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miércoles, 6 de noviembre de 2013

Phubbing: una epidemia ya instalada entre nosotros.

El phubbing es un nuevo término que comienza a tomar fuerza, pero sólo el concepto porque la práctica ya está más que asentada en nuestra sociedad desde hace bastante tiempo. Proviene de la unión de dos palabras: phone y snubbing y significaría algo así como ningunear a las personas con las que estamos mientras nos sumergimos en el maravilloso mundo de nuestro móvil o Smartphone.
Sin darnos cuenta, hemos construido un mundo paralelo lleno de relaciones sociales que parece mucho más completo y, sobre todo, más instantáneo. Sí, más instantáneo que el “cara a cara” porque éste ha quedado relegado, para muchos, a los momentos en los que su teléfono inteligente descansa (claro está, previa comprobación de que sigue funcionando y es cierto que no hay ningún aviso ni mensaje ni nada que revisar).
El efecto de compañía constante que proporcionan estos dispositivos es un hecho pero el efecto real es completamente opuesto. La persona se aísla del mundo que le rodea y pierde el contacto con la realidad porque esta otra realidad proporciona efectos positivos constantes. Son pequeños avisos que nos hacen sentir especiales porque alguien se acuerda de nosotros aunque sea para mandarnos el típico chiste que comparte con todo el mundo de forma masiva. Correos que podemos ver rápidamente o aplicaciones con alertas que a menudo requieren visitas muy cortas. Pero todos estos pequeños avisos se van juntando y podemos llegar a pasar más de una hora conectados sin parar.
El problema es que estas consultas las hacemos delante de las personas que apreciamos y con las que supuestamente hemos elegido pasar nuestro valioso tiempo. Porque nuestro tiempo desde luego que es valiosísimo pero olvidamos que el de los demás también. No somos conscientes de que mientras nosotros estamos sumidos en nuestro maravilloso “mundo de la comunicación” con nuestras relaciones sociales otras personas están esperando a que terminemos o se están preguntando qué hacen en ese lugar mirando para todos los lados en silencio o hablándole al vacío.
No al phubbing
Mientras estamos demasiado concentrados haciendo phubbing nos estamos perdiendo cosas maravillosas que ocurren en el mundo.

Lógicamente, esta persona percibe que está perdiendo su tiempo y se siente humillada porque ve que su presencia es algo anecdótico, como el resto de la decoración del lugar en que se encuentra. Se planteará si es alguien sin carisma, sin ninguna importancia, poco interesante o sin recursos para captar la atención de su acompañante puesto que un objeto le está arrebatando el protagonismo.
En algunos casos, puede ser que se enfade y se lo haga saber a su acompañante pero éste responderá sobresaltado que se trata de una confusión un tanto exagerada y con gesto de resignación, como quien accede a las peticiones de alguien caprichoso, lo guardará o lo dejará cerca para una próxima y urgente comprobación. Así, junto con el sentimiento de humillación se quedará con el sentimiento de culpabilidad por creer que se ha pasado y que en realidad no es para tanto.
Otra opción es que lo dé por imposible y también saque su Smartphone para sumergirse en ese mundo que le alivia del desaire que está sufriendo. Cuando la otra persona se dé cuenta pensará que puede aprovechar un poco más, hasta que acabe el otro y así se iniciará un bucle infinito de aislamiento e indiferencia.
Pero ¿cuál es el poder que tienen estos dispositivos para captar nuestra atención de esta manera tan desconsiderada? Entre otros están la curiosidad, la brevedad de cada alerta, la multitud de estímulos diferentes, la inmediatez y el efecto placentero que supone la sensación de formar parte de algo.
Todo lo que necesitemos está a un clic y, además, sin tener que esperar por lo que el miedo a que se nos olvide después ya no existe. La brevedad engañosa y la gran variedad de estímulos distintos hacen que no nos cansemos porque siempre hay algo diferente y nuevo que, uno por uno, no tardamos en gestionar.
La curiosidad que nos produce que suene o vibre nuestro móvil ya que no sabemos qué es exactamente a no ser que lo revisemos, por eso nos cuesta tanto resistirnos y demorar la comprobación.
Y, finalmente como ya dije, el placer que supone para nosotros que alguien o algo se haya acordado de nosotros, es decir, sentir que formamos parte de un grupo, que somos tenidos en cuenta y que ocupamos los pensamientos de otros. Todo eso nos hace sentirnos importantes y refuerza nuestra autoestima. Pero es una autoestima digital porque, por otro lado, todo lo que aportamos y nos aporta el mundo real, mientras tanto, nos lo hemos perdido.

        *Os dejo una divertida campaña para combatir el phubbing: Stop Phubbing y también comparto un vídeo relacionado con este concepto y con la campaña.




miércoles, 11 de septiembre de 2013

Lenguaje positivo y autoestima



“Lo haces mal”, “eso no es así”. Cuántas veces hemos dicho estas palabras y cuántas veces más las diremos… Y es que no estaría mal que nos planteáramos qué es lo que queremos realmente, si que algo no se haga mal o que se haga bien. Parece que es lo mismo pero la percepción de quien lo escucha para nada es igual. Si alguien nos dice que lo no lo hemos hecho bien suponemos que estamos en el camino pero que aún no hemos llegado a la meta. Sin embargo, si nos dicen que lo hacemos mal, ¿qué es lo que hacemos mal? ¿Todo?
Habitualmente no damos importancia a la forma de expresarnos y lo cierto es que las palabras, muchas veces, dicen más de lo que pretendemos. Aunque no lo creamos, independientemente del mensaje y según el tipo de palabras que usamos, podemos dar un tono positivo o negativo a lo que decimos.
Por lo general, cuando oímos eso de utilizar un lenguaje positivo lo que se nos pasa por la cabeza es: “¡Vaya chorrada! Eso es utilizar eufemismos. Las cosas se dicen como son.” Sin embargo, para decir las verdades (como las solemos llamar) podemos utilizar muy distintos tonos de voz y maneras de decirlo. Y es esto mismo lo que hace que la percepción de quien lo oye sea totalmente distinta.
Si nos quejamos generalizando, inmediatamente estamos anulando todo el proceso o todo el resultado sin dar una oportunidad a la mejora. ¿Qué sentido tiene quejarnos de algo si no damos la opción del cambio? ¿Para qué nos servirá si nos vamos a quedar igual que estábamos?
Zanjar sentenciando el mal hacer de alguien no sirve de nada si no somos capaces de centrarnos en los puntos concretos que fallan. Lo primero que debemos hacer cuando nos disponemos a puntualizar algo es diferenciar las partes que están bien de las que se pueden mejorar. De esta manera tendremos claro qué es lo que no nos gusta y podremos transmitir con claridad aquello que deseamos que cambie. Si no damos pistas lo que haremos será ofender a quien recibe esa crítica y transmitirle una sensación de inutilidad y de incapacidad para la mejora. Si nos centramos y directamente vamos al punto exacto esa persona podrá analizarlo y valorar si puede hacerlo de otra forma.
En el caso de los niños esto es especialmente relevante. Su autoestima es muy frágil porque depende de la valoración que hacen de él los adultos. Si constantemente le decimos a un niño que no sabe hacer nada o que lo hace todo mal, poco a poco, su iniciativa y su ilusión por experimentar se irá agotando por miedo a una evaluación negativa por nuestra parte. Sus expectativas y su motivación se desvanecerán por miedo a fracasar, se considerará a sí mismo un inútil y dejará de aprender cosas nuevas. Si en lugar de generalizar hablamos con un lenguaje positivo en el que remarcamos las partes que están correctas y concretamos aquello que es susceptible de mejora alentaremos el espíritu de superación y eliminaremos cualquier límite a las capacidades que pueda tener.
Lo mismo ocurre cuando le reñimos y le decimos que es malo. ¿Es malo o se porta mal? ¿De verdad tiene mala intención o sólo está buscando sus límites? Todos necesitamos averiguar hasta dónde llegan nuestros derechos y dónde empiezan los de los demás. Por lo tanto, es normal que en algún momento sobrepasemos ese límite en nuestra búsqueda por ubicarnos en el mundo.
En resumen, parece que cualquiera que note que algo no está bien puede decirlo y que quejarse o protestar es lo más fácil pero esto no es cierto en absoluto. Para poder criticar, primero hay que saber hacerlo, de lo contrario, “lo estaremos haciendo mal”.

miércoles, 29 de mayo de 2013

Expresar emociones y sentimientos



Una de las cosas que más nos cuesta hacer es expresar nuestro propio estado emocional. Nos quejamos de que las personas con las que nos relacionamos no nos cuentan lo que les pasa y, más aún, si es algo que nos incumbe. Nos frustra y nos disgusta porque sentimos que no confían en nosotros. Pero… ¿acaso eso mismo de lo que nos quejamos de los demás somos nosotros mismos capaces de hacerlo?
Y es que realmente es difícil poder expresar lo que nos ocurre por dentro. Consideramos que nuestras emociones son algo frágil que se debe cuidar y por eso no nos gusta exponerlas de cualquier manera y, mucho menos, delante de cualquier persona. Sentimos que si las dejamos marchar ya no volverán a nosotros y perderemos una parte muy importante de nuestro ser. En resumen, tenemos miedo de entregar nuestras emociones a alguien que pueda pisotearlas y quedarnos indefensos en el futuro.
Otras veces, nos da vergüenza reconocer lo que sentimos porque creemos que nos tildarán de blandengues, especialmente en el caso de los hombres. Parece que lo normal es que las mujeres sean más expresivas porque son más “melodramáticas” pero un hombre no puede ser así si no quiere que le consideren un afeminado. De esta manera establecemos una barrera de género en la expresión de emociones; para unas está consentido o, incluso, bien visto, y para otros se convierte en un riesgo de castigo social. Todo esto no hace más que poner freno a lo que supone una conducta más que saludable.
Lo primero es que nos ayuda a reconocer lo que sentimos. Si se lo contamos a alguien, antes tenemos que pensar sobre ello y esas sensaciones difusas comienzan a tomar forma concreta y a tener nombre, con lo que son mucho más fáciles de afrontar.
Una vez que se lo contamos a alguien esa emoción dejará de pesar en nuestra mente. Cuando no dejamos salir nuestras emociones éstas se van agolpando dentro de nosotros y lo invaden todo. Si son negativas hará que el malestar nos invada por completo y se retroalimenten a sí mismas puesto que al no poder salir se convertirán en una especie de bola de nieve. No sólo no permitimos que la ansiedad que nos produce se rebaje sino todo lo contrario y esto es lo que mostraremos a los demás. Nuestro estado emocional se reflejará en nuestro comportamiento y si nos sentimos mal esto acabará por repercutir en nuestras relaciones interpersonales, distanciándonos o creando hostilidad.
Si lo que no expresamos son las emociones positivas puede que no pase nada porque nuestro comportamiento no repercutirá de forma negativa en los otros. Sin embargo, cuando esas emociones nos las provocan otros, ¿no somos un poco egoístas quedándonos con lo bueno que nos dan? Sería algo así como tener una huerta en tiempo de sequía y cubrirla cuando por fin llueve. Si hacemos partícipes a los otros de nuestros sentimientos positivos éstos se sentirán más unidos a nosotros y se fortalecerá la relación que hemos creado ya sea de familia, amistad, pareja, o incluso, de trabajo.
Al igual que cuando nos felicitan por algo bien hecho y nos gusta a los demás también les ocurre lo mismo y tratarán de comportarse de una forma similar posteriormente.
Por otro lado, si expresamos el malestar que nos produce la relación con los demás daremos la oportunidad del cambio. Si no somos capaces de transmitirlo a quien consideramos el foco de malestar seguirá haciendo lo mismo porque no sabrá que hay algo que nos puede estar molestando.
Independientemente de que lo que sintamos lo consideremos algo nuestro exclusivamente primero debemos recapacitar si realmente tiene algo que ver con otras personas. Y después de eso y de reconocer cómo nos sentimos podemos tomar la decisión de contárselo a alguien. Para lo que consideramos algo demasiado íntimo debemos encontrar a alguien en quien verdaderamente confiemos, alguien que nos de la seguridad de que va a “tratar bien” nuestras emociones.
Una vez que ya tenemos estos pasos ya podemos expresarnos. Si no nos atrevemos a hablarlo con nadie, otra buena opción es escribirlo en un cuaderno o un diario. Podemos anotar acontecimientos, reflexiones, sentimientos, recuerdos, etc. que consideremos importantes o que hacen cambiar nuestro estado emocional, el efecto será muy parecido.
De esta forma abriremos la puerta a aquello que nos duele para dejarlo marchar pero, también, abriremos la puerta para que entren y se multipliquen las emociones y las personas que nos aportan un estado positivo.

miércoles, 17 de abril de 2013

Los celos



Los celos son un sentimiento normal que expresa nuestra inseguridad. Surgen por la comparación con los otros. En esa comparación salimos perdiendo porque comparamos las mejores cualidades que tienen los demás con nuestros mayores defectos. En ese gesto se refuerza nuestra propia inseguridad y el miedo a perder a quien queremos.
Esto no significa que los celos sean una buena señal porque así se demuestra que nos quieren o que queremos a alguien. En realidad, es una forma errónea de comunicarse. En lugar de hacer cumplidos, decir lo que se pensamos o expresar nuestros propios sentimientos y emociones nos lo callamos y nos carcomemos por dentro dejándonos vencer por la comparación.
Puede que en nosotros mismos o en el otro exista una sensación de dejadez, de insatisfacción y de que no es suficiente lo que se dice. Esa creencia puede volverse manifiesta a través de nuestra manera de actuar. Esto acabaría por envolver la relación y sumirla en un círculo vicioso donde se percibe como mucho más real la posibilidad de que se alejen de nosotros.
Paradójicamente los celos son la manera más rápida de perder a quien nos importa. Para evitar entrar en la espiral de la inseguridad, de la obsesión por el otro del control y del agobio constante lo mejor es cambiar nuestra comunicación.
Estamos acostumbrados a que socialmente se sancionen las expresiones positivas y las emociones. Cuando alguien se pone sentimental le decimos que se pone cursi, ñoño, pasteloso, etc. ¡Y no digamos si encima se trata de un hombre! Estamos acostumbrados a burlarnos y reírnos ante este tipo de expresiones,  muchas veces, porque no sabemos recibirlas o aceptarlas y nos ponemos aún más nerviosos que quien las comunica. Es nuestra manera de protegernos porque la falta de costumbre hace que nos sintamos como si estuviésemos desnudos ante la sinceridad ajena.
En cambio sí estamos preparados para las críticas negativas y no constructivas. Convivimos a diario con ellas y es en lo primero que nos fijamos. Nos defendemos atacando para hacer notar los defectos de los demás con la intención de que nadie se fije en los nuestros ya que, implícitamente, creemos que los nuestros son peores.
Así pues, cuando es el momento de decir algo positivo no sabemos y nos sentimos inseguros porque creemos que no lo van a valorar e, incluso, que nos harán daño. Esa inseguridad hace que callemos cosas o utilicemos el sarcasmo como defensa. El miedo hace que no nos enfrentemos a lo que tememos y, por tanto, en nuestro interior crece la inseguridad y el miedo, convirtiéndose en un bucle.
Por otro lado, también es posible que los celos sean provocados desde fuera. Cuando alguien no se siente suficientemente querido intenta llamar la atención de la manera que se le ocurre y, entre las posibilidades, está el despertar los celos. Igualmente se está produciendo un fallo en la comunicación y se inicia de nuevo el círculo vicioso; esta vez provocado desde la otra parte pero con el mismo resultado. A la larga, la confianza va mermando y la relación se deteriora hasta que se rompe por completo.
No debemos confundir los celos patológicos. Estos parten de la inseguridad y de una convicción firme de que uno está siendo engañado (con indicios o sin ellos). Se convierte en un deseo de posesión y de miedo extremo a sentirse humillado o perder a la persona de la que se depende afectivamente. Las conductas pueden llegar a ser violentas o convertirse en malos tratos y llevar a la otra persona al aislamiento total por ceder al control desmesurado que se ejerce sobre él o ella.
Lo mejor que podemos hacer cuando nos sintamos celosos es tratar de razonar si de verdad hay un riesgo real de perder a quien queremos. Pensar en las cosas que podríamos mejorar de nosotros mismos para sentirnos más a gusto y aumentar la autoestima. Y, por supuesto, mejorar nuestra comunicación y expresar nuestros verdaderos sentimientos sin miedo; tanto las dudas, preocupaciones y temores como los elogios, el cariño y el amor.

viernes, 6 de enero de 2012

De bien nacidos es ser agradecidos



Navidades, cumpleaños, bodas, bautizos, comuniones, despedidas, bienvenidas, San Valentín…Nos pasamos la vida haciendo regalos y recibiéndolos. Nos rompemos la cabeza pensando cuál será el adecuado y el que realmente sorprenda. A veces, lo hacemos por compromiso o por obligación y, es entonces, cuando casi nunca acertamos y damos muchas más vueltas para encontrarlo. La publicidad consumista nos delimita fechas y crea necesidades que la mayoría de las veces no son reales. Se fomenta que seamos detallistas, incluso nosotros valoramos que una persona sea detallista. Pero, alguien con estas características, no tiene por qué ser quien haga el regalo perfecto.
Esto tiene que ver con las habilidades sociales. Se refiere a determinados comportamientos que alguien tiene y, sobre todo, que despiertan sentimientos positivos en los demás. Podemos definir a una persona detallista como alguien que siempre recuerda gustos, fechas y datos que para los demás son importantes. Alguien que hace ver a los otros que son importantes, que realiza cumplidos y muestra otro tipo de detalles que son tan valiosos o más que un regalo. Son gestos afectivos que nos hacen sentir bien.
Al igual que dar y tener detalles es una habilidad social que, muchas veces, nos atrevemos a exigir de los demás, el saber recibir es otra habilidad social no menos importante. Quizá pueda parecer una tontería porque es estupendo que nos regalen cosas o que nos digan palabras bonitas. Y puede que, a veces, tengamos ese deseo infantil de cumplir años para recibir regalos o que lleguen las navidades para que los Reyes Magos nos llenen el zapato. Sin embargo, hay muchas personas que no saben recibir regalos o se sienten incómodos y no saben cómo comportarse ante esta situación. Pensemos en las veces que hemos tenido un verdadero detalle con alguien. Esas ocasiones en que compramos una flor o unos bombones, escribimos una carta, nos aprendemos la canción preferida de alguien, preparamos una cena especial... Sabemos que a la otra persona le va a gustar y nos imaginamos la cara y la sonrisa de ese amigo, familiar, pareja, etc. cuando se lleva la sorpresa. Nos sentimos bien y nos sentimos felices porque nuestra intención es decirle a alguien que nos importa. Nos sentimos bien porque imaginamos que vamos a sorprender al otro.
El problema es cuando la sorpresa no es tan agradable para el receptor. En realidad sí lo es pero, es posible, que se sienta abrumado. Puede que no esté acostumbrado porque su historia de vida no se caracteriza por una abundancia de detalles y/o gestos afectivos. Y, sobre todo, la creencia de no ser merecedor de tal recompensa. Podemos sentir que no hemos hecho nada y no nos lo hemos ganado, que es demasiado para nosotros. Incluso, que si los demás creen que lo merecemos es posible que les estemos engañando porque no nos ven como somos realmente. Es similar a cuando nos hacen un cumplido y creemos que lo dicen por decir o por quedar bien pero en realidad no estamos tan guapos como nos cuentan. Esto es reflejo de una baja estima y un pobre concepto hacia uno mismo. Además de seguir pensando que no somos merecedores, nos fijamos una expectativa imposible de cumplir. “Ya que nos han demostrado lo importantes que somos vamos a demostrar que así es”. Sería una buena solución si no incurriéramos en una paradoja. “No creemos que hagamos las cosas bien o que seamos tan buenos pero ya que los demás creen que así es voy a demostrar que es verdad”. No se lo tenemos que demostrar a nadie porque son los otros quienes nos lo están diciendo. Somos nosotros mismos quienes nos lo tenemos que creer. Si el problema está en el concepto negativo que tenemos de nosotros mismos por más cosas que hagamos no va a cambiar. Sólo lo hará si cambiamos la valoración que hacemos de nuestros actos y de nuestras capacidades para acercarnos más a la realidad.
En definitiva, si construimos un concepto más positivo sobre nuestra persona. ¿Por qué no vamos a merecer que nos traten bien y nos den muestras de afecto? Si alguien lo hace tendrá sus motivos y verá en nosotros cualidades, aspectos y virtudes que le gustan. Podría ser una buena razón para indagar en nuestro interior y ver qué es lo bueno que tenemos o que hacemos.
Comenzar a descubrir y valorar nuestras características personales que, en su conjunto, nos hacen ser únicos. Si nos resulta un trabajo imposible podemos empezar por pensar en lo felices que se sienten los otros al preparar su sorpresa con tanto cariño y cuidado. Seguro que ante este pensamiento una sonrisa asoma a nuestros labios.