

Soledad a pesar de estar en compañía

La soledad es un sentimiento que, a menudo, identificamos con la circunstancia de estar solos físicamente. Sin embargo, la soledad se puede sentir en una variedad de situaciones infinitas con o sin gente alrededor.
La soledad es ese sentimiento que se apodera de nosotros cuando sentimos que nuestras redes sociales, en realidad, no son de calidad o que las personas que nos rodean no satisfacen nuestras necesidades. Esas necesidades son: apoyo, complicidad, comprensión, aceptación, compañía, etc.
soledad
La soledad es un sentimiento que nos produce mucho sufrimiento.
Podemos pensar que no es tan importante tener amigos si uno sabe estar solo. No obstante, todas las personas tenemos una serie de necesidades como en su día describió el psicólogo A. Maslow. La necesidad de afiliación o de pertenencia se encuentra en el tercer nivel por detrás de las fisiológicas (comer, beber, etc.) y la necesidad de encontrar una estabilidad en nuestra vida. En este caso, la necesidad de afiliación consiste en tener una figura de apego y sentir que pertenecemos a uno o varios grupos sociales. Por eso, todos buscamos alguien en quien confiar o alguien con quien poder contar en los momentos difíciles.
Es muy común que las personas que tienen muchos conocidos a los que llaman amigos o que no les faltan acompañantes para poder hacer cualquier actividad que les apetezca en cada momento sean de las que más solas se sienten. Por un lado, muchos desarrollan una especie de hiperactividad que les lleva a estar constantemente probando actividades nuevas. Por otro lado, y relacionado con el punto anterior, están constantemente conociendo nuevos amigos. Está claro que al sumergirse en nuevos ámbitos se conoce gente nueva pero esto no es suficiente porque la sensación de insatisfacción sigue presente.
Esto no significa que no esté bien innovar, todo lo contrario. El problema es cuando esa hiperactividad se vuelve algo compulsivo que no nos deja centrarnos y que mantiene nuestra cabeza ocupada todo el tiempo para evitar que aparezca el sentimiento de soledad. En lugar de reconocerla y aprender a manejarla huimos de ella con lo que el miedo a la soledad aumenta.
Otra de las maneras en que se manifiesta la soledad es a través de la agresividad, especialmente en los jóvenes. Detrás de muchos actos vandálicos o muestras de violencia física, verbal o psicológica hacia otros o hacia uno mismo como, por ejemplo, las adicciones, se esconde este mismo sentimiento. No se trata de otra cosa más que de una llamada de atención para que le hagan caso y sentir que cuenta para alguien, aunque sea de manera negativa.
Y por último, la soledad menos deseada pero más sufrida es la que padecen los ancianos. Ya sean viudos, solteros o conserven a su pareja muchos no pueden escapar de la soledad. A esa edad su red social se ve muy mermada y en algunos casos, prácticamente se reduce a algún familiar, vecino o la pareja. Debido a los achaques, la movilidad se ve reducida y a veces se ven obligados a pasar largas temporadas sin poder salir de casa. Cuando se recuperan su estado de ánimo se ve afectado y las ganas de salir son escasas. Además, es posible que los amigos vayan falleciendo y se encuentren en la tesitura de volver a entablar los lazos de amistad con otras personas asumiendo que puede que la amistad no dure mucho tiempo.
La soledad es un sentimiento muy temido por el sufrimiento que nos puede causar. Puede conllevar que caigamos en una depresión o, por el contrario y para evitarlo, puede que acabemos desarrollando una adicción que no tiene por qué ser a sustancias psicoactivas ni alcohol (internet, compras, sexo, juego, etc.).
El sentimiento como tal no es malo siempre que sepamos afrontarlo y ponerle una solución plausible. Para ello, lo primero es conocerlo y perderle el miedo porque ciertos momentos de soledad son inevitables a lo largo de nuestra vida. Y sin miedo la vida se ve mucho más llevadera, incluso placentera.

lunes, 5 de agosto de 2013

La utopía de la felicidad es la infelicidad: II



En el anterior artículo reflexionamos sobre una de las razones principales que nos impiden alcanzar la felicidad: nosotros mismos y nuestra propia definición del concepto.
Existe otra razón por la que nos cuesta tanto hallar la felicidad. Una vez que ya sabemos qué es lo que necesitamos o cuáles son los elementos de nuestra vida que nos hacen felices debemos enfrentarnos a la sociedad. Aunque el espíritu y la creencia popular dice que todos debemos encontrarla, también, nos indica que es imposible y que es un camino infinito. Nos impone su búsqueda a la vez que nos impide alcanzarla. Trata de definirla de manera única para todos, puesto que, establece lo que debemos tener y lo que no y cómo debemos ser para sentirnos satisfechos o a gusto con nosotros mismos.
¿De qué manera nos impide lograr nuestra quimera? A lo largo del tiempo nos han inundado de mensajes del tipo: esto no es vida, cualquier tiempo pasado fue mejor, estos tiempos no son buenos, a dónde vamos a llegar con la situación que tenemos, etc. El tiempo se divide en tres partes; un presente maltrecho que nos lleva a un futuro sin ninguna esperanza y un pasado en el que elegimos recordar lo bueno y olvidar lo malo para poder tener un punto de comparación y saber que en algún momento existió algo positivo.
¿Por qué hacemos esto? Porque donde vivimos es en el momento presente y en nuestra vida acompañan las emociones. No somos capaces de ver los acontecimientos de una manera objetiva porque somos seres emocionales y nuestra visión está empañada por cómo nos afectan las cosas tanto individualmente como socialmente. Y en función, de esta vivencia, intuimos que el futuro seguirá la misma dirección pero de forma amplificada.
Por eso, como habitualmente manejamos una sensación de insatisfacción general por creer que todo debería ser de otra forma y que podríamos estar o sentirnos mejor pensamos que no lo estamos haciendo bien y, en lugar de pensar en un cambio, anticipamos un futuro negativo o, incluso, “catastrófico”.
Lo cierto es que nadie puede predecir el futuro pero si nos empeñamos en creernos que todo va a seguir en esa dirección no nos preocuparemos ni tendremos la más mínima intención de cambiar el curso de los acontecimientos. En consecuencia, se cumplirá y confirmaremos lo que habíamos “adivinado” que iba a ocurrir.
¿Qué ocurre con el pasado? La vivencia del pasado ya no va a cambiar y nuestra visión también está impregnada de emociones pero emociones pasadas. Al recordar, nuestro cerebro va acomodando la realidad y va haciendo que procesemos los recuerdos negativos como algo no tan malo y que nos quedemos con los positivos porque son con los que nos sentimos bien. Si el pasado también fuera totalmente negativo acabaríamos extremadamente deprimidos y, puede que sin ninguna esperanza para seguir viviendo.

lunes, 29 de julio de 2013

La utopía de la felicidad es la infelicidad I

En la mente de todos ronda siempre un objetivo al que aspiramos: ser feliz. Lo que aparentemente es un deseo, se convierte en un axioma obligatorio que en algunos casos puede llegar a convertirse en la búsqueda del Santo Grial.
Y es que no hay camino más infeliz que una búsqueda obsesiva tratando de encontrar aquello que consideramos felicidad. Llenamos nuestro cuerpo de ansiedad y sembramos nuestro camino de obstáculos que nos hacen retroceder constantemente. Como resultado, conseguimos justo lo contrario y, por eso, la búsqueda se convierte en algo interminable, algo así como una quimera.
Pero, ¿por qué nos ocurre esto? Existen dos razones fundamentales que lo explican. Al parecer, todos tenemos una idea muy clara de lo que es la felicidad y, si nos preguntan si sabemos qué es la felicidad, rápidamente contestaremos que sí con una gran sonrisa. Pero si nos piden que lo describamos, probablemente, esa sonrisa se borre de nuestro rostro y nos demos cuenta de que lo que imaginamos no es más que una serie de imágenes vagas, borrosas e inconexas o ni siquiera eso. El problema es que no lo hemos definido, no sabemos lo que es y, por tanto, no sabemos lo que queremos.
El punto de partida es saber conceptualizar qué es para nosotros la felicidad. No existe una definición para todos, excepto la del diccionario, que en el caso de la RAE, en su próxima edición, la vigésimo tercera, se define con tres acepciones (elijo ésta porque es la que más se podría acercar a la idea que manejamos en nuestra mente):
  1. 1.      f. Estado de grata satisfacción espiritual y física.
  2. 2.      f. Persona, situación, objeto o conjunto de ellos que contribuyen a hacer feliz. Mi familia es mi felicidad.
  3. 3.      f. Ausencia de inconvenientes o tropiezos. Viajar con felicidad.
Es posible que digamos que sí sabemos lo que significa para nosotros diciendo que es la sensación de bienestar o la ausencia de preocupaciones o problemas. Pero, ¿en qué consiste la sensación de bienestar o de satisfacción? Realmente, ¿si no tuvieras nada por lo que preocuparte serías feliz? Es más, ¿realmente crees que es posible no tener preocupaciones de ningún tipo?
Los problemas son una parte fundamental e inherente a nuestra vida. Durante nuestra existencia nos enfrentamos a gran cantidad de situaciones que requieren una solución o elegir un camino adecuado. Pero esto no significa que el hecho de que existan las dificultades anule la posibilidad de ser feliz. ¿Alguna vez te habías planteado que ése podría ser uno de los caminos para lograr la felicidad? En efecto, enfrentarse a los problemas, esforzarse por buscar soluciones y ponerlas en práctica hasta alcanzar el éxito y sentirnos satisfechos por saber que podemos sobreponernos a las dificultades es uno de los elementos que contribuyen a alcanzar el estado de felicidad.
Por lo general, nos obcecamos en que debe ser algo con connotaciones positivas y con ausencia total de elementos negativos. Somos perfeccionistas porque todo debe ser ideal, sin ningún tipo de acontecimiento que emborrone la posibilidad de sentirnos felices. Además, mantenemos una visión infantil, alejada de la realidad, en la que no soportamos que las cosas vayan mal en ningún momento. Nos mostramos intolerantes a la frustración y ocupamos todo nuestro pensamiento en ese elemento negativo que, también, forma parte de la ansiada felicidad, aunque no lo creamos.
Nos guste o no, nuestros sentimientos, emociones y, en general, todo lo que vivimos lo calificamos en función de la comparación con otras experiencias que hemos tenido en nuestra vida. Sabemos que algo es bueno o que nos satisface porque hemos comprobado que otras cosas son malas. Nos sentimos bien porque en otras ocasiones nos hemos sentido mal. Si todo fuera positivo se convertiría en neutro y no nos generaría ningún tipo de emoción o sentimiento y, por tanto, tampoco nos sentiríamos felices.

viernes, 19 de julio de 2013

Efectos psicológicos del desempleo



Desde que somos pequeños estamos acostumbrados a tener rutinas en nuestra vida que nos organicen el día. Es más desde que nacemos necesitamos seguir unos horarios de sueño y de comida que nos permitan regular nuestro cuerpo. Pero la rutina que nos organiza la vida por excelencia es la que tiene que ver con la actividad académica o laboral. Con tres años o, incluso, antes comenzamos a ir al colegio, en la adolescencia vamos al instituto y luego a la universidad o a trabajar. Y, por lo general, tenemos un horario más o menos fijo que nos marca el resto de nuestra vida. Una jornada laboral completa son ocho horas lo que significa que, de media, pasamos una tercera parte de nuestro día trabajando. Esto hace que dediquemos otra tercera parte del día al sueño y la otra tercera parte del día nos quede para las comidas, las tareas de la casa, compras, arreglar asuntos o hacer gestiones y disfrutar de un rato ocio. Así cada semana de lunes a viernes hasta que llega el fin de semana y podemos descansar.
Ni todos somos iguales y ni las rutinas del trabajo son iguales. Es decir no todos tenemos un mismo turno de trabajo ni siempre es el mismo ni descansamos los mismos días. Pero a lo largo del tiempo nos adaptamos y formamos nuestra rutina para organizar de la mejor manera posible nuestro día.
Actualmente, lo que está pasando es que cada vez más gente se queda en el paro y recupera una tercera parte de su día de la cual antes no se tenía que preocupar. Al principio parece que es un alivio y que no vamos a tener tiempo de aburrirnos porque tenemos que arreglar un montón de papeles y buscar otro empleo. Pero al cabo de un tiempo si no hemos conseguido reincorporarnos al mercado laboral comienza a pesar la preocupación porque pensamos que hemos agotado todas las posibilidades de búsqueda y no encontramos nada. Nuestros gastos siguen siendo prácticamente los mismos y el dinero comienza a disiparse.
Paulatinamente, todas las gestiones que teníamos pendientes se van resolviendo y el tiempo libre comienza a aumentar pero como nuestro poder adquisitivo ya no es el mismo nuestra oferta de ocio se reduce.
Al final se instaura la falta de organización porque tenemos todo el día para hacer lo que está pendiente. Y cuando esto pasa, lo más fácil es que vayamos aplazando todo y terminemos por no movernos de casa o, peor aún, del sofá.
La ansiedad que crea el pensar que ya hemos hecho todo lo posible pero seguimos sin encontrar nada y que nuestro dinero se esfuma junto con la desesperación de no saber cuánto tiempo continuará esta situación hace que dejemos de plantearnos objetivos o metas y al final seamos presos de la depresión.
Al pensar de esta manera, acabamos por desistir en la búsqueda de nuevas alternativas y de opciones que pueden ser más arriesgadas como emprender algo nuevo. Desde nuestra maltrecha autoestima no somos capaces de reconocer nuestra valía y nuestras capacidades para poder hacer algo bien y que pueda mantenerse en el futuro. Por tanto, desistimos y nos encerramos en nosotros mismos.
Todo ello acaba por convertirse en un círculo vicioso en el que reina la desorganización. Los días terminan por ser todos iguales y no podemos cambiar mentalmente de aires para descansar porque todos los días son fin de semana o vacaciones, con el añadido de no poder disfrutarlas por la falta de recursos económicos y la preocupación por el estancamiento de la situación.
Además, sin darnos cuenta dejamos de ocuparnos de nosotros mismos y ya no nos cuidamos ni física ni mentalmente porque sentimos que no merece la pena o no nos sentimos con fuerzas. Dejamos de practicar deporte, dejamos de salir a la calle, ya no vemos a nuestra gente y nuestro carácter se va tornando más agrio y negativo.
Debemos ser conscientes de que estar en esta situación no es culpa nuestra si de verdad hemos hecho todo lo que estaba en nuestra mano por salir del bache. Mantener la actividad es importante para no dejar que nuestra autoestima se destruya. Bien sea buscando actividades que no supongan gasto o éste sea muy reducido, formarnos y dedicarnos a hacer algo que siempre nos ha gustado, realizar un voluntariado, etc. sin olvidarnos de realizar actividad física para que nuestro cuerpo sienta que tiene algo que hacer. De esta manera mantendremos una organización y podremos seguir planteándonos nuevas metas aunque las que consideramos más importantes como el encontrar trabajo, en este momento, no se cumplan. El obcecarnos con algo que no depende de nosotros al 100% es quedarse atascado y caer en un círculo de negatividad que aumenta a medida que pasa el tiempo.

martes, 18 de diciembre de 2012

El síndrome de Blancanieves



El síndrome de Blancanieves fue acuñado por la psicóloga estadounidense Betsy Cohen. Se trata de un conjunto de síntomas y características que afectan a mujeres de mediana edad. Consiste en un estado depresivo o pre-depresivo causado, fundamentalmente, por una distorsión de la imagen que la mujer tiene de sí misma, por el miedo a envejecer y por la inseguridad que se deriva de esto.
Este cuadro se llama "de Blancanieves" pero, en realidad, se corresponde más con su madrastra, la cual siempre ha sido conocida y admirada por su belleza pero la edad hace que ésta vaya desapareciendo. Por eso, cuando pregunta al espejo mágico le invade el pánico al saber que ya no es la más hermosa. Inicia una verdadera persecución y emplea todo tipo de artimañas para deshacerse de la inesperada competidora que amenaza su fama y su valía.
El síndrome de Blancanieves se suele dar en mujeres que han superado los cuarenta años de edad y que a lo largo de su vida han sido personas atractivas y admiradas. A medida que pasa el tiempo van envejeciendo y dejan de ser el centro de atención con lo que su valía se va perdiendo. Se han acostumbrado a ser valoradas por su aspecto físico y al llegar a esta edad comienzan a darse cuenta de que ya no son tan jóvenes y se sienten inseguras. Les invade el miedo a la soledad y al abandono puesto que siempre han estado rodeadas de gente y se han vuelto dependientes de la opinión o, mejor dicho, los halagos, de los demás.

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Blancanieves comió una manzana envenenada por su madrastra Maléfica

Estas mujeres están excesivamente preocupadas por la salud y la belleza, llegando a someterse a numerosas intervenciones de cirugía para tratar de ganarle tiempo a la vejez que se acerca irremediablemente. Su manera de vestir, a menudo, desentona ya que suelen vestir como las jóvenes o adolescentes y se arreglan y maquillan exageradamente tratando de disimular los defectos y las marcas de la edad. Además, muchas de ellas pasan horas y horas en el gimnasio intentando mantener su forma física en perfectas condiciones. En definitiva, son esclavas del culto al cuerpo y de la sociedad actual que lo fomenta y trata de imponerlo.
Aunque no estén casadas o estén divorciadas siempre tienen pareja y no permanecen mucho tiempo solas. Si terminan una relación en seguida se enganchan a otra persona intentando cubrir sus necesidades afectivas y de admiración. Además, en la mayoría de los casos eligen como compañero a hombres más jóvenes y/o con un elevado estatus socioeconómico.
Este síndrome no sólo les afecta a ellas. Las mujeres que están a su alrededor también sufren las consecuencias, en especial si son más jóvenes ya que al entrar en competencia directa con ellas acaban sufriendo sus celos y su envidia. Estas víctimas pueden ser las compañeras de trabajo, las amigas o, incluso, las propias hijas. Pagan su inseguridad con ellas a través de humillaciones privadas o en público o de jugadas malintencionadas que varían de intensidad cuyo único objetivo es eliminar la competencia. No permiten que nadie sobresalga por encima de ellas.

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Blancanieves representa la utopía de la belleza y la juventud eterna

Pero, al final, la realidad se impone y dejan de ser el centro del universo con lo que acaban cayendo en un estado de depresión hasta que asimilan su nueva posición. En ocasiones, tratan de mantener ese puesto a través de las hijas a las que previamente trataron de anular o ensombrecer. Ahora sus esfuerzos se dirigen a encumbrarla para que siga sus pasos.
El autocuidado por sí solo no es negativo, todo lo contrario, es incluso deseable porque vernos bien por fuera también nos hace sentir bien. Pero no debemos dejar que eso se convierta en una obsesión que nos condene a odiar y a depender de los demás por la eterna comparación social en la que nos vemos envueltos.
Existen otras cualidades no tan visibles a primera vista que debemos cultivar y que nos darán esa seguridad que el tiempo le quita a la belleza. Lo saludable es hacer frente a cada etapa de la vida madurando y afrontando las tareas y el lugar que nos corresponde. Así lograremos vivir en armonía con nosotros mismos y con los que nos rodean.


Puedes ver un vídeo relacionado en clave de humor sobre la búsqueda de la belleza, la inseguridad y el inconformismo en las mujeres que valoran por encima de todo su imagen:


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