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miércoles, 17 de diciembre de 2014

Las preocupaciones de la Navidad y del fin de año

Llegan los últimos días del año y nos sentimos cansados, como al final de una larga carrera que estamos a punto de terminar. Tenemos acumulado estrés y las preocupaciones de todo el año y, también, tenemos muchos propósitos que estamos deseando poner en marcha pero que vamos posponiendo pensando que con el comienzo del año tendremos más fuerzas.
Experimentamos sentimientos contradictorios, por un lado nos sentimos agobiados porque hay muchas cosas que tenemos que hacer en esta última parte del año pero, también, nos sentimos esperanzados porque creemos que algo bueno nos depara el futuro. Por muy abatidos que nos encontremos un rayo de esperanza nos alcanza al pensar en el cambio de año.

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Con la Navidad y el fin de año sentimos una mezcla de estrés y de esperanza por el futuro.
 
Es muy común, no obstante, sentir ansiedad que se corresponde con una especie de cuenta atrás. En estas fechas surgen muchos compromisos y tenemos que hacer un hueco para compras y preparativos, además de nuestras responsabilidades diarias como el trabajo, la familia, la casa, etc.
Para que no se nos eche el tiempo encima y seamos capaces de tener unas fechas tranquilas, tanto con nosotros mismos como con quienes nos rodean, lo mejor es planificarse. La gran mayoría de las ocasiones nuestro estrés se forma porque las preocupaciones se amontonan y pensamos en ellas como una suma enrevesada de problemas que crece como una bola de nieve.
Lo primero, es separar las tareas y las responsabilidades de una en una para tener una visión más objetiva. Para ello, empezaremos por hacer un listado de todo lo que tenemos que hacer diferenciando lo que nos falta y lo que ya tenemos. De esta manera descartaremos unas cuantas preocupaciones que ocupan sitio en nuestra cabeza pero, en realidad, no tienen por qué agobiarnos.
A continuación, debemos establecer un orden de prioridad en las tareas, encargos, citas, etc. que nos quedan por organizar. Por lo general, lo más prioritario suele ser lo que es más próximo en el tiempo y, en condiciones de igualdad de fecha, nos decantaremos por la importancia de la tarea o del ámbito de nuestra vida a la que afecta o por la dificultad y la rapidez con la que se puede solventar.
Y, por último, distinguiremos lo que nosotros podemos controlar de lo que no. Algunas cosas no se pueden modificar porque es cuestión de que pase el tiempo y llegue un determinado momento. En otras ocasiones sí podemos intervenir en la situación y tomar decisiones al respecto.

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Separar las preocupaciones de una en una nos ayuda a evitar el estrés de estas fechas.

En los casos en los que no podemos controlar la situación se generan preocupaciones relacionadas con la incertidumbre. El hecho de no poder cambiar el rumbo de los acontecimientos si no es por el paso del tiempo hace que no veamos un resultado claro hasta que no llegue ese momento. Hasta que ocurre pasamos mucho tiempo fantaseando cómo será o qué tendremos que hacer cuando llegue. Pero, al imaginar, también nos crea impaciencia por el hecho de no saber si será como nos lo imaginamos o si será mejor o peor. La incertidumbre es lo que nos llega a angustiar porque tenemos miedo de que las cosas no salgan como esperamos y comenzamos a imaginar un desenlace negativo. Por ejemplo, ante una cena familiar. Podemos tenerlo todo preparado pero hasta que no llegue el momento no vamos a saber cómo resultará. Una de las preocupaciones es que todos estén a gusto y disfruten de la comida y de la compañía. En cambio, esas mismas preocupaciones, a veces, nos llevan a imaginar que no les va a gustar la comida, que se van a quejar, que comenzarán a discutir, que puede resultar un desastre, etc. Según hasta dónde dejemos volar nuestra imaginación así de catastrófico puede ser el evento.
Por tanto, para sobrevivir a las fiestas de navidad lo mejor que podemos hacer es preparar y planificar con antelación aquello que está en nuestra mano y, el resto, dejarlo de lado. Todos esos elementos que nos agobian y no podemos controlar son parte de la incertidumbre y pueden llegar a ocupar la mayor parte de nuestras preocupaciones, miedos y ansiedades. Si prescindimos de ello podemos centrarnos en disfrutar y pensar con más claridad para enfrentarnos a posibles imprevistos.

¡FELICES FIESTAS!

martes, 10 de septiembre de 2013

La vuelta al cole

Llega septiembre y terminan los horarios flexibles y los días de poco hacer. Los días comienzan a ser más cortos y el calor ya no es tan aplastante como en los meses anteriores.
Tengamos trabajo o no, seamos estudiantes, jubilados o trabajadores, a todos se nos altera la vida en los meses estivales. Nos gusta disfrutar del buen tiempo y paliar las altas temperaturas como mejor sabemos: en una terracita, en la piscina, en la playa, en el pueblo, etc. En definitiva, intentamos aprovecharlo de la mejor manera posible y, para ello, nos tomamos la vida de una manera mucho más relajada.
Y tan relajados podemos llegar a estar que se nos olvida que no es para siempre. Es por esto que cuando toca ponerse otra vez las pilas podemos experimentar la famosa depresión postvacacional. Estancamos nuestro pensamiento en los buenos momentos y el relax del verano y sentimos que una losa se posa sobre nuestra cabeza como si a partir de ese momento estuviéramos castigados a llevarla hasta el siguiente verano. Pensamos que ya no vamos a disfrutar como antes y que nuestra vida va a ser aburrida, estresante y horrible. Y eso sin contar todo lo que falta para poder disfrutar de nuevo de lo bueno que, por otro lado, parece lo único.
Con septiembre llega la hora de retomar las rutinas y comenzar a pensar en lo que supondrá el curso que viene. Este mes puede ser un buen momento para afrontar de otra manera los meses de frío que llegan. Es cierto que cambiamos nuestro modo de vida pero, también es cierto que, se abren ante nosotros nuevas oportunidades. Los meses de veranos han supuesto un descanso para nosotros con lo que llegamos con las pilas cargadas. Podemos reflexionar acerca de lo que hemos hecho antes y plantearnos cambios que nos aporten bienestar. Todo aquello que hemos decidido dejar para más adelante es el momento de abordarlo ahora.
Esta es otra de las razones por las que nos sobreviene la depresión postvacacional, dejamos gran cantidad de asuntos pendientes diciéndonos a nosotros mismos que es mejor empezar en septiembre, es decir, procrastinamos. El problema es que a veces dejamos tantas cosas que sólo con pensarlo nos saturamos y nos agobiamos pensando que no vamos a ser capaces cumplir con todo.
Es mejor pensar de una manera razonada y establecer prioridades. Ocuparnos de lo más inmediato y lo más importante y organizar bien nuestro tiempo. Septiembre es un mes perfecto para aprovechar la transición porque, a pesar de tener que retomar nuestras obligaciones, podemos seguir disfrutando de un tiempo más o menos bueno. El tiempo atmosférico es importante porque las temperaturas agradables y la luminosidad favorecen que nos sintamos de mejor ánimo. Esto nos da una fuerza y una motivación mayores que suponen un extra gratuito a tener en cuenta y aprovechar.
También es un buen momento para sentar las bases de lo que va a ser el resto del año. Si nos proponemos un plan de acción y lo vamos cumpliendo no nos encontraremos todo el invierno quejándonos de la falta de tiempo para todo. La mayoría de las veces esta falta de tiempo se debe a que no hemos planificado bien nuestros horarios.
En resumen, en septiembre no termina el verano y con él todo lo bueno sino que comienza el periodo del año en el que podemos sacar lo mejor de nosotros mismos aprovechando que estamos descansados y que tenemos unas condiciones favorables.

sábado, 6 de julio de 2013

Disfrutar de las vacaciones sin morir en el intento

Llega el verano y con él la temporada de las vacaciones estivales, las más deseadas pero, también, las más reñidas.
Durante el año establecemos una rutina que prácticamente gira en torno al trabajo. Pensamos y organizamos nuestro tiempo en torno a la jornada laboral y el rato que nos queda libre lo aprovechamos para hacer aquello que nos da tiempo y que no siempre son actividades de ocio.
En verano todo cambia. Los niños tienen vacaciones y se alteran las rutinas. Parece que todo es más relajado e intuimos que nos lo vamos a tomar todo con más calma que el resto del año.
Sin embargo, el preparar las vacaciones no es un asunto baladí. Lo primero de todo es saber el tiempo del que disponemos y el presupuesto con el que contamos para saber cuáles son las opciones que tenemos. Si comenzamos a soñar con unas vacaciones que no podemos pagar aquí llegará la primera frustración.
Otra cuestión a tener en cuenta es que no podemos llevarnos el trabajo en nuestra cabeza de vacaciones. Es un momento para desconectar y si mezclamos el ocio con el estrés éste último se apoderará de nuestro período vacacional y no podremos dejar de pensar en lo que estaríamos haciendo o lo que tendremos que hacer cuando volvamos para ponernos al día. Si no nos olvidamos del trabajo por unos días no disfrutaremos de las vacaciones y volveremos como si no nos hubiésemos marchado o peor aún.
Lo siguiente es saber con quién nos vamos a ir. Con amigos, en pareja, en familia o solos. Si vamos solos no tendremos problemas para organizarnos ya que todas las decisiones recaerán sobre nosotros mismos. Si vamos acompañados tendremos que ajustar días y ponernos de acuerdo con las preferencias de todos. Siempre debemos estar dispuestos a negociar pero si no estamos de acuerdo en absoluto con algo es mejor que lo digamos o que no nos sumemos al plan puesto que corremos el riesgo de crear tensión y acabar discutiendo durante todo el tiempo que duren las vacaciones.
En el caso de ir con nuestra pareja o familia tenemos que tener claro que este tiempo es para relajarse y disfrutar, y para reforzar la relación pero no para salvarla. A menudo, lo que ocurre es que las expectativas de unos y otros no se ponen en común y acabamos llevándonos una sorpresa no muy agradable. Cuando tenemos mucho estrés acumulado fantaseamos sobre las vacaciones y lo bien que nos lo vamos a pasar, cuántas cosas vamos a hacer y lo mucho que vamos a descansar. Pero, normalmente, hacemos los planes a nuestra medida sin contar con lo que le gustaría a la otra persona o, incluso, olvidando que nos llevamos a nuestros hijos. Muchas veces estamos acostumbrados a tener una relación más bien escasa con nuestra familia durante el año simplemente por la falta de tiempo. Así que lo único que hacemos es acumular las preocupaciones y los problemas diariamente sin compartirlos y damos por hecho que en las vacaciones se van a esfumar y vamos a volver como nuevos.
En cambio, lo que ocurre es que la otra parte de la pareja llega igual; con sus propias expectativas y con todo ese torrente de ansiedad y problemas que quiere quitarse de encima como si fueran moscas. En ningún momento nos paramos a pensar que la otra persona hubiese pensado lo mismo que nosotros, hacer lo que quiera, descansar y no preocuparse de nada ni nadie más. Así es que nos encontramos con una pareja que no quiere hacer nada de lo que nosotros queremos, que no nos comprende, que dice estar cansado y estresado y que sólo quiere estar tranquilo (o tranquila). Y puede que también nos encontremos con unos niños que no se cansan nunca de gritar, de pedir cosas y de pelearse con sus hermanos, que no nos dejan dormir y que requieren atención treinta horas al día.
De repente, todas nuestras ilusiones se rompen y la ansiedad aumenta con la frustración que sentimos. Comenzamos a sentir que “estábamos mejor en casa”, que “esto no es descanso ni es nada”, que “no lo podemos soportar más” y que ojalá se terminen pronto. Y a todo ello sumémosle que no podemos separarnos de este ambiente que se ha creado y que cada vez se nota más cargado. Como nuestro humor ha cambiado también la manera de relacionarnos con los demás ha cambiado y se nota un ambiente hostil que puede ir en aumento.
Para que nuestro tiempo de vacaciones no sea un desastre lo mejor es tener todos estos puntos bien definidos y asumir que no hay nada perfecto pero que, si nos lo proponemos, podemos pasar unas vacaciones magníficas y volver casi como si nos hubiésemos tomado un año sabático.

jueves, 9 de mayo de 2013

Gestión y organización del tiempo



Parece que cada vez el tiempo corre más deprisa, que tenemos que hacer más cosas y que disponemos de menos horas al día para hacerlo todo. Algunas veces no somos capaces de darle salida a todo el trabajo que tenemos acumulado o siempre tenemos pendiente alguna tarea de la que no somos capaces de deshacernos.
Todo esto conlleva que nuestra cabeza no descanse y siempre esté trabajando lo que supone una elevación del nivel de estrés que se va a cumulando hasta llegar a límites insostenibles. A veces, cuando tenemos muchas cosas que hacer nos dedicamos a trabajar sin cesar pero de una manera desorganizada y sólo descansamos cuando ya no podemos más. Aunque no hayamos terminado con todas las tareas pendientes es necesario que nos tomemos un descanso para recuperar fuerzas y continuar pero esto se debe hacer de una manera pautada.
Es preciso organizar el tiempo de una manera eficiente para que seamos capaces de terminar todo lo que vamos arrastrando a lo largo de los días, las semanas, los meses… ¡incluso los años!
Lo primero es tener una agenda donde anotemos aquello que tiene una fecha límite o los acontecimientos importantes. Esto supuestamente va a ser inamovible así que el resto de las cosas las tendremos que ir acoplando a estos eventos ya marcados.
Lo siguiente será hacer una lista con todas las actividades y tareas que tenemos que terminar, incluido lo que ya habíamos recogido en la agenda previamente… Una vez que la hayamos confeccionado iremos asignando prioridades porque no todo tiene la misma importancia.
Las prioridades dependen de varios factores. Por un lado, está la urgencia en el tiempo, lo que antes tenemos que terminar será lo más importante. Por otro lado, estará la importancia personal que tienen para nosotros determinados trabajos. Y por último, nos encontraremos con la dificultad de la tarea. Establecidas estas prioridades ya podemos fijar nuestros propios plazos en aquellos trabajos que no los tienen marcados desde fuera.
Respecto a la dificultad de la tarea, deberemos valorar si es algo que podemos hacer en un solo día o si necesitamos más tiempo. Las actividades complejas, por lo general, requieren que las dividamos en varias tareas más sencillas para que podamos ajustarlas mejor a nuestro calendario y así no nos desmotivemos.
Hecho todo esto, ya podemos retomar nuestra agenda e ir planificando día a día nuestra labor. Crearemos un horario de trabajo y lo dividiremos en periodos cortos y concretos, por ejemplo, tramos de cincuenta o sesenta minutos. No es aconsejable que sea más extenso. El orden en el que vayamos rellenado esos intervalos de tiempo será según las prioridades que establecimos y combinando las tareas difíciles con las fáciles para así no saturarnos demasiado. Además, es aconsejable dedicar unos minutos entre cada tramo para descansar. Con cinco minutos será suficiente. La razón de estos pequeños descansos es que nuestra máxima concentración dura un tiempo determinado, no podemos estar constantemente concentrados durante toda la jornada.
Cada día, al final de nuestro horario pautado, dedicaremos unos minutos a repasar nuestra agenda y tachar de la lista de tareas aquellas que hayamos terminado. Repasaremos lo que nos queda por hacer y valoraremos de nuevo el tiempo y la dificultad que nos conllevará para asignarlo al horario del día siguiente. Lo distribuiremos siguiendo la misma estrategia pero valorando las dificultades que hemos encontrado a lo largo del día y que nos impidieron cumplirlo. Es posible que algunas tareas que considerábamos más sencillas no lo fueran tanto o, al revés, las que creíamos que serían más complicadas las resolvimos mucho antes de lo esperado.
Una vez que hemos llegado al final de nuestro horario será la hora de descansar. Aunque no hayamos terminado todo lo que nos propusimos no es aconsejable que continuemos trabajando. Como dije antes, reorganizaremos el horario del día siguiente para paliar los fallos y aprovecharemos el tiempo libre para descansar y tomar fuerzas para el día siguiente.
De esta manera seremos más rápidos y eficaces y regularemos la ansiedad que nos crean los “asuntos pendientes”.

martes, 12 de junio de 2012

La ansiedad


La ansiedad es una reacción emocional que aparece ante situaciones percibidas como peligrosas o amenazantes. Nuestro cuerpo se activa y permanece alerta a la espera de lo que pueda ocurrir. Cumple una función adaptativa y es universal para toda la especie humana.
Existen diferentes niveles de ansiedad según la intensidad o el grado de agitación que sintamos. El grado más bajo sería el de reposo que es cuando estamos tranquilos, relajados. En este punto no experimentamos ansiedad. Para ponernos en marcha necesitamos activarnos, dirigir el foco de nuestra atención y estar mínimamente concentrados. Por eso, es necesario que la activación aumente un poco para que el organismo esté preparado. Algunas veces, si nuestra labor es muy compleja o requiere un gran esfuerzo, el nivel de activación preciso será mayor.
El rendimiento que nosotros conseguimos depende, en gran medida, del estado de excitación en el que nos encontremos. Si nuestro nerviosismo supera el punto óptimo que necesitamos el rendimiento bajará porque la ansiedad nos impedirá concentrarnos y dedicar el esfuerzo a nuestra tarea. Estaremos más preocupados en luchar contra nuestra ansiedad y en poder concentrarnos que en lo que realmente tenemos que hacer. Esto se debe a que se estrecha el foco de atención, lo que impide pensar de forma resolutiva. Por el contrario, también, ocurre que si no estamos suficientemente activados tampoco llegaremos a un rendimiento adecuado porque no nos estamos esforzando lo suficiente.
Estar demasiado nerviosos, además de ser improductivo, puede resultar peligroso. Una vez concluido un periodo de mucho esfuerzo, lo normal es volver a un estado de calma y tranquilidad. A veces, el nivel elevado de ansiedad se mantiene durante mucho tiempo aunque se haya terminado nuestro cometido. Esto ocurre, sobre todo, en épocas de mucho estrés como, por ejemplo, en períodos de exámenes o de mucho trabajo, mudanzas, etc. Cuando el organismo debe volver a un estado de reposo, porque ya no necesita estar activado, sigue experimentando la misma ansiedad. No es capaz de relajarse porque ha pasado a identificar como su estado normal el de la activación elevada. Es decir, nuestro cerebro cree que está relajado cuando en realidad nuestro cuerpo está alterado. Así, cuando nuestro organismo necesita volver a realizar una acción o vuelve a pasar por una época de estrés aumenta, aún más, los niveles de ansiedad. La excitación que siente la persona es muy superior a la que necesita para realizar sus actividades de forma eficaz.
Como todo tiene un límite, forzar demasiado el organismo puede hacer que se rompa por algún lado. El cuerpo está preparado constantemente para hacer frente a cualquier amenaza, aunque no exista, y por eso se va fatigando. En el momento en que ocurre algo y tiene que responder forzando un poco más, está demasiado saturado y no puede afrontar una nueva exigencia. Las consecuencias que conlleva pueden ser tanto psicológicas como físicas. Trastornos afectivos como la depresión, ansiedad generalizada; úlceras y otros daños en el aparato digestivo y circulatorio, trastornos del sueño, alteraciones del sistema endocrino e inmunológico, etc. son algunos ejemplos de lo que nos puede llegar a suceder.
Tener un sistema inmunológico débil es como abrir la puerta a las enfermedades. El organismo no es capaz de defendernos de todas las agresiones externas que sufrimos diariamente. Se va debilitando, cada vez más, hasta que estas agresiones comienzan a tener una gravedad importante. Es, entonces, cuando no nos sentimos bien y damos la voz de alarma porque tenemos más resfriados, más dolores, estamos más cansados y de peor humor. Si la situación se vuelve mucho más extrema, incluso puede que lleguemos a simular, o lo que es peor, a desarrollar enfermedades degenerativas.
Es importante ser consciente de los riesgos que tiene para nuestra salud el mantener durante mucho tiempo niveles elevados de ansiedad. Con sólo reservar un pequeño espacio de tiempo cada día para relajarnos nos encontraremos mucho mejor. Nuestro cuerpo nos agradecerá que dediquemos diez o quince minutos al final de la jornada a olvidar el estrés de todo el día. Aprender a respirar correctamente, de manera pausada y con largos ciclos de inspiración-espiración es un buen comienzo para tomarse la vida con más calma y disfrutarla.

viernes, 17 de febrero de 2012

La reforma (psico-socio) laboral


¿Qué curioso que el caso del dopaje de los deportistas españoles y el enfurruñamiento con los franceses casi coincidiera en el tiempo con la aprobación de la reforma laboral del pasado 10 de febrero? A mí que me recuerda a aquello de pan y circo… Sólo que en este caso sea circo para jugar con el pan.
Sin embargo, parece que aún nos queda un poco de cordura y podemos razonar mínimamente para abandonar las maniobras de despiste y centrarnos en lo que, de verdad, nos afecta directamente a cada uno de nosotros. Es cierto que las nuevas medidas, que abaratan el despido, activarán el movimiento en el empleo pero, en mi opinión, no lo mejorará. Lo que parece es que así será una especie de rotación entre periodos trabajando y periodos en la cola del INEM. Visto de esta forma, hasta se podría considerar una medida para la igualdad de oportunidades: primero la miel en los labios y luego al paro…pero eso sí, todos igual.
Si profundizamos un poco más en el asunto nos daremos cuenta de que el despido libre ya existía y en una amplitud más que considerable. ¿Acaso nadie ha sufrido en sí mismo o en su entorno el contrato de obra y servicio? De acuerdo, que este tipo de contratos tiene sus condiciones y limitaciones, como todos, pero en realidad ¿qué es esto sino un despido libre?
¿Y los jóvenes y con sus becas? ¿Qué es eso más que un voluntariado forzoso? Casi nadie contrata sin experiencia y la única manera de conseguirla es mediante una beca. Pero también tienen sus limitaciones, tanto para el tiempo de poder solicitarlas desde que se finaliza la formación como para el tiempo de disfrute de la misma. Y después, ¿qué? “No es suficiente experiencia, buscamos más tiempo”, “una beca no es lo mismo que un trabajo”, “no podemos contratarte porque no cumples los requisitos para poder hacer un contrato en prácticas”, etc.
En el fondo, todas estas medidas están justificadas bajo esa falsa premisa de “¿veis lo que me obligáis a hacer?”; haciendo creer que es la única y absoluta solución, que por otro lado, se vende como eficaz y esperanzadora. Sin contar, por supuesto, que todo es “por nuestro bien”. Se intenta generar, así, un sentimiento de culpa en la sociedad como si de niños traviesos se tratara y tuviera que reparar el desastre el adulto “paciente y razonable” (¡Qué casualidad! Estas expresiones también las utilizan los maltratadores, pero ese es otro tema…).
El resultado de esta reforma llevará, inevitablemente, a un aumento de desempleados pero como ya se avisó parece que así la responsabilidad es menor (ya se sabe, es por nuestro bien). Y es que no hay mejor propaganda que partir de unos niveles ridículamente bajos para asegurarse una mejora y así conseguir una credibilidad insustancial. Es decir, si oficialmente hacemos creer a todo el mundo que partimos de menos uno pero nosotros sabemos que el nivel real es cero, aparentemente, será un gran éxito llegar a uno, ¿o me equivoco?
Y, ¿a la psicología qué le importa todo esto? Desde las áreas de Recursos Humanos se persigue que las empresas funcionen bien y, para ello, se valora sobre todo el capital humano. Se parte de la idea de que la satisfacción de un trabajador aumentará  su motivación, lo que repercutirá, a su vez, en el aumento de la productividad y en los beneficios. La satisfacción de una persona en su trabajo pasa por tener un horario adecuado, unos descansos razonables, vacaciones retribuidas, unas medidas de seguridad que no sólo afectan a la salud física sino, también, a la psicológica; una retribución que no sólo llegue para subsistir, la posibilidad de desarrollarse y crecer profesionalmente dentro de la empresa y de actualizar sus conocimientos, etc.
Con estas disposiciones, lo único que se consigue es que los trabajadores que aún conservan su empleo desempeñen su labor bajo la presión que genera la inestabilidad de que en cualquier momento se pueden quedar sin trabajo. No sólo se trata del estrés que provoca la propia situación sino que, también, repercute en la vida diaria ya que las preocupaciones se trasladan al resto de los ámbitos personales, en especial al familiar y al social.
Por suerte, las necesidades principales o primarias, como satisfacer el hambre o la sed, en este momento y en nuestro país la mayoría de las personas las tienen cubiertas. La necesidad de seguridad, que se sitúa justo en el siguiente escalón, no es nada baladí. En el momento que nos falta nos sentimos indefensos porque no sabemos si podremos hacer frente a determinadas dificultades, que es más que posible, que puedan acontecer. Con los efectos que el estrés y la sobrecarga emocional provocan en la salud.
El valor de los trabajadores es el valor humano, nuestro propio valor. Si no cuidamos de sus necesidades y de su salud, ¿qué esperamos que aporten a la sociedad, es decir, a nosotros mismos?