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miércoles, 11 de septiembre de 2013

Lenguaje positivo y autoestima



“Lo haces mal”, “eso no es así”. Cuántas veces hemos dicho estas palabras y cuántas veces más las diremos… Y es que no estaría mal que nos planteáramos qué es lo que queremos realmente, si que algo no se haga mal o que se haga bien. Parece que es lo mismo pero la percepción de quien lo escucha para nada es igual. Si alguien nos dice que lo no lo hemos hecho bien suponemos que estamos en el camino pero que aún no hemos llegado a la meta. Sin embargo, si nos dicen que lo hacemos mal, ¿qué es lo que hacemos mal? ¿Todo?
Habitualmente no damos importancia a la forma de expresarnos y lo cierto es que las palabras, muchas veces, dicen más de lo que pretendemos. Aunque no lo creamos, independientemente del mensaje y según el tipo de palabras que usamos, podemos dar un tono positivo o negativo a lo que decimos.
Por lo general, cuando oímos eso de utilizar un lenguaje positivo lo que se nos pasa por la cabeza es: “¡Vaya chorrada! Eso es utilizar eufemismos. Las cosas se dicen como son.” Sin embargo, para decir las verdades (como las solemos llamar) podemos utilizar muy distintos tonos de voz y maneras de decirlo. Y es esto mismo lo que hace que la percepción de quien lo oye sea totalmente distinta.
Si nos quejamos generalizando, inmediatamente estamos anulando todo el proceso o todo el resultado sin dar una oportunidad a la mejora. ¿Qué sentido tiene quejarnos de algo si no damos la opción del cambio? ¿Para qué nos servirá si nos vamos a quedar igual que estábamos?
Zanjar sentenciando el mal hacer de alguien no sirve de nada si no somos capaces de centrarnos en los puntos concretos que fallan. Lo primero que debemos hacer cuando nos disponemos a puntualizar algo es diferenciar las partes que están bien de las que se pueden mejorar. De esta manera tendremos claro qué es lo que no nos gusta y podremos transmitir con claridad aquello que deseamos que cambie. Si no damos pistas lo que haremos será ofender a quien recibe esa crítica y transmitirle una sensación de inutilidad y de incapacidad para la mejora. Si nos centramos y directamente vamos al punto exacto esa persona podrá analizarlo y valorar si puede hacerlo de otra forma.
En el caso de los niños esto es especialmente relevante. Su autoestima es muy frágil porque depende de la valoración que hacen de él los adultos. Si constantemente le decimos a un niño que no sabe hacer nada o que lo hace todo mal, poco a poco, su iniciativa y su ilusión por experimentar se irá agotando por miedo a una evaluación negativa por nuestra parte. Sus expectativas y su motivación se desvanecerán por miedo a fracasar, se considerará a sí mismo un inútil y dejará de aprender cosas nuevas. Si en lugar de generalizar hablamos con un lenguaje positivo en el que remarcamos las partes que están correctas y concretamos aquello que es susceptible de mejora alentaremos el espíritu de superación y eliminaremos cualquier límite a las capacidades que pueda tener.
Lo mismo ocurre cuando le reñimos y le decimos que es malo. ¿Es malo o se porta mal? ¿De verdad tiene mala intención o sólo está buscando sus límites? Todos necesitamos averiguar hasta dónde llegan nuestros derechos y dónde empiezan los de los demás. Por lo tanto, es normal que en algún momento sobrepasemos ese límite en nuestra búsqueda por ubicarnos en el mundo.
En resumen, parece que cualquiera que note que algo no está bien puede decirlo y que quejarse o protestar es lo más fácil pero esto no es cierto en absoluto. Para poder criticar, primero hay que saber hacerlo, de lo contrario, “lo estaremos haciendo mal”.

viernes, 8 de febrero de 2013

miércoles, 6 de febrero de 2013

¿Emprendedora o soñadora?



Funcionaria, trabajadora por cuenta ajena, autónoma, desempleada, joven, madura, inmigrante o emigrante. Cualquiera de nosotras puede tener un sueño por realizar. A todos nos gustaría ponernos en marcha y conseguirlo. Unas veces resulta fácil porque se trata de algo sencillo que forma parte de un pasatiempo pero otras requiere arriesgarse.
¿Qué ocurre cuando nuestro sueño es iniciar un negocio? La mayoría de las veces lo desechamos porque nos asusta y lo consideramos algo irrealizable, algo así como hacer castillos en el aire. Si lo pensamos un poco más, acabamos por analizar fríamente las opciones y desistimos porque estamos muy ocupadas y no tenemos tiempo, nuestra edad no es la adecuada por ser poca o por ser mucha, ya tenemos otro trabajo al cual no estamos dispuestas a renunciar porque bastante nos ha costado llegar donde estamos, no tenemos los medios ni el talento suficiente, es muy arriesgado en estos tiempos, no será viable o nadie nos apoya.
Al final, lo que prima es la inseguridad de no creer que podamos llevar a cabo un proyecto viable que nos resulte rentable y que pueda constituir una fuente de ingresos extra o la base de nuestro sustento.
Cada una de nosotras tiene un talento o unas habilidades que sobresalen sobre las demás y, a veces, no nos dedicamos profesionalmente a ello. Bien porque no hemos tenido la oportunidad o bien porque no creemos que nuestra habilidad sea muy útil.
Lo primero de todo es saber qué es lo que nos gusta hacer o tener un “sueño” claro. Debemos darle forma y pensar en una manera de realizarlo. Quizá empezar por convertirlo en un hobby sea el mejor comienzo. Desarrollar nuestra destreza o nuestro plan, darle forma mediante un posible proyecto y ver su viabilidad. Una vez que tenemos claro lo que queremos y cómo lo queremos es hora de moverse (un poco más). Desperezarse y buscar una manera de hacerlo real mediante la recogida de la mayor cantidad de información posible.
Cuando se trata de cosas manuales que nosotros podemos hacer lo mejor es empezar por realizar pequeños trabajos y darlos a conocer mediante nuestros conocidos y a través de todos los medios que tengamos a nuestra disposición. Y el recurso que más alcance tiene y que menos costes nos va a producir es internet, mediante un blog o una página web.
Si se trata de un negocio que requiere de un local es el momento de buscar los posibles lugares donde podríamos establecernos, sea en diferentes poblaciones o diversos tipos de locales.
De esta manera podremos comprobar las ventajas y los inconvenientes que tiene cada una de las opciones que manejamos pero de una manera más objetiva. Este punto de vista tiene la ventaja de que así se pueden solventar las dificultades que se nos presentan sin desanimarnos.
Cuando ya tenemos una idea real de la posibilidad de poder llevar a cabo nuestro proyecto es el momento en el que deberían entrar en juego de verdad nuestras inseguridades y nuestros temores. Antes no tiene sentido porque no hemos hecho más que permanecer en el espacio de nuestros deseos y sueños. En esa zona no hay ninguna amenaza para nuestra persona ni para nuestra seguridad, ni siquiera para nuestra estabilidad emocional. ¿Por qué? Porque lo único que hemos hecho es poner en marcha nuestra cabeza y darle cuerda a nuestra creatividad. Sin miedo es como podremos diseñar lo que de verdad queremos, sin ponernos trabas que desconocemos si llegarán.
Sin embargo, una vez que hemos tomado la decisión de si seguir adelante o quedarnos en un mero proyecto es cuando pasamos a la zona del riesgo. Es en este punto donde tendremos que evaluar si realmente nos puede merecer la pena. Ahora tenemos datos reales porque hemos recopilado gran cantidad de información y hemos desarrollado nuestro plan con sus pros y sus contras. Al verlos de una manera real podemos afrontar los posibles problemas y ver si tienen una solución o si podemos modificar el plan para solventar esas dificultades que aparecen. Es decir, es más fácil que combatamos nuestra inseguridad con argumentos reales o con datos objetivos. Si nos dejamos llevar por la inseguridad desde el principio, quien estará gobernando la dirección de nuestro pensamiento será el miedo y sus argumentos serán muy difíciles de rebatir porque no hemos investigado si son reales y, por tanto, nos moveremos constantemente en una zona de incertidumbre sin objetividad, lo cual reforzará nuestra inseguridad.
¿Quién nos da la seguridad? Nosotras. La mayoría de las veces hablamos por hablar sobre lo que nos gustaría pero en nuestro discurso estamos utilizando un tono que le quita seriedad. Empleando esta actitud somos nosotras mismas quienes estamos echando por tierra nuestro sueño. Eso significa que si se lo contamos a otras personas utilizando ese mismo discurso no resultará creíble y nadie nos tomará en serio.

Por lo general, estamos acostumbrados a ser excesivamente realistas acogiéndonos a una necesidad de optimizar el tiempo y hacer el cuento de la lechera lo asemejamos con perderlo irremediablemente. Como, supuestamente, nuestro es tiempo es oro no podemos permitirnos el lujo de fantasear… ¡no vaya a ser que tengamos una buena idea! Pero, ¿cuánto tiempo perdemos dedicándolo a nuestros miedos y a que gobiernen nuestras decisiones? Si soñamos y sale mal, al menos, lo habremos intentado pero si ni siquiera probamos, permaneceremos eternamente en el reino de la incertidumbre gobernado por el miedo.
Si le contamos a alguien nuestro deseo o nuestro proyecto caben dos opciones, que nos apoyen o no. Si nos apoyan será un motivo más a tener en cuenta y una fuerza extra para llevar a cabo nuestra empresa. Si no, ¿qué problema hay en que no nos apoyen? ¿Quizá estamos empleando ese tono poco convincente? ¿O es que los demás son aún más temerosos que nosotras? En todo caso, también es un motivo más a tener en cuenta porque vale la pena dar un ejemplo de valentía y porque buscaremos con más ahínco la forma de conseguir nuestra meta. No necesitamos el apoyo de nadie porque nadie va a realizar nuestro sueño por nosotras, si no dejaría de ser nuestro sueño.
Pero en nuestra búsqueda incesante de la seguridad que necesitamos para seguir adelante siempre surgen dudas.
¿Seremos capaces de lograrlo? Necesito saber si esto va a funcionar. ¿Cómo lo vas a saber? Si todos los que emprenden una aventura supieran cómo iba a terminar seguramente no la empezarían porque ya no tendría emoción. Disfrutar del proceso, muchas veces, es mejor que lograr el resultado porque durante ese trayecto se aprenden cosas de un valor incalculable que pasarán a formar parte de nuestra vida y de nuestra persona. Sólo por eso, ¿no merece la pena ya intentarlo?
Pero los riesgos son demasiados y lo puedo perder todo. En todo nuevo proyecto hay que asumir riesgos pero también se pueden medir. Si ya tenemos un trabajo podemos empezar por compatibilizarlo, aunque resulte muy cansado en un principio. Iremos probando para ver si es viable o no. Si no tenemos trabajo el riesgo de perder el que ya teníamos no existe. Está el riesgo monetario que parece que es el que más duele. Siempre se puede empezar aportando una cantidad pequeña o buscar la manera de que, en caso de que no salga bien, la pérdida sea lo menor posible. Se puede valorar la posibilidad de un traspaso, de vender lo que adquirimos, empezar con algunos recursos de segunda mano, etc. Si no necesita un lugar físico, al menos por el momento, se puede empezar poco a poco mediante el boca a boca y el trabajo bajo pedido.
¿Y si realmente mis habilidades no son tan buenas como pienso? Sólo hay una manera de comprobarlo, haciéndolo. La práctica es la única manera de mejorar nuestro desempeño y nuestras habilidades. Y la actitud es una parte tan importante o más que la aptitud. Si de antemano pensamos que no podemos, entonces no merece la pena que lo intentemos porque nosotras mismas vamos a buscar, inconscientemente, la justificación de nuestra falta de habilidad. Si partimos con una actitud benevolente hacia nosotras mismas nos estamos dando la oportunidad de demostrarnos que lo podemos conseguir. Y al final, quien persigue su sueño casi siempre lo alcanza o se queda muy cerca para poder volver a intentarlo.
¿Y si después de todo fracaso? Piensa detenidamente en qué es el fracaso: ¿Intentarlo y no conseguirlo o quedarse atrapado en la incertidumbre viendo las oportunidades pasar siendo víctima de la inseguridad y el temor?
A veces los castillos en el aire no son sino cometas que podemos manejar con sorprendente destreza.
Así que a la pregunta del título podemos responder sin miedo que nos quedamos con las dos opciones: primero soñadora y luego emprendedora.