jueves, 1 de septiembre de 2011

La depresión.


Existen muchas teorías que explican por qué nos deprimimos. A este estado de ánimo contribuyen numerosos factores ambientales, sociales y personales. Se puede hablar de dos tipos de depresión. Uno de ellos se produce por alteraciones en nuestro organismo y es necesaria la medicación. El otro tipo es el más común. Es la depresión que se produce por nuestra interpretación del ambiente que nos rodea o por sucesos vividos que no somos capaces de hacer frente. En estos casos, tenemos la ventaja de poder poner un remedio que salga de nosotros mismos. Somos los responsables del cambio y de poder sentirnos mejor.
Normalmente, ocurre que tenemos unas creencias que no se ajustan del todo a lo que sucede en realidad. Todos interpretamos. No somos objetivos porque a cada uno le afectan los acontecimientos de manera diferente. Cuando nos planteamos cuál es nuestro objetivo en la vida la respuesta suele estar bastante clara: hallar la felicidad. A todos nos gustaría eliminar el sufrimiento de nuestras vidas y no pasarlo mal nunca. También es probable que muchas personas piensen que a ellas les ocurre todo lo malo, que su vida sólo son desgracias. Esto no es verdad. El sufrimiento es necesario para aprender habilidades que nos ayuden a enfrentarnos a las dificultades de la vida y a los momentos dolorosos. Inevitablemente, a lo largo de nuestro camino, nos vamos a encontrar con sucesos indeseables y vamos a tener grandes dificultades. Tampoco es cierto que a una persona siempre le toquen las desgracias. Simplemente, tiene un filtro en su cabeza que le hace fijarse más en los aspectos negativos de sus vivencias y concederles mayor valor.
Esto explicaría, por ejemplo, por qué muchas personas que, objetivamente, pasan por malas temporadas no se deprimen. Le buscan el lado positivo a los acontecimientos y tratan de dar mayor valor a lo que les hace sentir bien. Por muy insignificante que parezca, lo bueno que tenemos puede convertirse en nuestro escudo protector frente a la depresión si nos aferramos a ello con todas nuestras fuerzas. Incluso, aunque nos sintamos solos, hemos de saber que estamos suficientemente capacitados para hacer frente a cualquier adversidad. Siempre va a haber alguien que va a estar junto a nosotros, para lo bueno y para lo malo, y siempre nos va a apoyar: nosotros mismos. Aunque parezca una perogrullada no lo es tanto. ¿Cuántas veces pensamos que nos sentimos abandonados por los demás o que no nos tienen en cuenta? En realidad lo que deberíamos pensar es que nos estamos abandonando nosotros mismos y no nos estamos cuidando por pensar de esta manera.
 Este tipo de ideas puede llevarnos a iniciar un círculo peligroso. Pensar de esta forma nos desanima y nos quita las ganas de hacer lo que nos gusta y, por descontado, lo que nos disgusta. Perdemos el interés por todo y perdemos también la capacidad de disfrutar. Si no podemos sentir placer con las cosas que hacemos al final caeremos en un estado de apatía, tristeza y hastío. Por eso, si hemos caído en este ciclo es necesario romperlo cuanto antes. Podríamos comenzar por hacer pequeñas y sencillas actividades. Para algunas personas levantarse de la cama, quitarse el pijama y darse una ducha puede suponer un gran reto pero, una vez logrado, se van a sentir mucho mejor. Después de esto, puede que se vean con fuerzas para hacer algo más.
La clave es ir dando pasos pequeños para recuperar las actividades que se han perdido. Si esperamos a estar más animados para ponernos en marcha nunca lo conseguiremos porque no tenemos nada que nos motive. Sin embargo, si empezamos por hacer algo para animarnos esto conllevará seguir buscando más actividades y subiendo nuestro estado de ánimo. No se trata de conseguir grandes proezas porque puede causar el efecto contrario. Es mejor comenzar por pequeñas actividades cotidianas que nos hagan pensar que merece la pena volver a disfrutar de la vida.
Como conclusión os dejo una ingeniosa frase que nos recuerda lo que valemos y de lo que somos capaces:

"Si algún día te sientes pequeño, inútil, ultrajado y deprimido, recuerda que un día fuiste el espermatozoide mas rápido y victorioso de tu grupo."


miércoles, 24 de agosto de 2011

De lo general a lo particular


Lo general.
Estamos rodeados de información. Cada vez existen más clases de datos. Nos comunicamos con más personas, tenemos que elegir entre más alternativas y los componentes de información sobre cualquier cosa aumentan exponencialmente.
Todo lo que hacemos requiere una toma de decisiones tanto a la hora de saber  si actuar o no como a la hora de decidir el cómo. La mayoría de las veces no nos damos cuenta de que tomamos una decisión, simplemente actuamos. Si tenemos que elegir entre más de una opción y nos enfrentamos a una decisión difícil o poco habitual, entonces valoramos las posibilidades. A medida que la decisión es más importante tenemos en cuenta más detalles e intentamos ser lo más minuciosos posible. Pero nunca analizamos toda la información de que disponemos cada vez que debemos escoger. ¡Cada paso nos llevaría una vida!
Para resumir el proceso tomamos atajos. Nuestro cerebro almacena la información en grupos o conjuntos. Cada vez que necesitamos uno de estos grupos utilizamos un método que se llama heurística y que consiste en rescatar la información siguiendo algunas reglas como son la generalización, la analogía, las semejanzas, etc. A cada una de estas reglas las llamamos heurísticos y son estas estrategias las que utilizamos habitualmente en nuestra vida cotidiana.
Muchas veces tenemos tan asimilados estos heurísticos que forman parte de nuestra personalidad. Se convierten en nuestros valores, creencias, ideales y rigen nuestra manera de ser. Existen dos heurísticos importantes que utilizamos a diario, sobre todo, cuando tratamos con otras personas; son los prejuicios y los estereotipos. Estos dos nombres tienen connotaciones negativas y siempre nos defendemos de no ser prejuiciosos y alardeamos de no fiarnos nunca de los estereotipos. Pero, realmente, esto es una mentira a medias. Si no utilizáramos ninguno de estos atajos cada vez que tomáramos una decisión tendríamos que analizar absolutamente todo y necesitaríamos, como ya dije, toda una vida. Por eso, utilizamos nuestras ideas generales o las opiniones que tenemos sobre la situación en la que nos encontramos. Estas opiniones las hemos construido a lo largo de nuestra experiencia o de lo que nos han enseñado desde pequeños.
Es tan fácil como que, por ejemplo, a la hora de comprar un aparato electrónico de un valor elevado lo primero que hacemos es centrarnos sólo en las marcas importantes que conocemos y las que son de segunda las desechamos. Es lógico, ya que nos vamos a gastar el dinero nos vamos a lo seguro y apostamos por lo conocido y que nos da más confianza. Pero, ¿cómo sabemos que es de confianza? ¿Hemos comprobado todos los demás para saber que no son buenos? No hacemos un análisis de cada componente ni de cada función de cada una de las marcas del mercado, nos quedamos con los estereotipos. En este caso, que por ser conocido es mejor.
Seguramente diremos que los prejuicios y los estereotipos se refieren a las personas y que nunca hacemos juicios previos antes de conocer a alguien. ¿Seguro? Cuando vemos por primera vez a una persona lo primero que hacemos es ver su aspecto. Si es hombre o mujer ya tendremos una idea diferente. Viendo la edad que tiene también, pensaremos cosas diferentes y atribuiremos una personalidad distinta según cómo se vista. Con sólo tres características ya tenemos una pequeña idea sobre cómo creemos que es esa persona. Si, además, nos fijamos en su corte de pelo, sus gestos, en los adornos, etc., la idea que tenemos formada se irá ajustando mucho más a cómo creemos que es en realidad.
Son las primeras impresiones que nos formamos cuando vemos o nos relacionamos con alguien por primera vez. Puede que no juzguemos dando un valor positivo o negativo pero sí utilizamos estos atajos para ser más rápidos a la hora de comportarnos frente a quien tenemos delante. Si antes de hablar con una persona tuviéramos que conocerla nunca podríamos iniciar una conversación. Para empezar, no sabríamos si tutearla o tratarla de usted porque ambos tratamientos pueden resultar molestos según a quien nos dirijamos.
Todo esto, junto con la situación en la que nos encontremos, es muy útil para empezar. Por ejemplo, si tenemos un nuevo compañero de trabajo que no conocemos lo que haremos será hablar sobre el trabajo, si estamos en un curso de formación hablaremos sobre la temática del curso, en una exposición de arte nuestra conversación irá enfocada al arte.
Pero la cuestión es no quedarse en esta primera impresión o en este primer contacto.


Lo particular.
Como dijo José Ortega y Gasset "Yo soy yo y mi circunstancia". Lo que en un primer momento resulta muy útil y es una buena ayuda se puede convertir en un lastre si no profundizamos en ello.
Los atajos que utilizamos en nuestro día a día, bajo la forma de prejuicios y estereotipos, nos sirven para acercarnos a las personas. Pero, una vez que establecemos la comunicación, es cuando debemos librarnos de esa opinión prejuiciosa que nos formamos al principio.
No sólo se trata de confirmar o no esa idea inicial que nos formamos. Poco a poco, vamos teniendo acceso a más información. A medida que conocemos a alguien nos damos cuenta de que no es como imaginábamos; para bien o para mal. Conocemos nuevos detalles que puede que no encajen en esa imagen que nos habíamos creado al principio. Esto nos puede confundir un poco y causarnos la sensación de que esa persona no es lo que esperábamos, incluso nos puede poner a la defensiva. Seguramente, a medida que accedamos a su historia personal, nos daremos cuenta de que aquellos detalles que no nos encajaban bien tienen su explicación. Esto significa que no podemos limitarnos a desechar aquello que no nos convence de alguien o que no se ajusta a nuestra idea ingenua sobre esa persona porque no sepamos encasillarla en nuestro esquema. Todo lo contrario, debemos ser conscientes de que quien está equivocado somos nosotros ya que hemos anticipado un juicio sin tener suficientes evidencias. Es más, lo justo sería adentrarnos en su mundo para entender por qué se comporta o piensa así o por qué su vida es como es.
Especialmente, somos más estrictos y conservadores con nuestras propias creencias acerca de los otros cuando nuestra opinión no es positiva. Quizá sea por lo que nos cuesta reconocer que nos hemos equivocado o quizá por el gran trabajo que suponemos nos va a costar reconstruir nuestra imagen mental sobre esa persona, esta vez con más tiento para no volver a errar. En muchas de las ocasiones que dejamos atrás nuestro orgullo, reconocemos que nos hemos equivocado y damos otra oportunidad suele ser a las personas que después más valoramos porque hemos puesto mucho más cuidado y hemos dedicado más esfuerzo a conocerlas.
Pasado el tiempo, al echar la vista atrás, es cuando nos damos cuenta de que aquellos que conocimos aquel día no tienen nada que ver con lo que imaginábamos en ese momento y reiremos contándole a la otra persona nuestras suposiciones acerca de ella (aunque, es posible, que a la otra persona no le haga tanta gracia).
En realidad, los prejuicios no son ni buenos ni malos de por sí y los estereotipos tienen el mismo poder para acercarnos o para alejarnos de alguien. Sólo nos beneficiaremos de ellos si sabemos utilizarlos de manera inteligente como la herramienta social que son.
Así, los estereotipos que tratan de desacreditar a un grupo o dotarlo de connotaciones negativas serían los primeros que deberíamos preocuparnos de verificar. A veces, se les da más importancia que si fueran una información veraz porque se componen de rumores que, supuestamente, se basan en experiencias reales de alguien. Pero, normalmente, estas experiencias o no son ciertas o están muy desvirtuadas por el boca a boca y puede dar lugar a consecuencias no muy agradables para el grupo que se convierte en víctima del prejuicio.
Lo mejor que podemos hacer es acercarnos y comprobar por nosotros mismos si algo es cierto o no para poder opinar y argumentar con evidencias sólidas.

miércoles, 17 de agosto de 2011

Figura o Fondo. ¿Qué es lo importante?


La Escuela de la Gestalt fue una corriente psicológica que surgió a principios del siglo XX. Defendían que nuestra percepción no siempre era objetiva y que nuestra interpretación, a veces, iba mucho más allá que la simple percepción.
Nuestro cerebro recoge la información, es decir, percibe el mundo exterior. Pero, además, realiza otra función no menos importante que es la de codificar y dar un sentido a aquello que percibe. Habitualmente, captamos los estímulos del exterior tal y como son y ése es el significado que le damos. Por ejemplo, vemos una manzana Ѽ (una fruta cuya piel es de color amarillo, verde o rojo con puntitos,  redonda pero achatada por arriba y por abajo, amarilla o blancuzca por dentro y con pepitas en el centro)  y sabemos que es una manzana. Sin embargo, a veces, la realidad no está tan clara y la interpretación puede ser muy diferente para cada persona.
Cuando observamos imágenes consideramos que la figura es lo que sobresale, lo primero que captamos, y el fondo es aquello sobre lo que se colocan las figuras o los objetos. A menudo, el fondo es una base necesaria pero irrelevante, por eso, decidimos no darle tanta importancia y sí centrarnos en las imágenes. Pero, ¿cómo sabemos cuál es el fondo y cuáles son las figuras? ¿Cómo podemos estar seguros de que estamos en lo cierto? Aquí van algunos ejemplos que nos harán dudar y nos llevarán a reflexionar sobre ello.




 


 ¿Un conejo entre la hierba o un pato tumbado?
















 


¿Un saxofonista o una cara de mujer?










  



   
    







        ¿Una calavera o una pareja?
  


















 






¿Don Quijote y Sancho o los molinos?










  








 
 
¿Y aquí? ¿Cuántas cosas eres capaz de ver?


En nuestra vida cotidiana, en multitud de situaciones, la figura y el fondo se pueden intercambiar. Por eso, no debemos quedarnos sólo con lo primero que nos venga a la mente. Ante los hechos de la vida debemos reflexionar y leer entre líneas, como se suele decir. Así, acontecimientos que nos parecen negativos quizá no lo sean tanto o ciertos malentendidos tengan una explicación mucho más simple. A la hora de afrontar los problemas puede que no lleguemos a la solución porque no nos estamos centrando en la raíz del conflicto. Es más, es posible que nosotros mismos nos estemos creando problemas que en el fondo no lo son y nos estemos quitando un tiempo que deberíamos dedicar a disfrutar de lo que realmente merece la pena.

miércoles, 3 de agosto de 2011

Mitos sobre el amor romántico


   Algunas de nuestras creencias sobre el amor pueden llevarnos a pensar que nuestra relación de pareja no va bien. A veces, incluso,estas creencias pueden ser uno de los motivos por los cuales quienes sufren maltrato no son conscientes de ello en un principio. Estos son los mitos sobre el amor romántico que Graciela Ferreira propone en su libro:
  • Entrega total a la otra persona.
  • Hacer de la otra persona lo único y fundamental de la existencia.
  • Vivir experiencias muy intensas de felicidad o de sufrimiento.
  • Depender de la otra persona y adaptarse a ella, postergando lo propio.
  • Perdonar y justificar todo en nombre del amor.
  • Consagrarse al bienestar de la otra persona.
  • Estar todo el tiempo con la otra persona.
  • Pensar que es imposible volver a amar con esa intensidad.
  • Sentir que nada vale tanto como esa relación.
  • Desesperar ante la sola idea de que la persona amada se vaya.
  • Pensar todo el tiempo en la otra persona, hasta el punto de no poder trabajar, estudiar, comer, dormir o prestar atención a otras personas menos importantes.
  • Vivir sólo para el momento del encuentro.
  • Prestar atención y vigilar cualquier señal de altibajos en el interés o el amor de la otra persona.
  • Idealizar a la otra persona no aceptando que pueda tener algún defecto.
  • Sentir que cualquier sacrificio es positivo si se hace por amor a la otra persona.
  • Tener anhelos de ayudar y apoyar a la otra persona sin esperar reciprocidad ni gratitud.
  • Obtener la más completa comunicación.
  • Lograr la unión más íntima y definitiva.
  • Hacer todo junto a la otra persona, compartirlo todo, tener los mismos gustos y apetencias.
     Una pequeña muestra en este vídeo:




   Bibliografía:
   Ferreira, Graciela (1995). Hombres violentos, mujeres maltratadas. Buenos Aires: Editorial Sudamericana. 2ª edición.

martes, 26 de julio de 2011

Necesito mi amuleto de la suerte.


Se denomina efecto placebo al fenómeno por el cual los síntomas de un paciente pueden mejorar mediante un tratamiento con una sustancia inocua. Generalmente, esto se asocia siempre a las investigaciones científicas. Para comprobar si una sustancia es realmente eficaz se debe comparar con otra que no produce ningún efecto como el agua, el agua con colorante, las pastillas de azúcar, etc.
En la vida cotidiana, todos nos administramos placebos de una u otra forma pero en este caso lo llamamos sugestión. Por ejemplo, la famosa pulsera que hace milagros. Al principio ayudaba a mantener el equilibrio, ahora, también mejora la resistencia, la flexibilidad, el rendimiento, la concentración, el estado de ánimo y la salud. Otro ejemplo, es el agua imantada. Respecto a esto, la primera pregunta que se me ocurre es: ¿cómo se imanta el agua si sólo está compuesta de hidrógeno y oxígeno? La gente que prueba este tipo de remedios dice que nota mejoría. Pero mejoría, ¿en qué? ¿Es que antes no se encontraban bien?
El creer que tenemos en nuestra mano un objeto que puede cambiar nuestra suerte o hacernos sentir bien hace que generemos unas expectativas positivas. Como tenemos una idea difusa sobre lo que ocurrirá, nos basta con que se produzca un pequeño cambio. Da igual lo que sea porque si nosotros notamos algo distinto ya podremos justificar que es eficaz.
El resultado real se podría atribuir a nuestras habilidades mentales. Con frecuencia, no tenemos en cuenta la capacidad de nuestro cerebro pero, en estos casos, sí que podríamos decir que tenemos poderes mentales. Cuando creemos ciegamente que va a ocurrir algo y, realmente ocurre, es que nosotros lo hemos provocado. Mediante nuestros pensamientos podemos mejorar nuestras habilidades como el rendimiento físico o la concentración. Sólo nos hace falta convencernos de que va a suceder así y lo podremos conseguir. El problema es que nos falta confianza en nosotros mismos. Si creemos que somos capaces y lo vamos a lograr, en seguida, pensamos que no podremos porque, en otras ocasiones, tampoco lo hemos conseguido. No analizamos la situación y tiramos la toalla. Además, si lo intentamos será para confirmar nuestra idea pesimista. En cambio, introduciendo un nuevo instrumento al cual responsabilizar de nuestra conducta, las cosas cambian. Seguimos sin analizar la situación pero actuamos con decisión, dejando atrás la inseguridad y el temor.
¿Qué es lo que ocurre entonces? Si nos autoconvencemos de que somos capaces podemos fallar y sentirnos muy mal ante la derrota. En cambio, si tenemos algún objeto (una piedra, una pulsera, un alfiler, etc.) al cual echar la culpa nos podemos arriesgar sin miedo al fracaso. Si erramos no pasará nada porque ya lo sabíamos y no somos nosotros los responsables. Si tenemos éxito será, por supuesto, que nuestras capacidades mejoran gracias a ese instrumento que llevamos con nosotros. Es el mismo razonamiento que llevar un amuleto a un examen o a una prueba importante. Si no nos hemos preparado lo suficiente es bastante improbable que nos salga bien. Y, en el caso de que así fuera, se debería al azar y sería muy difícil que volviese a ocurrir algo semejante en un futuro.
Los amuletos o talismanes funcionan por sugestión y sirven para que nuestras expectativas de logro aumenten. Así nos esforzamos más y logramos éxitos que no nos atrevemos a intentar en condiciones normales. En este sentido, es una buena ayuda pero no es la adecuada. Podemos hacernos tan dependientes de estos utensilios que si, por casualidad, los perdiéramos también se iría con ellos nuestra autoconfianza.
Siendo realistas nos daremos cuenta de que lo único que nos ayuda a conseguir lo que nos proponemos es nuestra capacidad de motivación y la seguridad en nosotros mismos. Todo lo demás sobra porque nos hace sentir más vulnerables y dependientes de los factores externos.

jueves, 14 de julio de 2011

La dieta maravillosa


Estamos en pleno verano. La estación en la que se lucen los resultados del duro trabajo de la operación biquini. A estas alturas, seguramente, ya hayamos llegado a la conclusión de que un año más no hemos sido capaces de bajar ni un solo gramo o que, todo lo que adelgazamos, lo hemos recuperado de sobra gracias a las frescas cañitas y a las ricas tapas.
Hemos pasado una temporada privándonos de comer todo aquello que tanto nos gusta. Nos hemos alimentado casi exclusivamente de piñas, alcachofas, sopas o de sirope de arce, que tan de moda está últimamente. Incluso, los que se lo han tomado más en serio, dejaron de fumar y no probaron una gota de alcohol. Y todo ello, ¿para qué? Para sentirnos desesperados por no ser capaces más que de pasar nervios y hambre y darnos por vencidos ante el primer plan de tomar unas cañas en una terraza.
Las dietas milagro no existen porque lo único que hacen es ayudar a perder líquidos. Si nos fijamos en los componentes de este tipo de dietas son alimentos con un alto contenido de agua o con propiedades laxantes. Por tanto, esto es lo que se pierde: agua y toxinas. A su vez se van consumiendo, sin reponerse, sustancias imprescindibles para que nuestro cuerpo funcione correctamente. El resultado es un déficit nutricional que se refleja en la salud física y mental. Por un lado, la falta real de nutrientes hace que el metabolismo se altere. Por otro lado, la prohibición de todo aquello que nos gusta pero que engorda nos hace sentir nerviosos porque la gula nos corroe. Además, lo sentimos como una especie de autocastigo por no habernos cuidado antes y eso nos mina la moral. Por no hablar del pésimo humor que nos deja la constante sensación de hambre.
La forma de actuar cuando se siguen este tipo de dietas siempre es el mismo. Con la primavera nos acordamos de que pronto tendremos que lucir nuestra figura en la piscina o en la playa. Nos alarmamos del poco tiempo que queda y buscamos una forma de perder peso rápidamente. Hacemos una dieta muy estricta y no nos permitimos comer casi nada, con lo cual pasamos mucha hambre y perdemos nutrientes que no recuperamos. La sensación de hambre va creciendo y la fuerza de voluntad disminuyendo hasta que no podemos más. Entonces pensamos que por una vez no va a pasar nada y nos damos un capricho por lo bien que lo hemos estado haciendo. Comemos con voracidad todo aquello de lo que nos habíamos privado. Nos sentimos mal y volvemos a seguir nuestro estricto régimen con la idea de no saltárnoslo nunca más. Aguantamos hasta que llegamos de nuevo al mismo punto de hambre insaciable y nos saltamos el régimen una vez más. Este ciclo lo solemos repetir a lo largo de todo el verano.
Lo que se consigue con esto es que nuestro organismo se altere tanto que produzca un efecto rebote y engordemos. Ante la falta de alimentos el cuerpo responde aumentando la sensación de hambre. Con las comilonas que nos damos cuando no resistimos más el cuerpo recupera lo que ha perdido y almacena más sustancias para prevenir un nuevo déficit de nutrientes. La siguiente vez que repetimos el ciclo nuestro cuerpo funciona igual y almacena aún más sustancias. Es decir, se convierte en una espiral, cuanto más estricta es nuestra dieta con más fuerza reacciona nuestro cuerpo. Por eso, cada vez nos cuesta más perder peso y nos sorprende que engordemos con mayor facilidad, a pesar de nuestros esfuerzos.
Lo normal, y lo más sano, sería tener una dieta equilibrada todo el año y acompañarla de ejercicio físico. Esto es lo que, de verdad, nos ayudará a estar bien físicamente y repercutirá en nuestro bienestar emocional. Si pretendemos ponernos a régimen, lo fundamental es estar convencidos de que realmente lo queremos hacer. Necesitaremos mucha fuerza de voluntad para seguirla porque será algo largo en el tiempo. Además, debemos acudir a un especialista que nos evalúe y nos confeccione una dieta adaptada a nuestras características y necesidades. Y, no está de más, contar con apoyo psicológico que nos ayude a fortalecer nuestra capacidad de autocontrol y a evitar que nos desmotivemos.