miércoles, 5 de febrero de 2014

Aborto, mujeres, tren de la libertad y derecho a decidir.

El pasado sábado llegó a Madrid el “Tren de la Libertad” para mostrar el rechazo a lo que pretende ser la nueva ley del Aborto en España. El acto surgió de un grupo de mujeres pertenecientes a asociaciones que luchan por los derechos, la igualdad y el respeto hacia la mujer. Como no podía ser menos, también se manifestaron esta vez para preservar el derecho a decidir ante un aborto.

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Perder el derecho a decidir y no poder abortar puede traer graves consecuencias como el abandono o los malos tratos hacia los hijos no deseados.
Lo que sorprende es que la idea partió de mujeres con una media de edad que dista mucho de la edad de procrear. Son mujeres que ya no tendrían ninguna preocupación por este tema porque saben que ya no van a padecer en primera persona los efectos de esta ley. Sin embargo, estas mujeres ya lucharon una vez por conseguir que el aborto no fuera delito cuando sí estaban en edad fértil. Son mujeres que vivieron una época de represión en la que no podían criticar ni oponerse a nada pero que, en cuanto vieron la oportunidad, salieron a la calle a reivindicar sus derechos.
¿Qué les pasa a los jóvenes? Parece que no se respira entre la juventud ese aire reivindicativo ni entre hombres ni entre mujeres. En la manifestación, por supuesto, hubo presencia de los dos géneros y de todas las edades. Pero no deja de ser curioso que quienes llevaron la iniciativa fueran aquellas que ya lucharon una vez por este mismo tema, el aborto, y que consiguieron avanzar en sus derechos.
La experiencia les dice que hay que luchar para conseguir lo que se quiere. En cambio, los jóvenes no tienen esa experiencia. Seguramente ese día algunas mujeres estaban intentando sobrevivir a sus malas condiciones de trabajo o buscando un empleo o, bien, estaban demasiado ocupadas con sus móviles de última generación o con el programa de cotilleos de la televisión. Otras sí que se lanzaron a la calle.
El motivo de la pasividad es que la vida para ellas (y ellos) no ha sido una continua lucha y están acostumbrados a que las manifestaciones se hacen a posteriori, cuando ya ha pasado algo, como los atentados de eta. Y si se manifiestan por un objetivo se topan con la ignorancia y la indiferencia más absoluta como fue el caso de la guerra de Irak. Con lo cual la experiencia no es muy fructífera para los jóvenes.
No obstante, el tema del aborto no se puede tomar a la ligera porque trata de reducir a la minoría de edad o a la incapacidad a las mujeres. Si dejan de manifestarse por considerar que no es efectivo callarán y callando no les quedará más remedio que aceptar lo que les imponen. Las madres y las abuelas no van a estar siempre para defenderlas y, antes o después, tendrán que tomar las riendas de la lucha por su independencia.
El estado de indefensión en el que se encuentran les lleva a creer que no pueden hacer nada por cambiar la situación. De esta forma, se colocan desde el primer momento en una posición de sumisión de la que es muy difícil salir. Así, sumisas y sin facilidades para conciliar su vida laboral con la familiar se verán en la encrucijada de elegir y renunciar a una parte de su vida. Si esta elección entre ser madre y trabajar ya es algo excluyente en multitud de ocasiones ahora, con la ley del aborto, puede convertirse en una auténtica condena. Tener hijos en las condiciones que sean es contraproducente porque puede incrementar el maltrato hacia los hijos por la frustración que se puede acumular en las madres (e, incluso, en los padres).
La ley del aborto no es más que una idea religiosa convertida en tabú por creer que la eugenesia es algo malo. Existe una diferencia importante entre tener hijos a la carta, posible en las clínicas privadas para quienes se pueden permitir pagar altos precios por sus servicios; y la eugenesia que trata de evitar el sufrimiento a las propias personas y a quienes se encargarán de cuidarlas el resto de sus vidas.
Cuando hablamos de aborto hablamos de los hijos no deseados que pueden acabar abandonados, de los hijos con deficiencias leves que pueden llegar a tener una vida normal o no y de hijos con deficiencias muy graves que podrían estar prácticamente toda su vida en estado vegetativo. Muchas personas que entran en este estado por causa de un accidente o de una enfermedad preferirían la eutanasia ante esta situación, cosa que la religión cristiana tampoco permite.
Así pues, tanto con el aborto como con la eutanasia, nos encontraremos en una situación de gran sufrimiento que no podremos remediar ni antes ni después pero que mantendrá ocupada a buena parte de la población sin protestar.

miércoles, 29 de enero de 2014

La primera impresión es la que cuenta según el efecto halo

Todos hemos oído eso de que la “primera impresión es la que cuenta”. Y todos, también, estamos de acuerdo en que esto se refiere a los prejuicios y, por eso, no debemos hacer caso de semejante expresión. Consideramos que es una equivocación el hecho de juzgar por la primera impresión porque para emitir un juicio certero y justo primero tenemos que conocer toda la información que rodea a la persona.
Pero, la verdad, es que en la vida cotidiana sí cuenta y mucho. Tanto que puede llegar a predisponer el posterior desarrollo de los acontecimientos. El sesgo de la primera impresión se llama “efecto halo” y consiste en quedarnos sólo con aquello que nos llama la atención de una persona en el momento que la conocemos. A partir de ese momento atribuimos unas características personales que le suponemos basándonos en eso que nos llamó la atención. Es decir, generalizamos la impresión que nos causa un solo detalle.
La primera vez que alguien habló del efecto halo fue Edward L. Thorndike, un psicólogo estadounidense del siglo pasado que se basó en sus investigaciones en el ejército. En estas investigaciones descubrió cómo cada oficial evaluaba a sus subordinados en bloque; no se fijaban en aspectos específicos sino que los calificaban, en general, en un sentido positivo o negativo.

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En los primeros diez segundos ya nos hemos formado una primera impresión acerca de la persona que tenemos delante.

Es muy difícil escapar de la primera impresión ya que no nos hace falta tener un contacto con otra persona más de diez segundos para formarnos una idea general sobre ella. Y con esa idea vamos a valorar el resto de su actuación. Si alguien nos causa una buena impresión en esos escasos segundos todo lo que sepamos y descubramos sobre ella irán en la dirección positiva y aquello que no nos gusta lo obviaremos. En cambio, si alguien no nos causa buena impresión, interpretaremos todo lo que veamos después según ese concepto negativo que nos formamos.
Por eso, es tan importante causar una buena impresión cada vez que acudimos a lugares desconocidos, a entrevistas de trabajo o a sitios donde nos puedan evaluar y de ello dependa nuestra aceptación posterior (como la familia política) o, incluso, nuestro futuro (un puesto de trabajo).
Pero el causar una buena impresión no significa que tengamos que engañar a nadie ni aparentar ser quienes no somos. En la mayoría de las ocasiones lo que hacemos es intentar sacar lo mejor de nosotros mismos y realzar nuestras mejores cualidades. Así, solemos ir con una actitud positiva, con una sonrisa en la cara evitando pensar en lo nerviosos que estamos y con un aspecto físico arreglado o adecuado a las circunstancias.
La cuestión es que para poder demostrar esos aspectos positivos que tenemos, por lo general, necesitamos más de diez segundos y que nuestro aspecto no prime por encima de nuestra forma de ser. Lo mejor sería intentar ser neutros en la apariencia cuando no queramos que se nos juzgue por el aspecto y nos den la oportunidad de demostrar nuestras virtudes.
La neutralidad o el dar a conocer sólo lo mejor no es un engaño. Sabemos que nadie es perfecto y que todos tienen sus cosas buenas y sus cosas malas, así que si en una primera impresión vemos muchas cosas que no nos gustan pensaremos que lo que nos queda por descubrir puede ser “para echarse a temblar”. Sin embargo, resaltando los rasgos positivos nos fijaremos en ellos y supondremos que, como todas personas, también tendrá “sus cosillas” pero no que no serán excesivamente importantes. Es decir, que ya estamos preparados para asumir los defectos sin necesidad de verlos.
Como es obvio, antes o después saldrá nuestra auténtica manera de ser con todas sus virtudes pero también con todos sus defectos y entonces será cuando veamos de verdad a la persona que tenemos delante. Además, con el paso del tiempo y el contacto frecuente igual que nos acostumbramos a ver a esas personas también las relacionamos con las emociones que nos producen, desde alegría a asco pasando por la indiferencia, independientemente del tipo de relación y/o la distancia que mantengamos con esa persona.
El hecho de tener en mente esa primera impresión como algo bueno significa que seremos más tolerantes y le daremos menos importancia, a menos que sean auténticas barbaridades. En este caso, nuestra primera impresión podría verse ensombrecida por completo y perder todo el valor.

miércoles, 22 de enero de 2014

Identidad virtual o quiénes decimos ser

¿Realmente somos quienes decimos? Nuestra identidad virtual no tiene por qué ser la misma que nuestra identidad en la vida real. El mundo virtual tiene unas características completamente distintas a las del mundo físico.
En el mundo físico nos relacionamos con personas que están presentes en el mismo lugar que nosotros pero en el mundo virtual podemos contactar con cualquier persona del mundo que tenga internet.
Cada uno de nosotros tiene una personalidad que le distingue y le hace único. Esta personalidad es un conjunto de rasgos que nos llevan a comportarnos y a pensar de una determinada manera. Podríamos decir que nuestra personalidad es cómo somos.
Además, nuestra historia de vida, nuestras ocupaciones diarias y quienes nos rodean son parte importante a la hora de definirnos. Todo esto, en su conjunto, nos da un concepto de cómo y quiénes somos que es nuestra identidad.
Sin embargo, la identidad virtual es mucho más concreta. Se basa en momentos particulares que son aquellos en los que estamos conectados a la red. Así, podemos crearnos una identidad virtual que no tiene nada que ver con nuestra personalidad ni con nuestra identidad en el mundo físico. Esto es posible por el anonimato que da internet. Desde esta posición podemos hacer multitud de cosas buenas y malas que no nos atreveríamos a hacer delante de un público que puede criticarnos o que puede enfrentarse a nosotros.
En internet esto es distinto. Nadie tiene por qué contactar con nosotros físicamente y podemos decir o hacer todo lo que queramos sin miedo a ser criticados, censurados, o rechazados. Si a alguien no le gustamos es muy posible que ni siquiera nos demos cuenta porque no se tomará la molestia de decírnoslo y, tampoco, veremos su actitud hacia nosotros. La vergüenza es menor pero, también, puede ser menor la moralidad.

identidad virtual
Podemos invertar cientos de identidades virtuales en la red.
Otro aspecto es la disponibilidad y la cercanía de oportunidades. Podemos utilizar internet y nuestra identidad virtual para todo lo que queramos porque se nos ofrecen todas las posibilidades a un solo clic. Por eso, están tan de moda las redes sociales como Linkedin, Twitter, Google+Facebook, Badoo, etc. Estas plataformas se utilizan, especialmente, para hacer contactos profesionales, buscar nuevos amigos, encontrar una pareja o tener sexo gratis (o, al menos, intentarlo).

Las identidades virtuales tienen su origen en las comunidades online de juegos en red o de chats y en los juegos de avatares como los Sims en los que podíamos dotar de personalidad y de vida propia a un personaje. Esta vida acaba siendo una expresión de cómo nos gustaría ser y el tipo de vida que querríamos tener sin los inconvenientes que nos encontramos en la vida real. Es el espacio donde podemos expresarnos sin miedo y sin obstáculos.
 Construirse una identidad virtual, bien utilizada, sirve para crearnos una reputación en la red. Esto nos sirve para dar a conocer nuestras capacidades y promocionar lo que mejor sabemos hacer. Aunque parece paradójico, el anonimato nos da seguridad al mostrar esta nueva identidad virtual. Si ganamos popularidad podemos llegar a tener una cierta relevancia en internet que, bien aprovechada, nos puede aportar muchos beneficios.
Sobre todo, en el ámbito laboral, lo ideal sería trasladar esta identidad y esta reputación hacia el mundo físico. Tratar de relacionarnos de una manera más cercana con esos contactos que hemos creado y tratar de demostrar lo que realmente valemos.
El riesgo que tienen las identidades virtuales es que podemos terminar por confundir nuestra verdadera identidad y dejar de lado nuestra vida real. Cuanto más tiempo pasamos conectados a internet menos tiempo pasamos con las personas de carne y hueso. Y distanciarnos de nuestra red social física supone aislarnos. Si cada vez nos separamos más puede que provoquemos que desaparezca y en el momento que nos quedemos sin conexión nos veamos solos en el mundo.
Lo mejor es integrar nuestras dos identidades para sacarles el máximo partido y construir una identidad personal que saque lo mejor de nosotros.

miércoles, 8 de enero de 2014

De vuelta a la rutina que tanto añorábamos

La rutina es esa de la que escapamos en cuanto podemos. La rutina también es esa que hace que los días parezcan interminables. Sin embargo, después de tantos días de fiestas y excesos muchos ya estaban deseando volver a sus vidas rutinarias y aburridas.
Es cierto que nos gusta escapar de la rutina como, también, nos gusta cambiar de aires y desconectar de nuestro día a día. Por eso, aprovechamos cada ocasión que nos surge para hacerlo marchándonos a otros lugares o alterando todos los horarios del día cuando estamos exentos de nuestros quehaceres diarios. Nos gusta y deseamos que lleguen estos periodos de tiempo tan fervientemente porque no es lo habitual. Consideramos que son días especiales y procuramos hacer planes alternativos o realizar todo eso que tanto nos gusta pero que vamos dejando para cuando tengamos tiempo.
Lo que ocurre es que en épocas como las navidades hacemos demasiados planes porque creemos que los días nos darán mucho más de sí y que sólo es cuestión de organizarse para poder hacerlo todo. Pero no contamos con las visitas sorpresa, con las reuniones sociales inesperadas, con las compras de última hora, en fin, con los imprevistos y con el tiempo que necesitaremos para descansar de tanto ajetreo.
Aprovechamos a disfrutar de los días sin pensar en nada más, dejándonos llevar por el momento y lo que surja porque hemos decidido que estos días son de vacaciones, incluso, aunque en realidad no las tengamos.

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Si no llevamos una rutina diaria saludable nuestros ritmos biológicos acaban por alterarse
y comenzamos a sentir malestar.





                 Sin embargo, en la misma medida que disfrutamos nuestro cuerpo se altera y se desestabiliza. Por mucho que nos cueste reconocerlo, nuestros organismos necesitan de las rutinas para funcionar correctamente. Estas rutinas son lo que llamamos ritmos biológicos que regulan nuestro sistema nervioso y endocrino.
Nuestro organismo está habituado a seguir unos horarios de sueño, trabajo, comidas, descanso, etc. Cuando llegan estas fechas nos lo saltamos y tenemos un ritmo de vida muy irregular ya que no comemos a la misma hora casi ningún día, tampoco dormimos el mismo número de horas y, además, las que dormimos son insuficientes lo que acumula cansancio en nuestro cuerpo. Se alteran los horarios y el volumen de trabajo tanto para aumentar como para disminuir. Y quienes viven lejos de sus casas y se trasladan a sus lugares de origen para pasar las fiestas, además, tienen que adaptarse a un nuevo lugar con sus rutinas y costumbres diferentes.
Todo hace que nuestro organismo sufra. La comida excesiva y, normalmente, pasada de calorías hace que nos sintamos hinchados y saturados. A medida que pasan los días sentimos la necesidad de cambiar nuestra alimentación y tomar alimentos más ligeros como verduras o caldos. Pero, al ver los manjares sobre la mesa, nos dejamos llevar por la gula y acabamos de nuevo empachados de comida que nos sube la tensión, nos engorda, nos aumenta el colesterol y el azúcar en sangre, etc.
Además, por un motivo u otro casi siempre nos vamos tarde a la cama aunque tengamos que madrugar. Pensamos que es un esfuerzo que vale la pena y que ya tendremos tiempo de descansar. En cambio, el sueño que perdemos no lo recuperamos y nuestro sistema endocrino se altera entrando en un bucle de insomnio, cansancio y malestar general.
Esta es la razón por la que no somos capaces de pasar mucho tiempo rompiendo nuestra rutina. Necesitamos un orden no sólo para nuestro día a día sino para nuestra salud. Por eso, cuando nuestro cuerpo nos está pidiendo un cambio debemos escucharlo. Probablemente necesitemos ese cambio para ajustarnos, tanto si es para romper con esa rutina aburrida por un periodo corto de tiempo como si es para volver a ella.
A pesar de los excesos y todo lo que castigamos nuestro cuerpo y nuestra salud, tenemos a nuestro favor que este tipo de ritmos se vuelven regulares con cierta facilidad siguiendo una rutina adecuada. Así que, ahora que ya han pasado las fechas de los excesos, podemos retomar esa rutina que ya echábamos de menos y desintoxicar nuestro organismo para comenzar el año con las pilas cargadas.

miércoles, 25 de diciembre de 2013

Balance de fin de año

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Al llegar el fin de año echamos la vista atrás para valorar nuestros últimos 365 días.
Nos encontramos en fin de año e, inevitablemente, nuestra memoria viaja a otros días que parecen lejanos pero que no lo son en absoluto. Muchos de nosotros diremos eso de que parece que fue ayer cuando estábamos brindando con nuestra familia, comiendo las uvas e intentando no atragantarnos a partir de la sexta o séptima.
Ya sea por las campañas publicitarias que buscan tocar nuestro lado más sensible o bien por nosotros mismos, es cierto, que cuando llegan estos días todos echamos un vistazo a lo que ha sido nuestra vida a lo largo de los últimos trescientos sesenta y cinco días escasos. Valoramos si hemos cumplido todo lo que nos propusimos y nos reímos de muchas de esas promesas que hicimos y no cumplimos como el hacer más deporte o el dejar de fumar. Nos fijamos si hemos cambiado mucho físicamente y si los acontecimientos nos han dejado muchas huellas en el corazón, ya sean heridas o preciosas adquisiciones que no tienen por qué ser materiales.
Los seres humanos medimos el tiempo en tramos. Tenemos las unidades de media del tiempo objetivas y organizamos los días, las semanas, los meses y los años. Pero también existen otras etapas más amplias como la adolescencia, la edad, adulta o la vejez. Así, cada cierto tiempo nos paramos y echamos la vista atrás para ver lo que ha sido de nuestra vida.
Al llegar el fin de año, sin darnos cuenta, algún pensamiento del tipo: “¿Qué estaba haciendo yo hace un año?” o “Y pensar que hace un año estaba así...”. Sin duda, es una evaluación importante aunque no le veamos más sentido que la simple curiosidad.
A través de lo que nos propusimos y vivimos nos evaluamos y determinamos si ha merecido la pena el último año y si nuestra vida a sido satisfactoria de verdad. Así calificamos nuestra autoimagen y reforzamos nuestra autoestima, o no.
Si hemos salido airosos de nuestra evaluación entonces nos sentiremos a gusto con nuestra persona, nos marcaremos nuevas metas, crearemos proyectos y mantendremos vivas nuestras ilusiones. Si, por el contrario, decidimos que, más o menos, hemos perdido el tiempo entonces tendremos muy pocos momentos reseñables de este último período y nuestra autoestima se verá comprometida. Tal es así que podemos llegar a sentirnos deprimidos.
Pero, ¿qué hacer si creemos que el último año no hemos hecho nada que nos satisfaga? Lo primero de todo es analizar en profundidad qué es lo que menos nos ha gustado o cuál es la actitud que más nos reprochamos. Reflexionaremos si realmente nos hemos dejado llevar por la pereza, por las circunstancias o porque nos hemos fijamos unas metas poco reales o que no nos interesaban.
Saber lo que queremos no siempre es fácil pero no debemos tirar la toalla por ello. Buscaremos en ese mismo año las cosas que hicimos y no habíamos previsto o los momentos que nos hicieron felices. A veces serán acontecimientos que no podemos repetir o que surgen de la casualidad pero en otras ocasiones quizá nosotros tuvimos un papel relevante en los hechos. Ése es el momento con el que nos tenemos que quedar. Analizarlo y ver qué fue lo que pasó y cómo lo supimos afrontar o cómo gestionamos nuestras capacidades para sacar lo mejor de nosotros mismos.
Puede que esto nos dé una idea para el futuro de lo que podemos alcanzar si nos lo proponemos. Integrando nuestras mejores capacidades con aquello con lo que disfrutamos es mucho más fácil imaginar otras oportunidades parecidas. De esta forma nuestra autoestima no se verá tan castigada como si lo único que vemos del último año es negatividad.
Además, podemos hacer un repaso a los que creemos que fueron los errores más grandes que cometimos y tratar de buscar una solución a próximas situaciones parecidas que se nos presenten. Existe pocos problemas que no tienen una solución definitiva y, aún así, podemos tomar decisiones para tratar de afrontarlos de una manera más positiva sin necesidad de castigarnos por ellos.
De esta manera podremos afrontar los próximos trescientos sesenta y cinco días con una buena autoestima que nos dará ilusión y fuerzas suficientes para sobreponernos a las posibles barreras que encontremos.
¡Feliz año nuevo 2014!

miércoles, 18 de diciembre de 2013

Navidad y familia, una mezcla peligrosa.

Llegan estas fechas de encuentros con la familia, sonrisas, buenas caras, felicidad, alegría y buen humor. La Navidad es una época en la que parece que nos volvemos mejores personas pero no sabemos por qué. Parece que aún seguimos creyendo que los Reyes Magos nos van a dejar un regalo en el zapato si somos buenos o una piedra de carbón si nos portamos mal.
Desde pequeños nuestra familia y los adultos que estaban a nuestro alrededor nos inculcaron esto mismo, que en Navidad hay que ser buenos porque alguien nos está vigilando. En realidad, era todo el año pero como se nos olvidaba procurábamos hacer un esfuerzo en los días de Navidad.
Además, la sociedad se encarga de sensibilizarnos con su publicidad apelando a la solidaridad y tentándonos para hacernos socios de aquí o de allí. Y todo, porque entendemos que estas fechas son para estar en familia. Nuestra cultura aún tiene unas raíces profundas en la tradición cristiana y es esa cultura la que nos insta a juntarnos con los nuestros, tanto si los queremos como si los odiamos.
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En Navidad es cuando la familia se reúne pero no siempre reina la armonía.
Las familias que se llevan bien no necesitan ninguna excusa para juntarse puesto que cualquier día es bueno. Quienes viven en la distancia aprovechan estas fechas por comodidad. Y quienes mantienen las distancias, aun viviendo en la misma área geográfica son los que se ven forzados un año tras otro a mantener reuniones obligadamente cordiales que no siempre acaban bien.
Y es que la predisposición negativa en este último caso es la que nos lleva a mantener una actitud defensiva antes, incluso, de ver a nadie. Llevamos pensando durante días o semanas que llega el momento ineludible de juntarse con la familia otra Navidad más. Pensamos que no nos apetece, que tenemos que aguantar a tal o cual persona y en nuestra mente ya visualizamos todos aquellos detalles que nos sacan de quicio. Así que poco a poco nos creamos un estado de alarma que puede saltar con sólo oír la respiración del “enemigo”.
Pero no sólo es la predisposición con la que acudimos a la reunión familiar. Esto lo llevamos con nosotros pero, además, buscamos un remedio para que nos haga más soportable el encuentro. ¿Y qué es lo que más nos gusta y más a mano tenemos en estas fechas? El alcohol.
La Navidad es comúnmente una fecha de excesos en todos los sentidos y, queramos o no, nos encontramos mucho más sensibles por el estrés de los preparativos por la anticipación de las reuniones con la familia, los regalos, etc. Así que cuando llega el momento decidimos disfrutar de lo bueno que tenemos en la mesa. Y tanto disfrutamos que nos pasamos. Cuanto más comemos más necesitamos beber y si nos gustan las bebidas con graduación tampoco nos cuesta mucho vaciar las copas.
A medida que nos sentimos más achispados más se nos suelta la lengua hasta que nos pasamos con las gracias o reventamos porque ya no podemos soportar las de los demás. De pronto surge el momento de la discusión, con lo que ya podemos decir aquello de: “Otra vez igual, todos los años lo mismo”, “El año que viene no contéis conmigo”.
Todo se puede evitar reflexionando si de verdad nos apetece celebrar la Navidad con nuestra Familia. No existe ninguna ley que lo diga y nadie nos va a castigar si no lo hacemos. Es mejor evitar determinados encuentros que pagar las consecuencias durante semanas o meses.
Si aún así no podemos evitar estas celebraciones lo mejor será que vayamos con una predisposición neutra si no puede ser positiva. Cambiaremos el interpretar cada comentario como si fuera una ofensa hacia nuestra persona por una actitud más activa e intentaremos mantener conversaciones neutras o con puntos positivos en común. Existen otros temas de conversación además de la política y el fútbol. Si alguien no sabe perder a las cartas quizá haya que cambiar de juego o de actividad. Y por supuesto, intentaremos controlar la ingesta de alcohol en grandes dosis.
Tratemos de buscar el lado positivo a pasar la Navidad en familia, porque seguro que lo tiene por pequeño que sea. Todo esto, con una pequeña dosis extra de paciencia nos ayudará a llevar mejor estas fechas.

miércoles, 11 de diciembre de 2013

Malas noticias para niños, ingenuos pero no ignorantes.

Ante la ocurrencia de malas noticias en una familia donde hay niños pequeños siempre se abre una duda. ¿Se lo contamos? ¿Cómo se lo contamos? ¿Lo entenderán? ¿Serán muy pequeños aún para saber esto? ¿Será mejor ahorrarles el sufrimiento?
Hay una diferencia entre mantener la ingenuidad y condenar a la ignorancia y a la incertidumbre. Sólo es cuestión de tratar a los niños como personas que son y asentar las bases para que crezcan mentalmente sanos y felices.
Cuando los adultos tienen malas noticias, problemas o dificultades por las que pasan normalmente intentan que los niños no se den cuenta. Procuran que no se enteren de lo que se habla para no preocuparlos. Acordémonos del famoso “hay ropa tendida”; esta expresión se utilizaba no hace tantos años, en especial, cuando los adultos trataban temas que no debían oír los más pequeños de la familia.
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Es bueno que los niños sepan lo que ocurre a su alrededor aunque debemos cuidar la manera de comunicar determinadas noticias.
En realidad, los menores captan perfectamente la preocupación y las emociones de los adultos. Más aún, si se trata de las personas con las que conviven a diario. Por eso, no debemos dejar que crezcan ignorantes ante la vida sino que debemos esforzarnos en que la conozcan según su nivel de comprensión. Es mejor explicar qué y por qué ocurre algo adaptándolo a su mente infantil. Para ello, se pueden utilizar metáforas y cuentos que les ayuden a entender, según el nivel de complejidad de lo que queramos explicar. Por ejemplo, no es lo mismo comprender que tiene que dejar a todos sus amigos porque se va a vivir a otra ciudad que entender la muerte de un familiar.

El silencio, en cambio, fomenta su preocupación, al igual que ocurre con los adultos. Pensemos en cómo nos sentimos cuando sabemos que nos ocultan algo. Es más, pensemos en cuando éramos pequeños y nadie nos quería contar qué estaba ocurriendo. Nos sentíamos inseguros y temerosos porque percibíamos que algo malo estaba sucediendo.
A veces, nos esforzamos por explicar otras cosas complejas que creemos que deben saber y, quizá, no sean tan importantes para ellos. Ofreciendo unas sencillas explicaciones damos la oportunidad de pensar y recapacitar para que asimilen a su manera los acontecimientos y puedan madurar. Aunque lo que tengamos que contarles sean malas noticias, no hay que asustarles pero sí darles instrumentos para enfrentarse a la vida.
También hemos de tener en cuenta la manera en la que vamos a comunicar esas malas noticias ya que la cruda realidad no es para ellos. Pensemos primero en cómo se sentirán viendo lo negativo, sin más, y cómo se sentirán si perciben que aún hay solución o algún aspecto positivo por muy difícil que parezca. Aprenderán mucho mejor con cariño y contribuiremos a mantener un buen estado de ánimo. Es una forma de conservar la ilusión y es ésta la que mueve a las personas.
Con el tiempo, comprenderán mucho mejor la información objetiva y sin adornos y sabrán afrontarla. Saber que los problemas existen y que el mundo no siempre es justo es mejor que encontrar el muro infranqueable de la ignorancia. Cuando nos obligan a romperlo y atravesarlo porque ya somos mayores, y nuestro deber es entender, puede ocurrir que nos encontremos desnudos ante el temporal porque nadie nos dijo que hacía frío.
¿Realmente es así? ¿Los adultos lo entendemos todo? Parece un poco cruel que primero nos quiten las armas y luego nos obliguen a luchar sin ellas. Si condenamos a la ignorancia a los niños y no les contamos la realidad creerán que no existen esos aspectos negativos de la vida que les ocultamos. Si son conscientes de que existen cosas buenas y malas cuando se encuentren en determinadas situaciones no tendrán miedo porque ya sabrán que puede ocurrir y sabrán hacerles frente y defenderse, incluso desde su ingenuidad.
En definitiva, no debemos confundir la ingenuidad con la ignorancia. Los niños lo saben distinguir perfectamente y, muchas veces, deberíamos aprender de ellos porque dan lecciones de la vida mucho más importantes de lo que nosotros, los adultos, imaginamos.