viernes, 17 de febrero de 2012

La reforma (psico-socio) laboral


¿Qué curioso que el caso del dopaje de los deportistas españoles y el enfurruñamiento con los franceses casi coincidiera en el tiempo con la aprobación de la reforma laboral del pasado 10 de febrero? A mí que me recuerda a aquello de pan y circo… Sólo que en este caso sea circo para jugar con el pan.
Sin embargo, parece que aún nos queda un poco de cordura y podemos razonar mínimamente para abandonar las maniobras de despiste y centrarnos en lo que, de verdad, nos afecta directamente a cada uno de nosotros. Es cierto que las nuevas medidas, que abaratan el despido, activarán el movimiento en el empleo pero, en mi opinión, no lo mejorará. Lo que parece es que así será una especie de rotación entre periodos trabajando y periodos en la cola del INEM. Visto de esta forma, hasta se podría considerar una medida para la igualdad de oportunidades: primero la miel en los labios y luego al paro…pero eso sí, todos igual.
Si profundizamos un poco más en el asunto nos daremos cuenta de que el despido libre ya existía y en una amplitud más que considerable. ¿Acaso nadie ha sufrido en sí mismo o en su entorno el contrato de obra y servicio? De acuerdo, que este tipo de contratos tiene sus condiciones y limitaciones, como todos, pero en realidad ¿qué es esto sino un despido libre?
¿Y los jóvenes y con sus becas? ¿Qué es eso más que un voluntariado forzoso? Casi nadie contrata sin experiencia y la única manera de conseguirla es mediante una beca. Pero también tienen sus limitaciones, tanto para el tiempo de poder solicitarlas desde que se finaliza la formación como para el tiempo de disfrute de la misma. Y después, ¿qué? “No es suficiente experiencia, buscamos más tiempo”, “una beca no es lo mismo que un trabajo”, “no podemos contratarte porque no cumples los requisitos para poder hacer un contrato en prácticas”, etc.
En el fondo, todas estas medidas están justificadas bajo esa falsa premisa de “¿veis lo que me obligáis a hacer?”; haciendo creer que es la única y absoluta solución, que por otro lado, se vende como eficaz y esperanzadora. Sin contar, por supuesto, que todo es “por nuestro bien”. Se intenta generar, así, un sentimiento de culpa en la sociedad como si de niños traviesos se tratara y tuviera que reparar el desastre el adulto “paciente y razonable” (¡Qué casualidad! Estas expresiones también las utilizan los maltratadores, pero ese es otro tema…).
El resultado de esta reforma llevará, inevitablemente, a un aumento de desempleados pero como ya se avisó parece que así la responsabilidad es menor (ya se sabe, es por nuestro bien). Y es que no hay mejor propaganda que partir de unos niveles ridículamente bajos para asegurarse una mejora y así conseguir una credibilidad insustancial. Es decir, si oficialmente hacemos creer a todo el mundo que partimos de menos uno pero nosotros sabemos que el nivel real es cero, aparentemente, será un gran éxito llegar a uno, ¿o me equivoco?
Y, ¿a la psicología qué le importa todo esto? Desde las áreas de Recursos Humanos se persigue que las empresas funcionen bien y, para ello, se valora sobre todo el capital humano. Se parte de la idea de que la satisfacción de un trabajador aumentará  su motivación, lo que repercutirá, a su vez, en el aumento de la productividad y en los beneficios. La satisfacción de una persona en su trabajo pasa por tener un horario adecuado, unos descansos razonables, vacaciones retribuidas, unas medidas de seguridad que no sólo afectan a la salud física sino, también, a la psicológica; una retribución que no sólo llegue para subsistir, la posibilidad de desarrollarse y crecer profesionalmente dentro de la empresa y de actualizar sus conocimientos, etc.
Con estas disposiciones, lo único que se consigue es que los trabajadores que aún conservan su empleo desempeñen su labor bajo la presión que genera la inestabilidad de que en cualquier momento se pueden quedar sin trabajo. No sólo se trata del estrés que provoca la propia situación sino que, también, repercute en la vida diaria ya que las preocupaciones se trasladan al resto de los ámbitos personales, en especial al familiar y al social.
Por suerte, las necesidades principales o primarias, como satisfacer el hambre o la sed, en este momento y en nuestro país la mayoría de las personas las tienen cubiertas. La necesidad de seguridad, que se sitúa justo en el siguiente escalón, no es nada baladí. En el momento que nos falta nos sentimos indefensos porque no sabemos si podremos hacer frente a determinadas dificultades, que es más que posible, que puedan acontecer. Con los efectos que el estrés y la sobrecarga emocional provocan en la salud.
El valor de los trabajadores es el valor humano, nuestro propio valor. Si no cuidamos de sus necesidades y de su salud, ¿qué esperamos que aporten a la sociedad, es decir, a nosotros mismos?

lunes, 13 de febrero de 2012

No puedo vivir sin ti


Sin ti no soy nada, no puedo vivir sin ti… y un largo etcétera de frases poéticas acude cada día a nuestros oídos. Reconozco que son frases bonitas y que suenan bien. Si alguien nos las dijera nos sentiríamos halagados e importantes.
Aparte de esto, hay un fondo un poco más serio. Estos mensajes dan a entender otros que no son tan saludables como parecen y que se van transmitiendo a lo largo del tiempo y de las generaciones. Son sutiles mensajes de dependencia que nos hacen pensar que sólo seremos felices si tenemos a una persona a nuestro lado que nos quiera y que suspire por nosotros las veinticuatro horas del día. Lo más seguro es que pensemos que somos lo suficientemente inteligentes para darnos cuenta de que no es algo real y que no hay que tomarse al pie de la letra todo lo que oímos.
Bien, ahora pensemos de otro modo. ¿Quién no cree que necesite a su pareja todos los días de su vida y si no se moriría? Esto es lo que ostenta este tipo de letras. La dependencia de los demás. ¿Qué es lo que ocurre entonces con quienes no tienen pareja? ¿Son infelices? ¿Son felices todas las personas que tienen pareja? La verdad es que no hay ninguna pregunta que tenga una respuesta única, exacta y verdadera. Unos sí y otros no.
No podemos delegar una responsabilidad que es nuestra en los demás. ¿Qué derecho tenemos a asignarles la tarea de hacernos felices? Es algo totalmente injusto. Si nos ponemos en el lado de la pareja y sentimos esa obligación de hacer feliz al otro, nos da vértigo. No es algo que dependa de nosotros. Sólo contribuye a presionarnos y sentir que caminamos sobre una cuerda floja sin red debajo.
Somos nosotros mismos los que nos damos la felicidad o nos la quitamos. Evidentemente, somos seres emocionales y determinados acontecimientos nos producen una alegría inmensa o una tristeza infinita. Esto es lo normal. Lo contrario sería problemático, el no sentir. Debemos conocer cuál es la causa de nuestras emociones y, ésta es, la interpretación que hacemos de lo que vivimos o de lo que nos sucede. Una interpretación adecuada de los acontecimientos es lo que nos permite vivir a gusto con nosotros mismos. Ver que somos personas independientes, capaces de arreglárnoslas solos es lo que, de verdad, nos hace estar bien.
Amor tóxico
Sentirnos seguros de nosotros mismos sería la  premisa de la que deberíamos partir para estar junto a otra persona. Las relaciones no se basan en dependencias. Al menos, esa no es la razón por la que deberíamos tener una pareja. La verdadera razón es el compartir. Querer hacer partícipe al otro de nuestra felicidad. Dar lo mejor de nosotros. Si queremos a alguien tanto como para morirnos, ¿por qué no íbamos a desearle lo mejor? Si una persona recibe lo bueno de nosotros también se esforzará por darnos lo mejor de sí misma.
Otra de las características de estas letras de canciones es el efecto que produce en las personas más frágiles, los adolescentes. Ese conjunto de hormonas revolucionadas y a punto de estallar. Los adolescentes están en un estado continuo de hipersensibilidad. Todo lo que viven les afecta en unas dimensiones muy por encima de lo normal. Todo es decisivo para ellos. Así que, si constantemente reciben este tipo de mensajes, acabarán reafirmando su idea de que necesitan una pareja y unos amigos que no les abandonen nunca. A esa edad están formando su identidad y ésta se limita prácticamente a su entorno de amistades y pareja. De ahí todas las promesas que se hacen de amistad y amor eternos. Unido a las canciones de los grandes ídolos tenemos la fórmula magistral. No es la primera vez que una chica o un chico amenaza con suicidarse, si su pareja le deja, porque es lo más importante de su vida.
Si en los adolescentes vemos tan claro que esto no es así, ¿por qué no somos capaces de aplicárnoslo a nosotros mismos? ¿Nos consideramos más maduros y pensamos que nuestra vida es más importante que la suya?
Con la edad nuestras emociones se estabilizan pero sigue quedando esa idea grabada en lo más profundo de nuestra mente. Por eso, la explicación se reduce al miedo a la soledad. Pensar que la vida es larga y vivirla sin compartir es duro. Pero si, realmente, estamos satisfechos con lo que somos y tenemos, no necesitaremos a nadie en quien depositar nuestras inseguridades y el miedo a la soledad. De hecho, será mucho más fácil encontrar a alguien con quien recorrer un largo camino y compartir todo lo bueno que tenemos para dar.

viernes, 3 de febrero de 2012

Lo que me preocupa


Pasamos demasiado tiempo preocupándonos por nuestros problemas. Dándoles más importancia de la que verdaderamente tienen. ¿Acaso importan más nuestros pequeños pesares que todo lo que nos agrada y nos hace sentir bien?
Ya sé que la situación personal de cada uno es la más importante. ¡Por supuesto! Pero, si reflexionamos por un momento y hacemos balance poniendo en un lado lo bueno que nos acompaña y, en el otro, nuestras preocupaciones estoy segura de que ganaría por mayoría lo positivo ante lo negativo. Es probable que en algunas ocasiones tengamos rachas de mayor o menor fortuna pero, en general, si somos objetivos, podemos agarrarnos a infinidad de cosas buenas que llenan nuestros días.
Para darnos cuenta de todo esto lo principal es que sepamos pararnos a reflexionar por un instante. Normalmente actuamos por inercia y ésta es la que nos lleva a perseguir nuestras preocupaciones como si tratásemos de perseguir nuestra propia sombra.
Nos levantamos cada día pensando lo que tenemos que hacer y funcionamos como autómatas siguiendo nuestra rutina. Hacemos nuestros quehaceres diarios porque tenemos que hacerlo y, cuando acabamos, nos encontramos con más y más. En el momento que aparece un suceso que se sale de nuestra rutina no sabemos cómo hacerle frente y nos agobiamos. Si ocurre algo bueno no sabemos disfrutarlo y pasa ante nosotros sin que le prestemos la menor atención pero si es algo negativo entonces sí que descabalará nuestro ritmo habitual. Necesitamos asumirlo y afrontarlo porque hasta que no lo resolvamos seguirá ahí y por eso nos quita el sueño, no nos deja pensar en nada más, nos desconcentra y nos desconcierta. Nos ponemos nerviosos  y dejamos de actuar de forma racional porque nos dejamos llevar por la estela de la preocupación. Nos esforzamos por dedicar tiempo y energías a un bucle infinito del que no sabemos salir. Y es que, sin querer, nos hemos colocado en el camino entre el problema y la solución y, por eso mismo, nos la tapamos.
Si por un momento nos apartamos de ese camino y vemos todo el trayecto nos daremos cuenta de que centrándonos en lo que nos pasa no llegaremos a ningún lado. Debemos jugar con todos los elementos de que disponemos para hacernos una composición de lugar. Hemos analizado más que suficientemente el problema que tenemos pero la cuestión es si sabemos definirlo correctamente. Es decir, ¿nos preocupan los detalles con que nosotros mismos hemos ido adornando el problema o nos preocupa el núcleo del mismo?
Es importante tener claro qué es lo que tenemos que resolver porque en función de esto podremos avanzar. La única manera de continuar es planteando alternativas y diferentes formas de resolver la situación. Hasta que no lleguemos a este punto no podremos descansar porque seguiremos enganchados en la “no-solución”. Una vez que nos pongamos en marcha las alternativas para resolverlo saldrán una tras otra porque ya no nos sentiremos bloqueados. Veremos que existe un final para esa situación que nos está causando malestar.
Después, ya sólo nos queda elegir la alternativa que consideremos más efectiva y llevarla a la práctica. Si nos equivocamos simplemente habremos descartado una opción y podremos probar con otra. Es muy difícil acertar a la primera, sobre todo, ante situaciones nuevas. Con la experiencia y poniendo en práctica multitud de recursos y alternativas es como seremos capaces de tener éxito. La clave es el “ensayo-error”. Al igual que nadie aprendió a caminar sin caerse, es muy difícil que consigamos resolver una situación compleja a la primera. Por eso no debemos venirnos abajo con los fallos que cometamos sino aprender de ellos para adquirir destrezas que nos ayuden en otras ocasiones.
Darnos por vencidos ante el menor contratiempo propiciará un abandono prematuro y nos cerrará la puerta para disfrutar del placer de resolver el problema y ver cómo se aleja. Es más, lo que ocurrirá es que cada vez que suceda algo parecido agacharemos la cabeza y nos esconderemos; de manera que nuestra ansiedad irá en aumento y nuestra vida se irá llenando de pequeños y grandes agobios que nos impiden disfrutar de lo que realmente merece la pena.

viernes, 6 de enero de 2012

De bien nacidos es ser agradecidos



Navidades, cumpleaños, bodas, bautizos, comuniones, despedidas, bienvenidas, San Valentín…Nos pasamos la vida haciendo regalos y recibiéndolos. Nos rompemos la cabeza pensando cuál será el adecuado y el que realmente sorprenda. A veces, lo hacemos por compromiso o por obligación y, es entonces, cuando casi nunca acertamos y damos muchas más vueltas para encontrarlo. La publicidad consumista nos delimita fechas y crea necesidades que la mayoría de las veces no son reales. Se fomenta que seamos detallistas, incluso nosotros valoramos que una persona sea detallista. Pero, alguien con estas características, no tiene por qué ser quien haga el regalo perfecto.
Esto tiene que ver con las habilidades sociales. Se refiere a determinados comportamientos que alguien tiene y, sobre todo, que despiertan sentimientos positivos en los demás. Podemos definir a una persona detallista como alguien que siempre recuerda gustos, fechas y datos que para los demás son importantes. Alguien que hace ver a los otros que son importantes, que realiza cumplidos y muestra otro tipo de detalles que son tan valiosos o más que un regalo. Son gestos afectivos que nos hacen sentir bien.
Al igual que dar y tener detalles es una habilidad social que, muchas veces, nos atrevemos a exigir de los demás, el saber recibir es otra habilidad social no menos importante. Quizá pueda parecer una tontería porque es estupendo que nos regalen cosas o que nos digan palabras bonitas. Y puede que, a veces, tengamos ese deseo infantil de cumplir años para recibir regalos o que lleguen las navidades para que los Reyes Magos nos llenen el zapato. Sin embargo, hay muchas personas que no saben recibir regalos o se sienten incómodos y no saben cómo comportarse ante esta situación. Pensemos en las veces que hemos tenido un verdadero detalle con alguien. Esas ocasiones en que compramos una flor o unos bombones, escribimos una carta, nos aprendemos la canción preferida de alguien, preparamos una cena especial... Sabemos que a la otra persona le va a gustar y nos imaginamos la cara y la sonrisa de ese amigo, familiar, pareja, etc. cuando se lleva la sorpresa. Nos sentimos bien y nos sentimos felices porque nuestra intención es decirle a alguien que nos importa. Nos sentimos bien porque imaginamos que vamos a sorprender al otro.
El problema es cuando la sorpresa no es tan agradable para el receptor. En realidad sí lo es pero, es posible, que se sienta abrumado. Puede que no esté acostumbrado porque su historia de vida no se caracteriza por una abundancia de detalles y/o gestos afectivos. Y, sobre todo, la creencia de no ser merecedor de tal recompensa. Podemos sentir que no hemos hecho nada y no nos lo hemos ganado, que es demasiado para nosotros. Incluso, que si los demás creen que lo merecemos es posible que les estemos engañando porque no nos ven como somos realmente. Es similar a cuando nos hacen un cumplido y creemos que lo dicen por decir o por quedar bien pero en realidad no estamos tan guapos como nos cuentan. Esto es reflejo de una baja estima y un pobre concepto hacia uno mismo. Además de seguir pensando que no somos merecedores, nos fijamos una expectativa imposible de cumplir. “Ya que nos han demostrado lo importantes que somos vamos a demostrar que así es”. Sería una buena solución si no incurriéramos en una paradoja. “No creemos que hagamos las cosas bien o que seamos tan buenos pero ya que los demás creen que así es voy a demostrar que es verdad”. No se lo tenemos que demostrar a nadie porque son los otros quienes nos lo están diciendo. Somos nosotros mismos quienes nos lo tenemos que creer. Si el problema está en el concepto negativo que tenemos de nosotros mismos por más cosas que hagamos no va a cambiar. Sólo lo hará si cambiamos la valoración que hacemos de nuestros actos y de nuestras capacidades para acercarnos más a la realidad.
En definitiva, si construimos un concepto más positivo sobre nuestra persona. ¿Por qué no vamos a merecer que nos traten bien y nos den muestras de afecto? Si alguien lo hace tendrá sus motivos y verá en nosotros cualidades, aspectos y virtudes que le gustan. Podría ser una buena razón para indagar en nuestro interior y ver qué es lo bueno que tenemos o que hacemos.
Comenzar a descubrir y valorar nuestras características personales que, en su conjunto, nos hacen ser únicos. Si nos resulta un trabajo imposible podemos empezar por pensar en lo felices que se sienten los otros al preparar su sorpresa con tanto cariño y cuidado. Seguro que ante este pensamiento una sonrisa asoma a nuestros labios.

martes, 20 de diciembre de 2011

La importancia de tener una buena red social… real.


Hace varios años que el término red social llegó a nuestros oídos y la hemos asimilado como algo cotidiano. Habitualmente, utilizamos este concepto cuando hablamos de internet. Sería algo así como un tejido hecho a base de personas las cuales configuran cada punto de unión o nudo. Todos juntos formamos esa red que, por ser de personas, se le atribuye el adjetivo de social.
Pero, hace muchos más años, ese concepto ya se utilizaba para hablar de otro tipo de relaciones que no se basaban sólo en encender el ordenador. Antes del surgimiento y consolidación de la web y sus inventos todos contábamos con una red social que, evidentemente, era mucho más pequeña. En este sentido, la red social funcionaría como la red del funámbulo que protege de las caídas.
No estoy en contra de las redes sociales en internet ni de eso tan moderno que llamamos “web 2.0”. Es más, este tipo de actividades también tiene sus ventajas si se sabe utilizar con un mínimo de raciocinio e, incluso, pueden ser divertidas. De lo que me interesa hablar en este artículo es de los que tenemos realmente cerca.
Todos, o casi todos, podemos decir que tenemos a alguien en quien confiar; a quien contarle nuestros secretos, preocupaciones, alegrías, miedos, y cualquier otra cosa que consideramos importante. Normalmente, es nuestra pareja o los que llamamos nuestros mejores amigos. Pero no sólo contamos con estas personas. También, está nuestra familia más cercana o personas que se encuentran físicamente cercanas a nosotros y que, en un momento dado, nos pueden echar una mano.
Todo esto va formando una especie de anillos concéntricos que forman nuestra red social (real).  En el centro, nos encontramos nosotros y, a nuestro alrededor, el anillo más pequeño, está formado por quienes están más próximos a nosotros. Son los primeros a los que acudimos. Después, están aquellos familiares y amigos con los que no tenemos tanto contacto pero que “están ahí”. También pueden ser nuestros compañeros de trabajo o de otras actividades. Por último, están las otras personas que conforman nuestro entorno y con las que no tenemos una relación muy cercana como son los conocidos, vecinos, otros compañeros de trabajo, etc.
 Esta red nos protege, a veces incluso, de nosotros mismos. Se suele decir que tener una adecuada red social (real) es como la protección del sistema inmunológico ya que ayuda a que nos encontremos bien. No sólo son los favores o cuidados físicos y tangibles que pueden procurarnos estas personas sino, también, el hecho de compartir todo aquello que es importante para nosotros.
Imaginemos cuando tenemos un problema o estamos agobiados, cómo nos sentimos. Y cuando nos ha ocurrido algo realmente bueno. Muchas veces sentimos que vamos a explotar si no se lo contamos a alguien. Las alegrías se llevan muy bien en soledad pero lo negativo puede afectar a nuestra salud mental. Por ejemplo, muchas personas deprimidas se acaban aislando de su red social y su depresión se incrementa porque no hablan con nadie, ni salen, ni hacen actividades agradables (solas ni en compañía), ni sus allegados pueden ayudarlas porque no se dejan. Paulatinamente, van perdiendo el contacto con los que se preocupan por ellos y acaban encerrados en sí mismos soportando su propio dolor como si un alfiler sujetara un elefante.
En la infancia estamos constantemente rodeados de gente y tenemos infinidad de oportunidades de establecer amistad con los iguales. A medida que vamos creciendo, vamos reduciendo nuestras actividades y, con ello, las oportunidades de conocer nuevas personas.
La edad adulta es más difícil aún puesto que mucha gente cambia de residencia, tiene hijos que ocupan la mayor parte de su tiempo y, a veces, sólo cuenta con el trabajo como forma de relacionarse. El contexto laboral no siempre es el mejor lugar ya que no podemos escoger a nuestros compañeros. No suele haber muchos puntos en común, las diferencias de edad pueden ser demasiado grandes y/o los estilos de vida incompatibles.
En la vejez se produce el mayor riesgo de aislamiento y soledad debido a que muchas personas tienen dificultades para desplazarse y comienzan a desaparecer las personas cercanas.
Así pues, es muy recomendable aprovechar y disfrutar cada oportunidad que encontramos para establecer nuevas relaciones sociales puesto que nos fortalece y nos ayuda a desarrollarnos como personas.
Invito a la reflexión acerca de las propias redes sociales de cada uno. Aquellos que conservan sus amistades desde la infancia y adolescencia pueden sentirse muy afortunados. Mantener estos lazos a pesar de los cambios y circunstancias de la vida, muchas veces, es un ejercicio de equilibrismo.

martes, 6 de diciembre de 2011

Deseamos lo que no tenemos


Algunas veces, sentimos un impulso irresistible de poseer aquello de lo que nos encaprichamos, lo cual no es tan raro porque desde que nacemos deseamos lo que no tenemos. Pero, si lo que deseamos está lejos o es algo prohibido, nuestras ganas se exacerban aún más.
El inconformismo es importante porque nos hace esforzarnos y luchar por aquello que nos interesa. Es una gran herramienta para avanzar. Pero, también, nos puede llevar a la autodestrucción. La obcecación que, a veces, nos invade cuando hemos decidido lo que queremos nos puede llevar a realizar conductas arriesgadas que pueden poner en peligro nuestra salud física y/o mental. Por ejemplo, el querer ir a la moda en todo momento o tener lo último en tecnología puede acabar convirtiéndose en una adicción a las compras. Un fanático de los deportes de riesgo puede llegar a poner en peligro su propia vida. Y no sólo esto, la obsesión de querer más poder o más prestigio puede hacer que “perdamos el norte” y quedarnos solos después de haber causado mucho daño a nuestro alrededor.
A menudo pensamos que lo ajeno a nosotros es lo bueno y no valoramos lo nuestro… hasta que lo perdemos. Cuando ya no forma parte del entorno que controlamos y en el que nos sentimos seguros es cuando nos arrepentimos y comenzamos a ver todo lo bueno que no vimos antes. Lo mismo nos ocurre cuando por fin poseemos aquello que tanto deseábamos. En seguida pierde todo su atractivo y comienza a no ser tan maravilloso como nos parecía antes.
La novedad es lo que nos oculta esa parte negativa que después aparece ante nosotros con toda claridad. Al igual que los niños que juegan con su pelota y se encaprichan del balón con el que juega su amigo, a los adultos nos ocurre con la ropa, la tecnología, los muebles, los coches … o las personas. La novedad junto con el capricho y la ilusión son la fórmula mágica que nos lleva a ese “egoísmo posesivo”.
La ilusión se acrecienta porque fantaseamos con el hecho de hacernos con nuestro objeto de deseo, con lo que su consecución parece más probable o, incluso, más lícita. En consecuencia, sólo somos capaces de regodearnos en todas las ventajas y, en el momento en que un pensamiento negativo se asoma a nuestra mente, lo eliminamos como si de un mosquito se tratara. Buscamos y planeamos la manera de conseguir nuestro objetivo y si, por casualidad, vemos que éste peligra entonces, intensificamos increíblemente los esfuerzos. ¿Para qué?
En esta vida no hay ganancias sin pérdidas. Muchas veces, conseguir lo que ansiamos nos supone perder una cantidad de recursos materiales o inmateriales que ni nos imaginamos pero que después anhelaremos. La perfección y las excelentes cualidades duran lo que tardan en aparecer los primeros inconvenientes. Esos pequeños detalles que no esperábamos porque tratamos de acallarlos, ahora nos incomodan en ese mundo de perfección que nos hemos creado. Eso significa que ya nos estamos cansando porque nos hemos saciado y comenzamos a compararlo con aquello por lo que lo cambiamos o lo que perdimos en nuestra lucha irracional. Por supuesto, siempre vamos a anhelar lo que perdimos.
El reto personal es lo que nos proporciona realmente la fuerza necesaria mientras que nosotros creemos que es el interés o lo mucho que nos gusta lo que ansiamos poseer. Por eso, una vez conseguido, se pierde toda la magia o la ilusión. Puede que lo disfrutemos durante un tiempo pero, en seguida, ya no resultará novedoso y buscaremos (o ya nos habremos planteado) nuevos retos.
Pero lo que subyace no es sólo ese reto personal de lograr todo aquello que no es para nosotros o la sensación de poder que nos invade al conseguir lo deseado. También está la necesidad de silenciar la inseguridad que nos provoca la rutina. Ver que no nos conformamos con lo primero que se nos pone delante y confirmar que seguimos teniendo un buen criterio y elegimos lo mejor en su momento. Saber que tenemos fuerza de voluntad suficiente para ponernos en marcha en cualquier momento. En definitiva, sentirnos seguros a través de nuestros logros y conquistas aunque ya no lo necesitemos. Así, poniéndonos a prueba, es como nos reafirmamos en nosotros mismos.
Lo malo no es el inconformismo que como tal es lo que nos hace avanzar y crecer. El problema es el no saber distinguir lo que realmente queremos o necesitamos de lo que es un capricho sin fundamento que a la primera de cambio vamos a dejar tirado. Porque los objetos se reparan o se recuperan pero las personas no.

domingo, 6 de noviembre de 2011

Pensamiento crítico


¿Dónde quedaron aquellas clases donde las frases se representaban con letras y símbolos? Según el significado de aquellos símbolos podíamos llegar a la conclusión de si era verdad o mentira lo que analizábamos. La lógica que tan inútil nos parecía no sólo sirve para saber si Aristóteles, como todo humano, era mortal o no. Resulta que acostumbrarse a pensar de una manera lógica nos puede ayudar a ser más seguros e independientes.
Llevar a cabo un razonamiento lógico puede convertirse en algo arduo y tedioso. Pero eso sólo ocurre las primeras 5 ó 10 veces, luego sólo es difícil y, después, sale solo. El problema es precisamente éste, que es difícil de llevar a cabo porque exige mucha atención. Normalmente, no estamos tan interesados en todo lo que leemos o escuchamos como para hacer un análisis pormenorizado. Escuchamos o leemos por encima y nos hacemos una idea vaga. Así, nuestro cerebro va perdiendo práctica y cada vez da más pereza fijarse bien en lo que nos cuentan. Como al final lo que buscamos es la comodidad, esperamos que otros lo hagan por nosotros o depositamos nuestra confianza en los demás por razones más sentimentales o culturales que objetivas.
Normalmente, según nuestras preferencias o valores nos posicionamos en un lado o en otro: todo o nada, blanco o negro, izquierda o derecha, norte o sur, etc. Para infinidad de cuestiones tenemos nuestras ideas ya formadas. Pero, por un ahorro de tiempo o de esfuerzo, la mayoría de las veces nos fiamos de lo que nos dicen aquellos que consideramos afines a nosotros. Suponemos que van a defender lo que nosotros creemos y resulta que acabamos creyendo lo que ellos dicen. Es lo que nos pierde porque en esta parte entran en juego las emociones. Nos implicamos emocionalmente con lo que nos gusta (precisamente por eso nos gusta, porque nos suscita sensaciones y emociones).
Junto con la comodidad, la afectividad, es la otra gran barrera que nos impide pensar muchas veces de forma objetiva. Como nuestros sentimientos son parte de nosotros no nos pueden traicionar, con lo que podemos confiar en lo que hemos elegido. Pero en esta vida no hay nada perfecto y todo es susceptible de cambio. Paradójicamente, los seres humanos nos resistimos asombrosamente a los cambios y nos cuesta bastante esfuerzo adaptarnos.
Así, lo que nos gusta también tendrá aspectos que no nos agradan tanto y lo que no nos gusta es posible que tenga algún aspecto positivo. Esto es bastante obvio y lo reconocemos aunque nos pese. Lo que no es tan obvio es cómo nos explican a nosotros los aspectos positivos y negativos de lo que se nos ofrece.
Lo primero de todo es que no hay aspectos negativos. Criticar lo que nos gusta nos puede ayudar a mejorar. Plantear alternativas o buscar lo que nos demuestre que no tenemos razón sirve para persistir en nuestra búsqueda de lo que realmente es válido para nosotros. Tendremos la seguridad de que lo es porque al indagar y comparar llegaremos a nuestras propias conclusiones. Si nos conformamos con lo primero que aparece nuestra seguridad será mucho menor.
Lo siguiente es que los adjetivos calificativos son las palabras que ocupan la mayor parte del discurso. Para aquello que defendemos serán adjetivos extremadamente agradables y positivos mientras que aquello que rechazamos recibirá adjetivos que reflejen desprecio y lo desvaloricen.
La guinda del pastel llega con las frases circulares como esto es bueno porque es bueno. A veces no se nota porque se emplean frases muy largas en las que la atención se pierde y son imposibles de seguir. Se convierten en una sucesión de palabras encadenadas, y adornadas de adjetivos, que no llevan a ningún lado aunque parezca que sí. Al final, encontramos una retahíla de afirmaciones sin ninguna explicación verdadera y que en la forma se parecen a una serie de argumentos.
En un principio, ponernos a pensar de una manera reflexiva sobre cualquier cosa puede dar pereza pero la práctica hace todo mucho más fácil y rápido. El esfuerzo del principio se ve recompensado cuando nos sentimos capaces de pensar por nosotros mismos. No consiste en ser desconfiado sino en aprender a entresacar las ideas con las que construir nuestro verdadero sistema de valores personales. Esto es lo que nos da independencia a cada uno. Saber que lo hemos elegido y construido libremente nos aporta la seguridad que necesitamos para llevarlo a la práctica en nuestras vidas.