Mostrando entradas con la etiqueta Apego. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Apego. Mostrar todas las entradas

viernes, 19 de septiembre de 2014

Divorcio y separación en la pareja (II): las dudas y los hijos

La decisión de separarse puede ser común o unilateral. A pesar de que la relación no vaya bien, puede que nos resistamos a tomar la difícil decisión de la separación. Los motivos pueden ser muy variados: el miedo a aceptar el fracaso, la familia, los amigos y el miedo al “qué dirán”, los hijos (en los casos en los que los haya), el temor a la soledad y el miedo a empezar de nuevo, la dependencia económica o afectiva, etc.
Al igual que los motivos pueden ser extensos, las dudas también. Un último refugio es pensar que no se ha intentado lo suficiente y que se puede recuperar la relación. Las segundas oportunidades pueden funcionar si aún queda algo y el esfuerzo para reconstruir la relación es mutuo.
No obstante, en muchas ocasiones, un miembro de la pareja ya ha tomado la decisión y ésta es firme con lo que no se deja lugar a un nuevo intento. En otras ocasiones, se puede intentar pero la relación está tan deteriorada que se vuelven a repetir los mismos comportamientos y reexperimentamos la misma relación con los mismos errores y las mismas molestias otra vez. En el caso de plantearnos un nuevo intento lo primero a tener en cuenta es identificar los fallos para resolverlos y cambiar el estilo de convivencia y relación que fracasó con anterioridad. Esto pasa por asumir los defectos del otro y llegar a acuerdos sobre los puntos conflictivos de la convivencia.
Cuando la decisión de separación es firme afloran los sentimientos de fracaso y la sensación de haber perdido el tiempo. Nos sentimos incapaces de conservar una relación durante un tiempo prolongado podemos llegar a creer que todo el tiempo que vivimos no valió la pena por el resultado final al que hemos llegado. Independientemente de que la separación en algún momento produzca alivio también pasamos por un período de duelo. Los buenos recuerdos vuelven a nuestra memoria y nos echamos la culpa de haber destrozado la relación. Este sentimiento se mezcla con el enfado por culpar al otro y hacerle responsable del fin de la historia.
separación amistosa de la pareja, separacion, divorcio, mutuo acuerdo, romper la relación de pareja, relaciones de pareja, separarse sin sufrir, separacion feliz, fin del matrimonio
Conseguir llevar a cabo una separación amistosa nos ahorrará mucha energía emocional y los trámites serán mucho más fáciles.
Ante nosotros se presenta, en ocasiones, la desesperanza mezclada con el alivio y, a veces el sentimiento de culpabilidad por estas emociones contradictorias que sentimos. Puede que tengamos la necesidad de retomar la soltería y recuperar el “tiempo perdido” saliendo todos los días o manteniendo relaciones esporádicas con personas desconocidas sólo por el hecho de volver a sentirnos jóvenes y huir de la soledad.
Otro de los puntos que influyen en la decisión de separación son los hijos. Esta puede llegar a convertirse en la única razón para continuar manteniendo la convivencia a pesar de que no exista ya ningún vínculo amoroso. Por un lado, el miedo a que lo pasen mal y a causarles un dolor que creemos se puede evitar. Por otro lado, se  llegan a convertir en el instrumento para manipular al otro miembro de la pareja y evitar, así, ser abandonado.
Los hijos perciben el estado de la relación porque no son ajenos a las discusiones y al ritmo de vida de la casa y de los padres como pareja. Independientemente de la edad, los niños lo perciben porque reciben respuestas tensas, la paciencia de los padres no es igual, ven caras de preocupación o llanto, etc. Los gestos transmiten mucho más que las palabras y cuando algo no va bien y les decimos que no se preocupen conseguimos el efecto contrario. Inmediatamente, su cabeza comienza a cavilar preguntándose si han hecho algo malo y si sus padres están enfadados o decepcionados con ellos o ya no les quieren. Entonces la inseguridad se apodera de ellos.
En los casos en los que son usados para manipular al otro miembro de la pareja se les somete a una presión en la que se ven obligados a tomar parte por uno de los dos. Consideran que el otro hizo algo mal y debe pagar o bien que si no se inclinan por uno de ellos perderán su afecto. Es en ese momento cuando empieza para ellos una pesadilla en la que no saben cómo comportarse y tratan de agradar a las dos partes para no perder a ninguno. Pierden el concepto de lo que está bien o no y sólo deciden para evitar sentirse mal o, incluso, aprenden a usar la manipulación y la emplean contra sus propios padres.
los hijos en la separación de los padres, separación con hijos, separacion, divorcio con hijos, romper la familia, estructura familiar, romper vinculos familiares, vínculos familiares, hijos de padres divorciados, hijos de pades separados, pareja, fin del matrimonio
Los hijos son la parte que sale perdiendo en las separaciones y divorcios, especialmente cuanto más difíciles son.


En ningún momento los hijos deben ser el arma contra el otro miembro de la pareja. Cuando se toma la decisión es conveniente preparar la noticia para transmitírsela a los niños adaptándonos a su edad. Los argumentos deben ser claros y objetivos, evitando que puedan generar la duda de una posible responsabilidad en los pequeños.
Lo principal es dejar claro que, a pesar de todo, siguen siendo queridos y que en ningún momento van a perder a sus padres como figuras de apego. Seguirán esforzándose por educar y cuidar de ellos aunque ya no vivan bajo el mismo techo. Cuanto más pequeños son los hijos, más importante es dejar claro los sentimientos de los padres hacia ellos y marcar la diferencia e independencia sobre el problema de los padres y la separación puesto que su seguridad emocional depende de ello en gran medida.

miércoles, 26 de febrero de 2014

Estilo educativo firme en los padres e hijos que sufren… lo justo

¿Qué es el estilo educativo? Habitualmente, decimos que educamos a los niños con disciplina. La disciplina en cuestión de educación es un tema clave y no tiene por qué tener connotaciones negativas. Sin disciplina no se aprenden los conceptos más básicos para las personas, el bien y el mal.
Por disciplina entendemos el estilo educativo. Y el estilo educativo es la manera en la que desarrollamos nuestras normas y valores y se lo transmitimos a nuestros hijos. Este estilo educativo es único y personal en cada persona; depende de la personalidad que tengamos y de nuestra historia de aprendizaje desde que nosotros mismos éramos niños.
A pesar de nuestras diferencias individuales existen unos estilos educativos bastante definidos: el permisivo, el sobreprotector, el autoritario y el asertivo o autoritativo.
El estilo educativo permisivo se basa principalmente en la ausencia de normas y la importancia de los afectos. Los padres que educan de esta manera no creen que sea importante poner normas estrictas pero sí dar mucho cariño, la mayoría de las veces en forma de premios. Según estos padres las normas se van aprendiendo poco a poco con el tiempo y prefieren que sean otras personas quienes se encarguen de la disciplina, como por ejemplo, los profesores. Como resultado, los niños no aprenden dónde están los límites y no desarrollan tolerancia a la frustración. Estarán acostumbrados a conseguirlo todo pero sin esfuerzo y no soportarán una negativa.

estilo educativo permisivo, padres permisivos,
Padres permisivos

 
 
estilo educativo sobreprotector, padres sobreprotectores
Padres sobreprotectores




El estilo educativo sobreprotector es muy parecido al permisivo. Los padres intentan evitar el sufrimiento de sus hijos a toda costa porque creen que son demasiado pequeños para tener decepciones en su vida. Por tanto, se lo pondrán muy fácil y les evitarán cualquier situación conflictiva en su vida. Puede que no se lo concedan todo a sus hijos directamente pero sí se las apañarán para que lo consigan todo. De esta manera los niños tampoco desarrollarán una adecuada tolerancia a la frustración, se sentirán inseguros si no están sus padres porque son quienes les ayudan a superar los obstáculos.







 

El estilo educativo autoritario se basa en el control principalmente. Los padres suelen ser muy perfeccionistas y tienen muy clara la importancia de los límites en la educación. A veces, se olvidan de darle importancia a los afectos y a la comprensión de las emociones. Imponen normas muy estrictas pero poco razonadas y se centran en lo negativo y los castigos por los errores más que en dirigir hacia la conducta deseada. La necesidad de control no deja que los hijos se desarrollen con un criterio propio y estén seguros de sí mismos.

estilo educativo autoritario, padres autoritarios, autoritarismo
Padres autoritarios

Estos tres estilos educativos favorecen la inseguridad en los niños ya que, de una manera u otra, impiden que puedan aprender de la experiencia. Bien por no tener unas consecuencias claras cuando se comete un error, bien porque, a juicio de los padres, no comenten errores o bien porque no se permite ningún tipo de error. La inseguridad hace que los niños no tengan iniciativa y se vuelvan sumisos y miedosos o sin derecho a decidir.
La falta de límites hará que conviertan en niños tiranos que lo consiguen todo de la manera que sea, ya que no sabrán distinguir entre el bien y el mal. Si no se siguen unas consecuencias claras a cada acto no se establecerá ningún orden en su comportamiento.
El exceso de límites y de control hará que los niños crezcan inseguros y sin la capacidad de tomar ninguna decisión sin permiso de sus padres, o bien;  el extremo contrario, hijos que se enfrentan a la autoridad y se oponen por sistema en un intento de expresar y recuperar su independencia.
El estilo educativo asertivo o democrático, será una mezcla sana de todos estos estilos. Los padres utilizarán una disciplina inductiva, basada en el razonamiento y en la negociación. De esta manera, se aceptan las normas porque se comprenden. Se permiten los errores y se aprende de ellos al igual que se aprende a tolerar la frustración cuando algo no sale como esperan. Los afectos son igual de importantes que los límites que se establecen y los premios y los castigos se administran de una manera equilibrada y razonable. Los hijos crecen seguros y con poder de decisión lo que les da una autoestima fuerte. Esto les permite desarrollarse como adultos seguros y con iniciativa.  

estilo educativo asertivo, estilo educativo democratico, padres democraticos, padres asertivos,
Padres democráticos

Como padres es difícil cambiar los conceptos que se tienen sobre la educación ya que, a menudo, fuimos educados de la misma manera. Además, moverse en un campo desconocido causa inseguridad. Sin embargo, liberarse de los miedos, confiar en los hijos y darles una responsabilidad adecuada a su edad es un acto que aportará más alegrías a largo plazo y facilitará el paso a la vida adulta de las personas que más queremos, los hijos.

martes, 25 de junio de 2013

El Apego



El apego es un vínculo afectivo muy intenso que se establece entre dos personas. Este vínculo es único y permanece aunque estas personas se encuentren en la distancia. Lo que tiene de especial este lazo es que la figura de apego constituye la base emocional del otro, es el refugio ante situaciones de temor, tristeza o angustia y quien aporta consuelo y estabilidad emocional.
La primera relación de apego se crea en la infancia, desde que nacemos. Dependemos por completo de otra persona que nos cuida y nos protege. Nuestros padres se esfuerzan para que todas nuestras necesidades estén cubiertas y así podemos estar tranquilos.
Alrededor de los dos años, al comenzar a adquirir independencia, es cuando esta relación se consolida. Comenzamos a desplazarnos y explorar aquello que nos crea curiosidad y dependiendo del tipo de apego que se haya construido seremos más decididos o más temerosos a la hora de separarnos de nuestra figura de apego. El que el vínculo sea más o menos fuerte depende de la seguridad que nos aporten nuestros progenitores o nuestros cuidadores. Si podemos alejarnos de ellos sin miedo a que éstos desaparezcan el vínculo será seguro. En cambio, si no nos atrevemos a separarnos de estas figuras para explorar “más allá de donde nos alcanza la vista”, quizá, es porque el vínculo que se ha construido en algún momento no ha cubierto todas nuestras necesidades fisiológicas, sociales o emocionales (o nosotros lo hemos percibido así en algún momento) y temeremos perderlo.
Posteriormente, cuando somos adultos, ese vínculo de apego lo establecemos con nuestra pareja. Es en ella en quien depositamos nuestras preocupaciones, nuestros anhelos, nuestras ilusiones, nuestros sentimientos más profundos y quien nos aporta seguridad, estabilidad y bienestar. El sentimiento que nos produce es que aunque todo vaya mal siempre tenemos un lugar en el que resguardarnos.
Según el tipo de apego que hayamos construido durante la infancia así lo estableceremos con otras personas a lo largo de la vida. Si nos sentimos inseguros necesitaremos constantemente que esa figura de apego esté con nosotros de manera fehaciente y, ante la mínima separación, nos pondremos tristes, nos sentiremos dependientes y tendremos una profunda sensación de abandono.
Puede darse el caso, también, de que si hemos desarrollado ese apego inseguro nos cueste mucho, en el futuro, crear estos vínculos porque nos da mucho miedo perderlos. Evitaremos, así, todo compromiso y relación afectiva. Ante esta situación nos resultará muy difícil establecer verdaderos lazos con otras personas por el miedo a sufrir. Construiremos un caparazón que nos impide sentir emociones plenamente y nos costará fiarnos de otras personas. Esto, a su vez, dificultará mucho el acercamiento por parte de quienes están realmente interesados en establecer un vínculo afectivo con nosotros.
Casi la totalidad de las veces las relaciones de apego inseguro están detrás de problemas de celos, dependencia y codependencia, inseguridad, desconfianza, inestabilidad, problemas de comunicación, problemas afectivos y, llegando a casos más graves y extremos, de los malos tratos físicos y psicológicos.
En cambio, una persona que muestra un apego seguro, se sentirá segura de sí misma y no necesitará la aprobación ni el apoyo constante de esta figura protectora. Se valorará por sí misma y será capaz de mantener una vida propia, manteniendo y respetando un espacio vital “sano” entre ambos miembros de la pareja y sabiendo, en todo momento, que su figura de apego estará ahí incondicionalmente a pesar de la distancia y de las dificultades.

miércoles, 13 de marzo de 2013

Control y sobreprotección I



Más o menos, todos tenemos un concepto formado sobre lo que es la sobreprotección. Si lo tuviéramos que definir diríamos que es lo que hacen algunos padres con sus hijos cuando intentan que no les ocurra nada y parece que quieren meterles en una burbuja para que estén a salvo de los peligros del mundo. Ningún padre querría que a su vástago le ocurriera nada malo y mucho menos si ha habido problemas de fertilidad. Parece que el cariño se demuestra con la protección y la función de padres es principalmente evitar todos los obstáculos que pueda encontrar el hijo en su camino. Para ello constantemente se le dice que no haga esto o aquello porque se va a hacer daño. No se le permite llorar porque, inmediatamente, supermamá o superpapá están encima del niño haciéndoles carantoñas o dándoles lo que querían para que no caiga ni una sola lágrima de los ojos del niño. Todo esto con la buena voluntad de evitar los fracasos a un ser que es demasiado pequeño e indefenso como para pasarlo mal. “Con lo cruel que es el mundo ya tendrá tiempo de pasarlo mal cuando sea mayor.” Y esta frase hace que la persona que lo oye le dé automáticamente la razón al progenitor y caiga en un estado de culpabilidad por haber creído que no es malo que una criatura así llore.
Hasta aquí parece que es lo que todos entendemos por sobreprotección. Pero existe otro tipo de sobreprotección que resulta un tanto paradójico y que no se lleva a cabo únicamente con los hijos. Es el autoritarismo, el típico progenitor o la mujer controladora. Es necesario distinguir aquí el marido sargento machista que se guía por creencias anacrónicas o el cónyuge maltratador. Por eso, en un matrimonio suele ser ella la que lleva el papel de “sargento”. Estas personas tienen muy claro que no quieren caer en la sobreprotección de su prole porque para ellos supone el consentirles todo y que se vuelvan unos mimados. Se caracterizan por ser personas que tienen unas reglas muy claras sobre cómo debe ser… TODO. No sólo la manera de educar a sus hijos sino que su vida está llena de normas rígidas que no se pueden cambiar bajo ningún concepto ya que si no perderían la consistencia y serían considerados personas volubles o poco creíbles.
Cada uno con su vida puede hacer lo que quiera pero el problema viene cuando se hace con otras personas. Los padres que ponen normas demasiado estrictas a sus hijos que no se pueden cambiar bajo ninguna circunstancia. Los que les exigen que lo hagan todo bien, que saquen buenas notas que sean los mejores en el deporte que practican que, además, sepan tocar un instrumento o hablar un montón de idiomas perfectamente... Las esposas que no dejan ni menearse a su marido y le critican su comportamiento constantemente. Las amigas o hermanas que se encargan de solucionarles los problemas gordos a las otras diciéndoles y casi obligándoles a que hagan lo que ellas les dicen, llevando un control frecuente de sus rutinas, actividades o relaciones sociales o amorosas. Si no se cumplen sus indicaciones se exponen a un enfado, muchas veces irracional. Y si, efectivamente, salen mal las cosas aparecerá el “¿Lo ves? Ya te lo dije y no hiciste caso.” Pero en el caso de que salgan bien no se escapará al “Ya veremos…hoy te ha salido bien de casualidad pero seguro que al final verás cómo tenía yo razón…”.
En realidad, no se trata del estilo educativo de la persona sino de la propia personalidad. El ser controlador significa no dejar nada al azar y planificarlo todo perfectamente para que no haya errores después. Piensan que los errores no deberían ocurrir si se saben prevenir y que si se producen es que se ha hecho algo mal y, por tanto, no se es suficientemente hábil. Y si no se es hábil es que se tienen fallos, con lo que se convierten en personas criticables, lo que a su vez significa que si les critican corren el riesgo de que sean rechazados por las personas importantes para ellos. Y uno de los mayores errores, por supuesto, es el no haber hecho todo lo posible para evitar que las personas a las que más aprecian fracasen.

jueves, 14 de febrero de 2013

Amor, Oxitocina y Bienestar



Cariño, encaprichamiento, amor vacío, amor romántico, amor sociable, amor fatuo y amor consumado. Estas son las formas de amor que encontró el psicólogo Robert J. Sternberg cuando formuló su teoría triangular del amor. Cada pareja que existe o que se forma es completamente diferente a las demás. Existen tres componentes clave que son la intimidad, la pasión y el compromiso. En todas ellas no se dan todos los elementos y, los que se dan, se combinan de diferente manera, incluso con el tiempo, puede que cambien esos componentes. Con estas combinaciones se originan estas siete formas de amor. La combinación de los tres elementos da lugar al amor consumado que sería el más completo.
La pareja se forma cuando dos personas deciden compartir su vida con todas las vicisitudes que acontecen. Con el tiempo aprenden a quererse, aceptarse, ayudarse, cuidarse, a compartir… y se convierten en la figura de apego del otro miembro de la pareja. El apego es un lazo afectivo muy intenso que nos lleva a buscar la proximidad y a mantener el contacto con los otros a lo largo del tiempo. La figura de apego se percibe como una base segura que proporciona refugio en momentos de tristeza, malestar o miedo.
Cuando somos niños nuestras figuras de apego son los padres y cuando somos adultos pasa a ser la pareja. No sólo para las adversidades están nuestras parejas sino que también comparten nuestros éxitos y disfrutan de nuestras virtudes. La manera en que se forma el apego es con los actos diarios. Una relación segura se ve reforzada, además de con la comunicación, con las muestras de cariño que las dos personas se prodigan, desde miradas y gestos a besos, abrazos y relaciones íntimas.
Las relaciones sexuales son el exponente máximo de la demostración de amor en la pareja. Los beneficios que se obtienen son inmejorables. Acercan a la pareja puesto que es una nueva forma de conocimiento y de comprensión del otro. El ejercicio físico que se lleva a cabo hace que se libere tensión, nuestros músculos se pongan en funcionamiento y se oxigene el cuerpo ayudando a relajarnos. Como con todo ejercicio físico, nuestro cuerpo produce más endorfinas naturales que aportan bienestar y reducen el dolor. Además, la liberación de hormonas que se produce hace que mejore el aspecto físico y el ánimo.
Una de las hormonas que se liberan es la oxitocina, también llamada la hormona del amor o del enamoramiento. Esta sustancia regula algunos aspectos fisiológicos de las emociones. Parece que fomenta la confianza, la empatía, la generosidad y reduce el miedo social. De esta manera, en la pareja, los vínculos que unen a ambos miembros se verán también fortalecidos.
Al contrario de lo que muchos piensan, las relaciones sexuales no son un instrumento de reconciliación ante las disputas. No es una forma de solución de problemas por sí solo. La única forma de arreglar un problema es mediante la comunicación. Dialogar y plantear puntos de vista para después buscar juntos una solución satisfactoria para ambos es lo que hará que se superen los problemas. Y una vez resueltos, sí será la hora de premiarse por llegar a la reconciliación. Es decir, las relaciones sexuales no han de tomarse como herramienta de reconciliación sino como premio a su consecución.
Nuestro estado de felicidad se refleja en nuestro estado anímico y repercute especialmente en los que tenemos más cerca. Hacer partícipes de nuestra felicidad al otro hará que también se sienta bien porque se sentirá parte responsable de ese bienestar. Se fragua así, un círculo positivo que se alimenta de los cuidados mutuos de la pareja. El respeto, la buena predisposición y la empatía facilitarán la superación de las dificultades y fortalecerá la relación.

domingo, 30 de diciembre de 2012

Cómo evitar los celos entre hermanos



Los celos entre hermanos se dan con mucha frecuencia cuando son pequeños y, sobre todo, cuanto menor es la diferencia de edad. Con el paso del tiempo puede convertirse en una mala relación que distancie a estas personas de forma inevitable. El remedio se ha de poner desde el principio fomentando una buena relación fraternal. Esto se logra cuando los niños perciben cariño incondicional por parte de los padres. Así se sentirán seguros, verán que todos tienen su sitio en la familia y, ellos mismos, afianzarán la relación con su o sus hermanos.
El niño que aún es hijo único vive en una vida idílica con sus padres. Todo es atención y cuidado las veinticuatro horas del día en exclusiva para el pequeño. Además, hay que añadir la experiencia de ser padre primerizo. La atención es mucho mayor ya que constantemente están aprendiendo y permanecen mucho más alerta por lo que pueda pasar. El niño vive en un mundo perfecto.
De repente, un ser extraño irrumpe en su armonía. No entiende por qué tiene que venir otro bebé al que cuidar si para eso ya está él. Puede que se plantee si es que no ha sido bueno y ya no le quieren o pretenden cambiarlo por otro. A menos que le expliquen la situación, el pequeño puede imaginar unos cuantos argumentos en los que siempre saldrá mal parado.
Cuando ya ha nacido el bebé la atención se desplaza radicalmente porque exige cuidados inmediatos y con mucha frecuencia. El mayor verá que no capta tanta atención y se sentirá inseguro. Su puesto privilegiado peligra por la llegada del extraño. No es raro que, entonces, los pequeños se comporten de forma inesperada. Se dedicarán a hacer más trastadas, llorarán más y cualquier clase de artimaña con la que consigan llamar la atención de sus progenitores. Es un intento de recuperar su lugar. Además, verá que el resto de los familiares visitará al recién llegado y sólo tendrán ojos para el nuevo. Las carantoñas y monerías ya no son para él, que siempre ha estado ahí. Se sentirá desplazado y pensará que le han olvidado. Le tratarán como si ya no fuera tan niño y le dirán que ahora debe cuidar de su hermano por ser el mayor. Pero cuando pida que se lo dejen coger todos dirán que es muy pequeño y que le puede hacer daño. Entonces, el desconcierto del niño es mayor aún. “¿En qué quedamos: soy mayor o soy pequeño?”
Los celos son una emoción normal que no debe ir más allá de algo puntual que deben superar. Los niños deben sentirse seguros, integrados y acogidos para poder afrontar la situación. El primer paso, es explicar la llegada del nuevo miembro de la familia como una buena noticia para todos, incluso, para el pequeño. Resaltar todas las ventajas que va a tener para él. Después, es necesario que entienda cómo será el embarazo y que, mientras tanto, habrá que preparar su llegada para que esté todo listo como cuando él llegó. Es muy útil contarle historias de cómo fue en su caso para que entienda que todos esos cuidados también se tuvieron con él, aunque no lo recuerde. Y, por último, y no menos importante, pedir su colaboración. Integrarle en el proceso de los preparativos. Pedirle opinión y ayuda para que sienta que cuentan con él. Cuando ya haya nacido el hermano pequeño, muchas veces tomará la iniciativa y querrá cogerle, darle de comer, limpiarle, etc. Se puede dejar que se acerque y que tome parte en las actividades pidiéndole que haga cosas que estén en su mano o enseñarle cómo se hace. Dejar que realice actividades de este tipo, aunque sean casi de forma ficticia, le harán sentirse útil e importante en la familia.
Al involucrarle, no verá a su nuevo hermano como un extraño sino alguien que va a venir para quererle, ser su amigo, jugar con él y con quien compartir una vida. De esta forma se asentarán las bases para la relación futura puesto que se sembrará la semilla de la protección y el cariño. Se trata de transformar la competición que lleva al distanciamiento en cooperación que lleve a la unión.