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viernes, 8 de febrero de 2013

¿A qué te dedicarías si no necesitaras dinero? / What if money was no object



Este es un pequeño estracto de una conferencia del filósofo Allan Watts (1915-1973) que se podría resumir en “Conviértete en lo que eres”:
Un vídeo para reflexionar acerca de lo que hacemos en nuestra vida y hacia dónde nos lleva eso.




miércoles, 6 de febrero de 2013

¿Emprendedora o soñadora?



Funcionaria, trabajadora por cuenta ajena, autónoma, desempleada, joven, madura, inmigrante o emigrante. Cualquiera de nosotras puede tener un sueño por realizar. A todos nos gustaría ponernos en marcha y conseguirlo. Unas veces resulta fácil porque se trata de algo sencillo que forma parte de un pasatiempo pero otras requiere arriesgarse.
¿Qué ocurre cuando nuestro sueño es iniciar un negocio? La mayoría de las veces lo desechamos porque nos asusta y lo consideramos algo irrealizable, algo así como hacer castillos en el aire. Si lo pensamos un poco más, acabamos por analizar fríamente las opciones y desistimos porque estamos muy ocupadas y no tenemos tiempo, nuestra edad no es la adecuada por ser poca o por ser mucha, ya tenemos otro trabajo al cual no estamos dispuestas a renunciar porque bastante nos ha costado llegar donde estamos, no tenemos los medios ni el talento suficiente, es muy arriesgado en estos tiempos, no será viable o nadie nos apoya.
Al final, lo que prima es la inseguridad de no creer que podamos llevar a cabo un proyecto viable que nos resulte rentable y que pueda constituir una fuente de ingresos extra o la base de nuestro sustento.
Cada una de nosotras tiene un talento o unas habilidades que sobresalen sobre las demás y, a veces, no nos dedicamos profesionalmente a ello. Bien porque no hemos tenido la oportunidad o bien porque no creemos que nuestra habilidad sea muy útil.
Lo primero de todo es saber qué es lo que nos gusta hacer o tener un “sueño” claro. Debemos darle forma y pensar en una manera de realizarlo. Quizá empezar por convertirlo en un hobby sea el mejor comienzo. Desarrollar nuestra destreza o nuestro plan, darle forma mediante un posible proyecto y ver su viabilidad. Una vez que tenemos claro lo que queremos y cómo lo queremos es hora de moverse (un poco más). Desperezarse y buscar una manera de hacerlo real mediante la recogida de la mayor cantidad de información posible.
Cuando se trata de cosas manuales que nosotros podemos hacer lo mejor es empezar por realizar pequeños trabajos y darlos a conocer mediante nuestros conocidos y a través de todos los medios que tengamos a nuestra disposición. Y el recurso que más alcance tiene y que menos costes nos va a producir es internet, mediante un blog o una página web.
Si se trata de un negocio que requiere de un local es el momento de buscar los posibles lugares donde podríamos establecernos, sea en diferentes poblaciones o diversos tipos de locales.
De esta manera podremos comprobar las ventajas y los inconvenientes que tiene cada una de las opciones que manejamos pero de una manera más objetiva. Este punto de vista tiene la ventaja de que así se pueden solventar las dificultades que se nos presentan sin desanimarnos.
Cuando ya tenemos una idea real de la posibilidad de poder llevar a cabo nuestro proyecto es el momento en el que deberían entrar en juego de verdad nuestras inseguridades y nuestros temores. Antes no tiene sentido porque no hemos hecho más que permanecer en el espacio de nuestros deseos y sueños. En esa zona no hay ninguna amenaza para nuestra persona ni para nuestra seguridad, ni siquiera para nuestra estabilidad emocional. ¿Por qué? Porque lo único que hemos hecho es poner en marcha nuestra cabeza y darle cuerda a nuestra creatividad. Sin miedo es como podremos diseñar lo que de verdad queremos, sin ponernos trabas que desconocemos si llegarán.
Sin embargo, una vez que hemos tomado la decisión de si seguir adelante o quedarnos en un mero proyecto es cuando pasamos a la zona del riesgo. Es en este punto donde tendremos que evaluar si realmente nos puede merecer la pena. Ahora tenemos datos reales porque hemos recopilado gran cantidad de información y hemos desarrollado nuestro plan con sus pros y sus contras. Al verlos de una manera real podemos afrontar los posibles problemas y ver si tienen una solución o si podemos modificar el plan para solventar esas dificultades que aparecen. Es decir, es más fácil que combatamos nuestra inseguridad con argumentos reales o con datos objetivos. Si nos dejamos llevar por la inseguridad desde el principio, quien estará gobernando la dirección de nuestro pensamiento será el miedo y sus argumentos serán muy difíciles de rebatir porque no hemos investigado si son reales y, por tanto, nos moveremos constantemente en una zona de incertidumbre sin objetividad, lo cual reforzará nuestra inseguridad.
¿Quién nos da la seguridad? Nosotras. La mayoría de las veces hablamos por hablar sobre lo que nos gustaría pero en nuestro discurso estamos utilizando un tono que le quita seriedad. Empleando esta actitud somos nosotras mismas quienes estamos echando por tierra nuestro sueño. Eso significa que si se lo contamos a otras personas utilizando ese mismo discurso no resultará creíble y nadie nos tomará en serio.

Por lo general, estamos acostumbrados a ser excesivamente realistas acogiéndonos a una necesidad de optimizar el tiempo y hacer el cuento de la lechera lo asemejamos con perderlo irremediablemente. Como, supuestamente, nuestro es tiempo es oro no podemos permitirnos el lujo de fantasear… ¡no vaya a ser que tengamos una buena idea! Pero, ¿cuánto tiempo perdemos dedicándolo a nuestros miedos y a que gobiernen nuestras decisiones? Si soñamos y sale mal, al menos, lo habremos intentado pero si ni siquiera probamos, permaneceremos eternamente en el reino de la incertidumbre gobernado por el miedo.
Si le contamos a alguien nuestro deseo o nuestro proyecto caben dos opciones, que nos apoyen o no. Si nos apoyan será un motivo más a tener en cuenta y una fuerza extra para llevar a cabo nuestra empresa. Si no, ¿qué problema hay en que no nos apoyen? ¿Quizá estamos empleando ese tono poco convincente? ¿O es que los demás son aún más temerosos que nosotras? En todo caso, también es un motivo más a tener en cuenta porque vale la pena dar un ejemplo de valentía y porque buscaremos con más ahínco la forma de conseguir nuestra meta. No necesitamos el apoyo de nadie porque nadie va a realizar nuestro sueño por nosotras, si no dejaría de ser nuestro sueño.
Pero en nuestra búsqueda incesante de la seguridad que necesitamos para seguir adelante siempre surgen dudas.
¿Seremos capaces de lograrlo? Necesito saber si esto va a funcionar. ¿Cómo lo vas a saber? Si todos los que emprenden una aventura supieran cómo iba a terminar seguramente no la empezarían porque ya no tendría emoción. Disfrutar del proceso, muchas veces, es mejor que lograr el resultado porque durante ese trayecto se aprenden cosas de un valor incalculable que pasarán a formar parte de nuestra vida y de nuestra persona. Sólo por eso, ¿no merece la pena ya intentarlo?
Pero los riesgos son demasiados y lo puedo perder todo. En todo nuevo proyecto hay que asumir riesgos pero también se pueden medir. Si ya tenemos un trabajo podemos empezar por compatibilizarlo, aunque resulte muy cansado en un principio. Iremos probando para ver si es viable o no. Si no tenemos trabajo el riesgo de perder el que ya teníamos no existe. Está el riesgo monetario que parece que es el que más duele. Siempre se puede empezar aportando una cantidad pequeña o buscar la manera de que, en caso de que no salga bien, la pérdida sea lo menor posible. Se puede valorar la posibilidad de un traspaso, de vender lo que adquirimos, empezar con algunos recursos de segunda mano, etc. Si no necesita un lugar físico, al menos por el momento, se puede empezar poco a poco mediante el boca a boca y el trabajo bajo pedido.
¿Y si realmente mis habilidades no son tan buenas como pienso? Sólo hay una manera de comprobarlo, haciéndolo. La práctica es la única manera de mejorar nuestro desempeño y nuestras habilidades. Y la actitud es una parte tan importante o más que la aptitud. Si de antemano pensamos que no podemos, entonces no merece la pena que lo intentemos porque nosotras mismas vamos a buscar, inconscientemente, la justificación de nuestra falta de habilidad. Si partimos con una actitud benevolente hacia nosotras mismas nos estamos dando la oportunidad de demostrarnos que lo podemos conseguir. Y al final, quien persigue su sueño casi siempre lo alcanza o se queda muy cerca para poder volver a intentarlo.
¿Y si después de todo fracaso? Piensa detenidamente en qué es el fracaso: ¿Intentarlo y no conseguirlo o quedarse atrapado en la incertidumbre viendo las oportunidades pasar siendo víctima de la inseguridad y el temor?
A veces los castillos en el aire no son sino cometas que podemos manejar con sorprendente destreza.
Así que a la pregunta del título podemos responder sin miedo que nos quedamos con las dos opciones: primero soñadora y luego emprendedora.
 

miércoles, 19 de septiembre de 2012

Carpe Diem



A lo largo de toda la historia de la humanidad es algo que siempre ha ocurrido; los tiempos cambian. Que cambien a mejor o a peor ya es otra cuestión. Pero haciendo un recorrido desde que vivíamos en las cavernas hasta ahora parece que no ha ido tan mal y que la evolución ha sido a mejor. Y es que muchas veces para ganar hay que perder. Es como tomar impulso.
Crecemos con un modelo en nuestra cabeza de cómo debería ser nuestro futuro. Ese modelo es lo que vemos en nuestros padres y en el entorno a lo largo de nuestra infancia. Lo lógico es que pensemos que nuestra vida será igual o, incluso, mejor. Creemos que lo que tenemos ya no lo vamos a perder porque consideramos que es lo normal y lo básico.
La evolución de la humanidad, en su conjunto, es exponencial y, por eso, vemos que va tan rápido y que es positiva. Lo miramos desde fuera objetivamente. En cambio, si miramos nuestra propia vida sólo vemos que va deprisa y que no es tan favorable. Esa visión de nuestra vida es subjetiva porque están implicados nuestros propios sentimientos. No es lo mismo comparar millones de años con apenas ochenta años.
La cuestión es que estamos acostumbrados a la estabilidad y a la seguridad que creíamos que disfrutaban nuestros padres con un trabajo muy duradero, si no era para toda la vida. Hemos aprendido que esa estabilidad es lo único que nos puede dar seguridad. Además, la felicidad se basaba en esta estabilidad y consistía en tener una pareja que normalmente era para siempre; un trabajo que te permitía comprarte una casa, un coche e irte de vacaciones con toda la familia;  y, una vez que ya tenemos todo esto, el orden natural sería tener hijos, los cuales irían al mismo colegio siempre, hasta el instituto, y luego a la universidad o a trabajar y seguirían una vida lineal, sin grandes cambios y sin complicaciones. Por supuesto, todo a una edad temprana porque si no se corría el riesgo de a uno se le pasara el arroz.
¿Y con qué nos encontramos ahora? Parece que la realidad actual no tiene nada que ver. Nos encontramos con la dichosa flexibilidad y capacidad de adaptación a cambios necesarios. Pero hay grandes diferencias entre los cambios necesarios. Por un lado, están aquellos a los que hay que adaptarse, como los nuevos estilos de vida, producto de una vida más longeva y de los avances y mayores comodidades de los que disfrutamos. Por otro lado, están los cambios necesarios que son necesarios para unos pocos que se lucran a nuestra costa y que no nos reportan ningún beneficio, todo lo contrario. Ejemplo de esto es la gran falacia de los recortes económicos y en derechos necesarios para superar estos tiempos de crisis. Una cosa es retroceder para coger impulso y otra es utilizar a una población a modo de cama elástica…
Una persona proyecta su futuro en función de cómo percibe el presente. Esto es que si sólo percibe lo negativo estará convencido de que su futuro será bastante negro. Actualmente el bombardeo de información que recibimos se dirige en esa línea con lo que al final nos lo acabamos creyendo sin darnos cuenta de que a algunos les está yendo muy bien. Todo es relativo y, quizá, sería mejor que en este caso nos miráramos a nosotros mismos y viésemos cómo es nuestra situación en realidad. En la vida siempre hay problemas pero también les acompañan otros aspectos o sucesos buenos. Si nos dejamos llevar por lo que nos cuentan dejaremos de sentir y de vivir nuestra propia vida para estar a expensas de la corriente dominante.
Los días pasan sin que al tiempo le importe cómo estamos, qué es lo que nos preocupa o lo que hacemos. Nos agobiamos demasiado pensando en un futuro que percibimos de una manera irreal por la subjetividad que conlleva la imaginación. Y la mayoría de las veces nos olvidamos de plantearnos soluciones y planes alternativos para cambiar y mejorar ese futuro que vemos tan negro. Sólo nos dejamos llevar.
¿Qué es lo que ocurrirá cuando ya no tengamos tiempo y estemos cansados para comenzar algo nuevo? Echaremos la vista atrás y nos arrepentiremos de no haber dedicado más tiempo a los amigos, a la pareja, a la familia y a todo lo que verdaderamente nos importaba. Descubriremos entonces que lo importante no era la prima de riesgo, ni los teje manejes de esos señores que no paran de viajar de un país a otro para establecer relaciones diplomáticas. No.
Añoraremos los atardeceres en buena compañía, los abrazos sinceros y a todos aquellos que ya no están. Si hemos tenido suerte, quizá lo añoraremos desde nuestro piso en propiedad y con una cuenta bancaria que nos deje tomarnos unas buenas y largas vacaciones pero ya no podremos porque estaremos demasiado cansados o achacosos… o solos.
Y, cuando ya no estemos, ¿para qué habrá servido todo el esfuerzo dedicado a conseguir lo que no nos podemos llevar con nosotros y los sacrificios que impusimos a los demás por un futuro mejor?