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miércoles, 25 de diciembre de 2013

Balance de fin de año

balance de fin de año, revisar metas, establecer objetivos
Al llegar el fin de año echamos la vista atrás para valorar nuestros últimos 365 días.
Nos encontramos en fin de año e, inevitablemente, nuestra memoria viaja a otros días que parecen lejanos pero que no lo son en absoluto. Muchos de nosotros diremos eso de que parece que fue ayer cuando estábamos brindando con nuestra familia, comiendo las uvas e intentando no atragantarnos a partir de la sexta o séptima.
Ya sea por las campañas publicitarias que buscan tocar nuestro lado más sensible o bien por nosotros mismos, es cierto, que cuando llegan estos días todos echamos un vistazo a lo que ha sido nuestra vida a lo largo de los últimos trescientos sesenta y cinco días escasos. Valoramos si hemos cumplido todo lo que nos propusimos y nos reímos de muchas de esas promesas que hicimos y no cumplimos como el hacer más deporte o el dejar de fumar. Nos fijamos si hemos cambiado mucho físicamente y si los acontecimientos nos han dejado muchas huellas en el corazón, ya sean heridas o preciosas adquisiciones que no tienen por qué ser materiales.
Los seres humanos medimos el tiempo en tramos. Tenemos las unidades de media del tiempo objetivas y organizamos los días, las semanas, los meses y los años. Pero también existen otras etapas más amplias como la adolescencia, la edad, adulta o la vejez. Así, cada cierto tiempo nos paramos y echamos la vista atrás para ver lo que ha sido de nuestra vida.
Al llegar el fin de año, sin darnos cuenta, algún pensamiento del tipo: “¿Qué estaba haciendo yo hace un año?” o “Y pensar que hace un año estaba así...”. Sin duda, es una evaluación importante aunque no le veamos más sentido que la simple curiosidad.
A través de lo que nos propusimos y vivimos nos evaluamos y determinamos si ha merecido la pena el último año y si nuestra vida a sido satisfactoria de verdad. Así calificamos nuestra autoimagen y reforzamos nuestra autoestima, o no.
Si hemos salido airosos de nuestra evaluación entonces nos sentiremos a gusto con nuestra persona, nos marcaremos nuevas metas, crearemos proyectos y mantendremos vivas nuestras ilusiones. Si, por el contrario, decidimos que, más o menos, hemos perdido el tiempo entonces tendremos muy pocos momentos reseñables de este último período y nuestra autoestima se verá comprometida. Tal es así que podemos llegar a sentirnos deprimidos.
Pero, ¿qué hacer si creemos que el último año no hemos hecho nada que nos satisfaga? Lo primero de todo es analizar en profundidad qué es lo que menos nos ha gustado o cuál es la actitud que más nos reprochamos. Reflexionaremos si realmente nos hemos dejado llevar por la pereza, por las circunstancias o porque nos hemos fijamos unas metas poco reales o que no nos interesaban.
Saber lo que queremos no siempre es fácil pero no debemos tirar la toalla por ello. Buscaremos en ese mismo año las cosas que hicimos y no habíamos previsto o los momentos que nos hicieron felices. A veces serán acontecimientos que no podemos repetir o que surgen de la casualidad pero en otras ocasiones quizá nosotros tuvimos un papel relevante en los hechos. Ése es el momento con el que nos tenemos que quedar. Analizarlo y ver qué fue lo que pasó y cómo lo supimos afrontar o cómo gestionamos nuestras capacidades para sacar lo mejor de nosotros mismos.
Puede que esto nos dé una idea para el futuro de lo que podemos alcanzar si nos lo proponemos. Integrando nuestras mejores capacidades con aquello con lo que disfrutamos es mucho más fácil imaginar otras oportunidades parecidas. De esta forma nuestra autoestima no se verá tan castigada como si lo único que vemos del último año es negatividad.
Además, podemos hacer un repaso a los que creemos que fueron los errores más grandes que cometimos y tratar de buscar una solución a próximas situaciones parecidas que se nos presenten. Existe pocos problemas que no tienen una solución definitiva y, aún así, podemos tomar decisiones para tratar de afrontarlos de una manera más positiva sin necesidad de castigarnos por ellos.
De esta manera podremos afrontar los próximos trescientos sesenta y cinco días con una buena autoestima que nos dará ilusión y fuerzas suficientes para sobreponernos a las posibles barreras que encontremos.
¡Feliz año nuevo 2014!

miércoles, 13 de noviembre de 2013

Esperanza como motor de vida

¿Cuál es la “vacuna” contra la depresión? ¿Podríamos decir que es la esperanza? Por muchas investigaciones que se hacen y muchos datos que se analizan no se ha llegado a crear un remedio eficaz que impida que nos deprimamos. Es cierto que la biología a veces nos predispone pero esto no significa que no podamos escapar a pesar de tener un carácter más tendente a lo negativo.
Cuando una persona entra en un episodio de tristeza patológica siente desesperanza. La desesperanza es una visión negativa sobre las personas y el mundo que le rodea y, también, sobre uno mismo. Esto significa que lo que imagina cuando piensa en el futuro no es nada alentador sino todo lo contrario. Presiente que todo va a ir de mal en peor y que todo es un auténtico desastre sin ninguna solución posible.

esperanza
La esperanza es nuestra mejor protección contra la depresión.
Eso hace que la persona se desanime todavía más y que pierda la poca energía que tiene para intentar cambiar ese mundo y esa visión que le rodea. Se creará un círculo vicioso del que resulta muy difícil salir.
Este torbellino de ideas y sentimientos negativos se crea por la falta de expectativas que origina la desesperanza. Por tanto, es fácil suponer que si pensáramos en la esperanza y nos centráramos en ella todo sería mucho más fácil y resolvería nuestros problemas. Muy bien pero… ¿cómo?
Creando planes de vida. Nuestra vida no es un solo proyecto que imaginamos una vez y si se cumple somos felices y si fracasa seremos unos perdedores hasta el final de nuestros días. Nuestra vida se compone de innumerables planes y proyectos. Pequeños y grandes objetivos que vamos ideando, modelando, cambiando y mejorando cada día. Pequeños logros que nos hacen ir a la cama satisfechos con nuestro día, con nuestra semana, mes, etc.
Crear planes mantiene nuestra ilusión viva y nuestras expectativas se convierten en positivas porque todo lo que imaginamos son momentos felices o metas con las que nos vamos a sentir a gusto. Además, el tiempo que ocupamos en soñar despiertos no lo podemos utilizar para imaginar cosas terribles que nos pueden ocurrir o peligros que nos “acechan”. Por suerte, o por desgracia, no podemos pensar dos cosas a la vez, tenemos que elegir uno de los dos caminos: la visión negativa o la visión positiva; la desesperanza o la esperanza.
Probablemente estemos pensado que creer que todo va a salir bien y que todo va a ser bonito y perfecto es perjudicial porque cuando las cosas no salgan como esperábamos nos hundiremos. Al crear planes tenemos ilusión por algo y esa ilusión viene de la posibilidad de que las cosas salgan bien, por eso hacemos el esfuerzo de construirlos. Pero esos planes deben ser reales en la medida de lo posible. No podemos imaginar que seremos millonarios si no jugamos a la lotería y, aun jugando, tampoco podemos asegurarlo porque depende de la suerte pero sí podemos conservar esa esperanza porque no es inalcanzable. Es decir, tenemos que estar preparados y asumir que las cosas no siempre salen como esperamos.
Así, si no salen como esperábamos no nos deprimiremos ni perderemos la ilusión. Echaremos mano de otros planes que hicimos porque no tendremos una única meta en nuestra vida. Sólo creando otros proyectos alternativos podemos protegernos del miedo al fracaso porque cuanta más variedad y alternativas tengamos más fácil es que se cumpla alguna de nuestras expectativas.
Además, manteniendo la esperanza tenemos la sensación de que podemos controlar lo que nos ocurre y así sentirnos útiles y responsables de nuestra felicidad. Viviendo e imaginando acontecimientos positivos seremos más creativos y podremos diseñar muchos más proyectos gratificantes que quizá antes ni se nos habían pasado por la cabeza. Es decir, nos absorberá un “círculo vicioso” de pensamientos y sentimientos positivos que no nos dejarán otra alternativa que ser felices.

martes, 10 de septiembre de 2013

La vuelta al cole

Llega septiembre y terminan los horarios flexibles y los días de poco hacer. Los días comienzan a ser más cortos y el calor ya no es tan aplastante como en los meses anteriores.
Tengamos trabajo o no, seamos estudiantes, jubilados o trabajadores, a todos se nos altera la vida en los meses estivales. Nos gusta disfrutar del buen tiempo y paliar las altas temperaturas como mejor sabemos: en una terracita, en la piscina, en la playa, en el pueblo, etc. En definitiva, intentamos aprovecharlo de la mejor manera posible y, para ello, nos tomamos la vida de una manera mucho más relajada.
Y tan relajados podemos llegar a estar que se nos olvida que no es para siempre. Es por esto que cuando toca ponerse otra vez las pilas podemos experimentar la famosa depresión postvacacional. Estancamos nuestro pensamiento en los buenos momentos y el relax del verano y sentimos que una losa se posa sobre nuestra cabeza como si a partir de ese momento estuviéramos castigados a llevarla hasta el siguiente verano. Pensamos que ya no vamos a disfrutar como antes y que nuestra vida va a ser aburrida, estresante y horrible. Y eso sin contar todo lo que falta para poder disfrutar de nuevo de lo bueno que, por otro lado, parece lo único.
Con septiembre llega la hora de retomar las rutinas y comenzar a pensar en lo que supondrá el curso que viene. Este mes puede ser un buen momento para afrontar de otra manera los meses de frío que llegan. Es cierto que cambiamos nuestro modo de vida pero, también es cierto que, se abren ante nosotros nuevas oportunidades. Los meses de veranos han supuesto un descanso para nosotros con lo que llegamos con las pilas cargadas. Podemos reflexionar acerca de lo que hemos hecho antes y plantearnos cambios que nos aporten bienestar. Todo aquello que hemos decidido dejar para más adelante es el momento de abordarlo ahora.
Esta es otra de las razones por las que nos sobreviene la depresión postvacacional, dejamos gran cantidad de asuntos pendientes diciéndonos a nosotros mismos que es mejor empezar en septiembre, es decir, procrastinamos. El problema es que a veces dejamos tantas cosas que sólo con pensarlo nos saturamos y nos agobiamos pensando que no vamos a ser capaces cumplir con todo.
Es mejor pensar de una manera razonada y establecer prioridades. Ocuparnos de lo más inmediato y lo más importante y organizar bien nuestro tiempo. Septiembre es un mes perfecto para aprovechar la transición porque, a pesar de tener que retomar nuestras obligaciones, podemos seguir disfrutando de un tiempo más o menos bueno. El tiempo atmosférico es importante porque las temperaturas agradables y la luminosidad favorecen que nos sintamos de mejor ánimo. Esto nos da una fuerza y una motivación mayores que suponen un extra gratuito a tener en cuenta y aprovechar.
También es un buen momento para sentar las bases de lo que va a ser el resto del año. Si nos proponemos un plan de acción y lo vamos cumpliendo no nos encontraremos todo el invierno quejándonos de la falta de tiempo para todo. La mayoría de las veces esta falta de tiempo se debe a que no hemos planificado bien nuestros horarios.
En resumen, en septiembre no termina el verano y con él todo lo bueno sino que comienza el periodo del año en el que podemos sacar lo mejor de nosotros mismos aprovechando que estamos descansados y que tenemos unas condiciones favorables.

viernes, 23 de agosto de 2013

La utopía de la felicidad es la infelicidad: III (¿El derecho o la obligación de ser feliz?)



¿Todos debemos ser felices? Muchos pensarán: “Claro, muy mal de la cabeza tienes que estar para no querer ser feliz”. En esta afirmación estamos asumiendo que conseguir ese estado es una norma y que si no lo queremos es que no somos normales. Por un lado, como ya dijimos en los artículos anteriores, esa busca no debe convertirse en una obsesión que nos provoque el efecto contrario; la infelicidad. Por otro, hemos de ser conscientes de que las circunstancias personales de cada uno no son iguales a las del resto. Suceden acontecimientos que necesitamos afrontar y asimilar y puede que, durante un tiempo, no seamos capaces de sentirnos bien y no por ello signifique que renunciamos a la felicidad.
Puede que haya épocas en nuestra vida en las que nos sentimos tranquilos y a gusto con nosotros pero quizá nos encontremos un poco apáticos porque algo nos falta en nuestra existencia. No sentirnos felices no significa ser infelices. Existe una gama muy amplia con distintas intensidades de este estado anímico, no siempre tenemos por qué estar en el punto máximo positivo.
Y, por último, lo que para uno es tener todos los elementos para conseguirlo para otro puede ser no tener nada porque no le sirven o no lo valora de la misma manera. La propia percepción es única y, como tal, es completamente respetable.
Quizá un pequeño fallo que cometemos todos es el intentar ver la felicidad como una meta que conseguiremos antes o después. ¿Qué hay durante ese tiempo en que permanecemos recorriendo el camino? ¿Acaso tenemos prohibido el ser felices o no estamos capacitados para serlo? Nada más allá de la realidad. Sin darnos cuenta, entramos en una contradicción. Queremos recorrer muy rápido el camino y ser felices a toda costa y cuanto antes para no pasarlo mal y, sin embargo, aplazamos el momento de llegar a ese estado porque lo vemos como un objetivo por alcanzar.
¿Y si nos olvidásemos de llegar a un fin y nos centráramos en el proceso? No podemos comparar nuestra felicidad con una carrera en la que lo importante es llegar a la meta lo más rápido posible porque en realidad esa carrera es nuestra vida. Lo que hacemos es vivirla a toda prisa pensando que lo actual no es lo importante porque lo bueno está más allá; lo bueno está por venir, como solemos decir. Sin darnos cuenta, el tiempo va pasando y en lugar de disfrutar del trayecto, de todo lo que lo rodea y de quienes nos acompañan lo despreciamos anhelando esa idea turbia y utópica que nunca cumplirá con nuestras exigencias hasta que echemos la vista atrás y veamos “lo buenos que fueron aquellos tiempos”.

lunes, 29 de julio de 2013

La utopía de la felicidad es la infelicidad I

En la mente de todos ronda siempre un objetivo al que aspiramos: ser feliz. Lo que aparentemente es un deseo, se convierte en un axioma obligatorio que en algunos casos puede llegar a convertirse en la búsqueda del Santo Grial.
Y es que no hay camino más infeliz que una búsqueda obsesiva tratando de encontrar aquello que consideramos felicidad. Llenamos nuestro cuerpo de ansiedad y sembramos nuestro camino de obstáculos que nos hacen retroceder constantemente. Como resultado, conseguimos justo lo contrario y, por eso, la búsqueda se convierte en algo interminable, algo así como una quimera.
Pero, ¿por qué nos ocurre esto? Existen dos razones fundamentales que lo explican. Al parecer, todos tenemos una idea muy clara de lo que es la felicidad y, si nos preguntan si sabemos qué es la felicidad, rápidamente contestaremos que sí con una gran sonrisa. Pero si nos piden que lo describamos, probablemente, esa sonrisa se borre de nuestro rostro y nos demos cuenta de que lo que imaginamos no es más que una serie de imágenes vagas, borrosas e inconexas o ni siquiera eso. El problema es que no lo hemos definido, no sabemos lo que es y, por tanto, no sabemos lo que queremos.
El punto de partida es saber conceptualizar qué es para nosotros la felicidad. No existe una definición para todos, excepto la del diccionario, que en el caso de la RAE, en su próxima edición, la vigésimo tercera, se define con tres acepciones (elijo ésta porque es la que más se podría acercar a la idea que manejamos en nuestra mente):
  1. 1.      f. Estado de grata satisfacción espiritual y física.
  2. 2.      f. Persona, situación, objeto o conjunto de ellos que contribuyen a hacer feliz. Mi familia es mi felicidad.
  3. 3.      f. Ausencia de inconvenientes o tropiezos. Viajar con felicidad.
Es posible que digamos que sí sabemos lo que significa para nosotros diciendo que es la sensación de bienestar o la ausencia de preocupaciones o problemas. Pero, ¿en qué consiste la sensación de bienestar o de satisfacción? Realmente, ¿si no tuvieras nada por lo que preocuparte serías feliz? Es más, ¿realmente crees que es posible no tener preocupaciones de ningún tipo?
Los problemas son una parte fundamental e inherente a nuestra vida. Durante nuestra existencia nos enfrentamos a gran cantidad de situaciones que requieren una solución o elegir un camino adecuado. Pero esto no significa que el hecho de que existan las dificultades anule la posibilidad de ser feliz. ¿Alguna vez te habías planteado que ése podría ser uno de los caminos para lograr la felicidad? En efecto, enfrentarse a los problemas, esforzarse por buscar soluciones y ponerlas en práctica hasta alcanzar el éxito y sentirnos satisfechos por saber que podemos sobreponernos a las dificultades es uno de los elementos que contribuyen a alcanzar el estado de felicidad.
Por lo general, nos obcecamos en que debe ser algo con connotaciones positivas y con ausencia total de elementos negativos. Somos perfeccionistas porque todo debe ser ideal, sin ningún tipo de acontecimiento que emborrone la posibilidad de sentirnos felices. Además, mantenemos una visión infantil, alejada de la realidad, en la que no soportamos que las cosas vayan mal en ningún momento. Nos mostramos intolerantes a la frustración y ocupamos todo nuestro pensamiento en ese elemento negativo que, también, forma parte de la ansiada felicidad, aunque no lo creamos.
Nos guste o no, nuestros sentimientos, emociones y, en general, todo lo que vivimos lo calificamos en función de la comparación con otras experiencias que hemos tenido en nuestra vida. Sabemos que algo es bueno o que nos satisface porque hemos comprobado que otras cosas son malas. Nos sentimos bien porque en otras ocasiones nos hemos sentido mal. Si todo fuera positivo se convertiría en neutro y no nos generaría ningún tipo de emoción o sentimiento y, por tanto, tampoco nos sentiríamos felices.

viernes, 19 de julio de 2013

Efectos psicológicos del desempleo



Desde que somos pequeños estamos acostumbrados a tener rutinas en nuestra vida que nos organicen el día. Es más desde que nacemos necesitamos seguir unos horarios de sueño y de comida que nos permitan regular nuestro cuerpo. Pero la rutina que nos organiza la vida por excelencia es la que tiene que ver con la actividad académica o laboral. Con tres años o, incluso, antes comenzamos a ir al colegio, en la adolescencia vamos al instituto y luego a la universidad o a trabajar. Y, por lo general, tenemos un horario más o menos fijo que nos marca el resto de nuestra vida. Una jornada laboral completa son ocho horas lo que significa que, de media, pasamos una tercera parte de nuestro día trabajando. Esto hace que dediquemos otra tercera parte del día al sueño y la otra tercera parte del día nos quede para las comidas, las tareas de la casa, compras, arreglar asuntos o hacer gestiones y disfrutar de un rato ocio. Así cada semana de lunes a viernes hasta que llega el fin de semana y podemos descansar.
Ni todos somos iguales y ni las rutinas del trabajo son iguales. Es decir no todos tenemos un mismo turno de trabajo ni siempre es el mismo ni descansamos los mismos días. Pero a lo largo del tiempo nos adaptamos y formamos nuestra rutina para organizar de la mejor manera posible nuestro día.
Actualmente, lo que está pasando es que cada vez más gente se queda en el paro y recupera una tercera parte de su día de la cual antes no se tenía que preocupar. Al principio parece que es un alivio y que no vamos a tener tiempo de aburrirnos porque tenemos que arreglar un montón de papeles y buscar otro empleo. Pero al cabo de un tiempo si no hemos conseguido reincorporarnos al mercado laboral comienza a pesar la preocupación porque pensamos que hemos agotado todas las posibilidades de búsqueda y no encontramos nada. Nuestros gastos siguen siendo prácticamente los mismos y el dinero comienza a disiparse.
Paulatinamente, todas las gestiones que teníamos pendientes se van resolviendo y el tiempo libre comienza a aumentar pero como nuestro poder adquisitivo ya no es el mismo nuestra oferta de ocio se reduce.
Al final se instaura la falta de organización porque tenemos todo el día para hacer lo que está pendiente. Y cuando esto pasa, lo más fácil es que vayamos aplazando todo y terminemos por no movernos de casa o, peor aún, del sofá.
La ansiedad que crea el pensar que ya hemos hecho todo lo posible pero seguimos sin encontrar nada y que nuestro dinero se esfuma junto con la desesperación de no saber cuánto tiempo continuará esta situación hace que dejemos de plantearnos objetivos o metas y al final seamos presos de la depresión.
Al pensar de esta manera, acabamos por desistir en la búsqueda de nuevas alternativas y de opciones que pueden ser más arriesgadas como emprender algo nuevo. Desde nuestra maltrecha autoestima no somos capaces de reconocer nuestra valía y nuestras capacidades para poder hacer algo bien y que pueda mantenerse en el futuro. Por tanto, desistimos y nos encerramos en nosotros mismos.
Todo ello acaba por convertirse en un círculo vicioso en el que reina la desorganización. Los días terminan por ser todos iguales y no podemos cambiar mentalmente de aires para descansar porque todos los días son fin de semana o vacaciones, con el añadido de no poder disfrutarlas por la falta de recursos económicos y la preocupación por el estancamiento de la situación.
Además, sin darnos cuenta dejamos de ocuparnos de nosotros mismos y ya no nos cuidamos ni física ni mentalmente porque sentimos que no merece la pena o no nos sentimos con fuerzas. Dejamos de practicar deporte, dejamos de salir a la calle, ya no vemos a nuestra gente y nuestro carácter se va tornando más agrio y negativo.
Debemos ser conscientes de que estar en esta situación no es culpa nuestra si de verdad hemos hecho todo lo que estaba en nuestra mano por salir del bache. Mantener la actividad es importante para no dejar que nuestra autoestima se destruya. Bien sea buscando actividades que no supongan gasto o éste sea muy reducido, formarnos y dedicarnos a hacer algo que siempre nos ha gustado, realizar un voluntariado, etc. sin olvidarnos de realizar actividad física para que nuestro cuerpo sienta que tiene algo que hacer. De esta manera mantendremos una organización y podremos seguir planteándonos nuevas metas aunque las que consideramos más importantes como el encontrar trabajo, en este momento, no se cumplan. El obcecarnos con algo que no depende de nosotros al 100% es quedarse atascado y caer en un círculo de negatividad que aumenta a medida que pasa el tiempo.

miércoles, 29 de febrero de 2012

El camino de los deseos


Todos tenemos grandes metas con las que soñamos. Son objetivos que nos fijamos y dedicamos buena parte de nuestras vidas a conseguirlos. Es más, nuestra vida está llena de aspiraciones. El hecho de designarlo con el nombre de meta significa que existe un camino que debemos recorrer para llegar al destino final. Estas metas son lo que se denominan objetivos a largo plazo ya que para lograrlo necesitamos mucho tiempo, desde varias semanas o meses hasta algunos años.
A la hora de proponernos un objetivo lo primero que debemos hacer es saber exactamente lo que queremos. No sirven las generalidades como, por ejemplo, querer un cambio o querer ser feliz. Por supuesto, si nos planteamos un objetivo es porque queremos un cambio. Y qué decir de la felicidad, todo el mundo aspira a ser feliz. El cambio es lo que tenemos que llevar a cabo para conseguir un objetivo. La felicidad, ¿no la perseguimos todos los días? ¿La felicidad es una meta a largo plazo o es inmediata? ¿En qué consiste la felicidad? Es decir, las generalidades no nos dicen nada porque son ideas frágiles que están ahí, van y vienen pero no nos aportan nada. Definir un objetivo significa saber qué es lo que queremos con todo tipo de detalles, cuantos más mejor.
A continuación, nos toca pensar en cómo lo podemos conseguir. Elegir el camino para lograr la meta de la forma más eficaz posible. Para ello, debemos pensar en todas las alternativas posibles. A mayor cantidad de alternativas mayor probabilidad de encontrar la mejor. Podemos hacer un listado con todas las ideas que nos vengan a la cabeza porque, aunque no sean muy importantes, es posible que aparezcan variantes de ésta que sí sean más adecuadas. Es la misma situación que cuando nos disponemos a hacer un viaje largo. Buscamos el itinerario para no perdernos y siempre existen varias rutas: el más rápido, el más seguro, el más corto… No salimos a la carretera y esperamos guiarnos exclusivamente por los paneles informativos. Al establecer metas es igual. Una vez generadas todas las alternativas debemos valorar cada una de ellas. Desecharemos las que no sirven y reservaremos las que nos parezcan más importantes para tomar la decisión final. Las personas eligen la opción que más le gusta según su propio criterio y sus prioridades. A unos les gustará más la sencillez, a otros la dificultad y a otros la practicidad. Todo será perfectamente válido.
Definido nuestro objetivo y decidido lo que vamos a hacer para conseguirlo ya sólo nos queda ponernos en marcha. Como todo camino siempre hay dificultades que debemos salvar para continuar. Por eso, no debemos rendirnos nunca ante cualquier contrariedad. Al igual que los viajes largos, es obligatorio hacer paradas cada cierto tiempo para descansar. Nuestro camino hacia nuestras grandes metas suele durar varios años. Así es, que si nos proponemos conseguir algo en un plazo de dos, tres, cinco años, etc. deberemos tomarnos algún respiro. Es fácil que nos cansemos porque las cosas no salen como nosotros habíamos planeado. Existen imprevistos con los que no habíamos contado y puede que nos estemos dejando llevar por sucesos distractores. Si no nos damos cuenta, paulatinamente, nos iremos apartando de nuestro objetivo final, aquél que habíamos elaborado con tanta ilusión. Para prevenir esto y poder integrar los imprevistos existen otro tipo de metas. Son los objetivos a medio y corto plazo.
Los objetivos a corto plazo son los que nos fijamos casi de manera inmediata, por ejemplo, diariamente. Todos los días repasamos qué es lo que hemos hecho y si estamos satisfechos. Conseguir este tipo de metas es esa sensación de irnos a la cama tranquilos con la idea de haber hecho bien las cosas y felicitarnos por ello. Esto nos ayuda a levantarnos al día siguiente con el ánimo suficiente para afrontar las próximas veinticuatro horas.
Las metas a medio plazo son un alto en el camino. Sirven para evaluar el tramo que hemos recorrido hasta el momento y ver lo que nos queda aún por hacer. Aquí es donde deberemos valorar si seguimos en la dirección adecuada o nos estamos desviando. También podemos hacer una redefinición de objetivos si vemos que no era eso lo que buscábamos. Si decidimos que el camino que llevábamos no nos parece el más adecuado éste es el momento de elegir otra alternativa más atractiva o eficiente.
No olvidemos que los tres tipos de metas (a largo, medio y corto plazo) son indispensables para conseguir realizar nuestros sueños y aspiraciones en la vida. Es importante hacer pequeños descansos para valorar nuestros actos. Debemos felicitarnos por lo que hacemos bien y reflexionar sobre nuestros fallos para no caer de nuevo en ellos.
Todo esto nos ayudará a seguir nuestro camino en la vida y continuar en los momentos más difíciles.