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miércoles, 8 de enero de 2014

De vuelta a la rutina que tanto añorábamos

La rutina es esa de la que escapamos en cuanto podemos. La rutina también es esa que hace que los días parezcan interminables. Sin embargo, después de tantos días de fiestas y excesos muchos ya estaban deseando volver a sus vidas rutinarias y aburridas.
Es cierto que nos gusta escapar de la rutina como, también, nos gusta cambiar de aires y desconectar de nuestro día a día. Por eso, aprovechamos cada ocasión que nos surge para hacerlo marchándonos a otros lugares o alterando todos los horarios del día cuando estamos exentos de nuestros quehaceres diarios. Nos gusta y deseamos que lleguen estos periodos de tiempo tan fervientemente porque no es lo habitual. Consideramos que son días especiales y procuramos hacer planes alternativos o realizar todo eso que tanto nos gusta pero que vamos dejando para cuando tengamos tiempo.
Lo que ocurre es que en épocas como las navidades hacemos demasiados planes porque creemos que los días nos darán mucho más de sí y que sólo es cuestión de organizarse para poder hacerlo todo. Pero no contamos con las visitas sorpresa, con las reuniones sociales inesperadas, con las compras de última hora, en fin, con los imprevistos y con el tiempo que necesitaremos para descansar de tanto ajetreo.
Aprovechamos a disfrutar de los días sin pensar en nada más, dejándonos llevar por el momento y lo que surja porque hemos decidido que estos días son de vacaciones, incluso, aunque en realidad no las tengamos.

rutina diaria, rutina saludable, habitos saludables, actividad diaria,
Si no llevamos una rutina diaria saludable nuestros ritmos biológicos acaban por alterarse
y comenzamos a sentir malestar.





                 Sin embargo, en la misma medida que disfrutamos nuestro cuerpo se altera y se desestabiliza. Por mucho que nos cueste reconocerlo, nuestros organismos necesitan de las rutinas para funcionar correctamente. Estas rutinas son lo que llamamos ritmos biológicos que regulan nuestro sistema nervioso y endocrino.
Nuestro organismo está habituado a seguir unos horarios de sueño, trabajo, comidas, descanso, etc. Cuando llegan estas fechas nos lo saltamos y tenemos un ritmo de vida muy irregular ya que no comemos a la misma hora casi ningún día, tampoco dormimos el mismo número de horas y, además, las que dormimos son insuficientes lo que acumula cansancio en nuestro cuerpo. Se alteran los horarios y el volumen de trabajo tanto para aumentar como para disminuir. Y quienes viven lejos de sus casas y se trasladan a sus lugares de origen para pasar las fiestas, además, tienen que adaptarse a un nuevo lugar con sus rutinas y costumbres diferentes.
Todo hace que nuestro organismo sufra. La comida excesiva y, normalmente, pasada de calorías hace que nos sintamos hinchados y saturados. A medida que pasan los días sentimos la necesidad de cambiar nuestra alimentación y tomar alimentos más ligeros como verduras o caldos. Pero, al ver los manjares sobre la mesa, nos dejamos llevar por la gula y acabamos de nuevo empachados de comida que nos sube la tensión, nos engorda, nos aumenta el colesterol y el azúcar en sangre, etc.
Además, por un motivo u otro casi siempre nos vamos tarde a la cama aunque tengamos que madrugar. Pensamos que es un esfuerzo que vale la pena y que ya tendremos tiempo de descansar. En cambio, el sueño que perdemos no lo recuperamos y nuestro sistema endocrino se altera entrando en un bucle de insomnio, cansancio y malestar general.
Esta es la razón por la que no somos capaces de pasar mucho tiempo rompiendo nuestra rutina. Necesitamos un orden no sólo para nuestro día a día sino para nuestra salud. Por eso, cuando nuestro cuerpo nos está pidiendo un cambio debemos escucharlo. Probablemente necesitemos ese cambio para ajustarnos, tanto si es para romper con esa rutina aburrida por un periodo corto de tiempo como si es para volver a ella.
A pesar de los excesos y todo lo que castigamos nuestro cuerpo y nuestra salud, tenemos a nuestro favor que este tipo de ritmos se vuelven regulares con cierta facilidad siguiendo una rutina adecuada. Así que, ahora que ya han pasado las fechas de los excesos, podemos retomar esa rutina que ya echábamos de menos y desintoxicar nuestro organismo para comenzar el año con las pilas cargadas.

lunes, 5 de agosto de 2013

La utopía de la felicidad es la infelicidad: II



En el anterior artículo reflexionamos sobre una de las razones principales que nos impiden alcanzar la felicidad: nosotros mismos y nuestra propia definición del concepto.
Existe otra razón por la que nos cuesta tanto hallar la felicidad. Una vez que ya sabemos qué es lo que necesitamos o cuáles son los elementos de nuestra vida que nos hacen felices debemos enfrentarnos a la sociedad. Aunque el espíritu y la creencia popular dice que todos debemos encontrarla, también, nos indica que es imposible y que es un camino infinito. Nos impone su búsqueda a la vez que nos impide alcanzarla. Trata de definirla de manera única para todos, puesto que, establece lo que debemos tener y lo que no y cómo debemos ser para sentirnos satisfechos o a gusto con nosotros mismos.
¿De qué manera nos impide lograr nuestra quimera? A lo largo del tiempo nos han inundado de mensajes del tipo: esto no es vida, cualquier tiempo pasado fue mejor, estos tiempos no son buenos, a dónde vamos a llegar con la situación que tenemos, etc. El tiempo se divide en tres partes; un presente maltrecho que nos lleva a un futuro sin ninguna esperanza y un pasado en el que elegimos recordar lo bueno y olvidar lo malo para poder tener un punto de comparación y saber que en algún momento existió algo positivo.
¿Por qué hacemos esto? Porque donde vivimos es en el momento presente y en nuestra vida acompañan las emociones. No somos capaces de ver los acontecimientos de una manera objetiva porque somos seres emocionales y nuestra visión está empañada por cómo nos afectan las cosas tanto individualmente como socialmente. Y en función, de esta vivencia, intuimos que el futuro seguirá la misma dirección pero de forma amplificada.
Por eso, como habitualmente manejamos una sensación de insatisfacción general por creer que todo debería ser de otra forma y que podríamos estar o sentirnos mejor pensamos que no lo estamos haciendo bien y, en lugar de pensar en un cambio, anticipamos un futuro negativo o, incluso, “catastrófico”.
Lo cierto es que nadie puede predecir el futuro pero si nos empeñamos en creernos que todo va a seguir en esa dirección no nos preocuparemos ni tendremos la más mínima intención de cambiar el curso de los acontecimientos. En consecuencia, se cumplirá y confirmaremos lo que habíamos “adivinado” que iba a ocurrir.
¿Qué ocurre con el pasado? La vivencia del pasado ya no va a cambiar y nuestra visión también está impregnada de emociones pero emociones pasadas. Al recordar, nuestro cerebro va acomodando la realidad y va haciendo que procesemos los recuerdos negativos como algo no tan malo y que nos quedemos con los positivos porque son con los que nos sentimos bien. Si el pasado también fuera totalmente negativo acabaríamos extremadamente deprimidos y, puede que sin ninguna esperanza para seguir viviendo.

lunes, 29 de julio de 2013

La utopía de la felicidad es la infelicidad I

En la mente de todos ronda siempre un objetivo al que aspiramos: ser feliz. Lo que aparentemente es un deseo, se convierte en un axioma obligatorio que en algunos casos puede llegar a convertirse en la búsqueda del Santo Grial.
Y es que no hay camino más infeliz que una búsqueda obsesiva tratando de encontrar aquello que consideramos felicidad. Llenamos nuestro cuerpo de ansiedad y sembramos nuestro camino de obstáculos que nos hacen retroceder constantemente. Como resultado, conseguimos justo lo contrario y, por eso, la búsqueda se convierte en algo interminable, algo así como una quimera.
Pero, ¿por qué nos ocurre esto? Existen dos razones fundamentales que lo explican. Al parecer, todos tenemos una idea muy clara de lo que es la felicidad y, si nos preguntan si sabemos qué es la felicidad, rápidamente contestaremos que sí con una gran sonrisa. Pero si nos piden que lo describamos, probablemente, esa sonrisa se borre de nuestro rostro y nos demos cuenta de que lo que imaginamos no es más que una serie de imágenes vagas, borrosas e inconexas o ni siquiera eso. El problema es que no lo hemos definido, no sabemos lo que es y, por tanto, no sabemos lo que queremos.
El punto de partida es saber conceptualizar qué es para nosotros la felicidad. No existe una definición para todos, excepto la del diccionario, que en el caso de la RAE, en su próxima edición, la vigésimo tercera, se define con tres acepciones (elijo ésta porque es la que más se podría acercar a la idea que manejamos en nuestra mente):
  1. 1.      f. Estado de grata satisfacción espiritual y física.
  2. 2.      f. Persona, situación, objeto o conjunto de ellos que contribuyen a hacer feliz. Mi familia es mi felicidad.
  3. 3.      f. Ausencia de inconvenientes o tropiezos. Viajar con felicidad.
Es posible que digamos que sí sabemos lo que significa para nosotros diciendo que es la sensación de bienestar o la ausencia de preocupaciones o problemas. Pero, ¿en qué consiste la sensación de bienestar o de satisfacción? Realmente, ¿si no tuvieras nada por lo que preocuparte serías feliz? Es más, ¿realmente crees que es posible no tener preocupaciones de ningún tipo?
Los problemas son una parte fundamental e inherente a nuestra vida. Durante nuestra existencia nos enfrentamos a gran cantidad de situaciones que requieren una solución o elegir un camino adecuado. Pero esto no significa que el hecho de que existan las dificultades anule la posibilidad de ser feliz. ¿Alguna vez te habías planteado que ése podría ser uno de los caminos para lograr la felicidad? En efecto, enfrentarse a los problemas, esforzarse por buscar soluciones y ponerlas en práctica hasta alcanzar el éxito y sentirnos satisfechos por saber que podemos sobreponernos a las dificultades es uno de los elementos que contribuyen a alcanzar el estado de felicidad.
Por lo general, nos obcecamos en que debe ser algo con connotaciones positivas y con ausencia total de elementos negativos. Somos perfeccionistas porque todo debe ser ideal, sin ningún tipo de acontecimiento que emborrone la posibilidad de sentirnos felices. Además, mantenemos una visión infantil, alejada de la realidad, en la que no soportamos que las cosas vayan mal en ningún momento. Nos mostramos intolerantes a la frustración y ocupamos todo nuestro pensamiento en ese elemento negativo que, también, forma parte de la ansiada felicidad, aunque no lo creamos.
Nos guste o no, nuestros sentimientos, emociones y, en general, todo lo que vivimos lo calificamos en función de la comparación con otras experiencias que hemos tenido en nuestra vida. Sabemos que algo es bueno o que nos satisface porque hemos comprobado que otras cosas son malas. Nos sentimos bien porque en otras ocasiones nos hemos sentido mal. Si todo fuera positivo se convertiría en neutro y no nos generaría ningún tipo de emoción o sentimiento y, por tanto, tampoco nos sentiríamos felices.

martes, 12 de junio de 2012

La ansiedad


La ansiedad es una reacción emocional que aparece ante situaciones percibidas como peligrosas o amenazantes. Nuestro cuerpo se activa y permanece alerta a la espera de lo que pueda ocurrir. Cumple una función adaptativa y es universal para toda la especie humana.
Existen diferentes niveles de ansiedad según la intensidad o el grado de agitación que sintamos. El grado más bajo sería el de reposo que es cuando estamos tranquilos, relajados. En este punto no experimentamos ansiedad. Para ponernos en marcha necesitamos activarnos, dirigir el foco de nuestra atención y estar mínimamente concentrados. Por eso, es necesario que la activación aumente un poco para que el organismo esté preparado. Algunas veces, si nuestra labor es muy compleja o requiere un gran esfuerzo, el nivel de activación preciso será mayor.
El rendimiento que nosotros conseguimos depende, en gran medida, del estado de excitación en el que nos encontremos. Si nuestro nerviosismo supera el punto óptimo que necesitamos el rendimiento bajará porque la ansiedad nos impedirá concentrarnos y dedicar el esfuerzo a nuestra tarea. Estaremos más preocupados en luchar contra nuestra ansiedad y en poder concentrarnos que en lo que realmente tenemos que hacer. Esto se debe a que se estrecha el foco de atención, lo que impide pensar de forma resolutiva. Por el contrario, también, ocurre que si no estamos suficientemente activados tampoco llegaremos a un rendimiento adecuado porque no nos estamos esforzando lo suficiente.
Estar demasiado nerviosos, además de ser improductivo, puede resultar peligroso. Una vez concluido un periodo de mucho esfuerzo, lo normal es volver a un estado de calma y tranquilidad. A veces, el nivel elevado de ansiedad se mantiene durante mucho tiempo aunque se haya terminado nuestro cometido. Esto ocurre, sobre todo, en épocas de mucho estrés como, por ejemplo, en períodos de exámenes o de mucho trabajo, mudanzas, etc. Cuando el organismo debe volver a un estado de reposo, porque ya no necesita estar activado, sigue experimentando la misma ansiedad. No es capaz de relajarse porque ha pasado a identificar como su estado normal el de la activación elevada. Es decir, nuestro cerebro cree que está relajado cuando en realidad nuestro cuerpo está alterado. Así, cuando nuestro organismo necesita volver a realizar una acción o vuelve a pasar por una época de estrés aumenta, aún más, los niveles de ansiedad. La excitación que siente la persona es muy superior a la que necesita para realizar sus actividades de forma eficaz.
Como todo tiene un límite, forzar demasiado el organismo puede hacer que se rompa por algún lado. El cuerpo está preparado constantemente para hacer frente a cualquier amenaza, aunque no exista, y por eso se va fatigando. En el momento en que ocurre algo y tiene que responder forzando un poco más, está demasiado saturado y no puede afrontar una nueva exigencia. Las consecuencias que conlleva pueden ser tanto psicológicas como físicas. Trastornos afectivos como la depresión, ansiedad generalizada; úlceras y otros daños en el aparato digestivo y circulatorio, trastornos del sueño, alteraciones del sistema endocrino e inmunológico, etc. son algunos ejemplos de lo que nos puede llegar a suceder.
Tener un sistema inmunológico débil es como abrir la puerta a las enfermedades. El organismo no es capaz de defendernos de todas las agresiones externas que sufrimos diariamente. Se va debilitando, cada vez más, hasta que estas agresiones comienzan a tener una gravedad importante. Es, entonces, cuando no nos sentimos bien y damos la voz de alarma porque tenemos más resfriados, más dolores, estamos más cansados y de peor humor. Si la situación se vuelve mucho más extrema, incluso puede que lleguemos a simular, o lo que es peor, a desarrollar enfermedades degenerativas.
Es importante ser consciente de los riesgos que tiene para nuestra salud el mantener durante mucho tiempo niveles elevados de ansiedad. Con sólo reservar un pequeño espacio de tiempo cada día para relajarnos nos encontraremos mucho mejor. Nuestro cuerpo nos agradecerá que dediquemos diez o quince minutos al final de la jornada a olvidar el estrés de todo el día. Aprender a respirar correctamente, de manera pausada y con largos ciclos de inspiración-espiración es un buen comienzo para tomarse la vida con más calma y disfrutarla.

viernes, 17 de febrero de 2012

La reforma (psico-socio) laboral


¿Qué curioso que el caso del dopaje de los deportistas españoles y el enfurruñamiento con los franceses casi coincidiera en el tiempo con la aprobación de la reforma laboral del pasado 10 de febrero? A mí que me recuerda a aquello de pan y circo… Sólo que en este caso sea circo para jugar con el pan.
Sin embargo, parece que aún nos queda un poco de cordura y podemos razonar mínimamente para abandonar las maniobras de despiste y centrarnos en lo que, de verdad, nos afecta directamente a cada uno de nosotros. Es cierto que las nuevas medidas, que abaratan el despido, activarán el movimiento en el empleo pero, en mi opinión, no lo mejorará. Lo que parece es que así será una especie de rotación entre periodos trabajando y periodos en la cola del INEM. Visto de esta forma, hasta se podría considerar una medida para la igualdad de oportunidades: primero la miel en los labios y luego al paro…pero eso sí, todos igual.
Si profundizamos un poco más en el asunto nos daremos cuenta de que el despido libre ya existía y en una amplitud más que considerable. ¿Acaso nadie ha sufrido en sí mismo o en su entorno el contrato de obra y servicio? De acuerdo, que este tipo de contratos tiene sus condiciones y limitaciones, como todos, pero en realidad ¿qué es esto sino un despido libre?
¿Y los jóvenes y con sus becas? ¿Qué es eso más que un voluntariado forzoso? Casi nadie contrata sin experiencia y la única manera de conseguirla es mediante una beca. Pero también tienen sus limitaciones, tanto para el tiempo de poder solicitarlas desde que se finaliza la formación como para el tiempo de disfrute de la misma. Y después, ¿qué? “No es suficiente experiencia, buscamos más tiempo”, “una beca no es lo mismo que un trabajo”, “no podemos contratarte porque no cumples los requisitos para poder hacer un contrato en prácticas”, etc.
En el fondo, todas estas medidas están justificadas bajo esa falsa premisa de “¿veis lo que me obligáis a hacer?”; haciendo creer que es la única y absoluta solución, que por otro lado, se vende como eficaz y esperanzadora. Sin contar, por supuesto, que todo es “por nuestro bien”. Se intenta generar, así, un sentimiento de culpa en la sociedad como si de niños traviesos se tratara y tuviera que reparar el desastre el adulto “paciente y razonable” (¡Qué casualidad! Estas expresiones también las utilizan los maltratadores, pero ese es otro tema…).
El resultado de esta reforma llevará, inevitablemente, a un aumento de desempleados pero como ya se avisó parece que así la responsabilidad es menor (ya se sabe, es por nuestro bien). Y es que no hay mejor propaganda que partir de unos niveles ridículamente bajos para asegurarse una mejora y así conseguir una credibilidad insustancial. Es decir, si oficialmente hacemos creer a todo el mundo que partimos de menos uno pero nosotros sabemos que el nivel real es cero, aparentemente, será un gran éxito llegar a uno, ¿o me equivoco?
Y, ¿a la psicología qué le importa todo esto? Desde las áreas de Recursos Humanos se persigue que las empresas funcionen bien y, para ello, se valora sobre todo el capital humano. Se parte de la idea de que la satisfacción de un trabajador aumentará  su motivación, lo que repercutirá, a su vez, en el aumento de la productividad y en los beneficios. La satisfacción de una persona en su trabajo pasa por tener un horario adecuado, unos descansos razonables, vacaciones retribuidas, unas medidas de seguridad que no sólo afectan a la salud física sino, también, a la psicológica; una retribución que no sólo llegue para subsistir, la posibilidad de desarrollarse y crecer profesionalmente dentro de la empresa y de actualizar sus conocimientos, etc.
Con estas disposiciones, lo único que se consigue es que los trabajadores que aún conservan su empleo desempeñen su labor bajo la presión que genera la inestabilidad de que en cualquier momento se pueden quedar sin trabajo. No sólo se trata del estrés que provoca la propia situación sino que, también, repercute en la vida diaria ya que las preocupaciones se trasladan al resto de los ámbitos personales, en especial al familiar y al social.
Por suerte, las necesidades principales o primarias, como satisfacer el hambre o la sed, en este momento y en nuestro país la mayoría de las personas las tienen cubiertas. La necesidad de seguridad, que se sitúa justo en el siguiente escalón, no es nada baladí. En el momento que nos falta nos sentimos indefensos porque no sabemos si podremos hacer frente a determinadas dificultades, que es más que posible, que puedan acontecer. Con los efectos que el estrés y la sobrecarga emocional provocan en la salud.
El valor de los trabajadores es el valor humano, nuestro propio valor. Si no cuidamos de sus necesidades y de su salud, ¿qué esperamos que aporten a la sociedad, es decir, a nosotros mismos?