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miércoles, 14 de mayo de 2014

Psicópatas de cuello blanco, el lado educado de la personalidad antisocial

Si pensamos en un psicópata a todos nos viene a la cabeza la imagen de algún famoso asesino como Charles Manson, Jeffrey Dahmer, Ted Bundy… o nos acordamos de Jack el Destripador (Jack The Ripper). Es decir, definiríamos a un psicópata como un asesino, por lo general en serie, sin escrúpulos y que acaba con la vida de alguien sin ninguna razón aparente o por puro placer. Nuestro pensamiento nos lleva, además, a suponer que un psicópata también es un sádico que disfruta con el sufrimiento de los demás.
Podría ser así pero un psicópata tiene una cualidad que lo distingue del resto de los seres humanos que es la ausencia de remordimientos, o conciencia, y la ausencia de empatía, es decir, la incapacidad de ponerse en el lugar de los demás y comprender sus emociones.
 

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Los psicópatas son personas carismáticas que representan un papel

Los remordimientos y la empatía son cualidades que nos hacen tener compasión y escrúpulos. Es lo que nos impide que seamos personas poco civilizadas y respetemos al resto de seres humanos.
Un psicópata muestra un desprecio por las normas sociales y por las leyes. Ni siquiera piensa en los perjuicios posteriores que le puede acarrear su conducta antisocial. Se mueve por sus propios impulsos y deseos aunque en la mayoría de los casos no es capaz de tener un proyecto vital continuo y bien elaborado, por eso su vida suele ser un vaivén.
Las personas antisociales son personas mentirosas, capaces de cualquier cosa por conseguir sus objetivos, literalmente. Se creen perfectos y se sienten superiores a los demás y con derecho a manipularlos. Además, son muy carismáticos, suelen ser muy buenos conversadores, entretenidos, con respuestas rápidas que denotan una inteligencia alta. Debido a esta personalidad tan atrayente son capaces de engañar a casi todo el mundo, especialmente a los más débiles. Saben interpretar el papel necesario para que otros se lo crean y acaben siendo sus títeres hasta que dejan de tener interés para el psicópata.
Todas las mentiras y actos ilegales o inmorales no suponen una mala conciencia para ellos ya que si les pillan no les importa ni se avergüenzan en absoluto, incluso, se pueden sentir orgullosos por ese sentimiento de superioridad que les rodea. Cuando se detectan sus mentiras cambian toda la historia como si nada dejando ver gran cantidad de contradicciones, lo cual no les preocupa.
Pero no sólo existen los psicópatas que asesinan a otras personas. Hay otro tipo de personalidades antisociales que se denominan psicópatas de “cuello blanco”. Estas personas son psicópatas que, por sus características y su historia personal, suelen tener un alto status social, una buena educación y una conducta más o menos adaptada. Estas personas llegan a ocupar cargos importantes y llegan a hacerse con el control de muchas personas, organizaciones, instituciones o regiones más o menos extensas, incluso países o continentes enteros.


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Los psicópatas carecen de empatía y de remordimientos


Al igual que el resto de los psicópatas, los de cuello blanco buscan el propio beneficio y el propio placer sin importarles lo que les rodea. Sus objetivos, por lo general, suelen ser subir puestos y ganar estatus social y económico. Son muy ambiciosos y nunca tienen suficiente por eso siempre buscan llegar un paso más allá valiéndose de cualquier medio. Esto implica que pueden utilizar a las personas a su antojo y después dejarlas en la estacada. Suelen arruinar la vida de quienes son víctima de su juego ya que si dejan de resultar de utilidad quedan completamente desprotegidos y, si se crea alguna tensión o enfrentamiento, pueden buscarles toda clase de perjuicios. Para ello no suelen cometer delitos de sangre, al menos por sus propias manos; se valen del chantaje y la manipulación y utilizan su poder y su influencia para buscar el perjuicio de los otros.
Lejos de lo que podamos pensar, la personalidad antisocial no es algo extraño y difícil de encontrar ya que los psicópatas representan entre un 1 y un 3 por ciento de la población.

sábado, 6 de julio de 2013

Disfrutar de las vacaciones sin morir en el intento

Llega el verano y con él la temporada de las vacaciones estivales, las más deseadas pero, también, las más reñidas.
Durante el año establecemos una rutina que prácticamente gira en torno al trabajo. Pensamos y organizamos nuestro tiempo en torno a la jornada laboral y el rato que nos queda libre lo aprovechamos para hacer aquello que nos da tiempo y que no siempre son actividades de ocio.
En verano todo cambia. Los niños tienen vacaciones y se alteran las rutinas. Parece que todo es más relajado e intuimos que nos lo vamos a tomar todo con más calma que el resto del año.
Sin embargo, el preparar las vacaciones no es un asunto baladí. Lo primero de todo es saber el tiempo del que disponemos y el presupuesto con el que contamos para saber cuáles son las opciones que tenemos. Si comenzamos a soñar con unas vacaciones que no podemos pagar aquí llegará la primera frustración.
Otra cuestión a tener en cuenta es que no podemos llevarnos el trabajo en nuestra cabeza de vacaciones. Es un momento para desconectar y si mezclamos el ocio con el estrés éste último se apoderará de nuestro período vacacional y no podremos dejar de pensar en lo que estaríamos haciendo o lo que tendremos que hacer cuando volvamos para ponernos al día. Si no nos olvidamos del trabajo por unos días no disfrutaremos de las vacaciones y volveremos como si no nos hubiésemos marchado o peor aún.
Lo siguiente es saber con quién nos vamos a ir. Con amigos, en pareja, en familia o solos. Si vamos solos no tendremos problemas para organizarnos ya que todas las decisiones recaerán sobre nosotros mismos. Si vamos acompañados tendremos que ajustar días y ponernos de acuerdo con las preferencias de todos. Siempre debemos estar dispuestos a negociar pero si no estamos de acuerdo en absoluto con algo es mejor que lo digamos o que no nos sumemos al plan puesto que corremos el riesgo de crear tensión y acabar discutiendo durante todo el tiempo que duren las vacaciones.
En el caso de ir con nuestra pareja o familia tenemos que tener claro que este tiempo es para relajarse y disfrutar, y para reforzar la relación pero no para salvarla. A menudo, lo que ocurre es que las expectativas de unos y otros no se ponen en común y acabamos llevándonos una sorpresa no muy agradable. Cuando tenemos mucho estrés acumulado fantaseamos sobre las vacaciones y lo bien que nos lo vamos a pasar, cuántas cosas vamos a hacer y lo mucho que vamos a descansar. Pero, normalmente, hacemos los planes a nuestra medida sin contar con lo que le gustaría a la otra persona o, incluso, olvidando que nos llevamos a nuestros hijos. Muchas veces estamos acostumbrados a tener una relación más bien escasa con nuestra familia durante el año simplemente por la falta de tiempo. Así que lo único que hacemos es acumular las preocupaciones y los problemas diariamente sin compartirlos y damos por hecho que en las vacaciones se van a esfumar y vamos a volver como nuevos.
En cambio, lo que ocurre es que la otra parte de la pareja llega igual; con sus propias expectativas y con todo ese torrente de ansiedad y problemas que quiere quitarse de encima como si fueran moscas. En ningún momento nos paramos a pensar que la otra persona hubiese pensado lo mismo que nosotros, hacer lo que quiera, descansar y no preocuparse de nada ni nadie más. Así es que nos encontramos con una pareja que no quiere hacer nada de lo que nosotros queremos, que no nos comprende, que dice estar cansado y estresado y que sólo quiere estar tranquilo (o tranquila). Y puede que también nos encontremos con unos niños que no se cansan nunca de gritar, de pedir cosas y de pelearse con sus hermanos, que no nos dejan dormir y que requieren atención treinta horas al día.
De repente, todas nuestras ilusiones se rompen y la ansiedad aumenta con la frustración que sentimos. Comenzamos a sentir que “estábamos mejor en casa”, que “esto no es descanso ni es nada”, que “no lo podemos soportar más” y que ojalá se terminen pronto. Y a todo ello sumémosle que no podemos separarnos de este ambiente que se ha creado y que cada vez se nota más cargado. Como nuestro humor ha cambiado también la manera de relacionarnos con los demás ha cambiado y se nota un ambiente hostil que puede ir en aumento.
Para que nuestro tiempo de vacaciones no sea un desastre lo mejor es tener todos estos puntos bien definidos y asumir que no hay nada perfecto pero que, si nos lo proponemos, podemos pasar unas vacaciones magníficas y volver casi como si nos hubiésemos tomado un año sabático.

jueves, 23 de mayo de 2013

La empatía



Si tuviéramos que definir el término empatía nos daríamos cuenta de que algunas personas no habrían oído hablar de ella. Otras pensarían que es lo mismo que simpatía y otras, las más acertadas, lo definirían como “ponerse en el lugar del otro”.
Pero la empatía no consiste sólo en pensar “si yo estuviera ahí” o “si a mi me pasara eso”... Esto sería más bien ponerse en la situación del otro. La capacidad de empatía va un poco más allá y consiste en ser conscientes de cómo es la otra persona y reconocer sus pensamientos, sus sentimientos, sus reacciones, etc. para saber lo que está sintiendo en una situación determinada.
Esta capacidad es la que nos hace ser seres sociales porque nos permite comunicarnos y entendernos. La comunicación no es sólo el mensaje que queremos transmitir sino que en la comunicación estamos cada uno de nosotros con nuestros anhelos, nuestras ilusiones, nuestro pasado, nuestras experiencias y nuestra forma de ser. Y esta misma capacidad es la que nos permite ser altruistas y desarrollar conductas de ayuda a los demás, respetar los derechos de los otros y establecer vínculos afectivos con quienes nos rodean.
Una de las situaciones en las que mostramos nuestra capacidad de empatía es cuando leemos un libro o cuando vemos películas. Somos espectadores y, por tanto, no estamos viviendo la misma situación que nos relatan. Sin embargo, rápidamente nos identificamos con uno de los personajes, normalmente con quien hace el papel de protagonista. A lo largo de la historia experimentamos las mismas sensaciones que este personaje e incluso anticipamos algunos sentimientos, ideas o acciones basándonos en su forma de ser. Por eso, los libros, las películas, las series o el teatro nos hacen llorar, nos emocionan, nos ponen en tensión o nos agitan por dentro. Incluso, cuando en la historia se trata algún tema controvertido o se relatan hechos que en otro momento juzgaríamos y castigaríamos en estos casos nos volvemos más condescendientes y “comprendemos los motivos  por los que actuó así”. Al conocer todas las circunstancias valoramos los hechos y los valoramos como si realmente fuéramos nosotros mismos, nos ponemos en ese lugar de verdad. Es más, muchas veces sentenciamos con expresiones del tipo: “le podría pasar a cualquiera.”
Esta capacidad de pensar en otros pasa por tener conciencia de uno mismo. Si no somos conscientes de quiénes somos, cómo somos, qué sentimos, cuáles son nuestras motivaciones, etc. será mucho más difícil que podamos pensar en los demás. Por lo general conocemos todas esas sensaciones y emociones porque las hemos vivido directa o indirectamente y por esto, también, somos capaces de reconocerlas en los otros.
Existen personas que carecen de la capacidad de sentir empatía hacia nadie. Son las personas antisociales o los que, habitualmente, llamamos psicópatas. Esta carencia es la razón por la que son capaces de engañar, manipular, estafar, asesinar y hacer todo tipo de actos que calificaríamos como inhumanos. En realidad, estas personas no están reconociendo el sufrimiento de sus víctimas ni siquiera se plantean que pueda estar sintiendo nada, sólo buscan su propio placer y beneficio y tratan a los demás como si fueran objetos.
En cambio, algunos animales sí poseen la capacidad de ser empáticos, por ejemplo algunos simios (no todos) como los chimpancés o, algo sorprendente, los elefantes. Esta capacidad hace que puedan vivir en sociedad y establecer redes de comunicación y lazos afectivos entre unos individuos y otros del grupo. No se trata de la selección natural donde sobrevive el más fuerte sino que unos ayudan a otros para que sea la especie la que sobrevive en lugar de un solo individuo. Indudablemente, esto es más beneficioso a lo largo del tiempo.
Gracias a la empatía entendemos que los demás son necesarios en nuestra vida porque nos ayudan y nos complementan, lo que a su vez refuerza esta capacidad. Este famoso proverbio indio resume el artículo y define muy bien el término:
“Antes de juzgar a una persona camina tres lunas con sus mocasines”.

miércoles, 20 de febrero de 2013

¿Qué es un psicólogo?



La palabra psicólogo, etimológicamente hablando, significaría algo así como conocedor de la mente. Proviene de Psico (alma o actividad de la mente) y Logos (conocimiento). Esto es lo que hace que muchos crean que un psicólogo sabe lo que los demás están pensando pero nada más lejos de la realidad.
El psicólogo, entre otras muchas cosas, es alguien que estudia a la persona en su entorno y su relación con éste. Recoge datos acerca de cómo se comporta, cómo piensa y lo que dice para entender por qué lo hace y, así, intentar predecir cómo serán sus reacciones en situaciones futuras semejantes. Con toda esta información también puede detectar formas disfuncionales de relacionarse consigo mismo, con los demás y con su entorno y ayudar a cambiarlas para que la persona se sienta mejor.
Un psicólogo no lee la mente de nadie y tampoco es una persona seria que se sienta en una silla y escucha la vida de los que acuden a consulta con cara de póquer. Es, más bien, una especie de asesor, conductor o guía emocional que ofrece pautas para tener una visión más ajustada de la realidad, aprender a regular las emociones mejor y afrontar la vida de una manera más satisfactoria y adaptada a las necesidades o a las metas personales.
No es un mago que toca con su varita mágica y transforma a la persona sino que ayuda en el cambio personal de quienes lo deciden. Enseña a afrontar y resolver problemas y dificultades que acontecen en la vida para que puedan enfrentarse a nuevas situaciones con un resultado satisfactorio.
No poseen fórmulas maravillosas para que alguien cambie sin hacer nada. El esfuerzo es de la propia persona que acude a consulta porque quiere iniciar un cambio en su vida.
Aún hoy en día para muchos, ir al psicólogo supone una etiqueta negativa para la persona porque a lo mejor no está bien de la cabeza o, incluso, está loco. Esto hace que muchas personas no acudan por vergüenza o por el qué pensarán de mí. Y lo que acaba ocurriendo es que el malestar acaba siendo cada vez mayor. Por si fuera poco, puede que haya personas que necesiten ir varias veces al psicólogo y, no por ello, tengan que estar marcadas de por vida. Normalmente, se piensa que el tener que repetir significa que el psicólogo no es bueno o que la persona no tiene remedio. ¿Acaso no vamos repetidas veces al médico por un catarro o una gripe?
Por otro lado, puede haber varias razones por las que fracasen las terapias. Una de las principales razones es el objetivo o la idea errónea que tiene la persona acerca de una terapia psicológica como el pensar que una vez que se sale de la sesión de terapia ya no hay que hacer nada más ni poner en práctica aquello que se ha acordado o recomendado. Todo lo contrario, una buena terapia tiene mejores resultados si se toma como un trabajo constante en la vida diaria para aplicar lo que se ha aprendido.
Otra razón puede ser que no tengamos una buena relación con nuestro terapeuta. Al igual que en cualquier ámbito de nuestra vida no encajamos con todas las personas con las que nos relacionamos. Si comenzamos una terapia y no nos convence después de varias sesiones es mejor cambiar.
Por su parte, el psicólogo, deberá tener unas buenas habilidades terapéuticas que faciliten que el cliente tenga confianza en su psicólogo para que pueda hablar con él sin reservas. Esto pasa por una aceptación incondicional de la persona que acude a consulta sin juzgarla. Y, cómo no, deberá comportarse de manera amable, empática y demostrar que sabe escuchar, a la vez que utilizará un tono adecuado a cada persona sin emplear un lenguaje pomposo ni vulgar. Así, el terapeuta será una persona respetable para su cliente.
Tampoco es una persona autoritaria que obliga a que se haga lo que dice sino que ayuda a buscar en cada uno las razones personales para el cambio. Debe saber motivar para que se logre la meta deseada y que se aplique a todos los aspectos de la vida y que en el futuro también se actúe según esas nuevas estrategias aprendidas. El objetivo no es dar consejos sino pequeñas pautas que ayuden a que la propia persona perciba y utilice sus propios recursos.
Por último, otra razón importante es que algunas personas tienen miedo a cambiar y dejar de ser como eran, temen convertirse en alguien distinto. Su esencia permanece sólo cambian los aspectos disfuncionales que le causan sufrimiento o que le llevan a comportarse de una forma perjudicial para sí mismo o para otros.