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miércoles, 2 de julio de 2014

Qué hacer con los niños en las vacaciones escolares

Llegan las vacaciones escolares. Los niños están cansados pero se frotan las manos porque durante casi tres meses van a poder hacer lo que les venga en gana. Los padres están asustados porque les esperan unos meses de descontrol y de lucha constante por la convivencia diaria las veinticuatro horas del día con sus hijos.
En realidad, las vacaciones escolares no tienen por qué convertirse en una batalla. Es aconsejable llegar a un punto medio en el que ni los adultos se agobien ni los niños se descontrolen por completo. Es cierto que los niños, al igual que los adultos, necesitan las vacaciones para descansar del estudio, de los madrugones, deberes y exámenes que han tenido durante nueve meses. Pero no sólo esto, también necesitan descansar del esfuerzo de cumplir una rutina y unas normas estrictas cada semana.
Por eso, el verano sirve para que experimenten otro tipo de rutinas y otro tipo de normas que suelen ser más flexibles. No es bueno que los niños en verano tengan libertad absoluta para todo lo que les apetezca ya que pueden pasar muchas horas al día solos debido a que los padres siguen trabajando. Por eso, lo fundamental es flexibilizar los horarios del curso pero mantener unos horarios de verano para no crear un descontrol muy grande.


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Las vacaciones escolares deben ser un tiempo para disfrutar de los hijos y no para agobiarse.


Si se tiene opción a ir a campamentos ya sean con convivencia fuera de casa o urbanos durante la jornada laboral de los padres es conveniente hacer uso de este recurso. Los niños no pierden contactos sociales y se acostumbran a ver a otras personas. Se fomentan las habilidades sociales y la independencia y responsabilidad personal. El contacto social con otros niños les abrirá nuevas puertas. La posibilidad de experimentar siguiendo sus propios intereses es mayor por lo que las vacaciones escolares son un momento clave en el desarrollo psicológico de los niños.
Además, así se evita que se pasen largas horas viendo la televisión y delante del ordenador y/o la videoconsola. Durante las vacaciones escolares es bueno poner especial cuidado en fomentar la actividad física porque es una época muy propicia para la inmovilidad por el calor y la falta de obligaciones.
Tampoco debemos pretender que tengan todo su tiempo ocupado con clases y actividades como en el periodo escolar. Ya que tenemos más tiempo para estar con los niños es una buena ocasión para compartirlo con actividades de ocio como salir al campo, ir a la piscina, llevarlos al parque, hacer visitas culturales o, simplemente, jugar con ellos a sus juegos favoritos.
Lo principal es perder el miedo, no agobiarse por tener a los niños todo el día en casa y disfrutar de su compañía. Así, aprenderemos muchas más cosas sobre ellos y reforzaremos su confianza en nosotros. No tiene por qué ser más trabajo para los padres. Podemos enseñarles a realizar las tareas de la casa y que ellos vayan cumpliendo con sus responsabilidades, que se hagan cargo de su habitación, de tener recogidos sus juguetes, su ropa y que colaboren con otras tareas de la casa acordes con su edad. Si bien, esto debería hacerse durante todo el año, durante las vacaciones es más fácil porque tienen más tiempo y es menos agobiante para todos. De esta manera, les enseñaremos a ser más responsables y sentirse parte importante de la casa y su organización.
 


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Es bueno que los niños pasen un tiempo con otros familiares para que aprendan otras costumbres pero sin olvidar la disciplina y el respeto.


Por otro lado, no es mala idea que pasen alguna temporada con abuelos, tíos, primos, etc. para que aprendan otros tipos de convivencia y costumbres y toleren la separación de los padres. Sin embargo, al menos una parte de las vacaciones, es aconsejable que los padres las pasen con sus hijos.
Podemos preguntarnos si es bueno que los niños sigan estudiando o hagan deberes durante el verano. Respecto a este punto podemos preguntarnos si nosotros seguimos trabajando cuando estamos de vacaciones. Y, si nosotros lo hacemos, si verdaderamente nos deja descansar. Podemos encontrar multitud de maneras de hacer que los niños no pierdan lo aprendido durante el año con juegos, libros de lectura y cuadernillos de vacaciones pero, siempre, desde un punto lúdico, sin exigencias y sin saturarles con multitud de ejercicios y cursos.
Las vacaciones escolares de los niños nos pueden servir para acercarnos a los hijos y disfrutar de ellos. Será más favorable para nosotros ver esta época como una oportunidad en vez de verlo como un problema.

martes, 9 de julio de 2013

El miembro indispensable de la familia

Desde hace décadas se ha instalado en todos los hogares y ha pasado a ser uno más. Incluso, en los últimos años, se ha convertido en familia numerosa por sí misma. Nos hace compañía, nos entretiene y nos mantiene al día de lo que queremos y de lo que no. No hay día que no la veamos en marcha. Y, mientras su aspecto se renueva cada día, su contenido se degrada de forma directamente proporcional.
Así es la televisión, ha pasado a ser un útil indispensable en nuestros hogares. Los niños crecen con los héroes de moda y juegan con los personajes de los dibujos que ven. Los jóvenes se visten igual que los actores de las series a las que están enganchados. Los adultos se alteran viendo las noticias, disfrutan viendo películas, se entusiasman con el fútbol y se evaden de su vida enterándose de la que llevan otras personas que ni siquiera conocen.
Un instrumento que tanto influye en nuestra forma de vida merece una reflexión acerca de su uso. Se trata de una herramienta muy flexible y con múltiples usos. Puede servirnos para mostrarnos la realidad y conocer otras situaciones y otros lugares. Pero, sobre todo, lo que indudablemente transmite son valores. Queramos o no, de forma indirecta, siempre se muestran valores que, según el tipo de programa, nos puede ayudar a crecer personalmente o a estancarnos.
Lo más paradójico, es que algo que llamamos medio de comunicación, en realidad, muchas veces, nos lleva a la incomunicación. Cuántas familias comen y/o cenan viendo la televisión. Nuestro ritmo de vida hace que siempre estemos ocupados y uno de los pocos momentos para encontrarnos con nuestra familia suele ser la hora de la comida y de la cena. Algunas veces, incluso, sólo en una de estas ocasiones.
El panorama en muchas familias acaba siendo muy parecido a este. “Ponemos la mesa, nos sentamos a comer y encendemos la televisión. Comenzamos a comer, comentamos lo que estamos viendo pero no mucho porque si no perdemos el hilo. Si acaso, se comenta algo de lo sucedido durante el día y nada más. Si hay anuncios, dejamos el cubierto en la mesa para coger el mando, hacemos “zapping” y nos quejamos de que la publicidad es un incordio. Dejamos el mismo canal que teníamos antes, posamos el mando de la televisión y seguimos comiendo. Terminamos de comer, recogemos y cada uno de vuelta a su vida. Y, si es posible, una siesta viendo la televisión que acompaña con el soniquete.” En el caso de que haya niños la modalidad es mandar al niño comer porque se queda atontado con la boca abierta viendo la televisión y, si le da por contar algo, se le manda callar porque no deja escuchar bien.
Es posible que en algún momento haya algo interesante o importante que queramos oír. Pero reconozcamos que no todo tiene la misma importancia. Cada día que se repite este capítulo se produce una ruptura de la comunicación. A veces, pensamos que no tenemos nada que contar y que nos apetece distraernos porque estamos cansados. Necesitamos evadirnos de la realidad y no pensar en nada más.
Por muy cansados que estemos nuestra pareja o hijos nos siguen importando y pertenecen a nuestra realidad. Después de todo un día sin verlos, quizá, merezcan un poco de nuestra atención. Si no hablamos con nuestras parejas poco a poco desconectaremos de su vida. Cada vez tendremos menos que decir y se acabará convirtiendo en un perfecto desconocido. Los hijos también necesitan atención y mucho más que la pareja. Están creciendo y aprendiendo unas pautas de comportamiento y de comunicación. Si se sienten escuchados, aprenderán a valorar el escuchar a los demás. De lo contrario, no sabrán escuchar a otros en un futuro. Además, aprenden a expresarse y mostrar sus emociones, sus tristezas, alegrías y miedos. Puede que “tengamos muy vista” a nuestra pareja pero no saber cómo son o qué hacen nuestros hijos puede traer consecuencias porque somos responsables de lo que ocurre en su infancia.

Probemos a apagar a nuestro familiar postizo y escuchar lo que tienen que contarnos las personas que más apreciamos. Descubriremos lo satisfactorio y placentero que es sentir que formamos parte de la vida de otros y que éstos cuentan con nosotros.

martes, 25 de junio de 2013

El Apego



El apego es un vínculo afectivo muy intenso que se establece entre dos personas. Este vínculo es único y permanece aunque estas personas se encuentren en la distancia. Lo que tiene de especial este lazo es que la figura de apego constituye la base emocional del otro, es el refugio ante situaciones de temor, tristeza o angustia y quien aporta consuelo y estabilidad emocional.
La primera relación de apego se crea en la infancia, desde que nacemos. Dependemos por completo de otra persona que nos cuida y nos protege. Nuestros padres se esfuerzan para que todas nuestras necesidades estén cubiertas y así podemos estar tranquilos.
Alrededor de los dos años, al comenzar a adquirir independencia, es cuando esta relación se consolida. Comenzamos a desplazarnos y explorar aquello que nos crea curiosidad y dependiendo del tipo de apego que se haya construido seremos más decididos o más temerosos a la hora de separarnos de nuestra figura de apego. El que el vínculo sea más o menos fuerte depende de la seguridad que nos aporten nuestros progenitores o nuestros cuidadores. Si podemos alejarnos de ellos sin miedo a que éstos desaparezcan el vínculo será seguro. En cambio, si no nos atrevemos a separarnos de estas figuras para explorar “más allá de donde nos alcanza la vista”, quizá, es porque el vínculo que se ha construido en algún momento no ha cubierto todas nuestras necesidades fisiológicas, sociales o emocionales (o nosotros lo hemos percibido así en algún momento) y temeremos perderlo.
Posteriormente, cuando somos adultos, ese vínculo de apego lo establecemos con nuestra pareja. Es en ella en quien depositamos nuestras preocupaciones, nuestros anhelos, nuestras ilusiones, nuestros sentimientos más profundos y quien nos aporta seguridad, estabilidad y bienestar. El sentimiento que nos produce es que aunque todo vaya mal siempre tenemos un lugar en el que resguardarnos.
Según el tipo de apego que hayamos construido durante la infancia así lo estableceremos con otras personas a lo largo de la vida. Si nos sentimos inseguros necesitaremos constantemente que esa figura de apego esté con nosotros de manera fehaciente y, ante la mínima separación, nos pondremos tristes, nos sentiremos dependientes y tendremos una profunda sensación de abandono.
Puede darse el caso, también, de que si hemos desarrollado ese apego inseguro nos cueste mucho, en el futuro, crear estos vínculos porque nos da mucho miedo perderlos. Evitaremos, así, todo compromiso y relación afectiva. Ante esta situación nos resultará muy difícil establecer verdaderos lazos con otras personas por el miedo a sufrir. Construiremos un caparazón que nos impide sentir emociones plenamente y nos costará fiarnos de otras personas. Esto, a su vez, dificultará mucho el acercamiento por parte de quienes están realmente interesados en establecer un vínculo afectivo con nosotros.
Casi la totalidad de las veces las relaciones de apego inseguro están detrás de problemas de celos, dependencia y codependencia, inseguridad, desconfianza, inestabilidad, problemas de comunicación, problemas afectivos y, llegando a casos más graves y extremos, de los malos tratos físicos y psicológicos.
En cambio, una persona que muestra un apego seguro, se sentirá segura de sí misma y no necesitará la aprobación ni el apoyo constante de esta figura protectora. Se valorará por sí misma y será capaz de mantener una vida propia, manteniendo y respetando un espacio vital “sano” entre ambos miembros de la pareja y sabiendo, en todo momento, que su figura de apego estará ahí incondicionalmente a pesar de la distancia y de las dificultades.

miércoles, 20 de marzo de 2013

Control y sobreprotección II



La semana pasada hablamos de las personas controladoras, de la inseguridad y el miedo a equivocarse. No permitirse ni perdonarse los errores hace que la persona viva en una constante lucha por la perfección que viene a ser lo mismo que luchar contra molinos de viento. Pero, ¿qué ocurre para las personas, incluidos los niños, que viven esa sobreprotección?
Las consecuencias para quien está al otro lado no son nada buenas. Si son niños aprenderán a ser personas temerosas e inseguras ya que nadie alentará sus esfuerzos de independencia y de aventurarse hacia lo desconocido. Todo lo contrario, aprenderán a temerlo y huirán de ello. Acabarán por necesitar tenerlo todo planeado y no dejar nada al azar. Pero el azar es inevitable y pocas veces las cosas salen exactamente según lo previsto. Cuando esos niños se conviertan en adultos no habrán desarrollado sus propias estrategias para asimilar el fracaso y se hundirán ante él.
En las personas adultas la iniciativa acaba por desaparecer, se sienten inseguros porque piensan que no saben hacer nada bien si no es lo que les ordenan y se vuelven dependientes de la opinión y de las instrucciones de otros.
Normalmente la forma en la que nos han educado cuando éramos niños condiciona nuestras posteriores relaciones sociales. Por eso, suele haber una continuación en la dependencia de estas personas; de sus padres, de sus amigos y de sus parejas.
La manera más efectiva de aprender es mediante la práctica, es decir, experimentando por nosotros mismos las consecuencias que tienen nuestros actos, tanto para bien como para mal. Si no se nos permite experimentar sólo sabremos lo que otros nos dicen; que sería lo mismo que quedarnos con la teoría. Pero en la realidad no se puede vivir una vida teórica. Y como esto no es posible, lo que ocurrirá es que apenas hará nada por desarrollarse como persona si no es con la supervisión, o peor aún, el permiso de alguien. Eso significa que no descubrirá cuáles son sus verdaderas cualidades.
Ese miedo a la equivocación hace que la autoestima sea muy baja en estas personas y niños porque no han sido capaces de demostrar lo que valen y lograr éxitos por sí mismos. No se enfrentan a nuevos retos y cuando lo hacen es de manera insegura con lo que se añade más dificultad a la tarea. Cuando se falla ellos mismos se refuerzan la idea de que no lo tenían que haber intentado tan siquiera porque no sirven para nada.
Por otro lado, están las personas que se dan cuenta de esta sobreprotección y se sienten incómodas y presionadas. Sin embargo, no saben cómo zafarse de esa situación y aguantan con la intención de no hacerle daño al otro. Aguantan hasta que no pueden más. Como no se puede evitar la situación se intenta ignorar y la otra persona se sentirá ofendida por su desdén con lo que se entrará en conflicto. Si nadie da su brazo a torcer el resultado es que al final se distanciarán y se romperán este tipo de relaciones, ya sean de amistad, familiares o de pareja. Entonces es cuando la persona sobreprotectora consigue justo todo lo que había estado evitando, perder a quien le importaba.
Aunque sepamos que alguien se va a equivocar y nos duela lo único que podemos hacer es aportar nuestra opinión y consejo pero sin la obligación de que sea aceptado por la otra parte. Como verdaderamente el otro se hace independiente es probando. Y se sentirá más seguro sabiendo que, tanto si tiene éxito como si fracasa, se le va a apoyar en lugar de juzgar y se le va a reconocer su esfuerzo ya que es lo importante.

martes, 6 de noviembre de 2012

El nido vacío



“Carreras por la casa, prisas y ruido de ruedas de unas maletas inquietas. Da vueltas por toda la casa mientras revisa todos los rincones de la habitación por si se olvidan algo. Mientras tanto, los ojos brillantes por las lágrimas que asoman al borde de las pestañas. Pero sonríe mientras les mira… En la puerta de casa, apurando los últimos detalles y dándoles un tupper con lo que hizo esa misma mañana y miles de besos y abrazos. Toda la vida criándoles, cuidándoles y preocupándose por que estuvieran bien y no les faltara de nada. Y ahora, sin darse cuenta, se van. De repente, el rostro infantil se torna en el de un adulto sereno a la vez que nervioso pero que transmite ilusión por el futuro. Al cerrar la puerta, el vacío inunda la casa.”
Éste suele ser el final de la larga secuencia que tiene lugar en una familia con hijos ya mayores. Algunos se van a estudiar fuera del hogar y otros encuentran su trabajo en otra ciudad o país. Otros, tras muchos años de dudas y comodidad, deciden dar el paso.
Poco a poco, los hijos han ido adquiriendo su independencia y han ido organizando su vida. Habrá costado muchas discusiones el hecho de ver que se van haciendo mayores y que ya no cuentan con nadie más que con sus amigos o su pareja. Los padres están fuera de los planes y pueden llegar a ser una molestia con sus continuas quejas y explicaciones que, por supuesto, son sin mala intención.
Pero a pesar de esa sensación de tener unos hijos que están en la casa como si fuera un hotel, siguen estando ahí. Para los padres siguen siendo parte de la casa y “sus niños”, aunque estos pasen de los treinta. Parece que el hecho de seguir bajo el mismo techo era un signo de protección y que nunca les iba a pasar nada porque por muy mal que fuera todo la familia seguía unida.
Tantas discusiones por la disciplina y tantas ganas de que se independizaran pero resulta que ahora la casa se nota sin vida. Falta algo que lo llenaba todo y da la impresión de que no se va a ir esa “presencia de la ausencia”.
Cuando se piensa en la independencia de los hijos parece que la preocupación va a desaparecer porque ellos ya serán mayores y tendrán su vida resuelta. En cambio, lo que ocurre realmente es que la preocupación persiste porque no se les ve a diario y las mismas preguntas que antes se respondían solas ahora nadie las resuelve. Se les echa de menos y se piensa, a menudo, qué estarán haciendo si estarán bien, por qué no llaman, etc. Por eso, casi lo primero que acude a la mente de una madre cuando descuelga el teléfono su hijo es: “¿Qué tal estás? ¿Comes bien? ¿Necesitas algo?” Si por ella fuera llamaría todos los días, sobre todo al principio.
Y es que parece que ese momento no va a llegar o que va a ser algo natural y casi un alivio para los padres, sin embargo, el cambio es muy grande y parece que sobra casa por todos los lados. Pero esa tristeza también es dulce porque es algo bueno para los hijos y es un cambio deseado en su vida. Es en ese momento cuando los padres ven su trabajo como educadores ahí reflejado; pueden comprobar si han preparado a sus hijos para desenvolverse adecuadamente y para ser felices por sí mismos.
Al final, no es tan dura la separación porque el contacto telefónico y las visitas son frecuentes. Y, si se han quedado en la misma ciudad, es posible que sigan yendo a comer todos los días.
Ahora empieza para la pareja una especie de segundo noviazgo para disfrutar. Unos cuantos años más tarde se reencuentran los dos sin cargas familiares y la prioridad son ellos mismos. La casa es su refugio y la pueden disfrutar a su antojo. Es la hora de descubrir la agradable compañía del otro y disfrutar.
Se corre el riesgo, no obstante, de darse cuenta del cambio tan grande que se ha dado y apenas reconocer a aquel o aquella joven que un día conocieron. Precisamente, esto es lo divertido porque es una ocasión magnífica para hacer planes juntos y dedicar tiempo suficiente a redescubrir al otro miembro de la pareja. La madurez es algo bueno para solventar los fallos de la inexperiencia y conseguir un grado de bienestar mucho mayor.