Mostrando entradas con la etiqueta Creencias irracionales. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Creencias irracionales. Mostrar todas las entradas

jueves, 24 de octubre de 2013

La panacea está en una creencia: el pensamiento mágico.

Tener pensamientos mágicos no significa que tengamos telepatía para comunicarnos en silencio o que podamos adivinar los pensamientos de otra gente. El pensamiento mágico es tan simple como una creencia.
¿Cuántas veces hemos pensado en nuestra vida que si fuésemos más atractivos tendríamos más amigos o si tuviéramos más dinero conseguiríamos todo lo que nos propusiéramos?
Seguro que muchos de los que estáis leyendo inmediatamente y casi sin acabar habéis contestado, “¡es que es verdad!” o “por desgracia es cierto”.
Pero esto no es más que una frase expresada de forma condicional que nosotros nos creemos a pies juntillas. Se trata de una manera de pensar que no tiene en cuenta la realidad. Parte de algo que no podemos tener (porque ya ha ocurrido, porque no poseemos las cualidades necesarias, porque no es real, etc.) para asegurar que algo se cumpliría necesariamente como resultado de la primera premisa.
pensamiento magico
Los pensamientos mágicos son la excusa para no ponernos en marcha y justificar nuestro inmovilismo.
Pero ¿quién lo puede asegurar? ¿Cómo podemos estar tan seguros de que nuestra vida cambiaría radicalmente si cambiase este único elemento que defendemos? Por suerte o por desgracia, nadie ha conseguido cambiar el rumbo de su vida con este tipo de creencias. Es por esto por lo que en psicología llamamos a esta clase de ideas pensamiento mágico, porque creemos que con cambiar una pequeña parte todo sería completamente diferente. Y, por supuesto, favorable a nosotros.
¿Qué función tiene comportarnos de esta manera? El pensamiento mágico tiene una función defensiva y justificativa. Cuando nos sentimos incapaces de controlar algún aspecto de nuestra vida (o toda nuestra vida en general) y no conseguimos ver una salida entonces justificamos la situación de esta forma. Por ejemplo, “si fuera más delgado o delgada la gente me querría más y sería más popular.” De esta manera justifico no tener tantos amigos como me gustaría y, además, le echo la culpa a mi aspecto físico como si fuera algo externo a mí.
Al intentar defendernos buscamos una explicación a lo que ocurre y, de paso, un culpable de la situación y de las molestias o del sufrimiento que nos causa a la vez que nos evadimos de nuestra responsabilidad.
Pero ¿por qué evadirnos de la responsabilidad si es algo que no podemos cambiar? Porque en realidad sí podemos cambiar la situación y lograr eso que deseamos. Lo que verdaderamente queremos que se cumpla es la segunda parte de esa condición que nos ponemos: el ser más felices, más queridos, conseguir lo que nos proponemos, etc. Pero poniendo delante ese obstáculo que parece imposible de superar es cuando encontramos la justificación y nos concedemos el lujo de evadir nuestra propia responsabilidad. Es decir, si tengo una escusa para no luchar por algo que me supone un gran esfuerzo y, especialmente, si parece inmodificable ya no hace falta que haga nada.
Esto, a la vez que nos justifica también nos paraliza porque merma nuestra capacidad de iniciativa y de autoeficacia a la vez que nos permite relajarnos y no alimentar nuestra motivación.
Paradójicamente, lo que hace es que a pesar de tenerlo todo bien atado y justificado nos seguimos sintiendo mal por la situación inmóvil en la que nos encontramos. Seguimos sin ver una salida a lo que nos causa sufrimiento a la vez que nos sentimos incapaces y sin ganas de ponernos en marcha.
Así que, cuando nos damos cuenta, nos encontramos envueltos en un bucle negativo en el que la única salida que encontramos es seguir generando estos pensamientos mágicos para aliviar un poco nuestro malestar.
Aunque nos cueste mucho esfuerzo intentar luchar contra todos estos obstáculos que nosotros mismos nos ponemos a la larga nos ayudará a reforzar nuestra autoestima porque nos dará la demostración real de que somos capaces de sobreponernos a las dificultades.

lunes, 5 de agosto de 2013

La utopía de la felicidad es la infelicidad: II



En el anterior artículo reflexionamos sobre una de las razones principales que nos impiden alcanzar la felicidad: nosotros mismos y nuestra propia definición del concepto.
Existe otra razón por la que nos cuesta tanto hallar la felicidad. Una vez que ya sabemos qué es lo que necesitamos o cuáles son los elementos de nuestra vida que nos hacen felices debemos enfrentarnos a la sociedad. Aunque el espíritu y la creencia popular dice que todos debemos encontrarla, también, nos indica que es imposible y que es un camino infinito. Nos impone su búsqueda a la vez que nos impide alcanzarla. Trata de definirla de manera única para todos, puesto que, establece lo que debemos tener y lo que no y cómo debemos ser para sentirnos satisfechos o a gusto con nosotros mismos.
¿De qué manera nos impide lograr nuestra quimera? A lo largo del tiempo nos han inundado de mensajes del tipo: esto no es vida, cualquier tiempo pasado fue mejor, estos tiempos no son buenos, a dónde vamos a llegar con la situación que tenemos, etc. El tiempo se divide en tres partes; un presente maltrecho que nos lleva a un futuro sin ninguna esperanza y un pasado en el que elegimos recordar lo bueno y olvidar lo malo para poder tener un punto de comparación y saber que en algún momento existió algo positivo.
¿Por qué hacemos esto? Porque donde vivimos es en el momento presente y en nuestra vida acompañan las emociones. No somos capaces de ver los acontecimientos de una manera objetiva porque somos seres emocionales y nuestra visión está empañada por cómo nos afectan las cosas tanto individualmente como socialmente. Y en función, de esta vivencia, intuimos que el futuro seguirá la misma dirección pero de forma amplificada.
Por eso, como habitualmente manejamos una sensación de insatisfacción general por creer que todo debería ser de otra forma y que podríamos estar o sentirnos mejor pensamos que no lo estamos haciendo bien y, en lugar de pensar en un cambio, anticipamos un futuro negativo o, incluso, “catastrófico”.
Lo cierto es que nadie puede predecir el futuro pero si nos empeñamos en creernos que todo va a seguir en esa dirección no nos preocuparemos ni tendremos la más mínima intención de cambiar el curso de los acontecimientos. En consecuencia, se cumplirá y confirmaremos lo que habíamos “adivinado” que iba a ocurrir.
¿Qué ocurre con el pasado? La vivencia del pasado ya no va a cambiar y nuestra visión también está impregnada de emociones pero emociones pasadas. Al recordar, nuestro cerebro va acomodando la realidad y va haciendo que procesemos los recuerdos negativos como algo no tan malo y que nos quedemos con los positivos porque son con los que nos sentimos bien. Si el pasado también fuera totalmente negativo acabaríamos extremadamente deprimidos y, puede que sin ninguna esperanza para seguir viviendo.

martes, 4 de diciembre de 2012

Mi marido y mis hijos son lo primero



¿Qué es lo más importante de tu vida? Lo más fácil es que nos acordemos de personas cercanas como los padres, la pareja o los hijos. A continuación, es posible que valoremos el trabajo y, en ocasiones, algunos bienes materiales. Así no nos consideraremos materialistas.
Pero, ¿dónde quedamos nosotros? ¿Acaso no somos importantes? Alguien creerá que pensar que nosotros mismos somos lo más importante es ser un completo egoísta. Y es que tenemos profundamente arraigado en nuestra mente que pensar en uno mismo es pensar única y exclusivamente en sí mismo. Sin embargo, si nosotros no existiéramos no existiría nuestra vida. Esto significa que esas personas importantes o ese trabajo que nos satisface o esas cosas que tanto valoramos no estarían a nuestro lado o no nos pertenecerían si no estuviésemos aquí.
Este tipo de creencia se da, sobre todo, en las mujeres. Por razones culturales, hemos asimilado que el rol de la mujer es el de cuidar de otras personas o que tienen una habilidad especial para ello. Tanto se nos repite y se nos alaba por hacerlo que al final acabamos creyéndonoslo y comportándonos en esa línea. A todos nos gusta que nos digan lo que hacemos bien y cuando nos valoran por ello procuramos repetirlo y convertirlo en una seña de identidad. Por eso, muchas mujeres que creen no ser muy valoradas dedican esfuerzos (a veces) sobrehumanos a demostrar lo bien que cuidan de su familia.
Esa necesidad de valoración constante puede hacer que pase de cuidar a su familia a sentirse responsable de muchas más personas y se deshaga en esfuerzos y favores para sentirse reconocida y aceptada por su entorno social.
Dedicarse por entero a los demás supone olvidarse de uno mismo y, paradójicamente, aislarse del mundo que nos rodea. Una cosa es preocuparse por alguien y hacer favores y otra es compartir una amistad, una vida en pareja o actividades agradables con alguien.
Adoptar el rol de “la que siempre está ahí”, a veces, supone que sólo cuenten con una cuando hay problemas que resolver pero no para otras cosas y, puede que tampoco encuentre apoyo cuando sea ella la que necesite ayuda. Sin querer se habrá adjudicado a sí misma un rol de interés o de “practicidad”, es decir, sólo se acordarán de ella cuando sea útil.
Olvidarse de una misma supone que los demás también se olviden. Si siempre tenemos mucho que hacer porque tenemos que ir a comprar, limpiar, planchar, preparar la comida o la cena para todos y etc., etc. no estamos dejando tiempo para cuidarnos. Nadie va a cubrir nuestras necesidades excepto nosotras mismas. Descansar después de trabajar y/o hacer las tareas de casa (compartidas con la pareja…) es necesario.
A veces, tumbarse un rato o no hacer nada es suficiente pero no siempre. También es bueno poder dedicarse a actividades que nos aporten bienestar. Actividades de ocio, artísticas, deportivas, etc. todo aquello que nos haga disfrutar y olvidarnos de nuestros quehaceres y preocupaciones. Y no sólo esto, sino que también nos ayuda a desarrollarnos como personas, aprender cosas nuevas y sentirnos bien con nosotras mismas, en definitiva alimentar nuestra autoestima. Además, compartir el tiempo con nuestros amigos nos ayuda a apartar el día a día, a despejarnos y a ver las preocupaciones desde otro punto de vista. Como esto, normalmente, es recíproco también nos ayuda a sentirnos valoradas pero de una manera más sana.
La necesidad de descansar y de guardarse un tiempo para cuidarse física y psicológicamente hace que nos renovemos y repongamos nuestra energía para enfrentarnos con optimismo a nuestro día a día y que se lo transmitamos a aquellos que más queremos y con los que compartimos nuestra vida.

martes, 27 de noviembre de 2012

¿Por qué las mujeres maltratadas no se separan?



A menudo, cuando leemos o escuchamos de primera mano un caso sobre violencia de género o doméstica nos preguntamos: ¿por qué no le deja? Incluso, nos atrevemos a exigírselo a la propia víctima.
Algo que parece tan claro para los demás cuando lo ven desde fuera es mucho más complicado cuando se está dentro. Lo primero de todo es reconocerlo y no siempre se consigue. El maltrato suele comenzar de una manera muy sutil, con comentarios, discusiones, celos, etc. que van subiendo de tono cada vez más. El hecho de ser algo progresivo impide que se tenga una visión exacta de la realidad y se normalice la situación. A veces discutimos… Normalmente cuando nosotros tenemos conocimiento vemos el resultado final pero no el lento y progresivo proceso que ha tenido lugar.
Una vez que la situación llega a ser tan insostenible como para que la propia víctima se dé cuenta, ese mismo hecho es lo que impide abandonar a su pareja. Después de tanto tiempo no se atreve porque su autoestima está tan mermada que cree no ser capaz. ¿A dónde va a ir ahora? Todas las personas de su entorno se lo advirtieron mientras no lo veía y, en la lucha por defender a su agresor, llegó a terminar otras relaciones más importantes. En consecuencia, su apoyo social se ve ahora muy reducido, junto con la culpabilidad que siente por haberse enfrentado a quienes la querían ayudar.
Por otro lado, su pareja es alguien a quien ha amado todo con toda su alma. Se ha involucrado y ha arriesgado tanto que terminar con esa situación le parece un fracaso terrible, lo que destruye aún más su autoestima. Los momentos malos han sido terribles pero los buenos han sido tan extremadamente buenos que “compensan” el sufrimiento con la pasión desenfrenada. Cada reconciliación es como una luna de miel… Eso sin contar con el chantaje emocional al que está sometida cada vez que ella intenta abandonarlo. “¡Sin ti no soy nada!”, “¡No me dejes, cambiaré!”, “¡Mi vida no tiene sentido sin ti!”, “¡Te necesito!”.
Y en el momento de plantearse un abandono real aparecen las dudas en las que piensa: a dónde va a ir ella si no es nadie. Con tantas amenazas como ha recibido cree que ya no tiene el control sobre nada y haga lo que haga no podrá escapar de esa situación. No sabe cuándo va a llegar un golpe o una paliza ni cuándo le va a obsequiar con humillaciones que van minando su persona. A veces, pensaba que se portaba mal o que no hacía bien las cosas, ahora sabe que sólo depende del humor con el que llegue a casa y a veces ni siquiera eso.
También le aterroriza que si se va la pueda encontrar o que su huída sea un fracaso y tenga que volver porque, al fin y al cabo, ahí es donde mejor y más cuidada está; ella, que no sabe cuidar de sí misma.
Y si supera todo esto y decidiera dar el paso, piensa que el mundo exterior le dará la espalda porque fue culpa suya permitirlo y que ya la avisaron pero no hizo caso. Sólo miraba por los ojos de él y acabó haciendo lo que le pidió. Si ella trabajaba, los celos le invadían a él, con lo que es probable que dejara su puesto de trabajo para dedicarse por entero a su amor y dejar de darle motivos para pegarla. Aunque ella fuera el ama de casa el dinero lo administraba su pareja y siempre le reprochaba ser una derrochadora. Con lo que si ahora decide irse se quedará sin recursos y no podrá sobrevivir. ¿Dónde encontrará trabajo si no sirve para nada?
¿Y los hijos? ¿Qué va a hacer con ellos? Si no sabe cuidar de sí misma, ¿cómo va a cuidar de unos niños? ¿Y cómo los va a mantener? ¿Y si les encuentra y les hace algo? ¿Cómo voy a separar a unos niños de su padre?
Las políticas actuales que protegen a las víctimas de maltrato tratan de dar un respaldo a todas aquellas mujeres que intentan salir de la situación insostenible en la que se encuentran. El problema es, como siempre, la falta de medios para hacer frente a estas demandas de forma rápida y efectiva. Esto supone que a algunas les entre el pánico y decidan dar marcha atrás o que la dependencia de su pareja sea tan grande que decidan darle otra oportunidad. Para otras, el tiempo que tienen que esperar puede que sea demasiado y que las consecuencias sean peores aún.

martes, 20 de noviembre de 2012

¿Quién cuida de quien cuida?



En España existe una ley que ayuda a las personas dependientes y lo hace desde varios aspectos bien sea con prestaciones económicas, con servicios de teleasistencia o poniendo a disposición de los usuarios lugares donde pasar un tiempo o vivir.
Pero esto no es la panacea. Primero, porque en el caso de algunas personas muy mayores que podrían solicitar algún tipo de ayuda, la rechazan por preferir estar en su propia casa y hacerse cargo de ella porque eso les hace sentirse útiles.
Otros, por desconocimiento o desconfianza también la rechazan, aunque la necesiten. Algunas personas, no llegan a cumplir los criterios necesarios para solicitar este tipo de ayudas y, en ocasiones, estos servicios no son suficientes por el tipo de problemas que pueda tener la persona. Eso sin contar los recortes de esta ley…
La realidad que nos encontramos es que, en muchos casos, es necesario que un familiar se haga cargo de la persona dependiente y, en otros, los propios familiares son los que prefieren tener cerca a sus allegados.
La mayoría de las veces, esto deriva en una situación de cuidado y atención constante que casi siempre suele recaer en una mujer. Hacerse cargo de alguien que no puede valerse por sí mismo es algo parecido a una maternidad sólo que sin la parte bonita. No hay bajas durante unas semanas y la persona no crece, puede que todo lo contrario, que sus funciones y capacidades se vayan perdiendo como en las enfermedades degenerativas o en ciertos trastornos del desarrollo.
Además, puede que la persona que se queda al cuidado de su familiar tenga un trabajo que le gustaría seguir manteniendo con lo que debe compaginar las dos funciones e integrarlas perfectamente en su vida.
La atención constante repercute en la calidad de vida del cuidador o cuidadora. El cansancio termina por aparecer y va haciendo mella, de manera que se refleja en su salud física y psicológica. Unido al cansancio, también va la falta de tiempo para todo. La dedicación exclusiva a cuidar o cuidar y trabajar hace que poco a poco los momentos de ocio vayan disminuyendo. El tiempo de sueño puede que también se vea afectado y la necesidad de descansar se convierte en primordial pero no hay tiempo para eso. Muchas veces los escasos momentos en que puede liberarse consisten en minutos que se aprovechan para dormitar o sentarse un rato en el sofá, si no es para acabar de resolver algo que estaba pendiente.
Todo esto, conlleva un aislamiento del entorno social y una pérdida de actividades lúdicas tan necesarias para reponer fuerzas. La pérdida de amistades por falta de tiempo supone también una pérdida de apoyo social y no dedicar un tiempo para cuidar de uno mismo, hace que nuestra autoestima se vaya resintiendo porque no somos capaces de captar las propias necesidades. El estrés empezará a pasar factura y comenzarán las dolencias físicas junto con la depresión y la ansiedad. Ese malestar se puede transmitir a la persona que se está cuidando de manera que se puede sentir enfado hacia ella. Culpabilizar a la persona dependiente de todos los problemas del cuidador hace que se genere resentimiento y odio hacia esa persona lo que puede llegar a derivar en situaciones de maltrato.
Para evitar llegar a esta situación, es importante seguir contando con una red de apoyo adecuada y hacer uso de todos los recursos que estén al alcance. También sería conveniente que el resto de la familia se implique en el cuidado de ese familiar dependiente y que sepamos guardar un tiempo para desconectar. Realizar actividades que aporten bienestar y que sirvan para “recargar las pilas” y salir del entorno saturado de preocupaciones y tensión. De esta manera, se rompe el círculo de sentimientos negativos y se puede afrontar cada día con más ánimo. Además, esto repercute en la autoestima que a la vez se refuerza, en lugar de ir perdiendo valor por la situación negativa.
Y por supuesto, no tener miedo al “qué dirán por irme a pasármelo bien mientras tengo a mi (hijo, padre, madre, marido, etc.) aquí en casa sin poder valerse por sí mismo”. La mayoría de las veces esto es lo que más daño nos hace a nosotros mismos y lo que peores sentimientos nos crea.