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miércoles, 19 de noviembre de 2014

Control en la pareja o “te controlo porque te quiero”

El control es una acción que muchas personas consideran una necesidad y un acto de protección o, incluso, de amor. Claro está que no lo llaman control sino preocupación por la otra persona por saber dónde se encuentra y qué hace o con quién está para asegurarse de que está bien y no le ha ocurrido nada malo.
Podemos pensar que eso lo hacemos todos porque es normal preocuparse por las personas que nos importan. Sin embargo, la cosa cambia cuando esa preocupación se convierte en mensajes de whatsapp constantes, llamadas telefónicas, mensajes de texto, llamadas o mensajes a las personas con las que debería estar, etc. Existe un término medio entre la preocupación real y la obsesión que es la que lleva al control. La diferencia la marcan los pensamientos de quien controla.
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La intención de controlar a la pareja, muchas veces, es calmar la propia inseguirdad.
Cuando empezamos una historia de amor nos sentimos ilusionados y nos pasamos gran parte del día pensando en la otra persona, en lo que hará, lo que pensará, dónde estará, si estará contenta o triste, si piensa en nosotros, cuáles son sus anhelos, etc. No nos podemos quitar de la cabeza a esa persona con la que nos gustaría estar veinticinco horas al día pero no llevamos a cabo ese deseo obsesivo de saber sino que fantaseamos de una manera romántica recordando citas anteriores o planificando las siguientes.
Otra cuestión es cuando nos sentimos inseguros y junto a estos pensamientos románticos del enamoramiento se mezclan sentimientos de inseguridad y de incapacidad para mantener a nuestro amor cerca de nosotros. Como, en principio no tenemos otros motivos, nos surge el miedo de que le pueda pasar algo malo. Ese miedo nos lleva a contactar con la persona para asegurarnos y, ante la respuesta, nos quedamos tranquilos momentáneamente pero nuestra cabeza sigue maquinando.
Nuestra mente se resiste a dejar de pensar en esa persona tan maravillosa que ha decidido, por alguna extraña razón, quedarse junto a nosotros. Y experimentamos de nuevo la necesidad de contactar una y otra vez para saber en todo momento lo que hace.
En un principio, quien protagoniza esa preocupación lo puede entender como un acto de amor romántico y lo deja pasar. A medida que los interrogatorios aumentan empieza a perder la gracia puesto que, muchas veces, la falta de respuesta se interpreta como falta de interés y así se hace saber.
La buena predisposición hace que se toleren detalles que en otras circunstancias ni siquiera se contemplarían. Ahí es cuando comienza el ciclo de control. Para evitar discusiones “tontas” se mantiene la atención y se responde a todas las preguntas en un breve lapso de tiempo. Pero las exigencias cada vez son más altas y la demanda de atención aumenta mezclada con reproches y chantajes emocionales que exigen continuas pruebas de amor.
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Las nuevas tecnologías contribuyen a crear la necesidad de control sobre las parejas.

Y la prueba de amor más común es dejarse absorber por el otro miembro de la pareja, dejando que ejerzan el control y dando todo tipo de explicaciones que nunca van a ser válidas porque siempre queda un espacio para la duda. Además, en la mayoría de las ocasiones el control se justifica como protección; alegando que esa obsesión es porque quiere tanto a esa persona que se moriría si le ocurriera algo malo.
Si no se ponen límites, el control aumenta hasta el punto de requerir todo tipo de exigencias que acaban por aislar socialmente al otro ante la imposibilidad de dar respuestas suficientemente tranquilizadoras. La exigencia es tan grande que con el tiempo se puede llegar a anular la capacidad de decisión y de acción de la persona protegida y amada. Para evitar dar disgustos y discusiones innecesarias se abandonan muchos ámbitos importantes de la vida como los amigos, el ocio o, incluso, la familia y el trabajo.
Una vez que alguien está completamente aislado sólo ve como único apoyo a quien dice protegerlo, pierde la confianza en sí mismo porque se le ha anulado como persona y necesita la aprobación de su protector para todo, con lo que el control se convierte ya en una medida rutinaria y necesaria para ambos miembros de la pareja.

Este interesante vídeo nos habla de los celos y cómo gestionarlos correctamente: Cómo gestionar los celos.


viernes, 19 de septiembre de 2014

Divorcio y separación en la pareja (II): las dudas y los hijos

La decisión de separarse puede ser común o unilateral. A pesar de que la relación no vaya bien, puede que nos resistamos a tomar la difícil decisión de la separación. Los motivos pueden ser muy variados: el miedo a aceptar el fracaso, la familia, los amigos y el miedo al “qué dirán”, los hijos (en los casos en los que los haya), el temor a la soledad y el miedo a empezar de nuevo, la dependencia económica o afectiva, etc.
Al igual que los motivos pueden ser extensos, las dudas también. Un último refugio es pensar que no se ha intentado lo suficiente y que se puede recuperar la relación. Las segundas oportunidades pueden funcionar si aún queda algo y el esfuerzo para reconstruir la relación es mutuo.
No obstante, en muchas ocasiones, un miembro de la pareja ya ha tomado la decisión y ésta es firme con lo que no se deja lugar a un nuevo intento. En otras ocasiones, se puede intentar pero la relación está tan deteriorada que se vuelven a repetir los mismos comportamientos y reexperimentamos la misma relación con los mismos errores y las mismas molestias otra vez. En el caso de plantearnos un nuevo intento lo primero a tener en cuenta es identificar los fallos para resolverlos y cambiar el estilo de convivencia y relación que fracasó con anterioridad. Esto pasa por asumir los defectos del otro y llegar a acuerdos sobre los puntos conflictivos de la convivencia.
Cuando la decisión de separación es firme afloran los sentimientos de fracaso y la sensación de haber perdido el tiempo. Nos sentimos incapaces de conservar una relación durante un tiempo prolongado podemos llegar a creer que todo el tiempo que vivimos no valió la pena por el resultado final al que hemos llegado. Independientemente de que la separación en algún momento produzca alivio también pasamos por un período de duelo. Los buenos recuerdos vuelven a nuestra memoria y nos echamos la culpa de haber destrozado la relación. Este sentimiento se mezcla con el enfado por culpar al otro y hacerle responsable del fin de la historia.
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Conseguir llevar a cabo una separación amistosa nos ahorrará mucha energía emocional y los trámites serán mucho más fáciles.
Ante nosotros se presenta, en ocasiones, la desesperanza mezclada con el alivio y, a veces el sentimiento de culpabilidad por estas emociones contradictorias que sentimos. Puede que tengamos la necesidad de retomar la soltería y recuperar el “tiempo perdido” saliendo todos los días o manteniendo relaciones esporádicas con personas desconocidas sólo por el hecho de volver a sentirnos jóvenes y huir de la soledad.
Otro de los puntos que influyen en la decisión de separación son los hijos. Esta puede llegar a convertirse en la única razón para continuar manteniendo la convivencia a pesar de que no exista ya ningún vínculo amoroso. Por un lado, el miedo a que lo pasen mal y a causarles un dolor que creemos se puede evitar. Por otro lado, se  llegan a convertir en el instrumento para manipular al otro miembro de la pareja y evitar, así, ser abandonado.
Los hijos perciben el estado de la relación porque no son ajenos a las discusiones y al ritmo de vida de la casa y de los padres como pareja. Independientemente de la edad, los niños lo perciben porque reciben respuestas tensas, la paciencia de los padres no es igual, ven caras de preocupación o llanto, etc. Los gestos transmiten mucho más que las palabras y cuando algo no va bien y les decimos que no se preocupen conseguimos el efecto contrario. Inmediatamente, su cabeza comienza a cavilar preguntándose si han hecho algo malo y si sus padres están enfadados o decepcionados con ellos o ya no les quieren. Entonces la inseguridad se apodera de ellos.
En los casos en los que son usados para manipular al otro miembro de la pareja se les somete a una presión en la que se ven obligados a tomar parte por uno de los dos. Consideran que el otro hizo algo mal y debe pagar o bien que si no se inclinan por uno de ellos perderán su afecto. Es en ese momento cuando empieza para ellos una pesadilla en la que no saben cómo comportarse y tratan de agradar a las dos partes para no perder a ninguno. Pierden el concepto de lo que está bien o no y sólo deciden para evitar sentirse mal o, incluso, aprenden a usar la manipulación y la emplean contra sus propios padres.
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Los hijos son la parte que sale perdiendo en las separaciones y divorcios, especialmente cuanto más difíciles son.


En ningún momento los hijos deben ser el arma contra el otro miembro de la pareja. Cuando se toma la decisión es conveniente preparar la noticia para transmitírsela a los niños adaptándonos a su edad. Los argumentos deben ser claros y objetivos, evitando que puedan generar la duda de una posible responsabilidad en los pequeños.
Lo principal es dejar claro que, a pesar de todo, siguen siendo queridos y que en ningún momento van a perder a sus padres como figuras de apego. Seguirán esforzándose por educar y cuidar de ellos aunque ya no vivan bajo el mismo techo. Cuanto más pequeños son los hijos, más importante es dejar claro los sentimientos de los padres hacia ellos y marcar la diferencia e independencia sobre el problema de los padres y la separación puesto que su seguridad emocional depende de ello en gran medida.

miércoles, 10 de septiembre de 2014

Divorcio y separación en la pareja (I): cuando llega el momento

Las vacaciones son una época clave en la vida de muchas parejas. Después de todo el año manteniendo una vida ajetreada y sin tiempo apenas para compartir con la pareja llegan las vacaciones.
Algunas veces son momentos de reencuentro y otras de despedida. El reencuentro viene cuando la pareja ha sido capaz de compaginar su día a día con el de su pareja a pesar de la incompatibilidad de horarios, el volumen de trabajo, el estrés, etc.
La despedida llega cuando algo en la pareja no está bien desde hace tiempo. La inercia hace que la vida sea cómoda pero no se disfruta con tiempo en común a pesar de la disponibilidad. La separación ya se está fraguando de una manera indirecta porque no apetece compartir nada con el otro. La distancia es un hecho pero se disimula en la cotidianeidad. Cada miembro de la pareja ha aprendido a tener su propia vida y no necesita al otro más que como una especie de amuleto de seguridad que le aleja de la soledad.


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Decidir el momento de separarse es difícil porque es aceptar que nuestra relación ha fracasado.

Es en este momento cuando las vacaciones pueden convertirse en el detonante para la separación. Pasar de no compartir apenas nada a ocupar el día al completo con la otra persona que comienza a ser alguien desconocido puede convertirse en algo insostenible. La falta de comunicación y los planes particulares hacen que se produzcan incomodidades y tensiones que desembocan en discusiones sucesivas, cada vez más intensas.
En realidad, no es algo que aparezca de repente pero sí es algo que se visibiliza mejor en una época de calma porque es donde las carencias afloran. En el día a día puede que la comunicación falle porque no hay tiempo y que una parte importante la ocupen las discusiones. Solemos echar la culpa de las discusiones al estrés que sufrimos en el resto de nuestros ámbitos vitales. Sin embargo, también está la molestia de la persona con la que compartimos el espacio y nada más. Poco a poco, los defectos cobran fuerza y hacen mella en nuestro aguante. Nos irritamos más y toleramos cada vez menos la manera de ser del otro. Sólo nos fijamos en lo que nos molesta y evitamos comunicarlo por pereza y derrotismo, creyendo que ya no vale de nada intentarlo porque estamos cansados de discutir.
Con la falta de tiempo y de comunicación olvidamos la intimidad y el contacto físico con lo que la distancia aumenta y cada vez es más difícil dormir con un extraño salvo por la costumbre. A veces, incluso, buscamos la manera de evitar este contacto mediante horas extras de trabajo, ver la televisión, viajes, planes con amigos, etc.
Por otro lado, está el miedo a perder un punto de apoyo que creemos que aún tenemos. Llegar a casa y saber que alguien más está allí, o vendrá en algún momento, es un argumento muy fuerte para no sentirnos solos. La idea de que hay alguien más nos ayuda a huir de la soledad y nos impide tomar conciencia de que, en realidad, esa compañía sólo es ficticia. Es ficticia al igual que la soledad que tememos porque el vacío que nos puede dejar ya lo hemos llenado haciendo planes y ocupando nuestro tiempo libre con otras personas hasta el punto de estar en casa lo imprescindible.

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En la mayoría de las ocasiones la pareja ya se ha distanciado antes de decidir poner fin a la relación.


Con todo esto, la desconfianza y el resentimiento se van instalando en la pareja. Ver al otro tener una vida en la que no se nos incluye supone asumir que algo no va bien y buscar culpables a nuestro alrededor. Puede que nos sintamos inútiles por no saber lo que nuestra pareja necesitaba y creemos que si ha encontrado otra forma de sentirse bien sin nosotros es porque sobramos. Asumir el fracaso es doloroso; buscamos alguna justificación de nuestros actos sin darnos cuenta de que el distanciamiento ha sido mutuo y se ha ido agrandando con el tiempo.
Dejar de compartir intereses, tiempo y afecto hace que se sienta al otro como un extraño. Añadir a esto la desconfianza y, en muchos casos, la envidia por ver que el otro sigue su vida sin detenerse a esperarnos hace que nuestro enfado se proyecte en nuestra pareja arremetiendo contra esa persona a quien llegamos a odiar y, a la vez, echamos de menos.
Cuando llega este punto, cualquier situación en la que tengamos que compartir más tiempo del deseado hará que la situación estalle y sea irremediable tomar conciencia del problema en el que nos vemos envueltos. Llega el momento de tomar una decisión: seguir intentando una solución o iniciar la separación de manera definitiva.

miércoles, 27 de noviembre de 2013

Amor romántico, adolescentes y control

Los adolescentes aún creen en el amor romántico. Los adolescentes… y, también, muchos adultos. Tenemos la idea de que el amor romántico es el príncipe azul, perfecto, que se ocupa de la mujer para que nada le falte, que es romántico y que acompaña siempre, siempre a su mujer. Por supuesto, la mujer debe esperar a que llegue este príncipe azul y que la corteje.
Los tradicionales roles de género siguen muy instalados en nuestra sociedad y aún creemos en los cuentos idílicos de príncipes que rescatan a princesas porque ellas no saben defenderse por sí mismas.
El hecho de que los dos miembros de la pareja estén siempre juntos a pesar de todo y de todos a veces se confunde con el control y con una creencia bastante irracional: “si nos queremos tenemos que estar siempre juntos” que lleva a pensar que “si no está conmigo es que no me quiere” y de ahí pasamos al “si no me quiere seguro que está buscando a otros (u otras)”. Con lo que ante estas ideas no nos queda más remedio que sentirnos inseguros y dejar que afloren los celos. Y, una vez que afloran, aparece el control, las exigencias y los castigos por la desobediencia.
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Los mitos del amor romántico sientan las bases para el maltrato dentro de la pareja y en los adolescentes este tipo de mensajes puede calar mucho más hondo.

Debido a que las mujeres han sido a lo largo de la historia el objeto pasivo de la relación también están más acostumbradas a quedarse en su jaula de cristal mientras que el príncipe azul va a buscarse la vida. Por lo tanto, el problema fundamental viene cuando ellas salen de su pecera y se incorporan a la vida real, donde ya no son un objeto pasivo sino que tienen iniciativa, deseos, ilusiones, metas, etc. En consecuencia, el príncipe tiene que duplicar o triplicar sus esfuerzos para tener controlada a su, hasta entonces, Bella Durmiente.
Puede que esto nos suene anacrónico y fuera de lugar, algo pueril y simple. Pero la realidad es que este cuento que parecía ya superado parece reflotar en los adolescentes de hoy en día. El último informe que ha realizado el Ministerio de Sanidad, Servicios Sociales e Igualdad al respecto, indica que vuelven a aflorar las ideas machistas y que los y las adolescentes comparten muchas de estas ideas que se engloban bajo el “mito del amor romántico”.
Sigue habiendo acoso, control de la otra persona, aislamiento social e, incluso, violencia física, sexual y emocional. Existe un elemento poderoso que constituye un arma fundamental en este proceso de malos tratos hacia la pareja, internet.
Aprendimos lo que era el bullying y luego lo que era el ciberbullying o acoso cibernético. Simultáneamente, esto se ejerce también sobre las parejas adolescentes de forma que tienen que rendir cuentas de lo que hacen constantemente vía chat o demostrándolo con fotos o videollamadas. Por increíble que parezca, existen aplicaciones donde podemos comprobar dónde está un determinado dispositivo a través de la geolocalización.
Y cuando se produce un instante de incomunicación aparece el acoso como tal, en la que el miembro controlador de la pareja insulta, desprecia en privado y en público (a través de redes sociales) o amenaza al otro convencido de que le está siendo infiel y riéndose en su propia cara.
Seguramente nos preguntemos cómo es posible que esto ocurra a distancia. Cuando constantemente alguien está obligado a dar explicaciones y las da sin problemas porque “los celos son una muestra de amor” se queda sin tiempo para otras cosas con lo que se va apartando de sus amistades. Si progresivamente va perdiendo su red social y sólo sale cuando queda con su pareja ese control se convierte en un alivio porque aún tiene a alguien con quien contar y ese alguien, además, es su príncipe azul.
Las amenazas y los ataques de celos sólo le dan que pensar que no lo está haciendo bien y se esfuerza por darle más y más pruebas de amor que son más derechos sobre su intimidad.
Por otro lado, las amenazas son cada vez más fuertes y en cualquier momento la pareja puede presentarse en casa y hacerle algo. Y cuando están juntos le revisa el teléfono, el correo, los mensajes, las fotos, etc. de arriba abajo para comprobar que se ha portado bien en su “ausencia”. Por supuesto, quien lo decide es quien controla así que si algo no le parece correcto todo esto se incrementará pudiendo llegar a los golpes.
Este proceso comienza siendo normal por aquello de los celos y el amor verdadero y, cuando deja de serlo, se encuentra en un agujero sin fondo con la sensación de que es imposible salir de él.

**A continuación se enlazan los informes del Ministerio para que quien esté interesado pueda consultar la investigación realizada.

http://www.msssi.gob.es/ssi/violenciaGenero/publicaciones/estudiosinvestigaciones/PDFS/El_Ciberac_Juventud.pdf

miércoles, 9 de octubre de 2013

Soledad a pesar de estar en compañía

La soledad es un sentimiento que, a menudo, identificamos con la circunstancia de estar solos físicamente. Sin embargo, la soledad se puede sentir en una variedad de situaciones infinitas con o sin gente alrededor.
La soledad es ese sentimiento que se apodera de nosotros cuando sentimos que nuestras redes sociales, en realidad, no son de calidad o que las personas que nos rodean no satisfacen nuestras necesidades. Esas necesidades son: apoyo, complicidad, comprensión, aceptación, compañía, etc.
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La soledad es un sentimiento que nos produce mucho sufrimiento.
Podemos pensar que no es tan importante tener amigos si uno sabe estar solo. No obstante, todas las personas tenemos una serie de necesidades como en su día describió el psicólogo A. Maslow. La necesidad de afiliación o de pertenencia se encuentra en el tercer nivel por detrás de las fisiológicas (comer, beber, etc.) y la necesidad de encontrar una estabilidad en nuestra vida. En este caso, la necesidad de afiliación consiste en tener una figura de apego y sentir que pertenecemos a uno o varios grupos sociales. Por eso, todos buscamos alguien en quien confiar o alguien con quien poder contar en los momentos difíciles.
Es muy común que las personas que tienen muchos conocidos a los que llaman amigos o que no les faltan acompañantes para poder hacer cualquier actividad que les apetezca en cada momento sean de las que más solas se sienten. Por un lado, muchos desarrollan una especie de hiperactividad que les lleva a estar constantemente probando actividades nuevas. Por otro lado, y relacionado con el punto anterior, están constantemente conociendo nuevos amigos. Está claro que al sumergirse en nuevos ámbitos se conoce gente nueva pero esto no es suficiente porque la sensación de insatisfacción sigue presente.
Esto no significa que no esté bien innovar, todo lo contrario. El problema es cuando esa hiperactividad se vuelve algo compulsivo que no nos deja centrarnos y que mantiene nuestra cabeza ocupada todo el tiempo para evitar que aparezca el sentimiento de soledad. En lugar de reconocerla y aprender a manejarla huimos de ella con lo que el miedo a la soledad aumenta.
Otra de las maneras en que se manifiesta la soledad es a través de la agresividad, especialmente en los jóvenes. Detrás de muchos actos vandálicos o muestras de violencia física, verbal o psicológica hacia otros o hacia uno mismo como, por ejemplo, las adicciones, se esconde este mismo sentimiento. No se trata de otra cosa más que de una llamada de atención para que le hagan caso y sentir que cuenta para alguien, aunque sea de manera negativa.
Y por último, la soledad menos deseada pero más sufrida es la que padecen los ancianos. Ya sean viudos, solteros o conserven a su pareja muchos no pueden escapar de la soledad. A esa edad su red social se ve muy mermada y en algunos casos, prácticamente se reduce a algún familiar, vecino o la pareja. Debido a los achaques, la movilidad se ve reducida y a veces se ven obligados a pasar largas temporadas sin poder salir de casa. Cuando se recuperan su estado de ánimo se ve afectado y las ganas de salir son escasas. Además, es posible que los amigos vayan falleciendo y se encuentren en la tesitura de volver a entablar los lazos de amistad con otras personas asumiendo que puede que la amistad no dure mucho tiempo.
La soledad es un sentimiento muy temido por el sufrimiento que nos puede causar. Puede conllevar que caigamos en una depresión o, por el contrario y para evitarlo, puede que acabemos desarrollando una adicción que no tiene por qué ser a sustancias psicoactivas ni alcohol (internet, compras, sexo, juego, etc.).
El sentimiento como tal no es malo siempre que sepamos afrontarlo y ponerle una solución plausible. Para ello, lo primero es conocerlo y perderle el miedo porque ciertos momentos de soledad son inevitables a lo largo de nuestra vida. Y sin miedo la vida se ve mucho más llevadera, incluso placentera.

lunes, 19 de agosto de 2013

Crisis, Migraciones y Planes Familiares



Debido a la falta de trabajo muchas personas deciden abandonar sus hogares y lanzarse a la aventura. Muchas de estas personas ya tenían su familia o una pareja con la que habían hecho planes. Ante estas circunstancias y ante la necesidad de tomar la decisión surgen las dudas. Las dudas comunes de si se volverá al antiguo hogar alguna vez, dudas de si habrá que volver a marcharse o si el nuevo asentamiento gustará o no.
Pero, también, surgen dudas de otro tipo. ¿A dónde vamos? ¿Vienes conmigo o voy solo (o sola)? Las cosas ya no son como hace algunas décadas en las que sólo trabajaba el hombre y la mujer se quedaba en casa haciendo sus labores. Ahora las mujeres también tienen otras aspiraciones. Quieren ser algo en la vida que las satisfaga y no sólo que agrade a su pareja. Tienen expectativas laborales y buscan un reconocimiento fuera de su casa.
Es en este punto donde llegan las dudas más importantes. Porque marcharse del lugar donde hemos construido nuestra vida significa renunciar a muchas cosas, a personas importantes pero, también, a un estilo o un ritmo de vida. Habitualmente, cuando se toma la decisión de emigrar es porque ninguno de los miembros de la pareja o de la familia tiene trabajo o el que tienen es muy inestable e insuficiente para vivir.
Cuando se trata de una pareja, al empezar de cero siempre hay uno que prosperará más que otro y esto significa que el otro miembro ha de renunciar a sus objetivos tal y como se los había planteado. Quizá tenga que replanteárselos, aplazarlos o eliminarlos de su mente, según las circunstancias. Pero la renuncia por parte de uno significa que los dos renuncian en la pareja puesto que los planes futuros ya no van a ser igual que antes para nadie. Probablemente, durante un tiempo se tenga que vivir con un único sueldo, no muy abundante, el otro tratará de conseguir sus objetivos sin abandonarlos pero si no consigue nada irá rebajando sus exigencias hasta conformarse con encontrar algo, lo que sea.
En nuestro país, por lo general y visto lo poco que hemos avanzado en este aspecto, quien encuentra antes su empleo o, al menos, mejor pagado suele  ser el hombre. Con lo que la mujer seguirá acumulando tiempo desempleada y perdiendo oportunidades de ampliar su experiencia profesional por el hecho de ser mujer y por el hecho de ganar menos. Eso significa que cuando haya que volver a partir por cuestiones de trabajo será ella quien le siga a él porque será por el bien de los dos.
Y después, ¿qué? ¿Tranquilidad? ¿Estabilidad? Incertidumbre seguirá habiendo incertidumbre porque nunca se sabe cuándo cambiarán las cosas. Así pues, presumiblemente, la pareja sin hijos seguirá sin tenerlos por falta de recursos económicos, por falta de estabilidad en su vida o por miedo a que la madre pierda el trabajo que tanto le ha costado conseguir.
Porque seguimos viviendo en una sociedad en la que se despide a las mujeres embarazadas (antes o después de dar a luz) de forma prácticamente gratuita y porque, si siguen trabajando, terminarán por solicitar una excedencia para el cuidado de sus hijos ya que el irrisorio permiso de paternidad no permite que los hijos sean criados a tiempo completo por sus progenitores al menos durante su primer año de vida. Las mujeres, tras el período de baja maternal y el permiso para la lactancia tenderán a solicitar la excedencia asumiendo que será muy difícil volver a incorporarse a su puesto de trabajo, si es que aún lo mantienen.
Renunciar a muchas alternativas en la vida por elegir un camino es algo inevitable pero que quienes tengan que renunciar siempre sean las mismas significa que algo no está bien en esta nuestra sociedad tan “tradicional-mente” española.

martes, 9 de julio de 2013

El miembro indispensable de la familia

Desde hace décadas se ha instalado en todos los hogares y ha pasado a ser uno más. Incluso, en los últimos años, se ha convertido en familia numerosa por sí misma. Nos hace compañía, nos entretiene y nos mantiene al día de lo que queremos y de lo que no. No hay día que no la veamos en marcha. Y, mientras su aspecto se renueva cada día, su contenido se degrada de forma directamente proporcional.
Así es la televisión, ha pasado a ser un útil indispensable en nuestros hogares. Los niños crecen con los héroes de moda y juegan con los personajes de los dibujos que ven. Los jóvenes se visten igual que los actores de las series a las que están enganchados. Los adultos se alteran viendo las noticias, disfrutan viendo películas, se entusiasman con el fútbol y se evaden de su vida enterándose de la que llevan otras personas que ni siquiera conocen.
Un instrumento que tanto influye en nuestra forma de vida merece una reflexión acerca de su uso. Se trata de una herramienta muy flexible y con múltiples usos. Puede servirnos para mostrarnos la realidad y conocer otras situaciones y otros lugares. Pero, sobre todo, lo que indudablemente transmite son valores. Queramos o no, de forma indirecta, siempre se muestran valores que, según el tipo de programa, nos puede ayudar a crecer personalmente o a estancarnos.
Lo más paradójico, es que algo que llamamos medio de comunicación, en realidad, muchas veces, nos lleva a la incomunicación. Cuántas familias comen y/o cenan viendo la televisión. Nuestro ritmo de vida hace que siempre estemos ocupados y uno de los pocos momentos para encontrarnos con nuestra familia suele ser la hora de la comida y de la cena. Algunas veces, incluso, sólo en una de estas ocasiones.
El panorama en muchas familias acaba siendo muy parecido a este. “Ponemos la mesa, nos sentamos a comer y encendemos la televisión. Comenzamos a comer, comentamos lo que estamos viendo pero no mucho porque si no perdemos el hilo. Si acaso, se comenta algo de lo sucedido durante el día y nada más. Si hay anuncios, dejamos el cubierto en la mesa para coger el mando, hacemos “zapping” y nos quejamos de que la publicidad es un incordio. Dejamos el mismo canal que teníamos antes, posamos el mando de la televisión y seguimos comiendo. Terminamos de comer, recogemos y cada uno de vuelta a su vida. Y, si es posible, una siesta viendo la televisión que acompaña con el soniquete.” En el caso de que haya niños la modalidad es mandar al niño comer porque se queda atontado con la boca abierta viendo la televisión y, si le da por contar algo, se le manda callar porque no deja escuchar bien.
Es posible que en algún momento haya algo interesante o importante que queramos oír. Pero reconozcamos que no todo tiene la misma importancia. Cada día que se repite este capítulo se produce una ruptura de la comunicación. A veces, pensamos que no tenemos nada que contar y que nos apetece distraernos porque estamos cansados. Necesitamos evadirnos de la realidad y no pensar en nada más.
Por muy cansados que estemos nuestra pareja o hijos nos siguen importando y pertenecen a nuestra realidad. Después de todo un día sin verlos, quizá, merezcan un poco de nuestra atención. Si no hablamos con nuestras parejas poco a poco desconectaremos de su vida. Cada vez tendremos menos que decir y se acabará convirtiendo en un perfecto desconocido. Los hijos también necesitan atención y mucho más que la pareja. Están creciendo y aprendiendo unas pautas de comportamiento y de comunicación. Si se sienten escuchados, aprenderán a valorar el escuchar a los demás. De lo contrario, no sabrán escuchar a otros en un futuro. Además, aprenden a expresarse y mostrar sus emociones, sus tristezas, alegrías y miedos. Puede que “tengamos muy vista” a nuestra pareja pero no saber cómo son o qué hacen nuestros hijos puede traer consecuencias porque somos responsables de lo que ocurre en su infancia.

Probemos a apagar a nuestro familiar postizo y escuchar lo que tienen que contarnos las personas que más apreciamos. Descubriremos lo satisfactorio y placentero que es sentir que formamos parte de la vida de otros y que éstos cuentan con nosotros.

sábado, 6 de julio de 2013

Disfrutar de las vacaciones sin morir en el intento

Llega el verano y con él la temporada de las vacaciones estivales, las más deseadas pero, también, las más reñidas.
Durante el año establecemos una rutina que prácticamente gira en torno al trabajo. Pensamos y organizamos nuestro tiempo en torno a la jornada laboral y el rato que nos queda libre lo aprovechamos para hacer aquello que nos da tiempo y que no siempre son actividades de ocio.
En verano todo cambia. Los niños tienen vacaciones y se alteran las rutinas. Parece que todo es más relajado e intuimos que nos lo vamos a tomar todo con más calma que el resto del año.
Sin embargo, el preparar las vacaciones no es un asunto baladí. Lo primero de todo es saber el tiempo del que disponemos y el presupuesto con el que contamos para saber cuáles son las opciones que tenemos. Si comenzamos a soñar con unas vacaciones que no podemos pagar aquí llegará la primera frustración.
Otra cuestión a tener en cuenta es que no podemos llevarnos el trabajo en nuestra cabeza de vacaciones. Es un momento para desconectar y si mezclamos el ocio con el estrés éste último se apoderará de nuestro período vacacional y no podremos dejar de pensar en lo que estaríamos haciendo o lo que tendremos que hacer cuando volvamos para ponernos al día. Si no nos olvidamos del trabajo por unos días no disfrutaremos de las vacaciones y volveremos como si no nos hubiésemos marchado o peor aún.
Lo siguiente es saber con quién nos vamos a ir. Con amigos, en pareja, en familia o solos. Si vamos solos no tendremos problemas para organizarnos ya que todas las decisiones recaerán sobre nosotros mismos. Si vamos acompañados tendremos que ajustar días y ponernos de acuerdo con las preferencias de todos. Siempre debemos estar dispuestos a negociar pero si no estamos de acuerdo en absoluto con algo es mejor que lo digamos o que no nos sumemos al plan puesto que corremos el riesgo de crear tensión y acabar discutiendo durante todo el tiempo que duren las vacaciones.
En el caso de ir con nuestra pareja o familia tenemos que tener claro que este tiempo es para relajarse y disfrutar, y para reforzar la relación pero no para salvarla. A menudo, lo que ocurre es que las expectativas de unos y otros no se ponen en común y acabamos llevándonos una sorpresa no muy agradable. Cuando tenemos mucho estrés acumulado fantaseamos sobre las vacaciones y lo bien que nos lo vamos a pasar, cuántas cosas vamos a hacer y lo mucho que vamos a descansar. Pero, normalmente, hacemos los planes a nuestra medida sin contar con lo que le gustaría a la otra persona o, incluso, olvidando que nos llevamos a nuestros hijos. Muchas veces estamos acostumbrados a tener una relación más bien escasa con nuestra familia durante el año simplemente por la falta de tiempo. Así que lo único que hacemos es acumular las preocupaciones y los problemas diariamente sin compartirlos y damos por hecho que en las vacaciones se van a esfumar y vamos a volver como nuevos.
En cambio, lo que ocurre es que la otra parte de la pareja llega igual; con sus propias expectativas y con todo ese torrente de ansiedad y problemas que quiere quitarse de encima como si fueran moscas. En ningún momento nos paramos a pensar que la otra persona hubiese pensado lo mismo que nosotros, hacer lo que quiera, descansar y no preocuparse de nada ni nadie más. Así es que nos encontramos con una pareja que no quiere hacer nada de lo que nosotros queremos, que no nos comprende, que dice estar cansado y estresado y que sólo quiere estar tranquilo (o tranquila). Y puede que también nos encontremos con unos niños que no se cansan nunca de gritar, de pedir cosas y de pelearse con sus hermanos, que no nos dejan dormir y que requieren atención treinta horas al día.
De repente, todas nuestras ilusiones se rompen y la ansiedad aumenta con la frustración que sentimos. Comenzamos a sentir que “estábamos mejor en casa”, que “esto no es descanso ni es nada”, que “no lo podemos soportar más” y que ojalá se terminen pronto. Y a todo ello sumémosle que no podemos separarnos de este ambiente que se ha creado y que cada vez se nota más cargado. Como nuestro humor ha cambiado también la manera de relacionarnos con los demás ha cambiado y se nota un ambiente hostil que puede ir en aumento.
Para que nuestro tiempo de vacaciones no sea un desastre lo mejor es tener todos estos puntos bien definidos y asumir que no hay nada perfecto pero que, si nos lo proponemos, podemos pasar unas vacaciones magníficas y volver casi como si nos hubiésemos tomado un año sabático.

martes, 25 de junio de 2013

El Apego



El apego es un vínculo afectivo muy intenso que se establece entre dos personas. Este vínculo es único y permanece aunque estas personas se encuentren en la distancia. Lo que tiene de especial este lazo es que la figura de apego constituye la base emocional del otro, es el refugio ante situaciones de temor, tristeza o angustia y quien aporta consuelo y estabilidad emocional.
La primera relación de apego se crea en la infancia, desde que nacemos. Dependemos por completo de otra persona que nos cuida y nos protege. Nuestros padres se esfuerzan para que todas nuestras necesidades estén cubiertas y así podemos estar tranquilos.
Alrededor de los dos años, al comenzar a adquirir independencia, es cuando esta relación se consolida. Comenzamos a desplazarnos y explorar aquello que nos crea curiosidad y dependiendo del tipo de apego que se haya construido seremos más decididos o más temerosos a la hora de separarnos de nuestra figura de apego. El que el vínculo sea más o menos fuerte depende de la seguridad que nos aporten nuestros progenitores o nuestros cuidadores. Si podemos alejarnos de ellos sin miedo a que éstos desaparezcan el vínculo será seguro. En cambio, si no nos atrevemos a separarnos de estas figuras para explorar “más allá de donde nos alcanza la vista”, quizá, es porque el vínculo que se ha construido en algún momento no ha cubierto todas nuestras necesidades fisiológicas, sociales o emocionales (o nosotros lo hemos percibido así en algún momento) y temeremos perderlo.
Posteriormente, cuando somos adultos, ese vínculo de apego lo establecemos con nuestra pareja. Es en ella en quien depositamos nuestras preocupaciones, nuestros anhelos, nuestras ilusiones, nuestros sentimientos más profundos y quien nos aporta seguridad, estabilidad y bienestar. El sentimiento que nos produce es que aunque todo vaya mal siempre tenemos un lugar en el que resguardarnos.
Según el tipo de apego que hayamos construido durante la infancia así lo estableceremos con otras personas a lo largo de la vida. Si nos sentimos inseguros necesitaremos constantemente que esa figura de apego esté con nosotros de manera fehaciente y, ante la mínima separación, nos pondremos tristes, nos sentiremos dependientes y tendremos una profunda sensación de abandono.
Puede darse el caso, también, de que si hemos desarrollado ese apego inseguro nos cueste mucho, en el futuro, crear estos vínculos porque nos da mucho miedo perderlos. Evitaremos, así, todo compromiso y relación afectiva. Ante esta situación nos resultará muy difícil establecer verdaderos lazos con otras personas por el miedo a sufrir. Construiremos un caparazón que nos impide sentir emociones plenamente y nos costará fiarnos de otras personas. Esto, a su vez, dificultará mucho el acercamiento por parte de quienes están realmente interesados en establecer un vínculo afectivo con nosotros.
Casi la totalidad de las veces las relaciones de apego inseguro están detrás de problemas de celos, dependencia y codependencia, inseguridad, desconfianza, inestabilidad, problemas de comunicación, problemas afectivos y, llegando a casos más graves y extremos, de los malos tratos físicos y psicológicos.
En cambio, una persona que muestra un apego seguro, se sentirá segura de sí misma y no necesitará la aprobación ni el apoyo constante de esta figura protectora. Se valorará por sí misma y será capaz de mantener una vida propia, manteniendo y respetando un espacio vital “sano” entre ambos miembros de la pareja y sabiendo, en todo momento, que su figura de apego estará ahí incondicionalmente a pesar de la distancia y de las dificultades.