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jueves, 29 de enero de 2015

La necesidad de aceptación

Quien más quien menos ha sentido alguna vez la necesidad de aceptación y de reconocimiento. Los seres humanos somos seres sociales y, eso, significa que nos gusta estar rodeados de otras personas a quienes apreciamos, respetamos y profesamos cariño.
La necesidad de aceptación es parte de nuestra autoestima. Si nos sentimos integrados y reconocidos nos sentiremos más seguros y, por tanto, con más valor percibido lo que redundará en nuestro autoconcepto y autoestima.

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La necesidad de aceptación es sentirse incluidos e integrados dentro de un grupo y evitar el aislamiento y la soledad.
El hecho de vivir en una sociedad significa formar parte de ella lo que supone aceptación y reconocimiento del resto de las personas que componen esa sociedad o ese grupo. Especialmente, cuando aparece un nuevo integrante la necesidad de aceptación se acentúa. No sólo para quien llega nuevo sino también para los que ya forman parte de ese entorno social.
Llegar a un grupo o a un lugar nuevo supone que nadie nos conoce y las primeras impresiones son las que predominan con lo que nos sometemos a la presión de crear una imagen favorable para que nuestra posterior integración sea más fácil.
Pero, por otro lado, quienes reciben a un nuevo integrante también sienten esa necesidad de aceptación porque su entorno se puede tambalear o pueden resultar excluidos ante la llegada de un nuevo componente.
La aceptación es sentirse identificados con la sociedad a la que pertenecemos y con el grupo de personas que nos rodea. Somos alguien con un papel que se nos atribuye en función de nuestra personalidad y nuestra manera de comportarnos. Así, la apreciación que se hará de nosotros será más o menos positiva en función de estos elementos.
Además, existe otro tipo de necesidad de aceptación que sienten algunas personas con una autoestima frágil. Son personas dependientes de los demás. Su autoestima se construye sólo mediante los juicios que hacen de ellas las otras personas. No tienen seguridad en sí mismas y temen profundamente ser rechazadas. Al depender constantemente de evaluaciones externas, no pueden formarse un autoconcepto propio puesto que siempre existen opiniones a favor y en contra de cualquiera de nosotros.
Quienes tienen esta necesidad de aceptación tan exacerbada se comportan de manera variable y siempre buscando el reconocimiento y la aprobación de la mayoría de las personas que les rodean. Se deshacen en favores hacia los demás para recibir halagos y se convierten en personas serviciales dispuestas a anteponer los deseos de los demás a los propios.
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Junto a la necesidad de aceptación también sentimos el miedo al rechazo y a pasar desapercibidos.

Son capaces de realizar actos en contra de su voluntad o con los que se sienten mal sólo por conseguir ese ansiado reconocimiento o evitar un posible rechazo. La sola idea de imaginar sentirse rechazados se considera algo terrible e inasumible por su parte. Anula su autoestima porque ésta fluctúa en función de las personas con las que se encuentran y los refuerzos sociales que reciben.
Inevitablemente, en ocasiones, se rompe el equilibrio entre las atenciones recibidas y la energía que invierten porque no se ven suficientemente recompensados. Ante esta situación, redoblan sus esfuerzos llegando a hacer grandes excesos tanto físicos como psicológicos que pueden acarrear problemas serios en cualquiera de los dos aspectos como pueden ser abuso de sustancias, traumatismos, lesiones musculares, ansiedad o depresión.
Si construimos una autoestima fuerte, basada en la seguridad en uno mismo, en los propios gustos y necesidades y dirigimos nuestras metas a conseguir nuestros propósitos dejaremos de ser esclavos de la valoración que pueda hacer de nosotros cualquier persona. Es importante saber reconocer la aceptación incondicional del entorno social al que pertenecemos sin miedo a la posibilidad de ser rechazados por personas que, a veces, ni siquiera llegamos a conocer.

miércoles, 9 de octubre de 2013

Soledad a pesar de estar en compañía

La soledad es un sentimiento que, a menudo, identificamos con la circunstancia de estar solos físicamente. Sin embargo, la soledad se puede sentir en una variedad de situaciones infinitas con o sin gente alrededor.
La soledad es ese sentimiento que se apodera de nosotros cuando sentimos que nuestras redes sociales, en realidad, no son de calidad o que las personas que nos rodean no satisfacen nuestras necesidades. Esas necesidades son: apoyo, complicidad, comprensión, aceptación, compañía, etc.
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La soledad es un sentimiento que nos produce mucho sufrimiento.
Podemos pensar que no es tan importante tener amigos si uno sabe estar solo. No obstante, todas las personas tenemos una serie de necesidades como en su día describió el psicólogo A. Maslow. La necesidad de afiliación o de pertenencia se encuentra en el tercer nivel por detrás de las fisiológicas (comer, beber, etc.) y la necesidad de encontrar una estabilidad en nuestra vida. En este caso, la necesidad de afiliación consiste en tener una figura de apego y sentir que pertenecemos a uno o varios grupos sociales. Por eso, todos buscamos alguien en quien confiar o alguien con quien poder contar en los momentos difíciles.
Es muy común que las personas que tienen muchos conocidos a los que llaman amigos o que no les faltan acompañantes para poder hacer cualquier actividad que les apetezca en cada momento sean de las que más solas se sienten. Por un lado, muchos desarrollan una especie de hiperactividad que les lleva a estar constantemente probando actividades nuevas. Por otro lado, y relacionado con el punto anterior, están constantemente conociendo nuevos amigos. Está claro que al sumergirse en nuevos ámbitos se conoce gente nueva pero esto no es suficiente porque la sensación de insatisfacción sigue presente.
Esto no significa que no esté bien innovar, todo lo contrario. El problema es cuando esa hiperactividad se vuelve algo compulsivo que no nos deja centrarnos y que mantiene nuestra cabeza ocupada todo el tiempo para evitar que aparezca el sentimiento de soledad. En lugar de reconocerla y aprender a manejarla huimos de ella con lo que el miedo a la soledad aumenta.
Otra de las maneras en que se manifiesta la soledad es a través de la agresividad, especialmente en los jóvenes. Detrás de muchos actos vandálicos o muestras de violencia física, verbal o psicológica hacia otros o hacia uno mismo como, por ejemplo, las adicciones, se esconde este mismo sentimiento. No se trata de otra cosa más que de una llamada de atención para que le hagan caso y sentir que cuenta para alguien, aunque sea de manera negativa.
Y por último, la soledad menos deseada pero más sufrida es la que padecen los ancianos. Ya sean viudos, solteros o conserven a su pareja muchos no pueden escapar de la soledad. A esa edad su red social se ve muy mermada y en algunos casos, prácticamente se reduce a algún familiar, vecino o la pareja. Debido a los achaques, la movilidad se ve reducida y a veces se ven obligados a pasar largas temporadas sin poder salir de casa. Cuando se recuperan su estado de ánimo se ve afectado y las ganas de salir son escasas. Además, es posible que los amigos vayan falleciendo y se encuentren en la tesitura de volver a entablar los lazos de amistad con otras personas asumiendo que puede que la amistad no dure mucho tiempo.
La soledad es un sentimiento muy temido por el sufrimiento que nos puede causar. Puede conllevar que caigamos en una depresión o, por el contrario y para evitarlo, puede que acabemos desarrollando una adicción que no tiene por qué ser a sustancias psicoactivas ni alcohol (internet, compras, sexo, juego, etc.).
El sentimiento como tal no es malo siempre que sepamos afrontarlo y ponerle una solución plausible. Para ello, lo primero es conocerlo y perderle el miedo porque ciertos momentos de soledad son inevitables a lo largo de nuestra vida. Y sin miedo la vida se ve mucho más llevadera, incluso placentera.