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miércoles, 26 de febrero de 2014

Estilo educativo firme en los padres e hijos que sufren… lo justo

¿Qué es el estilo educativo? Habitualmente, decimos que educamos a los niños con disciplina. La disciplina en cuestión de educación es un tema clave y no tiene por qué tener connotaciones negativas. Sin disciplina no se aprenden los conceptos más básicos para las personas, el bien y el mal.
Por disciplina entendemos el estilo educativo. Y el estilo educativo es la manera en la que desarrollamos nuestras normas y valores y se lo transmitimos a nuestros hijos. Este estilo educativo es único y personal en cada persona; depende de la personalidad que tengamos y de nuestra historia de aprendizaje desde que nosotros mismos éramos niños.
A pesar de nuestras diferencias individuales existen unos estilos educativos bastante definidos: el permisivo, el sobreprotector, el autoritario y el asertivo o autoritativo.
El estilo educativo permisivo se basa principalmente en la ausencia de normas y la importancia de los afectos. Los padres que educan de esta manera no creen que sea importante poner normas estrictas pero sí dar mucho cariño, la mayoría de las veces en forma de premios. Según estos padres las normas se van aprendiendo poco a poco con el tiempo y prefieren que sean otras personas quienes se encarguen de la disciplina, como por ejemplo, los profesores. Como resultado, los niños no aprenden dónde están los límites y no desarrollan tolerancia a la frustración. Estarán acostumbrados a conseguirlo todo pero sin esfuerzo y no soportarán una negativa.

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Padres permisivos

 
 
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Padres sobreprotectores




El estilo educativo sobreprotector es muy parecido al permisivo. Los padres intentan evitar el sufrimiento de sus hijos a toda costa porque creen que son demasiado pequeños para tener decepciones en su vida. Por tanto, se lo pondrán muy fácil y les evitarán cualquier situación conflictiva en su vida. Puede que no se lo concedan todo a sus hijos directamente pero sí se las apañarán para que lo consigan todo. De esta manera los niños tampoco desarrollarán una adecuada tolerancia a la frustración, se sentirán inseguros si no están sus padres porque son quienes les ayudan a superar los obstáculos.







 

El estilo educativo autoritario se basa en el control principalmente. Los padres suelen ser muy perfeccionistas y tienen muy clara la importancia de los límites en la educación. A veces, se olvidan de darle importancia a los afectos y a la comprensión de las emociones. Imponen normas muy estrictas pero poco razonadas y se centran en lo negativo y los castigos por los errores más que en dirigir hacia la conducta deseada. La necesidad de control no deja que los hijos se desarrollen con un criterio propio y estén seguros de sí mismos.

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Padres autoritarios

Estos tres estilos educativos favorecen la inseguridad en los niños ya que, de una manera u otra, impiden que puedan aprender de la experiencia. Bien por no tener unas consecuencias claras cuando se comete un error, bien porque, a juicio de los padres, no comenten errores o bien porque no se permite ningún tipo de error. La inseguridad hace que los niños no tengan iniciativa y se vuelvan sumisos y miedosos o sin derecho a decidir.
La falta de límites hará que conviertan en niños tiranos que lo consiguen todo de la manera que sea, ya que no sabrán distinguir entre el bien y el mal. Si no se siguen unas consecuencias claras a cada acto no se establecerá ningún orden en su comportamiento.
El exceso de límites y de control hará que los niños crezcan inseguros y sin la capacidad de tomar ninguna decisión sin permiso de sus padres, o bien;  el extremo contrario, hijos que se enfrentan a la autoridad y se oponen por sistema en un intento de expresar y recuperar su independencia.
El estilo educativo asertivo o democrático, será una mezcla sana de todos estos estilos. Los padres utilizarán una disciplina inductiva, basada en el razonamiento y en la negociación. De esta manera, se aceptan las normas porque se comprenden. Se permiten los errores y se aprende de ellos al igual que se aprende a tolerar la frustración cuando algo no sale como esperan. Los afectos son igual de importantes que los límites que se establecen y los premios y los castigos se administran de una manera equilibrada y razonable. Los hijos crecen seguros y con poder de decisión lo que les da una autoestima fuerte. Esto les permite desarrollarse como adultos seguros y con iniciativa.  

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Padres democráticos

Como padres es difícil cambiar los conceptos que se tienen sobre la educación ya que, a menudo, fuimos educados de la misma manera. Además, moverse en un campo desconocido causa inseguridad. Sin embargo, liberarse de los miedos, confiar en los hijos y darles una responsabilidad adecuada a su edad es un acto que aportará más alegrías a largo plazo y facilitará el paso a la vida adulta de las personas que más queremos, los hijos.

miércoles, 11 de diciembre de 2013

Malas noticias para niños, ingenuos pero no ignorantes.

Ante la ocurrencia de malas noticias en una familia donde hay niños pequeños siempre se abre una duda. ¿Se lo contamos? ¿Cómo se lo contamos? ¿Lo entenderán? ¿Serán muy pequeños aún para saber esto? ¿Será mejor ahorrarles el sufrimiento?
Hay una diferencia entre mantener la ingenuidad y condenar a la ignorancia y a la incertidumbre. Sólo es cuestión de tratar a los niños como personas que son y asentar las bases para que crezcan mentalmente sanos y felices.
Cuando los adultos tienen malas noticias, problemas o dificultades por las que pasan normalmente intentan que los niños no se den cuenta. Procuran que no se enteren de lo que se habla para no preocuparlos. Acordémonos del famoso “hay ropa tendida”; esta expresión se utilizaba no hace tantos años, en especial, cuando los adultos trataban temas que no debían oír los más pequeños de la familia.
malas noticias y niños
Es bueno que los niños sepan lo que ocurre a su alrededor aunque debemos cuidar la manera de comunicar determinadas noticias.
En realidad, los menores captan perfectamente la preocupación y las emociones de los adultos. Más aún, si se trata de las personas con las que conviven a diario. Por eso, no debemos dejar que crezcan ignorantes ante la vida sino que debemos esforzarnos en que la conozcan según su nivel de comprensión. Es mejor explicar qué y por qué ocurre algo adaptándolo a su mente infantil. Para ello, se pueden utilizar metáforas y cuentos que les ayuden a entender, según el nivel de complejidad de lo que queramos explicar. Por ejemplo, no es lo mismo comprender que tiene que dejar a todos sus amigos porque se va a vivir a otra ciudad que entender la muerte de un familiar.

El silencio, en cambio, fomenta su preocupación, al igual que ocurre con los adultos. Pensemos en cómo nos sentimos cuando sabemos que nos ocultan algo. Es más, pensemos en cuando éramos pequeños y nadie nos quería contar qué estaba ocurriendo. Nos sentíamos inseguros y temerosos porque percibíamos que algo malo estaba sucediendo.
A veces, nos esforzamos por explicar otras cosas complejas que creemos que deben saber y, quizá, no sean tan importantes para ellos. Ofreciendo unas sencillas explicaciones damos la oportunidad de pensar y recapacitar para que asimilen a su manera los acontecimientos y puedan madurar. Aunque lo que tengamos que contarles sean malas noticias, no hay que asustarles pero sí darles instrumentos para enfrentarse a la vida.
También hemos de tener en cuenta la manera en la que vamos a comunicar esas malas noticias ya que la cruda realidad no es para ellos. Pensemos primero en cómo se sentirán viendo lo negativo, sin más, y cómo se sentirán si perciben que aún hay solución o algún aspecto positivo por muy difícil que parezca. Aprenderán mucho mejor con cariño y contribuiremos a mantener un buen estado de ánimo. Es una forma de conservar la ilusión y es ésta la que mueve a las personas.
Con el tiempo, comprenderán mucho mejor la información objetiva y sin adornos y sabrán afrontarla. Saber que los problemas existen y que el mundo no siempre es justo es mejor que encontrar el muro infranqueable de la ignorancia. Cuando nos obligan a romperlo y atravesarlo porque ya somos mayores, y nuestro deber es entender, puede ocurrir que nos encontremos desnudos ante el temporal porque nadie nos dijo que hacía frío.
¿Realmente es así? ¿Los adultos lo entendemos todo? Parece un poco cruel que primero nos quiten las armas y luego nos obliguen a luchar sin ellas. Si condenamos a la ignorancia a los niños y no les contamos la realidad creerán que no existen esos aspectos negativos de la vida que les ocultamos. Si son conscientes de que existen cosas buenas y malas cuando se encuentren en determinadas situaciones no tendrán miedo porque ya sabrán que puede ocurrir y sabrán hacerles frente y defenderse, incluso desde su ingenuidad.
En definitiva, no debemos confundir la ingenuidad con la ignorancia. Los niños lo saben distinguir perfectamente y, muchas veces, deberíamos aprender de ellos porque dan lecciones de la vida mucho más importantes de lo que nosotros, los adultos, imaginamos.

martes, 9 de julio de 2013

El miembro indispensable de la familia

Desde hace décadas se ha instalado en todos los hogares y ha pasado a ser uno más. Incluso, en los últimos años, se ha convertido en familia numerosa por sí misma. Nos hace compañía, nos entretiene y nos mantiene al día de lo que queremos y de lo que no. No hay día que no la veamos en marcha. Y, mientras su aspecto se renueva cada día, su contenido se degrada de forma directamente proporcional.
Así es la televisión, ha pasado a ser un útil indispensable en nuestros hogares. Los niños crecen con los héroes de moda y juegan con los personajes de los dibujos que ven. Los jóvenes se visten igual que los actores de las series a las que están enganchados. Los adultos se alteran viendo las noticias, disfrutan viendo películas, se entusiasman con el fútbol y se evaden de su vida enterándose de la que llevan otras personas que ni siquiera conocen.
Un instrumento que tanto influye en nuestra forma de vida merece una reflexión acerca de su uso. Se trata de una herramienta muy flexible y con múltiples usos. Puede servirnos para mostrarnos la realidad y conocer otras situaciones y otros lugares. Pero, sobre todo, lo que indudablemente transmite son valores. Queramos o no, de forma indirecta, siempre se muestran valores que, según el tipo de programa, nos puede ayudar a crecer personalmente o a estancarnos.
Lo más paradójico, es que algo que llamamos medio de comunicación, en realidad, muchas veces, nos lleva a la incomunicación. Cuántas familias comen y/o cenan viendo la televisión. Nuestro ritmo de vida hace que siempre estemos ocupados y uno de los pocos momentos para encontrarnos con nuestra familia suele ser la hora de la comida y de la cena. Algunas veces, incluso, sólo en una de estas ocasiones.
El panorama en muchas familias acaba siendo muy parecido a este. “Ponemos la mesa, nos sentamos a comer y encendemos la televisión. Comenzamos a comer, comentamos lo que estamos viendo pero no mucho porque si no perdemos el hilo. Si acaso, se comenta algo de lo sucedido durante el día y nada más. Si hay anuncios, dejamos el cubierto en la mesa para coger el mando, hacemos “zapping” y nos quejamos de que la publicidad es un incordio. Dejamos el mismo canal que teníamos antes, posamos el mando de la televisión y seguimos comiendo. Terminamos de comer, recogemos y cada uno de vuelta a su vida. Y, si es posible, una siesta viendo la televisión que acompaña con el soniquete.” En el caso de que haya niños la modalidad es mandar al niño comer porque se queda atontado con la boca abierta viendo la televisión y, si le da por contar algo, se le manda callar porque no deja escuchar bien.
Es posible que en algún momento haya algo interesante o importante que queramos oír. Pero reconozcamos que no todo tiene la misma importancia. Cada día que se repite este capítulo se produce una ruptura de la comunicación. A veces, pensamos que no tenemos nada que contar y que nos apetece distraernos porque estamos cansados. Necesitamos evadirnos de la realidad y no pensar en nada más.
Por muy cansados que estemos nuestra pareja o hijos nos siguen importando y pertenecen a nuestra realidad. Después de todo un día sin verlos, quizá, merezcan un poco de nuestra atención. Si no hablamos con nuestras parejas poco a poco desconectaremos de su vida. Cada vez tendremos menos que decir y se acabará convirtiendo en un perfecto desconocido. Los hijos también necesitan atención y mucho más que la pareja. Están creciendo y aprendiendo unas pautas de comportamiento y de comunicación. Si se sienten escuchados, aprenderán a valorar el escuchar a los demás. De lo contrario, no sabrán escuchar a otros en un futuro. Además, aprenden a expresarse y mostrar sus emociones, sus tristezas, alegrías y miedos. Puede que “tengamos muy vista” a nuestra pareja pero no saber cómo son o qué hacen nuestros hijos puede traer consecuencias porque somos responsables de lo que ocurre en su infancia.

Probemos a apagar a nuestro familiar postizo y escuchar lo que tienen que contarnos las personas que más apreciamos. Descubriremos lo satisfactorio y placentero que es sentir que formamos parte de la vida de otros y que éstos cuentan con nosotros.

martes, 25 de junio de 2013

El Apego



El apego es un vínculo afectivo muy intenso que se establece entre dos personas. Este vínculo es único y permanece aunque estas personas se encuentren en la distancia. Lo que tiene de especial este lazo es que la figura de apego constituye la base emocional del otro, es el refugio ante situaciones de temor, tristeza o angustia y quien aporta consuelo y estabilidad emocional.
La primera relación de apego se crea en la infancia, desde que nacemos. Dependemos por completo de otra persona que nos cuida y nos protege. Nuestros padres se esfuerzan para que todas nuestras necesidades estén cubiertas y así podemos estar tranquilos.
Alrededor de los dos años, al comenzar a adquirir independencia, es cuando esta relación se consolida. Comenzamos a desplazarnos y explorar aquello que nos crea curiosidad y dependiendo del tipo de apego que se haya construido seremos más decididos o más temerosos a la hora de separarnos de nuestra figura de apego. El que el vínculo sea más o menos fuerte depende de la seguridad que nos aporten nuestros progenitores o nuestros cuidadores. Si podemos alejarnos de ellos sin miedo a que éstos desaparezcan el vínculo será seguro. En cambio, si no nos atrevemos a separarnos de estas figuras para explorar “más allá de donde nos alcanza la vista”, quizá, es porque el vínculo que se ha construido en algún momento no ha cubierto todas nuestras necesidades fisiológicas, sociales o emocionales (o nosotros lo hemos percibido así en algún momento) y temeremos perderlo.
Posteriormente, cuando somos adultos, ese vínculo de apego lo establecemos con nuestra pareja. Es en ella en quien depositamos nuestras preocupaciones, nuestros anhelos, nuestras ilusiones, nuestros sentimientos más profundos y quien nos aporta seguridad, estabilidad y bienestar. El sentimiento que nos produce es que aunque todo vaya mal siempre tenemos un lugar en el que resguardarnos.
Según el tipo de apego que hayamos construido durante la infancia así lo estableceremos con otras personas a lo largo de la vida. Si nos sentimos inseguros necesitaremos constantemente que esa figura de apego esté con nosotros de manera fehaciente y, ante la mínima separación, nos pondremos tristes, nos sentiremos dependientes y tendremos una profunda sensación de abandono.
Puede darse el caso, también, de que si hemos desarrollado ese apego inseguro nos cueste mucho, en el futuro, crear estos vínculos porque nos da mucho miedo perderlos. Evitaremos, así, todo compromiso y relación afectiva. Ante esta situación nos resultará muy difícil establecer verdaderos lazos con otras personas por el miedo a sufrir. Construiremos un caparazón que nos impide sentir emociones plenamente y nos costará fiarnos de otras personas. Esto, a su vez, dificultará mucho el acercamiento por parte de quienes están realmente interesados en establecer un vínculo afectivo con nosotros.
Casi la totalidad de las veces las relaciones de apego inseguro están detrás de problemas de celos, dependencia y codependencia, inseguridad, desconfianza, inestabilidad, problemas de comunicación, problemas afectivos y, llegando a casos más graves y extremos, de los malos tratos físicos y psicológicos.
En cambio, una persona que muestra un apego seguro, se sentirá segura de sí misma y no necesitará la aprobación ni el apoyo constante de esta figura protectora. Se valorará por sí misma y será capaz de mantener una vida propia, manteniendo y respetando un espacio vital “sano” entre ambos miembros de la pareja y sabiendo, en todo momento, que su figura de apego estará ahí incondicionalmente a pesar de la distancia y de las dificultades.

miércoles, 5 de junio de 2013

El Miedo



El miedo es una emoción básica negativa que consiste en ponernos alerta para salvarnos de cualquier peligro. Como toda emoción su cometido es adaptativo, nos ayuda a la supervivencia, aunque en algunas ocasiones la emoción es tan intensa que nos paraliza y nos impide actuar.
Los miedos nos acompañan desde que nacemos. A medida que vamos creciendo superamos determinados temores y se forman otros nuevos más elaborados. Son los miedos evolutivos. Al nacer tenemos, especialmente, miedo a los ruidos fuertes y a perder nuestra base de sustentación. Posteriormente, deja de ser tan importante perder esta base de sustentación porque aprendemos a andar; entonces aparece el miedo a la separación de nuestros padres o a las personas extrañas. Más tarde, aparece el miedo a la oscuridad, a las enfermedades, a los seres sobrenaturales o a la muerte. Pero lo normal es que con los años vayamos sintiéndonos más seguros y capaces de hacer frente a estos temores.
Sin embargo, en algunas ocasiones, no superamos completamente todos estos miedos evolutivos y se quedan en nuestra mente formando una especie de poso. Consciente o inconscientemente evitamos todas aquellas situaciones que nos puedan comprometer en este sentido, pero con el simple hecho de evitarlo ese poso se remueve y afecta a nuestra inseguridad y a nuestra autoestima. Saber que esos miedos siguen ahí merma la confianza en nosotros mismos puesto que nos recuerda que no somos capaces de hacerle frente a ciertos temores que en la mayoría de los casos no suponen un peligro real.
Este tipo de miedo se llama irracional porque nosotros mismos podemos llegar a la conclusión de que, en realidad, no existe la probabilidad de poner en riesgo nuestra integridad. Por ejemplo, la oscuridad o los seres sobrenaturales. Sabemos que no existen sin embargo, aquellas personas que lo sienten una vez que vuelve ese miedo no son capaces de dejar de pensar en ello y su temor cada vez va en aumento. Otros miedos como son el miedo a volar, a los perros, etc. puede que tengan un componente más real pero la manera de enfrentarnos a ellos hace que se conviertan igualmente en irracionales y es a esto a lo que se llama en psicología fobia. Es muy probable que cuando tenemos alguna fobia y lo razonemos fríamente lleguemos a la conclusión de que ese temor es ridículo porque lo que imaginamos va mucho más allá de lo posible. Creemos firmemente que siempre va a ocurrir una catástrofe y vamos a morir o que un animal es mucho más grande o peligroso y que irremediablemente nos va a hacer daño, etc.
Por otro lado, están los miedos racionales que son los que conllevan un peligro real. Por ejemplo, estar delante de un atracador que nos apunta con una navaja. Pero estos casos ocurren raramente y son totalmente imprevisibles. También podemos tener miedo o temor ante algunas circunstancias de la vida como algunas enfermedades o situaciones desconocidas. La diferencia es que en ese momento tratamos de afrontarlo de la mejor manera que podemos y no salimos corriendo sino que intentamos resolver la situación ya que no es algo que podamos evitar.
Las fobias y los miedos irracionales, en cambio, son muy propensos a la evitación porque no necesitan una resolución para continuar, es decir, no interfieren con nuestra rutina diaria. Taparlo o evitarlo hace que salvemos el momento y nos deshagamos del malestar de inmediato, aunque en realidad estemos alimentando ese miedo y haciéndolo más grande. Y todo ello, a su vez, mermando la confianza en nosotros mismos.
La manera de sobreponernos y superar los miedos irracionales y las fobias es exponernos a ellos. Enfrentándonos a ellos es la forma de saber que somos capaces de resolver situaciones que nos hacen sentir inseguros y nos da herramientas para superar temores similares en el futuro. Nos ayuda a confiar en nosotros mismos, a sentirnos capaces e independientes puesto que no necesitamos que nadie nos “proteja”. Sentiremos ese temor que irá creciendo hasta llegar a un límite en el que veremos que, en realidad, no ocurre nada y, poco a poco, la ansiedad que provoca ese miedo se irá desvaneciendo.
Es preferible estar abiertos a la experiencia y buscar situaciones que nos den miedo y enfrentarnos a ellas para aprender a vivir libres de esos temores que acobardarnos y reducir nuestra vida a escasas actividades en las que nos sentimos seguros. Nuestra vida se enriquecerá mucho más cuantos más retos superemos.

miércoles, 9 de enero de 2013

¿Pornografía o erotismo?



La revista Interviú fue un icono de la libertad de expresión en la época postfranquista. Se caracteriza por sus vistosas portadas que la mayoría de las veces se declinan más por el lado de la pornografía que del erotismo. Pero, también, se pueden encontrar reportajes de investigación periodística sobre gran variedad de asuntos, que pocas veces tienen algo que ver con la portada.
Esta revista ha publicado recientemente en su portada el desnudo de dos concursantes de un programa de televisión. Una de las concursantes es de mi misma ciudad y he contemplado, con asombro, la repercusión que ha tenido en todos los medios informativos locales o provinciales.
Comprendo que es una noticia que reclama gran cantidad de público y, por tanto, de lectores que al fin y al cabo es lo que se busca; y la importancia la acaban dando los lectores que son quienes la difunden y opinan. Pero, ¿es una información tan importante como para salir en la portada de un periódico? El lugar donde se coloca la noticia es un indicador de la relevancia que se le concede a dicho asunto y, en algunos medios, ha tenido un pequeño hueco en la portada, incluyendo la foto.
No voy a caer en debates morales de si la pornografía es lícita o no, cada uno tendrá su propia opinión y como tal es válida. Lo que sí me gustaría es analizar la repercusión que tiene el sobredimensionar este tipo de noticias sobre la sociedad y sus creencias.
Durante décadas se ha intentado combatir, desde la base, contra una sociedad machista que tiene unas raíces muy arraigadas. Existen multitud de comportamientos y de actitudes de nuestro día a día que lo demuestran comenzando por el reparto de las tareas en los hogares hasta la situación laboral de las mujeres. La dificultad de una mujer por llegar a un puesto laboral de relevancia aún, hoy día, es un hecho tangible. Muchos (y muchas) todavía, no creen que una mujer sea capaz de liderar equipos o de desempeñar labores de gran responsabilidad. Paradójicamente, sus “tetas” sí pueden liderar la portada de una revista que goza de gran popularidad.
Quiero decir con esto que, sin querer, se sigue reforzando el valor de la mujer como un objeto. Cobra de nuevo importancia ese viejo dicho que dice: “tiran más dos tetas que dos carretas”. ¿Significa esto que una mujer sólo puede ejercer su influencia si su físico es deseable? Se afianza, pues, el estereotipo de la “mujer florero” que no suele ser muy inteligente pero adorna. Y como los prejuicios son la información más rápida a la que accedemos y la más fácil de manejar, ese concepto se extiende a todo el colectivo de las mujeres convirtiéndose así en una zancadilla al respeto que se había conseguido hasta ahora.
Por otro lado, ahora generalizando, la prensa erótica y pornográfica va dirigida a un tipo de público y, normalmente, con unos objetivos específicos. En nuestro país, cualquiera que sea mayor de edad puede disfrutar de estos contenidos libremente. Algo que no es para nada reprochable, incluso, puede ser algo positivo siempre que se utilice sin violar los derechos de otros.
Al hablar de derechos, no podemos olvidar a los menores. Como bien es sabido, el consumo de este tipo de material sólo está permitido para los mayores de edad. Sin embargo, cualquier menor puede tener un acceso relativamente fácil, bien sea a través de internet, de prensa escrita o de la televisión. Por eso, al publicar noticias como estas no debemos olvidar que nuestros lectores pueden ser menores. Y, aunque no sean lectores habituales, al difundir la noticia a través de las redes sociales, hay gran cantidad de niños y adolescentes que se pueden topar con la noticia. ¿Es necesario que puedan acceder a estas fotos tan fácilmente? Y la prensa escrita, ¿cuántas veces se queda dando vueltas por las casas durante tiempo y tiempo? Cuando digo esto también me refiero a otro tipo de contenidos como los violentos o imágenes escabrosas.
Para finalizar, propongo una reflexión acerca de qué contenido merece más la pena: el pornográfico o el erótico. Para muchos, lo explícito es lo que interesa porque eso es lo que se busca pero, para otros, el erotismo implica más imaginación y la sugerencia promueve más diversión. ¿Por qué os decantáis vosotr@s?

lunes, 24 de diciembre de 2012

La navidad también es para los agnósticos



En estas fechas los cristianos celebran una de sus fiestas más importantes, la Navidad. Es una fiesta alegre que coincide con los últimos días del año y llega hasta la primera semana del año siguiente. En este tiempo, se realizan varios actos o rituales en las iglesias. Pero, a pesar de que los creyentes celebren estas fiestas con el significado que tiene para ellos, la proporción de los que acuden a las iglesias es bastante pequeña.
¿Qué ocurre con las personas que no profesan esta religión o que son ateos o agnósticos? Las fechas están marcadas en el calendario como oficiales porque tradicionalmente en nuestro país la religión dominante ha sido el cristianismo y, actualmente, aunque de manera oficial seamos un país laico, a la hora de la verdad no lo somos tanto. Por eso seguimos organizando nuestros años y nuestra vida en torno a fiestas religiosas.
Los no creyentes podrían celebrar sólo la Nochevieja que en principio, es una fiesta pagana pero el resto del tiempo, ¿qué harán? Lo normal es que no tengan que ir a trabajar porque son días festivos, los comercios están cerrados, el tipo de comida que hay en los supermercados cambia un poco, las calles adoptan un ambiente festivo y se organizan otros actos que no tienen que ver con la fiesta religiosa. Y lo más importante, culturalmente se ha celebrado desde hace muchos años y prácticamente todos lo hemos vivido desde que éramos muy pequeños y, además, de una manera positiva.
Al final, recordamos estas fiestas con una sonrisa y nos gusta repetirlas sea por nosotros o por los niños que hay en la familia. En consecuencia, para la mayoría de las personas, creyentes y no creyentes, ésta es una época para reunirse con la familia y comer cantidades ingentes de comida que luego nos estarán pesando a lo largo del siguiente año.
¿Pero por qué reunirnos con gente a la que no vemos más que una vez al año y con la que muchas veces acabamos discutiendo? Esta pregunta tiene tanto de mito como de realidad. Dependiendo de las familias, algunas se reúnen por obligación pero, para otras, es una excusa para verse que no encuentran en otro momento.
Y es que la Navidad no deja de ser un rito de nuestra sociedad, por eso lo hemos asimilado todos, tanto los creyentes como los no creyentes. Los ritos nos sirven para organizar el ciclo de la vida desde que nacemos hasta que morimos, y nos entierran o nos incineran, pasando por nuestro paso de la niñez a la edad adulta y, a veces, nuestro emparejamiento. Organizamos los años mediante las fiestas sociales pero también con los ritos privados de cada persona y cada familia como son los aniversarios, cumpleaños, etc. Y no sólo existen este tipo de celebraciones tradicionales, según las culturas se celebrarán los cambios de estación, fenómenos astronómicos, rituales con animales, fiestas de lugares, etc.
Este tipo de celebraciones nos unen a otros, puesto que son ritos destinados a estar acompañados. Le dan un valor general a la sociedad pero también a cada uno de nosotros como persona puesto que nos hacen reflexionar y nos dan la oportunidad de retomar o afianzar el contacto con nuestros allegados. Nos sirven para saber que no estamos solos y que tenemos un grupo de personas que siempre está ahí y nos puede ayudar; a la vez que nos hace sentirnos parte importante de un grupo, somos alguien reconocido dentro de él. Otra función importante es que nos ayuda a mitigar el dolor y a perdonar por las pérdidas y los conflictos que pudieron acontecer en otro momento. Es una buena ocasión para la reconciliación puesto que los que se reúnen acuden con una actitud pacífica tratando de disfrutar de la fiesta y que los demás estén a gusto.
Por eso cualquier tipo de ritual o de celebración es importante y no tiene por qué ser según lo que dicta tal o cual corriente, religión o movimiento social. Simplemente, tomamos unas fechas y les damos un valor especial para nosotros que nos hacen recordar y crear lazos afectivos con quienes nos rodean. En estas fechas no todo el mundo se reúne con su familia, también se celebra entre amigos o con gente con la que se sienten queridos y ese es el significado fundamental de este y de cualquier otro tiempo festivo.
En definitiva, como seres humanos y por nuestra condición de seres sociales necesitamos los rituales porque nos dan una identidad personal y un valor como parte de un grupo y del mundo en el que vivimos.