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miércoles, 27 de agosto de 2014

El suicidio y el tabú del suicidio


Cada vez que conocemos la noticia de un suicidio se nos agolpa en la cabeza una gran cantidad de preguntas. Las razones que llevan a una persona a poner fin a su vida pueden ser múltiples pero, desde nuestras ansias por vivir, puede que no lleguemos a encontrar ninguna válida e, incluso, razonable.
Aunque parezca algo extraño e infrecuente no lo es tanto ya que en España más de tres mil quinientas personas deciden acabar cada año con su vida. La razón por la que no somos conscientes de este dato es por el silencio de los medios de comunicación y, hasta hace poco, de los servicios sanitarios y sociales por el miedo al efecto de la imitación. Se cree que si se habla de este tema puede animar a otros a llevar a cabo tal acción y el número de suicidios se dispararía. No en vano se le llama la muerte silenciada.
A consecuencia de este temor, el tema se convierte o, mejor dicho, se sigue manteniendo como un tabú. Desde la cultura religiosa que hemos asumido hasta hace bien poco el suicidio estaba castigado. Los supervivientes de los intentos de suicidio eran estigmatizados y se les veía como la deshonra de la familia. Cuando el resultado era el esperado, a quien se señalaba con el dedo era a la familia a la cual se la culpabilizaba y responsabilizaba de tal “atrocidad”. En todos los casos la moral cristiana no permitía hablar sobre el tema ni daba la opción de reflexionar acerca de las causas para intentar combatir un nuevo intento por parte del superviviente o por parte de otro familiar.
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Las notas de suicidio pueden ayudar a entender a las personas suicidas pero quienes quedan sufren igualmente la pérdida y, a veces, la estigmatización por parte de la sociedad.

No sólo desde la cultura cristiana sino que la mayoría de las religiones consideran el suicidio un acto de cobardía e ingratitud por el bien más preciado que tenemos, la vida. Por esta razón, las noticias sobre muertes de este tipo nos caen como jarros de agua fría. Nos cuesta entenderlo porque aún tenemos esta idea sobre lo intocable que es el milagro de la vida y empatizar con el suicida nos llega a dar un poco de miedo y congoja.
A menudo, creemos que quienes toman la decisión de acabar con su vida tienen una enfermedad mental grave porque de otro modo nadie podría hacerlo. Tradicionalmente consideramos que los suicidas son personas muy deprimidas que sienten que su vida no vale nada. Pero no siempre es así, existen múltiples causas, razones y situaciones por las que una persona decide acabar con su vida y tampoco tienen por qué ser enfermos mentales.
En algunas ocasiones pueden ser actos llevados a cabo durante el proceso de un brote psicótico, en medio de un delirio, como única salida al dolor o al miedo que está sufriendo en ese momento la persona al creer que algo terrible le iba a pasar.
Las drogas son otra de las causas. Un “mal viaje” al consumir una sustancia psicoactiva que produce alucinaciones puede llevar a que la persona se vea en peligro y trate de escapar causándose así su propia muerte.
Existen los casos en los que sólo se trata de hacer una llamada de atención. Provocar un intento de suicidio para captar la atención que no creen merecer es un medio bastante utilizado, especialmente, por algunas personas con trastornos mentales como, por ejemplo, los afectados por el trastorno límite de la personalidad. En estos casos, el problema es que el elevado número de intentos hace que se pierda la urgencia y que no se le conceda importancia a los avisos o puede que en un momento dado “se les vaya la mano” y ejecuten el suicidio realmente.
También oímos que se producen suicidios en masa como consecuencia de rituales sectarios o con motivo de la desesperación ante un desastre, normalmente social o económico. Este último, es el caso de las personas que se tiraron desde los rascacielos de Nueva York cuando estalló la Gran Depresión de 1929. En la actualidad el suicidio es algo recurrente como salida ante deudas de grandes sumas de dinero, como los derivados por tráfico de drogas, ludopatía, acuerdos con mafias, etc. La desesperación ante la incapacidad de resolver estos problemas puede terminar con el suicidio.
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El duelo por un suicidio es de los más difíciles de asimilar por las dudas y el sentimiento de culpabilidad que deja en quienes sobreviven.
Pero, en la actualidad, no se necesita llegar a unas razones que, a veces, nos parecen de argumento de película. La actual crisis económica hace que en las personas que pierden su trabajo, su casa y aún siguen endeudados con los bancos, a causa de sus hipotecas, se instaure la indefensión aprendida en su cuerpo y en su cerebro. La sensación de que hagan lo que hagan no van a encontrar jamás una solución a esos problemas lleva a que se visualice la propia muerte como la única salida posible.
El suicidio se convierte en un mecanismo de defensa ante la propia desesperanza, el miedo al futuro, la inseguridad, la indefensión aprendida y la incapacidad de adaptarse al mundo en el que se vive y a las exigencias que la sociedad nos impone.

viernes, 23 de noviembre de 2012

Vivimos en el Hedonismo pero profesamos el Estoicismo



Los griegos llamaban Hedonismo a una doctrina filosófica centrada en la búsqueda del placer y la supresión del dolor. Mientras que, el Estoicismo, reflejaba una corriente casi opuesta en la que se debía prescindir de lo superfluo y llevar una vida basada en la razón y la moral. En la actualidad, decimos que una persona estoica es alguien que lleva las desgracias con resignación.
Vivimos en una sociedad que impone la búsqueda incesante del Hedonismo. Es decir, nos obliga a la felicidad como única meta válida en la supervivencia de cada uno. Sin embargo, profesamos férreamente el estoicismo y nos regodeamos en él. Ese anhelo de felicidad constante nos hace empecinarnos, día sí y día también, en unas metas que están tan lejos como el horizonte.
El rumbo tácito de la sociedad es hallar la felicidad. Pero al no alcanzarla cada día nos sentimos frustrados e, incluso, apartados del ritmo incansable que ésta nos impone. El no encontrar lo que, se supone, todo el mundo debe alcanzar sin esfuerzo y como algo natural, hace que si nuestros esfuerzos nos son suficientes nos castiguemos por no alcanzar lo “normal” o lo que todos tienen.
Pero, ¿quién es el que nos dice cómo debemos vivir nuestra vida? ¿Qué poder tiene para establecer criterios tan generales para todos nosotros? Bien, pues la sociedad somos nosotros mismos que, con ayuda de la publicidad, hemos creado esta forma de vida tan utópica y paradójica. La función de la publicidad es, precisamente, crear una necesidad que hasta el momento no hemos contemplado como tal. Tener un cuerpo bonito, poder comer todo lo que queramos sin engordar ni enfermar, ser aceptados, queridos y deseados, tener muchos amigos, etc. y todo ello sin una sola gota de esfuerzo. Fríamente, pensamos que eso es imposible pero, realmente, actuamos con estos principios. Creemos que no tenemos un buen trabajo porque no podemos comprarnos el mejor coche o irnos todos los años de viaje a un lugar inolvidable. Nuestra comida no está tan buena como debería y, además, nos engorda al primer capricho que nos damos. La ropa que nos ponemos no nos sienta como un guante y las cremas y productos que nos echamos nos devuelven la misma imagen en el espejo pero un día más envejecida. Y todo esto porque aspiramos a conseguir lo que sabemos que es irreal.
Es por ello, quizá, que al sentirnos tan impotentes ante la situación que vivimos intentamos que nuestros hijos lo tengan todo. Ya que nosotros nos sacrificamos y sufrimos ante las derrotas, ¿por qué no facilitarles a ellos las cosas? Se supone que son niños y no tienen por qué pasarlo mal. Sin darnos cuenta, lo que estamos haciendo es quitarles todos los instrumentos de que disponen para hacer frente a una realidad que tarde o temprano les reportará alguna derrota. Y, ¿qué es lo que ocurrirá cuando lleguen las grandes decepciones de su vida y no tenga ningún escudo protector para defenderse? Lo que estamos empezando a vivir en estos momentos es una muestra de esta situación. Personas muy agresivas que deben conseguir lo que sea a toda costa, incluso, con la violencia. O bien, personas que se amilanan ante las adversidades, se vienen abajo y no luchan porque es “demasiado difícil” alcanzar lo que uno se propone y es mejor no intentarlo para no llevarse el disgusto.
Por otro lado, si todo es de color rosa en nuestra vida, ¿cómo sabremos disfrutarlo? Si siempre nos sale todo bien eso será lo normal pero no nos aportará ninguna satisfacción por eso mismo, porque es normal. Para saber lo que es la alegría o la felicidad debemos experimentar y conocer qué es la tristeza y la desazón. Comprobando que todo tiene su contrario podemos establecer la comparación y apreciar mejor cuándo nos sentimos bien. No se trata de pasar penurias para sentirnos felices sino que consiste en no tener miedo a enfrentarnos a lo difícil y a lo que no nos asegura el éxito.
En muchas ocasiones, cuando no triunfamos, también nos sentimos bien al valorar todo nuestro esfuerzo. Se trata de arriesgarnos a perder y poner toda la energía en conseguir el éxito no seguro. Sólo aprendiendo a vivir en el Estoicismo, visto como esfuerzo, perseverancia y trabajo duro para lograr nuestros sueños, conseguiremos alcanzar el Hedonismo pues nos sentiremos satisfechos, no con el resultado, sino con nuestro desempeño.